El devenir de nuestros cuerpos

María Benítez Maldonado disecciona su propio cuerpo para mostrarnos cómo las mujeres estamos sometidas a la vigilancia de dispositivos específicos de control patriarcal.

Texto de 22/03/21

María Benítez Maldonado disecciona su propio cuerpo para mostrarnos cómo las mujeres estamos sometidas a la vigilancia de dispositivos específicos de control patriarcal.

Hace unos años el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) realizó un encuentro con científicas y científicos. En uno de los textos de la convocatoria se presentó una batería de preguntas realizadas por los pueblos. Una de ellas me estremeció. El grupo de hueseras, hierberas y parteras preguntaba: ¿por qué cuando un bebé nace inmóvil, su cuerpo está verduzco y apenas su corazón palpita, si se pone la placenta (sin haber cortado el cordón umbilical), en agua hirviendo o al fuego, el recién nacido se recupera?

Yo había parido por primera vez un año antes y había leído a Robin Lim, una partera que defiende que el pinzamiento, corte inmediato o temprano del cordón umbilical, “es el mayor problema de derechos humanos autorizado por la medicina”. Lim relata cómo cuando nace un bebé que no respira, tiene pulsación ausente y tono muscular flojo, la práctica de poner a calentar la placenta es un método con muchísimo éxito para preservar la vida del neonato. Pero Lim trabaja en Bali, Indonesia, ¡a más de 15 mil kilómetros de Chiapas!

¿Qué pasa cuando dos culturas tan distantes comparten saberes tan ancestrales como misteriosos? ¿Por qué existe ese conocimiento, que también es científico, resguardado en la marginalidad y no en el centro de los procedimientos obstétricos?  ¿Cómo impacta la hegemonía de una mirada? ¿Cómo se pueden desvanecer, desdibujar y desmemoriar actos tan vitales, tan potentes? Nos avasalla tanto la parafernalia de las estructuras —médicas, políticas, económicas, sociales—, que nos cuesta trabajo creer que hay más.

La desafiante pensadora mixe Yásnaya Aguilar, consejera editorial de esta revista, ha puesto este reto sobre la mesa con una pregunta concreta: ¿cómo sería un sistema de salud pública que no estuviera regido por el Estado? 

Y nos da miedo siquiera imaginarlo. 


“Estamos programadas para esconder, reprimir y meter bajo el tapete cualquier emoción que no se adapte a los estándares culturales. “El que se enoja pierde” y “las niñas bonitas no se enojan” son frases que no se aprenden impunemente.”

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Hace apenas dos años, en 2018, se publicó en España el libro Yo menstrúo, de Erika Irusta. No es el primer libro ni el primer intento de la autora por explorar a fondo los cambios que las mujeres experimentamos con el ciclo menstrual. Desde 2015 existe la comunidad online Soy1soy4 donde las participantes también generamos conocimiento sobre nuestras propias experiencias. Sobre los cambios radicales que suceden mes a mes en los cuerpos de las mujeres. Son cambios que en general desconocemos. Esas subidas y bajadas emocionales, nuestros cambios de parecer, nuestros humores revueltos y hasta nuestras distintas capacidades cognitivas en las diferentes fases del ciclo menstrual las condensa Irusta en una frase reveladora: “No estoy loca, soy cíclica”.

Hasta antes de dedicar horas a aprender sobre el ciclo menstrual, yo me había creído todos los anuncios de Kotex y esos días, en los que me bajaba, “no podían detenerme”. Me peleaba con lo que sentía. Me peleaba con mis propias ganas de hacerme bolita en la cama, taparme y descansar. Me peleaba con el mundo, pero necesitaba cumplir con las expectativas de asistir a las reuniones familiares, de ir a las asambleas, de exponer en clase, de llegar a tiempo a la oficina y salir hasta que era la hora de salir. Me enloquecía sentir todo el poder y la determinación del mundo para lograr lo que quería y días después sentir que no podía ni con mi vida.

En años de educación obligatoria, en todas las horas que nos hicieron sentarnos solas y calladas mirando al pizarrón, nadie nos enseñó, ni por error, la verdad sobre nuestras hormonas. No nos dijeron que cuando sube el estrógeno baja la progesterona, y al revés. Que los estrógenos son estimuladores neurales y están relacionados con todas las funciones intelectuales (hacer estrategias, cálculos, habilidades de habla, escritura, análisis, razón, orden y lógica). Y entonces, que no es coincidencia que cuando estamos en el punto más alto de la fertilidad nos sentimos mejor y nos vemos mejor (nos vemos estéticamente más ad hoc con lo que nos han enseñado que es la belleza). Esto ocurre no sólo porque nuestro cuerpo no está inflamado, sino porque nuestras habilidades se parecen más a las que culturalmente están relacionadas con los hombres, es decir, estamos más acordes con los mandatos del mundo patriarcal.

Mientras que, cuando la progesterona trota sobre nuestras venas, se despliegan otras habilidades menos reconocidas por los cuerpos dominantes, por los cuerpos masculinos, que no experimentan dicha hormona. La sensibilidad, la percepción, la intuición y con ello el conocimiento de la vulnerabilidad, la necesidad de los mimos y los cuidados, se potencian. Pero los atomizamos. 

Estamos programadas para esconder, reprimir y meter bajo el tapete cualquier emoción que no se adapte a los estándares culturales. “El que se enoja pierde” y “las niñas bonitas no se enojan” son frases que no se aprenden impunemente. 

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Hoy sabemos que para la medicina el ciclo menstrual es otro signo vital. Al menos, ese fue el llamado que hizo el Colegio de Obstetras y Ginecólogos de Estados Unidos en 2015. Ya que, al igual que los otros signos vitales (ritmo cardiaco, frecuencia respiratoria, presión arterial y temperatura), el ciclo menstrual es un reflejo de la salud general de las mujeres. Sin embargo, sabemos poco sobre cómo afectan los anticonceptivos hormonales a la salud de las mujeres. Es información pública pero no está disponible: no es parte de nuestras lecturas. 

Cada tanto aparecen en las redes sociales tuiteras famosas, influencers y amigas festejando que no tienen sangrado menstrual gracias a la píldora o a algún método anticonceptivo hormonal. Se entiende. Porque en nuestra cultura la menstruación es una lata, una carga y un evento incómodo. Casi la totalidad de las mujeres que toman anticonceptivos hormonales desconocen que ellas tampoco están menstruando. Tienen un sangrado, sí, pero se llama así, sangrado por deprivación. No es una menstruación porque no es el resultado de la ovulación.

Todos los anticonceptivos hormonales son anovulatorios; es decir, inhiben la ovulación y con ello inhiben el ciclo menstrual. En otras palabras, inhiben uno de los signos vitales y repercuten, inevitablemente en la salud general de las mujeres. Los riesgos van desde cáncer, depresión, coágulos de sangre y pérdida de cabello, hasta la paradójica pérdida de libido y apetito sexual. ¡Sí!, tomamos las pastillas para tener una vida sexual activa sin embarazarnos pero las pastillas merman nuestras ganas de coger. Es terrible porque la sexualidad y el erotismo también son una pulsión vital. Son una parte importante de mis ganas de estar viva. Noto que hago un esfuerzo al decirlo ¡porque me da vergüenza! (¡Me educaron para ser una mujer decente!) ¡Pero es verdad! 

¿Por qué entonces se inventó, se sigue recetando y usando algo así? Entre otras cosas, para mí está claro que en términos de medicina, ciencia y tecnología, “cincuenta años de anticonceptivos hormonales demuestran una alarmante falta de imaginación”, como apuntala Lara Briden en su libro Cómo mejorar tu ciclo menstrual.

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Falta de imaginación y heteropatriarcado dan cuenta de muchas prácticas médicas y protocolos absurdos. Pero también se imponen las culturas y las clases, sin que medie mucha ciencia de por medio. El doctor Lauren Dundes, sociólogo, y  la doctora. Christiane Nortrup, ginecóloga y obstetra, coinciden en señalar  que la clásica posición de litotomía para parir en los hospitales, es decir boca arriba, fue popularizada por Luis XIV de Francia, a quien le excitaba observar los partos de las mujeres de su corte sin que ellas se dieran cuenta. Con las mujeres mirando hacia arriba y con las faldas levantadas él podía hacerlo sin consecuencias. De ese modo la posición fue imitada porque era usada por las mujeres de la clase alta. Se trata de una posición aspiracional, digamos. Y se volvió protocolo de atención porque es más cómodo ¡para quienes atienden el parto!

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La revista Time publicó en abril de este año un texto que se titula Porqué los ventiladores no están funcionando tan bien para los pacientes de covid-19 como los doctores esperaban. En él se entrevista a varios especialistas en enfermedades pulmonares. Se contrastan puntos de vista sobre la utilidad de los ventiladores y las observaciones que se habían realizado hasta el momento. El doctor Nicholas Hill, jefe de medicina pulmonar, cuidados intensivos y del sueño en el Tufts Medical Center en Boston y ex presidente de la American Thoracic Society, afirmaba entonces haber tenido éxito en el tratamiento de pacientes con opciones no invasivas como poner a los pacientes boca abajo, porque eso mejora el flujo sanguíneo a los pulmones. 

No obstante, el texto de Time remata con la opinión del doctor Ken Lyn-Kew, neumólogo de la National Jewish Health en Colorado. “Es posible que podamos hacerlo mejor, pero en ausencia de datos sobre la forma de hacerlo, debemos seguir nuestras pautas sociales y 25 años de investigación”. Desesperanzadoramente se deben seguir los protocolos, dice. Así que igual que en los Estados, los gobiernos y las políticas públicas, los cambios son lentos, las estructuras son pesadas y las inercias dictan los rumbos mejor que la propia experiencia. El miedo a cambiar lo establecido priva por sobre todas las cosas. Aunque la evidencia apunte a lo contrario.

“Casi la totalidad de las mujeres que toman anticonceptivos hormonales desconocen que ellas tampoco están menstruando. Tienen un sangrado, sí, pero se llama así, sangrado por deprivación. No es una menstruación porque no es el resultado de la ovulación.”

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Con todo, la actual crisis de época que vivimos podría poner  en entredicho  muchos de los paradigmas de la medicina imperante. Sólo falta que la medicina quiera. Noticias, datos e investigaciones científicas descubren que el virus del Covid-19 afecta de manera distinta a cada huésped. Se descubre que cada enfermo, cada enferma, reacciona de múltiples formas: conjuntivitis, diarrea, cascadas de inflamación y muerte. ¡Hay quienes no presentan síntomas! Todo parece estar fuera de sitio, descolocado y descontrolado por este virus rebelde. 

Los manuales, los protocolos, los diagnósticos y los tratamientos saltan en pedazos. Los médicos odian el virus porque las prácticas médicas están acostumbradas a homogenizar. Y entonces aparece la grieta. Algo que podría parecer tan obvio toma una relevancia que inquieta: cada cuerpo, al igual que cada cabeza, es un mundo.

Esta verdad y este despeñadero de muertes y encierro podría tener implicaciones profundas en las prácticas médicas actuales. Y ojalá las tenga. Porque todo esto nos podría llevar positivamente a desplazar la mirada desde el síntoma y la enfermedad, hacia las personas que se enferman. No es un movimiento inocuo, porque pone en jaque a todo el paradigma médico, que es mirar al síntoma sin mirar al paciente. Es un golpe al paradigma de la industrialización de la medicina, donde hay una respuesta prefabricada para cada enfermo. Pero es necesario porque es insostenible.

Si las prácticas médicas son el resultado de una mirada, de una historia, de una cultura que se impone sobre otras, del machismo galopante, del poder de las altas clases sociales, del imperio de la razón por encima de los sentidos, los sentimientos, y la imaginación, disputemos esa mirada. Disputemos el devenir de nuestra salud y de nuestros cuerpos. Porque la resistencia es también sentirse, y eso va de la piel para adentro. EP

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