
Conversamos con la escritora mexicana Elisa Díaz Castelo sobre su primera novela, Malacría (Sexto Piso, 2025).
Conversamos con la escritora mexicana Elisa Díaz Castelo sobre su primera novela, Malacría (Sexto Piso, 2025).
Texto de Elisa Díaz Castelo & Gina Velázquez 14/08/25

Conversamos con la escritora mexicana Elisa Díaz Castelo sobre su primera novela, Malacría (Sexto Piso, 2025).
Con una voz que transita entre la precisión científica y el fulgor de la imagen poética, Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) ha forjado una trayectoria que la ha situado entre las autoras más singulares de la literatura mexicana contemporánea. Poeta premiada por obras como Principia y Proyecto Manhattan, su escritura se distingue por la atención minuciosa a la palabra y la capacidad de entrelazar memoria, ciencia y emoción. En Malacría (Sexto Piso, 2025), su primera novela, Díaz Castelo convierte la narrativa en un territorio de exploración íntima: un mosaico fragmentario donde se cruzan tres generaciones de mujeres, unidas por la violencia heredada y los secretos que sobreviven al tiempo. Con una prosa que respira al ritmo de la poesía, la autora traza un mapa de heridas invisibles y vínculos persistentes, invitando al lector a habitar las zonas más profundas y misteriosas de la memoria.
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Gina Velázquez (GV): Vienes de una aclamada trayectoria en la poesía. En Malacría, tu primera novela, adoptas una estructura narrativa que se siente muy lírica. ¿Cómo fue para ti ese tránsito?, ¿cómo fue dar el salto?
Elisa Díaz Castelo (EDC): A mí siempre me ha interesado mucho la narrativa. De hecho, soy una lectora ávida de novelas desde que era muy pequeña. Desde adolescente leía muchas novelas. Cuando empecé a escribir poesía, también me preguntaba sobre la posibilidad de escribir una novela. De hecho, intenté escribir novelas antes, pero abandoné dos. Creo que la forma de la novela me parece muy demandante y muy difícil de concebir en su totalidad. Suelo comparar un poema con un insecto, que uno puede ver por completo, diseccionar y concebir perfectamente. En cambio, la novela es como una gran ballena, de la que uno solo ve partes, adivina un lado, luego el otro, pero no puede tener una visión de totalidad. Eso me parece muy difícil. No fue fácil ese salto. Para mí, el cuento y el poema tienen más que ver entre sí que el cuento y la novela, por el tamaño.
Siempre quise escribir una novela porque me encanta su forma y porque me gusta resistirme a la noción de los géneros literarios. Los géneros son un artificio; no existen como formas puras allá afuera, sino que hemos ido dándoles solidez con el paso de los siglos. Me gusta la literatura híbrida, que se asoma a otros géneros y dibuja fronteras menos rígidas. Por eso me gustan autoras como Anne Carson, que puede escribir una novela en verso o un ensayo histórico que es a la vez una elegía por su hermano muerto. En esta novela, quería dejar que el lenguaje narrativo se inoculara también de una tensión y atención poética a la palabra.
GV: La historia se revela a través de fragmentos textuales, como un “rompecabezas incompleto”. ¿Fue este enfoque fragmentario una decisión primordial para reflejar la naturaleza del recuerdo y el secreto, o surgió de forma orgánica durante la escritura?
EDC: Sí quería que fuera un texto fragmentario y que participara de distintos soportes narrativos. Quería que no fuera una narración simplemente directa en una sola voz en primera persona, sino que hubiera muchos juegos narrativos. Por eso hay fragmentos, listas —uno de los retos que me puse fue narrar a partir de listas— y dos tipos de artefactos narrativos distintos: los cuadernos de alemán y los recuadros de Perfecto. Cada uno de estos textos tiene una voz diferente. Quería utilizar lo fragmentario para dinamitar la noción de una voz unitaria. No hay solo una narradora, sino varias, algo que se va descubriendo conforme la novela avanza.
GV: El misterio es un motor fundamental en Malacría. ¿Cómo te enfrentaste al reto de construir una trama con suficiente claridad para guiar al lector y, a la vez, preservar la ambigüedad y los enigmas que son esenciales para el tono de la novela?
EDC: Quería que hubiera un misterio, o varios, a lo largo de la novela, y no revelar demasiado. En la vida estamos rodeados de enigmas que nunca vamos a poder descifrar, muchos de ellos sobre nuestro propio origen. Eso quería explorar. Era importante no revelar demasiado, dejar cabos sueltos y un final un poco abierto, pero con suficiente claridad para que quien lea no se sienta perdido. Por eso manejé más de un tono: uno más narrativo y directo, que es la historia de Ele —la protagonista que busca a su madre desaparecida junto a Jenny, la novia de su madre, y Valeriana, una perrita en silla de ruedas—, y otros más peculiares y poéticos en los recuadros. Ese contrapunto entre lo poético y lo directo era clave.
GV: Viniendo de una trayectoria consolidada en poesía y traducción, ¿qué rasgo de tu trabajo poético influyó de modo más decisivo —y tal vez inesperado— en la construcción de la prosa precisa y llena de hallazgos de Malacría?
EDC: Es difícil encontrar ese balance. Necesitaba el conflicto de la desaparición de la madre y la búsqueda para dar un centro narrativo y no quedarme solo en la descripción y el asombro, que es mi tendencia natural. Esa búsqueda me daba dirección y me ayudaba a decidir en qué detenerme y en qué no.
GV: ¿Hay algún secreto o recuerdo inhabitable de tu vida o de tu familia que cargues y que, de cierta manera, se refleje en tu novela?
EDC: Sin duda. Incluso la escritura menos autobiográfica es autobiográfica: solo tenemos nuestra vida, experiencias y lecturas para crear. Al inicio quería escribir una novela autobiográfica, pero me cuesta ser fiel a la realidad. Empecé a añadir elementos de fantasía, a reescribir personajes y situaciones, también como una manera de proteger a mi familia. Aunque hay temas autobiográficos, están trabajados e inventados de manera que son inrastreables. Si mi vida es una casa, lo que hice fue desarmarla y, con los mismos materiales, construir otro edificio totalmente distinto. Los cimientos están ahí, pero no se ven.
GV: Si Malacría dejara una pregunta resonando en la mente del lector, mucho después de haber terminado la novela, ¿cuál te gustaría que fuera esa pregunta esencial?
EDC: Me gustaría que se preguntara cómo se heredan las heridas y cómo un pasado que ni siquiera conocemos nos habita y determina nuestra identidad. EP