Lunes del Cerro

Además del hecho de que todo el mundo nos estaba viendo, para mí fue algo incómodo soportar una canción interminable bailando con un extraño payaso enmascarado que antes mis intentos de conversar permanecía en silencio o a lo mucho, se encogía de hombros. Por más que yo lo intentaba, no podía identificar a la persona que estaba obligado a mirar de frente y, ocasionalmente, rodear con mis brazos para darle una vuelta.

Texto de 21/05/21

Además del hecho de que todo el mundo nos estaba viendo, para mí fue algo incómodo soportar una canción interminable bailando con un extraño payaso enmascarado que antes mis intentos de conversar permanecía en silencio o a lo mucho, se encogía de hombros. Por más que yo lo intentaba, no podía identificar a la persona que estaba obligado a mirar de frente y, ocasionalmente, rodear con mis brazos para darle una vuelta.

Llevo quince años viviendo en una comunidad rural de alrededor de 500 familias ubicado al este del valle de Oaxaca. Como único estadounidense del pueblo, soy percibido como una rareza más o menos benigna, si bien los motivos de mi presencia resultan difíciles de entender. ¿Por qué estás aquí, si tantos quisiéramos irnos?, me preguntan. Sin embargo, con pocas excepciones, soy recibido con buena disposición y respeto.

En la llanura árida que se extiende hasta el pueblo vecino, se levanta Danush, un extraño cerro de redondez casi perfecta, como una esfera partida a la mitad. La creencia dicta que dentro de Danush hay un mundo espejo de éste, un paraíso de riquezas gobernado por un poderoso dueño. A quien logre entrar se le concederá cualquier deseo. Pero pocas personas tienen llave. 

“Se cree que un demonio llamado Matlazihuatl, que toma la forma de una mujer seductora y se alimenta de hombres deseosos o alcoholizados, recorre el área junto con brujas: bolas de fuego que atraviesan el cielo en luna llena.”

No es el único cerro al que se le atribuyen propiedades fantásticas. Detrás de mi casa hay otros, cada uno con su propia leyenda que ha pasado de generación en generación desde la antigüedad. A uno lo protege una vaca con ojos de fuego. En otro, niños fantasma emergen al anochecer y conducen al viajero ingenuo hasta un laberinto sin salida. Se cree que un demonio llamado Matlazihuatl, que toma la forma de una mujer seductora y se alimenta de hombres deseosos o alcoholizados, recorre el área junto con brujas: bolas de fuego que atraviesan el cielo en luna llena.

En nuestro pueblo se alza el cerro El león, que tiene un acantilado de peculiar dramatismo. Pocas cosas despiertan tanta emoción como la celebración que se lleva a cabo ahí en julio, llamada Lunes del Cerro, durante la cual su árida cima se transforma en una fiesta salvaje y suntuosa. Los preparativos empiezan con semanas de anticipación, con la formación de comités cuya tarea es asegurar comida suficiente para todos, así como bebida, música y otros sonidos propios de la celebración. En la cima se monta una carpa enorme y en la calle se pueden escuchar múltiples bandas que arrancan sus ensayos mientras los muchachos que han decidido vestirse para la ocasión empiezan a planear sus atuendos. 

“Los preparativos empiezan con semanas de anticipación, con la formación de comités cuya tarea es asegurar comida suficiente para todos, así como bebida, música y otros sonidos propios de la celebración.”

La festividad comienza temprano. La primera vez que fui llegué alrededor de las tres de la tarde y vi a mucha gente subiendo el cerro por un camino empinado, mientras otros iban llegando en mototaxis y pickups. Las autoridades de la comunidad habían tomado asiento en la mesa de honor, la música de banda ya sonaba y todo mundo empezaban a beber. Como en cualquier fiesta, durante un rato la pista de baile permaneció casi vacía, excepto por una o dos valientes parejas que ocupaban el óvalo rodeado de sillas. Las mujeres repartían tamales y fruta, amigos se saludaban y un hombre arrugado, con la espalda arqueada tras una vida de trabajo arduo, iba de grupo en grupo llenando vasitos de plástico con un bidón de gasolina lleno de mezcal.

Acepté un mezcal y me di una vuelta para saludar a Doña Licha, la cabeza del comité de tamales este año, y darle la mano al Presidente Municipal, un gesto de cortesía que no se puede pasar por alto. No lo había visto desde un reciente episodio de conflicto que tuve con los comuneros a propósito de mi tierra. Acaso porque se sentía culpable sobre su participación, me pidió que me sentara un momento a su lado. 

Desde esa mesa tenía una excelente vista de la festividad. Estaba el campesino de cabeza cúbica que parecía un Tom Selleck oaxaqueño y que hace no mucho había amenazado con derribar mi casa con un machete. Ahora, en cambio, sonreía y levantaba una cerveza para saludarme desde el otro lado de la pista de baile. También estaba el anciano presumido que se reía del arranque de gallardía que tuvo tres décadas antes, cuando lanzó la primera bomba en una batalla librada contra el pueblo vecino. Estaba el hombre conocido como Nueve semanas y media, porque perdió medio dedo en un accidente. Estaba Pablo que, al cruzar la frontera, había sido secuestrado por su propio coyote. Lo metieron en la cajuela de un coche y lo encerraron en una habitación de una ciudad desconocida hasta que su tía pagó el rescate.  

Año tras año, la fiesta suele ser desenfrenada. Es difícil saber qué tan vieja es esta costumbre, pero un amigo antropólogo sospecha que es un vestigio de una antigua celebración relacionada con la fertilidad. A lo largo de este tiempo, algo se ha mantenido siempre igual: durante el festival, no hay reglas. Había personas que yo reconocía, pero muchas más me resultaban una incógnita, por la simple razón de que todos los jóvenes solteros dispersos bajo de la carpa estaban vestidos en lo que un extranjero como yo denominaría drag. Llevaban puestas pelucas de largo y ondulante cabello, usualmente rubio, tacones altos, bustos generosos, vestidos apretados y faldas cortísimas. Por una noche se visten con encanto femenino extremo, al menos su versión de ello, con el fin de satisfacer una sexualidad sin reglas: su atención está puesta en el resto de los hombres. Lo más extraño es que sus rostros están ocultos detrás de máscaras, no máscaras hechas a mano sino máscaras baratas de las princesas de Disney, animales o, en algunos casos, payasos. 

“Cuando abandoné la mesa del Presidente Municipal, una corpulenta mujer payaso tomó mi mano y me condujo hasta la pista, donde bailamos una cumbia que duró un largo tiempo.”

Cuando abandoné la mesa del Presidente Municipal, una corpulenta mujer payaso tomó mi mano y me condujo hasta la pista, donde bailamos una cumbia que duró un largo tiempo. Además del hecho de que todo el mundo nos estaba viendo, para mí fue algo incómodo soportar una canción interminable bailando con un extraño payaso enmascarado que antes mis intentos de conversar permanecía en silencio o a lo mucho,  se encogía de hombros. Por más que yo lo intentaba, no podía identificar a la persona que estaba obligado a mirar de frente y, ocasionalmente, rodear con mis brazos para darle una vuelta.  Puede haber sido uno de los campesinos a los que saludaba al pasar por los sembradíos, el carnicero del mercado donde compraba cerdo o hasta unos de los policías del pueblo que hacían sus rondines cerca de mi casa cada noche. La vestimenta en sí era tosca, aunque sexy a su manera –un vestido corto y entallado, una peluca rubia hasta los hombros– pero la máscara de payaso la volvía inquietante. Un tatuaje en el antebrazo y una pequeña herida en la pierna no me ayudaron a distinguir si conocía a la persona con la que estaba bailando. 

Luego la canción se terminó. Mi pareja de baile se dio la media vuelta y se marchó sin decir más. A medida que el mezcal hacía lo suyo, la fiesta se iba volviendo ruidosa. Más y más gente se reunía en la pista. El comité Tupperware aventaba recipientes de plástico a la multitud. Las mujeres payaso parecían haberse multiplicado  y se ponían cada vez más provocativas con los hombres mayores, casados: los pellizcaban, les tocaban la entrepierna y se abalanzaban hacia los más guapos para tratar de quitarles la camisa. No tardaron mucho en emborracharse lo suficiente como para treparse a los postes que sostenían la carpa y columpiarse de la estructura. Los fuegos artificiales empezaron a explotar alrededor, colocados a propósito frente a las autoridades municipales, que voltearon su mesa para usarla como escudo, lo cual añadió al frenesí y la emoción. 

En medio de caos, un sujeto de grandes senos me jaló hacia la multitud danzante. Traía puesta una máscara de borrego que, como el resto, contrastaba con su vestimenta provocativa. Se contoneó y apretó sus senos contra mí, pero al final no fue capaz de mantener la farsa. 

Me gritó al oído para que pudiera escucharlo a pesar de la música, “¿Sabes quién soy?”

“No tengo idea”, le grité de vuelta.

Se quitó la máscara de borrego.  “¡Soy Félix!”, exclamó.

Félix, mi jardinero, a quien conozco desde que llegué a Oaxaca y con quién he vivido días felices y dificultades, como sus complicaciones amorosos, sus problemas familiares, su eventual matrimonio, la trágica muerte de su primer hijo y la reciente llegada del segundo, con buena salud. 

Nos reímos juntos, pero ahora que se había mostrado ante mí era imposible continuar. La prisa por mostrar su identidad ante mí había roto el hechizo, y lo solté de entre mis brazos. Ahuyentados por la repentina intimidad, nos alejamos para volver a nuestros sitios en la periferia de la celebración.  EP

*Traducción de Isabel Zapata

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