Alma y hambre

Al hablar de tradiciones en Día de Muertos, Paul Antoine Matos escribe sobre el Hanal Pixán en un intento por recordar lo familiar, lo conocido, así como de costumbres que no resisten al paso del tiempo y se transforman mientras se amplían.

Texto de 24/11/21

Al hablar de tradiciones en Día de Muertos, Paul Antoine Matos escribe sobre el Hanal Pixán en un intento por recordar lo familiar, lo conocido, así como de costumbres que no resisten al paso del tiempo y se transforman mientras se amplían.

¿Pero cómo va a ir pan de muerto en el altar si eso es de los huaches? 

Eso no es Hanal Pixán.

Esa puede ser una diatriba común en Mérida o en alguna otra parte de la península de Yucatán para el Día de Muertos. El altar, símbolo del Hanal Pixán, la festividad más importante de la región, parece intocable. La irrupción de un elemento como el pan de muerto altera al meridano más tradicional —ese que puede estar defendiendo el Monumento a los Montejo— porque el “huach”, el chilango, el fuereño, viene a traer la inseguridad. Pero, pensándolo bien, un simple pan de muerto puede exponer la xenofobia del yucateco. 

El pan de muerto, y quienes lo trajeron, ya forma y forman parte de nuestra sociedad, de nuestros altares. Su inclusión en los días dedicados a los Fieles Difuntos nos habla de las transformaciones que suceden en la península. La incorporación de nuevos elementos se acentúa también con las personas de otros estados, así como de otros países, gringos incluidos, que se adaptan a Yucatán y que adoptan la tradición del Hanal Pixán. 

“Encontré que uno de los altares era del consulado de Estados Unidos y el cónsul con su familia se encontraba ahí adaptando su propia cultura, del Halloween al Hanal Pixán.”

Hace unos años recorrí el Paseo de las Ánimas, una caminata que sale del Cementerio General en Mérida hasta el arco de San Juan, con casi 15 años de existencia. Encontré que uno de los altares era del consulado de Estados Unidos y el cónsul con su familia se encontraba ahí adaptando su propia cultura, del Halloween al Hanal Pixán. Tenían un altar con motivos peninsulares, pero añadían calabazas y comidas de su país para recordar a sus parientes fallecidos.

El altar es la prueba de las evoluciones migratorias. El pan de muerto es común en el centro del país, pero su irrupción causa discordia en lugares como Mérida. Las migraciones no únicamente se notan en los últimos 40 años con la inclusión de ese alimento, sino que la propia concepción del altar nos habla de esos encuentros (y desencuentros) en la región desde la Conquista hace 500 años. El cerdo, fundamental para el mucbilpollo, provino de España. La cruz verde maya forma parte de ese sincretismo con la religión católica y fue usada como símbolo de los mayas rebeldes en la Guerra de Castas durante la segunda mitad del siglo XIX. El mazapán, traído por los españoles en forma de almendras y azúcar, que a su vez fue llevado a España por los árabes, encontró en las pepitas de calabaza la posibilidad de amasarse con azúcar y ofrendarse a los difuntos.

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En un lugar históricamente aislado del resto de México, como si fuera una lengua distinta, el Día de Muertos en la península de Yucatán se desenvolvió en otra corriente, lejana al de lugares como Michoacán o el centro del país. El Hanal Pixán, nuestro Día de Muertos, es la fecha más simbólica para las personas de la Península de Yucatán: mientras en el norte se recuerda con la ida a los panteones a limpiar las tumbas y llevar las ofrendas, en el centro se colocan altares con platillos típicos y flores de Xtabentún. Ni las fundaciones de las ciudades, ni navidad, ni siquiera las fiestas patrias mexicanas —por culpa de nuestra vena independendista de mediados del siglo XIX—, despiertan tal cariño por nuestra tierra como el 1 y 2 de noviembre.

“En estas fechas se conjugan la convivencia familiar con la gastronomía yucateca, todo para recordar a los antepasados.”

En estas fechas se conjugan la convivencia familiar con la gastronomía yucateca, todo para recordar a los antepasados. Aunque es una tradición que se replica en varios lugares en México, Yucatán se separa por los platillos de la región. Por eso, incluir un elemento ajeno a nuestra gastronomía como el pan de muerto es una especie de atentado contra la Hermana República.

La mesa se llena de xec: una ensalada de cítricos como naranja dulce, mandarina, y jícama con cilantro, limón y chile en polvo, xtabentún: un licor de miel, cerveza, mazapanes, pan dulce, los dulces de calabaza, yuca, papaya; también se llena con atole, relleno negro, pavo en escabeche y frutas, todo según el gusto del fallecido. Pero siempre es comida típica. 

El mucbilpollo, un tamal enterrado relleno de manteca, pollo, achiote, envuelto en hojas de plátano, es el platillo más importante para la península. Es cierto que la cochinita pibil, los papadzules y huevos motuleños pueden ser representativos para el extranjero, pero el pib es lo que nos une y reúne con nuestros ancestros, y simboliza el entierro. En 2018, alguien se atrevió a criticar el mucbilpollo. Una mujer, de otro estado, lo llamó “una bola de masa”. Y si bien el video que subió a redes sociales fue ofensivo (véanlo bajo su propio riesgo), la reacción desde el chauvinismo yucateco fue peor: además de comentarios xenofóbicos, se le sumaron mensajes machistas y amenazantes de expulsión del estado y de muerte.

Lo cierto es que las migraciones hacia la península de Yucatán y las nuevas ideas han dado lugar a otras adaptaciones, como la elaboración de mucbilpollos veganos. 

¿Mucbilpollo vegano? Y sí.

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Dentro de los rituales mortuorios yucatecos y su cruce con la gastronomía, hace unos años un cronista de Mérida publicó un artículo en el que recordó cuando a principios de la década de 1960 fue a un municipio y le tocó estar en el sepelio de una persona de aquel lugar. Le invitaron a probar el “relleno del muerto”, parte del ritual del Bokoban: la limpieza del cuerpo del muerto con agua con ruda que se coloca en recipientes y, con ella, se elabora relleno negro, un platillo típico de chiles asados, carne molida, pavo y huevo duro que se presenta en aguas oscuras. Quien lo come —quien se atreve a comerlo— atrae para sí los pecados del fallecido.

“Comer, alimentarse, es esencial para vivir. Pero la muerte nos muestra lo que es el vacío: en el más allá, seguiremos volviendo al mundo de los vivos por comida.”

Ese ritual, prácticamente desconocido en estos tiempos en las grandes ciudades, reconoce la concepción mortuoria e histórica de la península de Yucatán y su relación íntima con los alimentos. Comer, alimentarse, es esencial para vivir. Pero la muerte nos muestra lo que es el vacío: en el más allá, seguiremos volviendo al mundo de los vivos por comida.

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En 2020, año cero de Nuestra Pandemia, por primera vez no estuve en Mérida para Hanal Pixán. Fue mi primer año lejos de mi familia, viviendo en la Ciudad de México. Un amigo me recomendó un mucbilpollo hecho por un familiar suyo. Extrañé mucho Mérida. EP

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