Entre el placer y la industria: el posporno

Este reportaje de la periodista Paola Aguilar indaga sobre la pornografía mainstream y las alternativas contra esta industria explotadora como la educación sexual, el consenso, el placer y el posporno.

Texto de 23/02/21

Este reportaje de la periodista Paola Aguilar indaga sobre la pornografía mainstream y las alternativas contra esta industria explotadora como la educación sexual, el consenso, el placer y el posporno.

¿Una nude puede ser pornográfica? ¿Un película indie con escenas de sexo explícito es pornografía o cine erótico? ¿El porno educa? Si algo es cierto para la pornografía es que los límites son cada vez más difusos. A la pornografía la clasifican los ojos que la miran: lo que puede ser percibido como “pornográfico” por una cultura puede ser algo completamente neutral en otra. El entendimiento de estas etiquetas expone un diagnóstico profundo de una sociedad: es una confesión de quienes somos, qué nos mueve y cuál es nuestra relación con el poder y la censura.

Primero, una premisa necesaria: el contenido erótico explícito y su transacción comercial, sea catalogado como porno o no, no es amoral en sí mismo, por mucho que los grupos conservadores quieran inculcarnos lo pecaminoso que es. Sólo es una expresión más de la sexualidad. A la mayoría de las personas —aunque ciertamente no a todas— nos gusta ver, escuchar o leer sobre las experiencias sexuales ajenas: hay una especie de placer en el voyeurismo que data mucho más atrás que el porno como lo conocemos. Ya sea que tu crush te envíe fotos o videos eróticos, que veas imágenes de tu pareja cogiendo con alguien más o adentrarte unos minutos en la intimidad de una persona desconocida, la excitación suele vincularse con la trasgresión. 

La sexóloga Paulina Millán Álvarez, directora de investigación de Instituto Mexicano de Sexología, lo explica así: “A veces cuando vemos a otras personas haciendo algo que nosotros sabemos que podemos hacer es como conectar con eso que están haciendo. Al final, el órgano sexual más importante que tenemos es el cerebro, entonces todo lo que va a la imaginación, a fantasear, a recordar cosas que hemos hecho, es un mundo muy enriquecedor”. 

Que sea amoral disfrutar el observar a otras personas realizar actos sexuales, o dedicarse a ese trabajo, no significa que no exista también una industria violenta y explotadora detrás. Por ejemplo, cuando escuchamos la palabra “porno” seguramente la asociamos a la industria pornográfica y a las difusoras titánicas y monopólicas como Pornhub. Esta dimensión específica de la industria —encuadrada dentro de un sistema capitalista de explotación, racismo, misoginia y pederastia— no sólo promueve violencia sino que, además, en cierto sentido, esa pornografía termina supliendo el vacío que existe a falta de una educación sexual integral. 

Zhann Bucio, productora de televisión, sexóloga y modelo erótica hace esta analogía: “Estamos de acuerdo que el porno en su mayoría refleja una fantasía de lo que es la sexualidad. Como educadora sexual yo les digo; ‘cuando vas al cine no te crees que los juguetes de Toy Story van a cobrar vida en tu casa, entonces, ¿por qué creer que lo que ves en un porno comercial es real?’”.

“Que sea amoral disfrutar el observar a otras personas realizar actos sexuales, o dedicarse a ese trabajo, no significa que no exista también una industria violenta y explotadora detrás.”

Millán coincide y agrega: “Hay una parte de la pornografía que preocupa a muchas personas que se dedican a la educación sexual y que tiene que ver con la violencia: no vemos, por ejemplo, la parte del consenso en una relación sexual en un acto de porno, y puede que haya consenso, pero a la hora de que una persona está sometiendo a otra, pareciera como que entonces es algo que se puede hacer de manera libre y sin preguntar, y generalmente es la mujer la que está siendo sometida, y entonces genuinamente hay hombres que piensan que a todas las mujeres les gusta que las sometan, que las jalen, que las golpeen, que las cacheteen”.

El porno convencional no sólo presenta fantasías violentas, también existe una intersección estrecha, estudiada y documentada por comunidades feministas, entre el porno y la trata de personas. Bien lo ha descrito Lydia Cacho, una periodista mexicana que ha dedicado su trabajo a la investigación de redes de trata en México y en todo el mundo, “hay una fascinación inexplicable de los violadores por exhibir su crimen como un acto de erotismo público”

Entonces, ¿se puede subvertir la pornografía? Hay personas que piensan que sí, e incluso existen mujeres que se han propuesto apropiarse de este formato para resignificarlo y utilizarlo como una herramienta de agencia y reivindicación de su placer.

Alicia Delicia, educadora sexual, experta en placer y creadora del proyecto erótico Caricia Cinema, comparte: “La corriente feminista de los setenta busca dar una mirada nueva a lo que siempre había sido constriudo desde lo patriarcal, toma la industria pornográfica que históricamente ha sido hecha por y para el hombre y decide retomar la pornografía y darle una mirada feminista. La intención es generar una respuesta que no sea sólo la de excitación erótica, y que sea una diferente a la tradicional. Esto lo propuso Annie Sprinkle, quien dijo, ’frente al mal porno, hacer buen porno’”. 

Alicia imparte talleres de educación sexual para personas adultas, donde enseña teoría y técnicas de masturbación con su propio cuerpo. Para ella, hacer posporno fue un vehículo para educar y disfrutar: “Quise empezar a ver porno otra vez en la pandemia y es horrible; es muy feo el porno mainstream, es muy violento, más allá de excitarme me mataba mi erección del clítoris bien fuerte, y las otras propuestas que hay de porno pagado (…) me parecían luego muy lejanas, my gringas, muy europeas, y de ahí surgió mi idea de generar posporno educativa.”  

En sus videos de Caricia Cinema, que ella misma dirige, habla de anatomía, de ambientación, consenso, técnicas de sexo oral, y hasta del uso adulto de sustancias psicoactivas durante la masturbación, al mismo tiempo que enseña de forma visual cómo vive su placer y sexualidad.

Zhann Bucio comenzó hace dieciocho años en el modelaje erótico y ha incursionado también en lo que ella define como PornArt: “Yo empecé a hacer porno para poner en pantalla otras experiencias, para que los hombres se dieran cuenta que una mujer no solo llega a un orgasmo a través de una penetración pene-vagina, sino que hay un abanico de posibilidades.”

Agrega: “Desde que entré a este medio me puse este mantra: si yo no disfruto lo que estoy haciendo es el momento para decir basta. No hay nada que yo haya hecho de lo que me haya arrepentido. Yo pongo mis límites, una vez me tocó en un webcam, un cliente que estaba alcoholizado y pedía cosas y me gritaba y me insultaba, y era tan fácil como que cierro la cámara y lo dejo de ver, pero claro, hablo desde mi privilegio, porque hay otras chicas que dicen ‘bueno, es que si no accedo a esto pierdo este cliente que quizá me paga bien’”. 

OnlyFans es actualmente la plataforma mejor posicionada para vender contenido erótico de forma autogestiva: cuenta con más de 50 millones de personas usuarias registradas, todas, asegura la empresa, mayores de edad. Ambas, Zhann y Alicia, utilizan esta plataforma, y su experiencia ha sido positiva, pues ya contaban con una base de seguidores que apoyaron sus proyectos y combinan esta fuente de ingresos con otras. 

“Quienes consumen mi porno son personas que me siguen, principalmente mujeres cis, mexicanas, entre 25 y 35 años, y se me hace bien chido”, puntualiza Alicia. “No quita el hecho de que la industria sea violenta ni me ha salvado de críticas de personas que se hacen llamar abolicionistas, pero para mí ha sido una experiencia bien chida de reivindicar esta parte de cómo expresar la sexualidad”. 

Millán matiza esta experiencia: “Páginas como OnlyFans están saturadas, hay millones y millones de creadores de contenido y ya es una competencia de que quien más enseña, más gana. Y en este mundo de inequidad social, ¿cómo le va a hacer una mujer para ganar tanto dinero? Pues, a veces, sólo es posible con el trabajo sexual. Hay mujeres que me dicen: ‘bueno, primero tendría que encontrar un trabajo que me diera las mismas ganancias’, y es un problema (…)Y con estas plataformas ahora es más sencillo, menos riesgoso y se puede sacar dinero, no es dinero fácil, porque no es un trabajo fácil, pero sí a veces es dinero más rápido.” 

“Plataformas como OnlyFans te cobra mucho de comisión (20% por cada transacción) y si tú vendes un video muy caro y hay una modelo que ya tiene muchos seguidores y puede venderlo más barato: ahí hay un desequilibrio”, añade Zhann. 

Sea cual sea la motivación, es esencial discernir entre lo que es trata de personas y lo que es porno autogestivo. Para Zhann el distintivo del trabajo autogestivo es poder gestionar tu propio tiempo, tu dinero y tus límites. Frente al estigma ella aclara: “Lo que tú vendes no es tu cuerpo, el cuerpo no se puede vender, lo que tú vendes son experiencias sexuales que van a crear fantasías, pero lamentablemente hay un prejuicio hacia el trabajo sexual. Y yo no lo veo como algo malo, el porno es una herramienta erótica, y si tú la involucras a tu repertorio sexual de forma consciente, puede traerte beneficios.”

El concepto del trabajo sexual autónomo es controversial y hay quienes aún no conciben que existan personas que ejerzan este trabajo por un motivo más allá de la coerción o la alienación. Además, en el caso de las mujeres, existe una carga moral doble: por un lado, existen industrias de todo tipo que exaltan cuerpos hipersexualizados para mercantilizar sus productos (en cine, en videojuegos, cadenas de comida rápida, industria cosmética, etcétera), mientras que las mismas plataformas de internet que se benefician de esta mercantilización son cada vez más rapaces en sus políticas de censura, sobre todo hacia cuerpos de mujeres que no son normativos.

Zhann señala esta incongruencia en las plataformas de redes sociales: “A mí me han bajado videos en TikTok por bailar vestida, bajo el argumento de que es contenido sexual. Entonces, ahí, TikTok me está hipersexualizando.”

Hay feministas que toman una postura abolicionista: proponen acabar de tajo con todo contenido pornográfico en aras de terminar con la explotación sexual que predomina en la industria del porno, especialmente hacia mujeres, niñas y niños. De fondo existe una crítica dirigida hacia las narrativas violentas que perpetúa la mayor parte del porno, y la industria de explotación que las sostiene. Y es cierto que la explotación que impera en la industria del porno es uno de los síntomas más visibles de un sistema laboral, económico y de género desigual que ofrece muy pocas certezas, estabilidad y seguridad.

Sin embargo, esta perspectiva es limitada en tanto que no contempla la distinción entre porno violento y otras propuestas que vienen desde la autonomía, la exploración erótica propia y colectiva o la urgencia de cubrir necesidades básicas como renta y alimentos. Esta distinción es esencial en tanto que reconocer las distintas motivaciones, experiencias y violencias a las que se enfrentan quienes se dedican al trabajo sexual pornográfico es un elemento clave para poder accionar los cambios sociales necesarios para proteger sus derechos y prevenir las violencias específicas a las que se exponen.

“Es esencial discernir entre lo que es trata de personas y lo que es porno autogestivo.”

Debido a la pandemia, las trabajadoras sexuales se encuentran en “la disyuntiva de contagiarse o de morirse de hambre. Algunas incluso, como denunció en su momento la activista Natalia Lane, se quedaron a un mismo tiempo sin techo y sin un sitio para trabajar cuando el gobierno de la CDMX decidió cerrar los hoteles de la Calzada de Tlalpan”,  escribe la filósofa Siobhan Guerrero en su ensayo “Post-putismo y utopía”. Las mismas trabajadoras sexuales han testificado que el estigma y las políticas de criminalización terminan afectándoles negativamente, en lugar de ofrecerles mejores oportunidades. Y acaso una pregunta más productiva sería, ¿qué necesitamos para que ninguna persona se vea presionada a desempeñar un trabajo con el cual no se siente cómoda y segura, cualquiera que sea?

Zhann comparte: “Creo que si llegas al trabajo sexual por una cuestión sistemática, es la cuestión de: ¿qué me hace llegar a mí a eso?, ¿es la falta de oportunidades o que sales de tu carrera y te piden experiencia a pesar de que apenas vas saliendo?, ¿el poderte pagar una carrera? A mí me llegó la oportunidad y dije, ‘bueno, con esto puedo pagarme parte de la universidad, okay, está bien’. Hay que empezar a visibilizar el trabajo sexual como un trabajo, para que, si eres una persona autogestiva, puedas tener esa seguridad”.

En la perspectiva de Alicia, las redes de apoyo, libres de juicios, la han sostenido para sobrellevar los prejuicios hacia su trabajo: “Estoy en un entorno de seguridad, donde mi entorno me apoya, mi familia me apoya, y yo misma puedo promocionar mi trabajo. Lo que he hecho también es trabajar un montón mi salud mental, sentirme cómoda con quien soy y lo que hago, y hay personas que no pueden hacer eso.”

“De todas maneras prohibir algo es volverlo el objeto del deseo, nunca nadie ha salvado nada prohibiéndolo. El porno es prohibido en muchos lugares y esas políticas no han tenido éxito ni han reducido el número de consumidores, ni han terminado con la trata de personas. Y en la regulación se necesita menos moralidad y más cabeza fría”, cierra Millán. 

Frente a los absolutos moralinos, matices; frente al ostracismo social, escucha; y frente al mal porno, buen porno. EP

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