Voces que remueven mi mundo interno

En su nuevo libro, Josefa Sánchez Contreras propone un ecologismo anticolonial que desmantela la idea de humanidad universal y coloca en el centro la memoria, el territorio y las luchas de los pueblos racializados.

Texto de 06/11/25

En su nuevo libro, Josefa Sánchez Contreras propone un ecologismo anticolonial que desmantela la idea de humanidad universal y coloca en el centro la memoria, el territorio y las luchas de los pueblos racializados.

Josefa Sánchez Contreras. Despojos racistas. Hacia un ecologismo anticolonial. Barcelona: Anagrama, 2025.

La premisa de Despojos racistas. Hacia un ecologismo anticolonial es sencilla: el colonialismo constituye el fundamento de la huella antropogénica que padece la Tierra; el despojo racista es un rasgo estructural de ese mismo colonialismo histórico. En consecuencia, los despojos racistas son una condición necesaria para la acumulación originaria del capital y una causa directa de la emergencia climática contemporánea. La complejidad de este planteamiento proviene del lugar de enunciación desde el cual es formulado.

Josefa Sánchez Contreras —investigadora, ensayista y activista del pueblo Angpøn de Chimalapas, conocidos también como zoques— es historiadora, socióloga y una interlocutora honesta, crítica. Si, como afirma la intelectual feminista negra Djamila Ribeiro, cada palabra revela quiénes somos —nuestra raza, etnia, orientación sexual e identidad de género—, también es cierto que todo punto de enunciación es colectivo. Por eso, cuando inclinamos la cabeza para escuchar a alguien, oímos voces colectivas, no individuales; porque cuando alguien habla, como recuerda Ribeiro, esto no “se reduce al acto de emitir palabras, sino al hecho de poder existir” (Ribeiro, 2028: 83). Escuchar a Josefa Sánchez Contreras, entonces, presto oídos a su existencia y a la del pueblo Angpøn.

Conocí a Josefa durante la pandemia. En aquellas pequeñas pantallas de Zoom que nos recordaban que no estábamos solos, la escuché por primera vez. Hablábamos del fin del mundo y del Antropoceno en una clase de posgrado que dictábamos en la UNAM, y ella dijo: “no hay nada más viejo que el fin del mundo”.

Hay voces remueven nuestro mundo interno. Así fue la voz de Josefa.

Años después reseñé Colonialismo energético. Cuando leí este nuevo libro editado por Ona, Josefa me escribió para preguntar qué me había parecido. Intenté ser honesta y crítica, como correspondía al código de discusión y de amistad que habíamos construido juntas. “El libro es importante”, respondí, “pero me incomodó una conclusión que, para mi gusto, resulta apresurada”.

¿Por qué —le pregunté a Josefa— las luchas del sur, encabezadas principalmente por mujeres racializadas, muchas veces excluidas y empobrecidas, herederas de una larga historia de colonialismo, eran equiparadas con las luchas del norte global —también importantes y válidas—? El problema, desde mi punto de vista, era otro: ¿por qué tendrían que ser lo mismo para generar diálogo y un frente común, cuando no lo eran ni lo serían nunca? Josefa respondió: “Ese es el debate”.

Este es el contexto de mi lectura de Despojos racistas. Hacia un ecologismo anticolonial, editado por Anagrama. De él destaco cuatro argumentos centrales:

1. La idea de humanidad

    ¿Qué es un ser humano? ¿Quién merece serlo? ¿Quién lo es realmente? Ante la emergencia climática, esta idea —aparentemente simple— requiere una revisión profunda, pues la respuesta depende del lugar de enunciación que cada quien ocupa. La “humanidad”, como concepto abstracto, ha justificado la colonización, la extracción de recursos y del trabajo de las personas en territorios reconocidos o denominados como indígenas.

    Para distintos intelectuales, activistas y portavoces de pueblos y naciones amerindias —como Ailton Krenak—, la humanidad es una noción excluyente y exclusiva. Como señala Jacinta Xón Riquiac, antropóloga k’iche’, los derechos humanos existen, sí; sin embargo, para muchos pueblos antes de luchar por los derechos es necesario luchar por tener derecho a tener derechos.

    Cuando hablamos de una humanidad, ¿en quién estamos pensando concretamente? Para Josefa Sánchez Contreras, “el carácter colonial de la destrucción de la Tierra (…) la huella antropogénica corresponde a la de un tipo de humanidad” (p. 13). El 80 % de la biodiversidad planetaria se encuentra en territorios habitados por personas tipificadas como empobrecidas. Los pueblos amerindios, que generan las menores emisiones de CO₂, son también quienes durante siglos han construido ecosistemas que hacen posible la vida en el sentido más amplio del término.

    Hacia el final del libro, Sánchez Contreras cita a Houria Bouteldja, militante argelina, quien responde a las preguntas planteadas en este apartado: “perdí mi humanidad en 1492 y luego en 1830, y desde entonces me paso toda la vida reconquistándola”. Y concluye Josefa: “Lo cierto es que resulta cansado estar siempre justificando nuestro derecho a habitar este mundo” (p. 72).

    2. El cambio climático y el racismo estructural

      Los problemas derivados del cambio climático, la crisis energética y otros dilemas ambientales suelen reducirse a cuestiones económicas, omitiendo su carácter racial. Si creemos en la “humanidad” como una categoría homogénea, entonces resulta imposible —desde ese punto de enunciación— comprender, o siquiera percibir, cómo la estructura social intersecta el color de piel, el tipo de cabello, la complexión, el ingreso económico, el acceso a los derechos, el reconocimiento de ciudadanía, el género y la edad en una misma persona.

      La economía, dice Josefa Sánchez Contreras, es racial. Es lo que algunos llaman “colorismo”: una estructura que beneficia a quienes tienen la piel más clara. La economía también tiene género —por eso las mujeres ganamos menos dinero—, tiene edad y tiene etnia.

      El racismo es un proceso histórico inherente al colonialismo. En el siglo XVI era explícito: no todas las personas eran del mismo “tipo”, incluso había quienes, según los ibéricos, no eran personas por carecer de alma. Algo semejante persiste en el presente, aunque la noción moderna de una humanidad y una ciudadanía igualitaria oculta la jerarquización de la que hablan Ailton Krenak y Jacinta Xón Riquiac. Los cimientos de nuestro mundo son coloniales y se erigen sobre el genocidio, la esclavitud, el despojo y el extractivismo.

      Cuando llegó el siglo XX, esa violencia fundadora ya se había normalizado y transformado en algo “natural”. Por ejemplo, la política educativa de José Vasconcelos —recuerda Josefa— prometía la formación de una “raza cósmica”, una raza que hablaría por su espíritu; un proyecto que, para muchos, ha significado padecer racismo y exclusión dentro de la universidad, porque esa raza cósmica, curiosamente, tiende a la blanquitud —entendida no como color de piel, sino como una posición de existencia, de enunciación, y, como señala Josefa, como una relación de poder—.


      Abro paréntesis. Cuando conocí a Josefa —como otros estudiantes adscritos a pueblos mayahablantes, nahuablantes, nanhu o ayuujk—, ella buscaba un espacio donde no se pretendiera borrar su propia epistemología y conocimiento “por su propio bien”. Un lugar donde no tuviera que padecer, como me han contado distintos estudiantes, a un profesor que los discrimina porque no hablan español, o que censura su trabajo para luego apropiárselo. El racismo forma parte de nuestro sistema educativo, de las metodologías que empleamos y de las formas en que decidimos ejercer la pedagogía.

      Josefa, como tantos otros estudiantes, ha debido enfrentar ese racismo académico que —como cualquier otro racismo— te hace dudar de tu propia existencia.

      Tal vez el único trabajo que conozco capaz de dialogar con las propuestas de Josefa Sánchez Contreras es el de Kohei Saito. Desde su lugar de enunciación —hombre privilegiado, perteneciente a una de las cinco naciones con mayores emisiones de CO₂—, este profesor de la Universidad de Tokio dialoga con Josefa desde el otro extremo del colonialismo y del racismo que están en la base de la crisis climática contemporánea. Cierro paréntesis.


      El racismo obedece a un sistema colonial y, a decir de Josefa, continúa vigente porque es “funcional al sistema económico capitalista y sobre todo cobra mayor relevancia en la medida que la emergencia climática se agudiza” (p. 26). Como ha mostrado en otros escritos, advierte que sería un error comprender las causas y los efectos del cambio climático únicamente desde la perspectiva del capitalismo, pues las soluciones dominantes —los bonos y métricas de carbono o las energías que de “verdes” solo tienen el nombre— siguen basadas en infraestructuras sostenidas por el carbono.

      Si cambiamos el lugar de enunciación y pensamos desde la estructura racial, entonces las respuestas a la crisis climática podrían pasar por otros caminos: el reconocimiento de los territorios, las autonomías y la libre determinación. No son temas periféricos, sino centrales: los pueblos amerindios han creado y conservan cerca del 80 % de la biodiversidad que aún existe en el planeta. Preguntémos, si no, a las personas que han padecido las inundaciones de este verano de 2025, qué es lo realmente importante para ellas.

      3. La desigualdad ante la catástrofe

      Atravesamos de forma diferenciada la emergencia climática porque ni siquiera ante la muerte somos iguales. Lo demostró el COVID. Lo sabemos también porque vivimos en un país de feminicidios, en el que se asesinan a defensores ambientales y a integrantes de pueblos y naciones indígenas. Como recuerdan Jacinta Xón Riquiac y Josefa Sánchez Contreras, el acceso a los derechos es diferencial: depende de la etnia, la raza, la lengua, la vestimenta, el género o la edad.

      “La discriminación racial —dice Josefa— impacta la formulación de políticas ambientales, la aplicación y la regulación de leyes.” A las personas de color nos excluyen de las decisiones, y para muchas de nosotras la justicia ambiental sigue siendo un horizonte lejano.

      No, no somos una sola humanidad, insiste Josefa. No estamos en el mismo barco, ni nadamos en el mismo mar, porque el agua que nos rodea es producto del colonialismo, del racismo, de la desigualdad, de la violencia, del genocidio y del horror.

      Un ejemplo basta: el despojo racializado permite expulsar a la población nativa de sus territorios y restringir sus formas de vida. Arqueólogos y ecólogos como Eduardo Neves han demostrado que el Amazonas es un jardín creado por personas —un jardín antropogénico—. Para quienes lo habitan, además, es un jardín creado también por los espíritus. La “naturaleza”, al igual que la “humanidad”, es una idea colonial que sigue siendo funcional al capitalismo. Pero más allá de los límites de ese mundo, la vida sigue siendo posible.

      4. Hacia un ecologismo anticolonial

        Finalmente, me gustaría detenerme en el subtítulo del libro, Hacia un ecologismo anticolonial, y volver al inicio de este escrito. Josefa se pregunta: “¿Es la defensa del territorio comunal un ecologismo indígena?”. Escuchemos lo que, desde su lugar de enunciación, viene a decirnos:

        “Después de constatar que estamos en una disputa abierta por los territorios, puedo responder a la cuestión. Las defensas de los territorios no son un ecologismo indígena. La vida de un territorio como una elección civilizatoria es parte de una larga lucha anticolonial y no es una esencia inherente a los indígenas, es un proceso histórico. Es importante —insiste— reiterar este punto ante la constante tentación de mirar a los pueblos indígenas como buenos salvajes o como el nativo ecológico. Debemos evitar esta mirada que no deja de ser el otro lado de la misma moneda racista” (p. 72).

        Y aunque algunos colegas historiadores aún se nieguen a aceptarlo, la defensa de los territorios —como Josefa ha demostrado en sus investigaciones— son expresiones de luchas anticoloniales sostenidas durante cientos de años por los pueblos. Una prueba de ello es que siguen habitando esos territorios; y esa lucha ha tenido como objetivo sostener la vida. Cada amotinamiento en el siglo XIX, cada alzamiento en el naciente siglo XX, cada rebelión ha sido una defensa por el territorio.

        Y sí, es necesaria la relación entre las luchas del sur y las resistencias del norte. ¿Cómo lograrla? ¿Cómo articularlas?

        Desde nuestras diferencias, me atrevo a afirmar: no desde el monocultivo del pensamiento, sino desde la biodiversidad. No son los pueblos los que deben reconocerse como ecologistas. Por el contrario, “son los ecologismos urbanos y del norte global los que necesitan adoptar las premisas anticoloniales y antirracistas, sobre todo como un ejercicio de memoria histórica” (p. 88).

        “¿Cómo imaginar sociedades realmente post coloniales?”, nos pregunta Josefa. Desde la defensa de los territorios y de la construcción de ecologismos antirracistas. Sumo aquí mi propia reflexión, recordando a Djamila Ribeiro, quien nos exhorta a “expulsar al colono que vive dentro de nosotros”; o a Louisa Yousfi, la argelina que en Francia es llamada “indígena”, cuando nos invita a “seguir siendo bárbaros, dejar de pensar que nuestra humanidad radica en tranquilizar a quienes la ponen en tela de juicio, salvar lo que queda de nosotros y vengar lo que hemos perdido”.

        “Cada que tropiezo con Vasconcelos… me cae más mal”, dice Federico Anaya, y coincido con él. Porque, si he de ser honesta, por mi raza nunca habló el espíritu. El colonialismo y su racismo estructural, el capitalismo y el Estado nación me convirtieron en una mestiza, y para lograrlo me arrancaron la herencia que alguna vez fue mía.

        Por eso agradezco a Josefa este diálogo: porque en su escritura encuentro un lugar de enunciación propio, incluso dentro del ámbito académico; aun siendo una mestiza que ha padecido el blanqueamiento; un diálogo que espero dure muchos años. EP

        Referencias

        • Xón Riquiac, María Jacinta. Entre la exotización y el mayátrometro. Dinámicas contemporáneas del colonialismo. Guatemala: Catafixia.
        • Anaya, Federico. 2025. “Cada que tropiezo con Vasconcelos… me cae más mal”.
        • Neves, Eduardo (2023). “Esboço de uma Histórica Antiga da Amazônia”. Revista Brasileira, 117, 8-12.
        • Krenak, Ailton. 2019. Ideas para postergar el fin del mundo. Colectivo siesta.
        • Ribeiro, Djamila. 2023. Lugar de enunciación. México: UAM.
        • Saito, Kohei. 2024. El capital en la era del Antropoceno. Una llamada a liberar la imaginación para cambiar el sistema y frenar el cambio climático. España: Penguin Random House
        • Yousfi, Louisa. 2022. Seguir siendo bárbaro. España: Anagrama.

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