Cornucopias: Comida y poesía

Se ha motivado a decir que algo es poesía y no arte. No para contravenir ingenuamente el concepto del arte, sino para ensanchar y propagar el sentido ampliado, el terreno de activación poética. Una rutina gimnástica es hoy, para muchos, Poesía. Un espectáculo de pirotecnia, un juego de naipes, un tigre blanco, una lagartija caminando […]

Texto de 19/08/17

Se ha motivado a decir que algo es poesía y no arte. No para contravenir ingenuamente el concepto del arte, sino para ensanchar y propagar el sentido ampliado, el terreno de activación poética. Una rutina gimnástica es hoy, para muchos, Poesía. Un espectáculo de pirotecnia, un juego de naipes, un tigre blanco, una lagartija caminando […]



Cornucopias: Comida y poesía

Se ha motivado a decir que algo es poesía y no arte. No para contravenir ingenuamente el concepto del arte, sino para ensanchar y propagar el sentido ampliado, el terreno de activación poética. Una rutina gimnástica es hoy, para muchos, Poesía. Un espectáculo de pirotecnia, un juego de naipes, un tigre blanco, una lagartija caminando por el agua de muy extraña manera, pudiera ser un acto poético por todo lo alto. Incluso, sentimos que ciertas piezas tachadas de artísticas deberían serlo más como Poesía.

Pues bien, uno de los vastos terrenos de la cultura que viene exigiendo nuevas recepciones, la justicia de nuevas valoraciones acaso como poesía, es el de la comida. La comida, claro, entendida en su profundidad: no como mera alimentación, la cosa relacionada con la nutrición y capacidad alimentaria de los individuos por los gobiernos, sino la manera en que un pueblo imprime su concepción del mundo en el ritual de allegarse su sustento, en la energía escondida en los platillos que ha inventado para darse placer: patrimonio intangible, vivo y lleno de sentido, que nutre su cosmovisión.

El gusto por la comida y la bebida se ha practicado y practicará, vehementemente, por todos los pueblos, a todas horas, en cada momento de sus días y, quienes hayan corrido con la suerte de haber nutrido suficientemente el cuerpo y espíritu (hay decenas de millones que no gozan de ella), tendrán la posibilidad de intuir que eso que comemos, en sentido antropológico, sociológico y ahora poético, es cosa muy distinta a la mera ingesta de nutrientes para el cuerpo. Contamos más que nunca con el permiso de acercarnos a la comida como una fiesta, una representación que abona al estilo, idiosincrasia, personalidad de un pueblo: tal vez hasta su genio. Comer es, en este sentido amplio, lo más lejano a cumplir con un deber o consumar un trámite: es, ahora, uno de los pocos placeres que aún les quedan a los mortales. Saben los más sensibles y atentos a su felicidad que hay algo ahí en su plato (que no está necesariamente en el plato, sino atrás en el tiempo), algo magnánimo que los jala desde la memoria, la inteligencia de un cuerpo sensible, como si dentro de las profundidades de ese potaje, caldo, cocido o guiso dado (tal y como sucede en las versuras de un texto) se hallaran escondidos, misteriosamente, no sólo un índice de querencias colectivas, sino, en un nivel absolutamente místico, espiritual, eso que llamamos cultura y que nos identifica genéticamente, socialmente.

¿Por qué la cosquilla, constante e irreductible, de relacionar, tiempo a tiempo, a la comida con el ejercicio de la escritura o bien, si se quiere, al dominio de la poesía con nuestros deleites culinarios, con el hecho de idearlos, prepararlos, consumirlos? De manera muy empírica podría uno comenzar a hilvanar ambas realidades, la poesía y la comida, desde el punto de vista del placer que brinda a sus creadores, los artistas, donde se yergue más la idea de convertirlos en artes concomitantes, afines, complementarias. Para el artista poeta o poeta cocinero existen en sus obras, en este caso el poema de versos o el poema de sabores, no pocas coincidencias. A saber. Que se trata en ambas de composiciones por acumulación de ingredientes, y que hay versos y sabores que terminarán comandando el poema, y otros que sólo han figurado en él para el apuntalamiento de los primeros: vamos, que hay sabores categóricos y sutiles dentro de las dos creaciones. El autor, por ejemplo, pudiera reconocer secretamente que, luego de fijar claras las ideas principales y subordinadas de un poema (en ocasiones sucede que se trata de versos de comienzo o final), existe un grupo de conjunciones, pronombres, palabras que constituyen el acervo lexical del poema y que no funcionan más que como un fumé, un aliño, un fondo para que eso que se ha elegido decir (o si se quiere el sabor más contundente que se quiere “decir” en una comida), a saber las metáforas o imágenes, historias protagonistas, sucedan, afloren, emerjan.

O visto de otra forma. Es necesario que los sabores no se opaquen entre sí. Hay sabores que deben fungir como Atlas de otros, muletas de otros, y su participación quizá tenga la misma importancia pero no el mismo protagonismo. Ese saber empírico en la cocina y más o menos científico en el arte tiene un origen similar: saber equilibrar, saber presentar, desarrollar, en donde saber finalizar una composición es igualmente importante que saber lo que se quiere decir, lo que uno quiere que imagine su “engullidor”, “apropiador”. Tanto en la poesía como en la comida, como en el arte y la vida misma, el qué está en el cómo. Hay que distinguir qué es lo que se quiere decir con un platillo, qué es eso a lo que uno quiere que sepa ese poema, un juego menos de sinestesias u organolépticas que de una cuestión elemental: saber el mensaje que se quiere convidar al humano que “absorberá” la obra que uno ha creado.

Si se escribe un soneto tan viejo, pensemos, como un cocido madrileño, formas arcaicas y en desuso para nuestro tiempo, se deberá seguir con ciertas reglas: no se podrá aumentar la cantidad de ingredientes (ya que no puede haber más que dos cuartetos y dos tercetos de versos endecasílabos en un soneto), justo para que nuestra obra sea reconocible como un soneto y, ya en la comparación, para ser definido justamente como un cocido castizo. Todo esto por la simple y sencilla razón de su historia, las reglas que obligan a emprenderlos, cosa rígida y pétrea que comparten las artes de marras. Estas reglas que fueron puestas sobre la mesa en tiempos ya idos (por los Quevedo o Savarin, los Góngora o Escoffie y tantos y tantos más, la mayoría anónimos), luego de largas consideraciones eufónicas, luego de tanto encender calderos de guisos, cocinado todo lo que se moviera o brotara del suelo, es lo que llamamos tradición, cosa que, nos guste o no, instauró los parámetros básicos de los gustos en todo el mundo. Y a partir de aquellos valores, se agradece del creador que en su poema nos convide no de información o elocuencia sino de la posibilidad de adentrarnos en su peculiar forma de entender el mundo: por el efecto de una inoculación invisible, desde la cosa parabólica, metafísica, del lenguaje o mensaje no lineal, poema y creación gastronómica entrarán al cuerpo y a la mente por la puerta de atrás, desde la invisibilidad, el guiño, la seducción de la seda. A los autores se les pide este viaje, esta magia.

Hay que apostar al poder actual de las alquimias tanto del “escritor de platillos” como del “cocinero de palabras”. Los suyos, unos emplatados, otros encuadernados, son poemas que se comen calientes y consumirlos significa amar al hombre: una feliz antropofagia en pleno. Comemos en el poema a la humanidad retratada, reflejada, vuelta verso y, en un plato, nos metemos al país convertido en comida. Promueven ellos mismos su glotonería y nos invitan a pedir más. No necesariamente en tres tiempos y no siempre en una biblioteca. ¿Importa en verdad la manera en que consumamos estas piezas?

Y una cosa es cierta. La gente hará fila afuera de los restaurantes que propongan poesía, tanto como se agolpará en las presentaciones de libros cuando su autor haya cocinado algo que renueve el paladar, reviva el ritual de comer, aporte una distinta manera de concebirnos como entes creativos en libertad. No podrán cocinarse más gatos por liebres, no se podrá esconder nada de poesía bajo una buena salsa de palabras. La cocina de microondas, la literatura de primer hervor, cocinada al vapor, serán, siempre, fácilmente descubiertas. Y no se pide siempre, repito, el gran artificio, la gran fórmula: los paladares saben perfectamente cuando quieren un pedazo de tomate y aceite de oliva, si con eso se puede hacer un poema que nos haga girar una vuelta al mundo, sentir el macrocosmos y el microcosmos en una cucharada de algo que no sabremos siempre qué es, de dónde viene. Lo mal hecho siempre causará indigestión y lo que se cocine mal irá, como lo mal escrito, a la basura.

El poema como síntesis, en esa particular y única combinación de letras, de palabras, de versos, hace salir al lector de su espacio vital, lo obliga al movimiento. Lo que aprende del poema podrá ser duradero o no, como el regusto del vino, pero será un aprendizaje único e intransferible. Y muchos han sucumbido a la bella trampa, al reto que nos impone el deseo de conjugar, de aliñar ambas realidades. Como si el “golpe” propinado por el poema fuera algo similar al que nos arroja una obra comestible. Explicamos uno con el otro, nos regodeamos en la vivencia de este otro para recordar a aquél. Para muchos, los platillos nos llevan de la mano por caminos semejantes, nos hacen viajar desde la boca hacia otros lares, viejos tiempos. Los platillos y los poemas son conductos, ojos de buey, pasadizos, atajos. Nos hacen atisbar, con acicates salados o dulces, ácidos o amargos (como los sentimientos y recuerdos que hemos advertido en la obra que es un poema), que la vida también está en otra parte, que hay otras maneras de llevar la existencia y que nos convendría comenzar a movernos hacia los terrenos de una mayor libertad creadora. Un buen plato, un buen texto, son llamadas de atención, recordatorios que nos regala la vida para evitar su anquilosamiento. Y por ello observamos a sus creadores como a los nuevos demiurgos, viejos Virgilios, viejos sabios que no nos han dejado de largo y desean nuestra felicidad.  ~



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