Temporalidad, muerte y escritura. El legado de Semprún

Jorge Semprún transformó su paso por Buchenwald en una obra literaria única, donde memoria, muerte y escritura se entrelazan para mostrar la resiliencia y el sentido de la vida.

Texto de 22/09/25

El campo de Buchenwald el día de su liberación, el 16 de abril de 1945.

Jorge Semprún transformó su paso por Buchenwald en una obra literaria única, donde memoria, muerte y escritura se entrelazan para mostrar la resiliencia y el sentido de la vida.

“Me sentaba bien, definitivamente, estar vivo.”
—Jorge Semprún

La carretera de la temporalidad —quiero decir, nuestra percepción de su longitud y de la ubicación de quienes la transitan, incluyéndonos— influye en nuestra conciencia de finitud y, por tanto, en nuestra vitalidad. Se relaciona con la conciencia refleja, con la muerte y con nuestra irrepetible vocación narrativa. Atraviesa y tiñe también nuestras nociones íntimas de eternidad y de pasado.

Estos vínculos —necesarios, determinantes— adquieren en cada etapa de la vida y en cada historia personal matices distintos y marcan la biografía de cada quien; pero en algunos alcanzan formas y dinamismos alucinantes, casi increíbles. Es el caso de Jorge Semprún, en cuya biografía la relación muerte-temporalidad-creación literaria juega un papel singularísimo.

La vida de este escritor excepcional —humanista, exiliado, guionista cinematográfico, funcionario de la cultura, miembro de la resistencia, aristócrata, espía, militante y luego expulsado del Partido Comunista— estuvo marcada por la huella de Buchenwald, el campo de concentración nazi al que fue deportado y del que fue prisionero.

Víctima de la deshumanización, Semprún sólo narró los horrores de los que fue testigo y sobreviviente cuando pudo referirse a ellos en tiempo pasado o, mejor dicho, cuando se lo permitió el llamado vital al que siempre estuvo atento. En sus propias palabras: “Tenía que escoger entre la escritura y la vida; había escogido ésta. Había escogido una prolongada cura de afasia, de amnesia deliberada, para sobrevivir.”

Como pocos, Semprún comprendió la psicología del superviviente y nos muestra que, en su conciencia, la muerte más que librarse se atraviesa y queda, por tanto, atrás en la línea del tiempo. Habiendo no esquivado sino trascendido la muerte, la vitalidad, el eros y el estar conectado a la vida de nuestro autor se enriquecen y se nutren significativamente.

Hay más. Refiere la “sensación, en cualquier caso repentina y muy fuerte, no de haberme librado de la muerte, sino de haberla atravesado. De haber sido, mejor dicho, atravesado por ella. De haberla vivido en cierto modo. De haber regresado de la muerte, como quien regresa de un viaje que le ha transformado: transfigurado tal vez”. Esta singular e inesperada vivencia de libertad, la de quien ya vivió el infierno, nos remite curiosamente a la experiencia de los místicos, cuyo habitar la trascendencia desde esta vida los libera del miedo, llena su vida de sentido y libertad y los hace indiferentes frente a la muerte misma.

Prosigue, contundentemente: “No sólo estaba seguro de estar vivo, estaba convencido de ser inmortal (…) Ya había pagado la parte mortal que portaba dentro de mí. Yo era invulnerable, provisionalmente inmortal.”

¿En qué se parece y en qué se diferencia su condición del estado de libertad y consolación de los contemplativos?

Tras su liberación de Buchenwald, de cuya biblioteca fue asiduo lector y visitante, su familia consiguió una casa en el bosque por unos días para celebrar su vida y abrazarlo. En esa misma estancia, durante una escapada a una pequeña tienda, conoce accidentalmente a una mujer que no sabe nada de su trayectoria, su posición social, su ser escritor ni de su suerte. Con ella (y quizá por ello) vive un romance intenso que habla no sólo de su carácter seductor, sino, sobre todo, de la libertad de quien ha dejado la muerte atrás.

La vitalidad fluye y se expresa, mientras la necesidad de escribir para dejar testimonio del horror espera su turno pacientemente. Sabia virtud.

Pero transcurren no pocos años y ocurre lo inevitable. Con la noticia de la muerte de Primo Levi, la muerte rebasa nuevamente al autor Semprún. Se ubica otra vez por delante de su línea de tiempo: el pasado vuelve a ser memoria y el presente, oportunidad. Junto con el reloj existencial se ordenan responsabilidades y recuerdos, y la escritura se visualiza ya como un imperativo moral al que, en su momento, habrá que atender.

En palabras de nuestro autor: “(…) el anuncio de la muerte de Primo Levi, la noticia de su suicidio, invertía radicalmente la perspectiva. Volvía a ser mortal (…) la muerte, nos dice, se inscribía de nuevo en mi porvenir. Me pregunté si iba a seguir teniendo recuerdos de la muerte o bien tan sólo presentimientos a partir de entonces.”

Fue así que Semprún pudo reajustar su calendario; volvió —y no— a ser humano y, para nuestra suerte, pudo poco a poco mirar la experiencia del campo —su horror, sus aprendizajes— en tiempo pasado y, entonces, escribir sobre ella. Y fue así también que nos legó un testimonio único sin el cual la memoria de su siglo estaría incompleta.

El dilema que da título a su libro, La escritura o la vida, constituye un drama en el que no pocos se perdieron. Semprún, al optar por la vida, enriqueció ambas: vida y literatura. No se equivocó, y tenemos mucho que agradecerle por esa opción existencial.

Algo más: en el momento de su ingreso al campo de concentración de Buchenwald ocurre un incidente fantástico, aparentemente trivial, que merece contarse a manera de colofón.

El soldado nazi que llena su registro le pregunta por su profesión y Semprún, con la frescura y el orgullo de sus veintiún años, responde “filósofo”. Su interlocutor hace una mueca y le advierte sobre la relevancia de responder con seriedad, identificándose con algún oficio “útil”. Sin que él lo sepa ni lo vea, lo registra con la palabra “Stukateur” (estucador).

Ya en los años noventa, cuando finalmente es capaz de volver al campo para recoger su memoria, reconoce que “esa palabra absurda y mágica, Stukateur, tal vez le había salvado la vida”. Un reconocimiento entrañable e insólito que nos hace pensar en las muchas historias indómitas e improbables —a menudo desconocidas, pero generosas— que han salvado nuestras vidas y nos permiten narrarlas. EP

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