Las ruinas maternas: memoria y herencia en Malacría de Elisa Díaz Castelo

Angélica Nallely Thomassiny Romero explora en esta reseña Malacría, la primera novela de Elisa Díaz Castelo, donde las ruinas emocionales heredadas revelan una identidad moldeada por el silencio y la memoria.

Texto de 14/08/25

Angélica Nallely Thomassiny Romero explora en esta reseña Malacría, la primera novela de Elisa Díaz Castelo, donde las ruinas emocionales heredadas revelan una identidad moldeada por el silencio y la memoria.

¿Te imaginas que ahí, del otro lado, en Daemonia, lo único distinto no sea el agua sino la historia de la vida de mi madre?

—Elisa Díaz Castelo, Malacría

Durante años coleccioné fotos de casas abandonadas. No sabía por qué. Tal vez buscaba en sus muros resquebrajados una forma de entender la fragilidad de mi propia historia. Leer Malacría (Sexto Piso, 2025), la primera novela de Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986), fue como entrar a una de esas casas: no para ver sus escombros, sino para reconocer las huellas de lo heredado.

Esta escritora ha transitado la poesía con precisión y sensibilidad íntima. En su obra previa —que incluye Principia (Tierra Adentro, 2018), El reino de lo no lineal (FCE, 2020), Proyecto Manhattan (Antílope, 2021) y Planetas habitables (Almadía, 2022)— ha explorado el lenguaje científico, especialmente vinculado a la física, la cosmología y la biología, así como la enfermedad, el tiempo y el cuerpo como territorios de significación. También en su libro de cuentos El libro de las costumbres rojas (Elefanta Editorial, 2023) abordó la enfermedad y el trauma, preocupaciones que ahora, en Malacría, se expanden hacia lo narrativo sin abandonar la potencia lírica que caracteriza su obra.

En esta primera novela, Díaz Castelo lleva esas inquietudes a un territorio donde la memoria heredada, las fisuras familiares y el peso de lo no dicho se entrelazan en la construcción de la identidad. ¿Cómo se construye la identidad a partir de la memoria heredada? ¿Qué papel desempeña la línea materna en la transmisión de ruinas emocionales? Estas son algunas interrogantes que surgen ante la lectura de esta obra, cuyos personajes tienen la característica inmanente del peso de lo no dicho en la genealogía femenina.

La novela se vertebra desde tres perspectivas: la de Cecilia (la abuela), Perla (su hija) y Ele (la nieta). La estructura está ideada para narrar el presente y el pasado; este último desde el intimismo de los recuerdos o las palabras en un diario, con imágenes que provienen, quizá, de la mezcla del sueño y la memoria. Malacría plasma el inicio del trauma, la memoria del cuerpo, la enfermedad y, finalmente, la transformación de lo no dicho.  

Las tres generaciones de mujeres convergen en las características de su personalidad que, sin saberlo, las unen a través del tiempo. No obstante, para ellas es difícil entenderse entre sí: se miran en el espejo de la otra constantemente, pero en momentos disímiles. La búsqueda de la madre de Ele les dará sincronía a todos los sucesos en aparente desorden dentro de la trama. Esta historia se convierte en la representación de miles que no conocemos, pero que encarnan una conexión generacional por medio de lo no dicho, de lo que se esconde y es posible heredar. 

El trauma no muere contigo

Malacría es una historia que se sumerge en la experiencia de tres mujeres para explicar cómo el trauma generacional, aunque silenciado, se transfiere a las generaciones posteriores. En este sentido, la epigenética nos ayuda a entender los traumas no resueltos, las heridas emocionales, los silencios, los abusos, las pérdidas y las renuncias de las mujeres; no desaparecen, sino que quedan registradas en el cuerpo y se transmiten a través del linaje. 

Dentro de la investigación científica, algunos estudios recientes en el área de la neurociencia y la epigenética han sugerido que los sucesos que marcaron la vida de los progenitores dejan marcas; es decir, producen cambios que modifican químicamente los genes que, a su vez, heredan a su descendencia e incluso pueden pasar a los siguientes niveles generacionales. Aunque los descendientes desconozcan el trauma, son capaces de responder ante ciertos estímulos de manera que, en la mayoría de los casos, esto se manifiesta en la salud mental.

Por otro lado, algunas prácticas espirituales y holísticas, no respaldadas por la ciencia médica, sostienen que el útero —por ser un centro energético y sagrado en el cuerpo femenino— guarda memorias y emociones de generaciones anteriores que se transfieren a través de este, cuando el feto se está formando.

En cualquier caso, la importancia de la memoria en el linaje femenino nos permite entender las tres generaciones de mujeres: Cecilia y Perla con una voz inocente ante la vida dejan ver sus heridas emocionales; Ele, por su parte, recupera, a través de la búsqueda de su madre, las pistas que la llevarán a reconstruir el pasado de su abuela y de su madre. En esta búsqueda, Ele finalmente llenará los vacíos y le dará sentido a los silencios perpetuados en su familia. Al mismo tiempo, las piezas van encajando en su propia vida; no solo sobre las figuras femeninas que la precedieron, sino también sobre su propia historia y su identidad.   

La novela de Díaz Castelo propone una genealogía fracturada que, sin embargo, se revela como vía de comprensión: entender el dolor de la madre y de la abuela permite, acaso, encontrar un lenguaje para nombrar el de Ele. En este sentido, la búsqueda de Ele no es solo un intento de reconstrucción familiar, sino una forma de habitar su identidad a través de las ruinas que heredó.

A este respecto, la obra representa, en su tono infinitamente lírico, la idea del pasado como las ruinas que es posible ver en la ciudad: las casas abandonadas a medio derruir en su cambio natural con el paso del tiempo. En la trama, las casas abandonadas representan un punto de interés y convergencia entre Perla y su hija Ele. Verlas, visitarlas o fotografiarlas se convierte en un pasatiempo que comparten; no obstante, además de unirlas en la fascinación que les provocan, revela su manera de enfrentar el dolor ancestral que se oculta en los escombros. Mientras Ele admira las ruinas en su entropía, su madre aspira a rescatar algunas partes, mira en ellas la posibilidad de ser arregladas y se conduele ante los objetos rotos como si quisiera consolarlos.

Así, Díaz Castelo nos presenta una novela sobre las fisuras invisibles que atraviesan a las mujeres de una familia y cómo ello moldea la forma de estar en el mundo de las siguientes generaciones. Frente a las ruinas, la obra no ofrece una redención, sino una mirada lúcida: la posibilidad de recorrer los escombros con otra conciencia, de reconocer lo heredado sin quedar atrapada en ello. Porque, al final, nombrar las ruinas también es un gesto de transformación. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V