La metacolumna | Metapremios literarios

La sociedad tolera millonarios de casi todo, salvo de la literatura.

Texto de 30/04/26

La sociedad tolera millonarios de casi todo, salvo de la literatura.

Guarda este artículo en tu cuenta.

Le preguntaron a Roberto Bolaño para qué sirven los premios. “Sirven para ganar dinero”, dijo, “y para publicar”. Borges, que nunca tuvo dificultades para publicar ni sufrió penurias económicas, los consideraba meros atajos al olvido. Nunca ganó ningún premio literario individual: sólo el Formentor, compartido con Samuel Beckett, y el Premio Cervantes, compartido con Gerardo Diego. El tiempo le dio la razón: hoy Borges es más leído que todos los Premios Cervantes juntos. Incluso el Premio Nobel de Literatura se devalúa cual baratija si consideramos que no lo mereció Jorge Luis Borges, como tampoco lo merecieron Tolstói, Henry James, Virginia Woolf, James Joyce, Marcel Proust, Vladimir Nabokov, Alfonso Reyes, Julio Cortázar, Philip Roth, Iris Murdoch o Javier Marías.

“Un premio no se gana, se trabaja”, repite Domínguez Michael en su demoledora crítica al último Premio Cervantes 2026, Gonzalo Celorio, quien ha ganado casi todos los premios literarios, aunque cuesta encontrar lectores que hayan conseguido terminar alguno de sus libros. Y mientras el Cervantes genera dudas y se expone un poco al ridículo al premiar una obra de resonancia menor, la de un mexicano que viaja a España para decirle a los reyes que “la lengua española no fue la lengua de la conquista sino de la Independencia”, una empresa pública aeroportuaria española promueve, al mismo tiempo, el Premio Aena, dotado con un millón de euros.

El alto monto indignó a numerosos intelectuales españoles, quienes alegaban que ese dinero bien podría invertirse en fomentar la lectura o en renovar la red de bibliotecas públicas —excelente comparada con la de cualquier país de América Latina—, y yo pensaba, entre tanta indignación, que, siendo un premio de una empresa aeroportuaria, escogerían alguna novelita baladí de aeropuerto. Pero resulta que entre los finalistas había autores como Enrique Vila-Matas, Nona Fernández o Samanta Schweblin, cuyos extraordinarios libros jamás se han vendido en los aeropuertos españoles.

Fue la autora argentina quien resultó ganadora del Premio Aena por su extraordinario libro de cuentos, El buen mal, y todo el mundo prestó atención no al libro, sino a lo que haría con el millón de euros. Alberto Olmos, con lujo chovinista, se rasgó las vestiduras porque un premio español lo ganara una extranjera —que con sus libros seguramente ha generado más de un millón de euros en impuestos y en trabajo para la industria editorial española que lucra con su obra, pero esto no lo mencionó—: “Una escritora argentina va a recibir su millón de euros de dinero público español antes del verano. Quizá, antes de que acabe abril”, se quejaba amargamente el siempre controvertido Alberto Olmos en su columna Mala fama, donde despotricó contra el Premio Aena, sugiriendo una malograda analogía entre darle un premio de un millón de euros a una novela o a una tortilla de patatas. “Imaginen que el capricho volandero de AENA girara dramáticamente el año que viene y se decidiera dar un premio, no a un libro, sino a una tortilla de patatas”, apunta Olmos, riéndose solo, y remata con un argumento medio extraño por su cursilería: “Usted sólo piensa en la tortilla, en cómo esa tortilla puede haber recibido un millón de euros, cuando no cuesta nada hacerla y hay miles, millones de tortillas por toda España y a ninguna de ellas le ha dado nadie un euro de dinero público nunca”.

¿No cuesta nada hacer una tortilla española? ¿No cuesta nada hacer una novela?

“La obscenidad del galardón”, continúa Olmos, “es manifiesta, pero resulta más desconcertante si tenemos en cuenta que la mayoría de los escritores (y, sobre todo, la mayoría de los escritores de algún éxito) no ha trabajado en su vida. Son señoritos”. Aceptando, sin conceder, esta premisa, resulta extrañísimo que Olmos insista en que escribir no es trabajar. Fue el argumento más cínico y repugnante de quienes criticaron el premio, algo así como: “si me dieran a mí un millón de euros no volvería a escribir nunca”, o lo que afirmó el escritor colombiano, también finalista del Premio Aena, Héctor Abad Faciolince: “Si gano, me voy a jubilar”. Yo, de verdad, esperaba que se lo dieran para ver ese sueño cumplido. Como si de verdad alguien fuera lo suficientemente estúpido para dedicarse a la literatura con el propósito de volverse millonario.

Ante la zafia pregunta de qué harían con el millón de euros en caso de ganar, los finalistas —como Bolaño cuando obtuvo el Rómulo Gallegos y dijo que se compraría una maleta— respondieron juguetonamente que adquirirían alguna baratija: Nona Fernández, un lavavajillas; Giralt, un celular; Schweblin dijo que ella sólo quería un sueldo fijo. Anhelo que, según predice Alberto Olmos en otra columna sobre el premio, jamás conseguirá, pues: “Como saben, si un muerto de hambre gana la lotería, se arruina en tres o cuatro años y vuelve a ser tan pobre como era o, de hecho, mucho más, con el añadido de que nadie va a sentir ya pena por él, por imbécil. Un escritor de perfil humilde no sabe qué hacer con un millón de euros, sentirá que lo ha robado, sentirá que escribir carece de sentido, porque lo que él creía que tenía un valor (mil euros de adelanto) en realidad no vale nada: un millón de euros de puta casualidad. Creyendo fomentar la escritura, este millón de euros extermina cualquier deseo de escribir, como heredar un dineral de tus padres extermina cualquier deseo de trabajar”.

¿Pero por qué está tan seguro Alberto Olmos de estas cosas? Después de todo, a él casi nadie lo conocería si no hubiera resultado finalista del Premio Herralde en aquella edición ganada por Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. La suya no era una novela mala, pero, en comparación, sería como poner a competir una novelita juvenil bien escrita como, digamos, La hojarasca, con un clásico intemporal como Cien años de soledad. Lo peor es que Olmos, aun así, se quedó inconforme y durante un tiempo se dedicó a criticar a Bolaño por haberle arrebatado ese premio con chanchullos.

Yo no seré quien diga si los premios millonarios fomentan u obstaculizan la lectura y la escritura, pero cometeré la salvajada de aseverar dos necedades. Primera: que, con la inflación como está, un millón de euros —quizá lo digo porque ni comprendo la cifra— no me parece una cantidad tan exorbitante, teniendo en cuenta que eso puede costar cualquier vivienda en el centro de Madrid o en un barrio pudiente de la CDMX (y sus propietarios seguro no le legaron a la humanidad algo tan bello y profundo como El buen mal, de Samanta Schweblin). Segunda: que un premio tan bien dotado puede devolverles un poco de dignidad a quienes se dedican a la literatura, tan frecuentemente vilipendiados —sobre todo por las nuevas generaciones— con los mismos lugares comunes que esgrime Olmos: ociosos, buenos para nada, huevones, muertos de hambre.

En la UNAM, las carreras de Letras Modernas están a punto de desaparecer porque no hay suficientes alumnos; al parecer ya nadie quiere ser un futuro muerto de hambre capaz de recitar a Shakespeare al derecho y al revés. A lo mejor esto incita, engañosamente me temo, a los jóvenes a dedicarse a las letras y a tener algo más en el cerebro que charlas prefabricadas sobre la utilidad siempre inútil del mundo.

Otra cosa que puedo aseverar es que yo, sin los premios literarios institucionales —ojo: hermosamente anónimos y no pactados como los del sector privado—, jamás habría podido publicar nada. Sencillamente no tenía ningún contacto en el mundo editorial ni era cercano a ninguna aristocracia intelectualoide. Cuando me dieron el cheque de cien mil pesos por haber ganado el Premio Julio Torri —que en mis parámetros era como un millón de euros o más— yo seguí escribiendo y viviendo como siempre, pero con menos ansiedad y menos colitis nerviosas por cómo llegaría a fin de mes (¿o Alberto Olmos cree que son precisamente esas colitis nerviosas la esencia del estilo literario de un escritor?).

Lo que sí es verdad es que, tal como va la inflación inmobiliaria, la Secretaría de Cultura de México debería plantearse imitar al Premio Aena y duplicar el monto de sus premios literarios, pues con ese dinero del Premio Julio Torri yo pude pagar mi renta durante casi tres años; hoy no alcanzaría ni para medio. EP


En La metacolumna, Alejandro Espinosa Fuentes no comenta obras ni acontecimientos de actualidad, sino las lecturas que se hacen de ellos. Un espacio de crítica sobre la crítica —columnas, interpretaciones y obsesiones culturales— que se publica el último jueves de cada mes.

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

Relacionadas

DOPSA, S.A. DE C.V