
Fernando Clavijo escribe sobre cómo la comida que consumimos representa las distintas etapas y momentos de la vida, así como nuestra identidad, deseos y aspiraciones.
Fernando Clavijo escribe sobre cómo la comida que consumimos representa las distintas etapas y momentos de la vida, así como nuestra identidad, deseos y aspiraciones.
Texto de Fernando Clavijo M. 24/12/25

Fernando Clavijo escribe sobre cómo la comida que consumimos representa las distintas etapas y momentos de la vida, así como nuestra identidad, deseos y aspiraciones.
Todo lo que nos rodea expresa algo de nosotros mismos. El estado o decoración de nuestra casa o apartamento dice tanto de lo que somos como de lo que queremos aparentar o, en un tono más positivo, de lo que podemos llegar a ser. Tal vez un estante de libros no garantice sabiduría, pero al menos refleja cierto respeto por lo dicho —o escrito— antes de nosotros. La moda, por supuesto, en gran medida obedece a la lógica del mercado y por ello suele tener un dejo aspiracional, pero también resulta la manera más accesible de que las personas afirmen su individualidad. El aspecto es la pista más inmediata del estado de ánimo, así como el cuidado y el aseo personal.
En esta columna hablamos de comida, y los hábitos alimentarios —como la mesa, el refri o incluso dónde se hace la compra— reflejan mucho sobre quiénes somos y quiénes queremos ser. Cuando niños, adoptamos la dieta y los hábitos de quienes nos crían. Tenemos orden o desorden en nuestros horarios dependiendo de la vida de los padres: si trabajan temprano o muy lejos, tal vez nos acostumbremos a desayunar de madrugada; si son parranderos, puede ser que aprendamos a hacernos un sándwich nosotros mismos. En todo caso, el gusto por el azúcar, la fritanga o el refresco es el tipo de costumbre que suele formarse involuntariamente. Quizá el caso más evidente es el consumo de alcohol, pues es raro conocer al hijo de un alcohólico que no asuma una postura extrema frente a esta bebida: generalmente, o repite el hábito o, por el contrario, repudia la bebida y las consecuencias devastadoras del abuso por parte de su padre —o madre, como en el caso de la desgarradora novela Shuggie Bain, del escocés Douglas Stuart—. En todo caso la carencia, la moderación o el exceso marcan tanto o más que los gustos culinarios mismos, y con esta breve divagación no pretendo pasar por alto las circunstancias sociales que hacen las veces de destino en la vida de las personas, sin solamente hablar un poco sobre comida.
La comida saludable es, tal vez, uno de los gestos más engañosos de nuestra sociedad. No sólo por lo falso de la mercadotecnia que rodea a los alimentos “sanos”, que anuncia un producto “bajo en grasa” cuando tiene mucha azúcar —como el yogurt con fruta—, o “sin calorías” cuando es totalmente químico —como los refrescos de dieta—. El problema de esta dieta saludable no está en lo tramposos que suelen ser los vendedores de chatarra, eso va por descontado, sino en cómo esto cambia la propia percepción de “salud”. Si bien está comprobado que la obesidad mórbida o la falta de actividad física disminuyen la longevidad, no queda del todo claro que un six-pack abdominal mejore la calidad de vida o nos proteja de las mismas enfermedades que atacan a los que no entran en ese círculo privilegiado de cuerpos “perfectos”. Son conocidos los casos de atletas de alto rendimiento que sufren un paro cardíaco a medio juego, como el reciente fallecimiento del uruguayo Juan Manuel Izquierdo, quien se desplomó en un enfrentamiento del Nacional de Montevideo ante el Sao Paulo, en agosto del 2024; o el trágico caso del hijo de LeBron James, quien murió de un paro cardiaco durante un entrenamiento de baloncesto en 2023. Como en otras cosas, nos enteramos de lo que les sucede a los famosos, pero no a la gente común. Cuando una persona sueña con tener el porcentaje de grasa de Cristiano Ronaldo o los abdominales de, digamos, Belinda, dudo que su aspiración real sea la salud. Es probable que su búsqueda sea más bien la aceptación social —y de sí mismos— con base en estándares poco realistas.
Ahora bien, la comida que está de moda implica no sólo sabor y salud sino, gracias a las redes sociales, un componente visual. Debe verse bonita, colorida, chic. Lo más interesante —y preocupante— es que además conlleva un elemento valorativo: es común pensar que estas postales culinarias reflejan nuestros principios o incluso nuestra identidad. Es decir, si uno come algo muy “europeo”, denota sofisticación; si come pescado a la plancha con brócolis, significa que está en forma; y si come humus con berenjenas, quiere decir que es ético. Por alguna extraña razón, la diversidad étnica implica superioridad moral. No vale la pena entrar mucho en detalle, pero me parece obvio que, cuando un vegano compra su quinoa-bowl con açai y un chai con leche de almendra, se siente superior a todos los que ese día nos comimos unos tacos. Por ello, y perdón si ofendo a alguien, como regla general desconfío de yogis y veganos, porque su supuesta santidad es tan falsa como la pretendida virilidad de los machos alfa que piden un tomahawk (el hueso más caro del menú) en su comida de viernes.
Un momento de la vida que normalmente viene acompañado de cambios dietéticos es la lactancia. Este don maravilloso le exige a la mujer mantenerse nutrida, pero además protegerse de problemas como la descalcificación o la diabetes. Luego están, por supuesto, los nutrientes que se quieren transmitir al bebé, como proteínas, lácteos y granos integrales, aunque es importante evitar frutos que puedan causar alergias o irritación, como el brócoli, las bayas, el pescado crudo o con alto contenido de mercurio, y el picante en general. También implica la privación de placeres obvios, pero que pueden extrañarse, como una copa de alcohol y eventualmente un cigarrito.
Las propias etapas de la vida, entonces, marcan cambios en la alimentación. Desde que nuestro único hijo se fue a estudiar lejos de casa, los hábitos alimenticios de mi mujer y míos han cambiado. Para empezar, en el desayuno ya no hay pan francés, waffles ni enfrijoladas, sino café y, en mi caso, huevos. La cena desapareció por completo. Y la comida, antes siempre a la misma hora, en estos días puede ser tanto a las 2:00 de la tarde como a las 4:30. De varios platos obligatorios, como la ensalada, proteína animal y carbohidratos en sus formas habituales —pasta, arroz o papa—, hemos pasado a, casi siempre, un solo tiempo. Para ello confiamos en ensaladas cargadas de pasta, atún, a veces huevo duro. La idea es comer lo más sencillo y fácil de digerir, no siempre pero seguido. También platos de caldo de esos muy completos, con carne, verduras, leguminosas. Tal vez comer sopa sea la definición misma de envejecer, pero al menos aún nos sentamos juntos a la mesa.
Una última cosa de la que me gustaría hablar y que marca la pauta en la comida es la época del año. En Navidad, los mexicanos comemos romeritos, mole, bacalao. Para nosotros, diciembre representa recibir de vuelta a casa, temporalmente, a nuestro muchacho. Querrá comer lo que no se come en donde vive ahora, así que cambiaremos el aceite de oliva y el arroz en favor de asados y pescado en mantequilla. Lo entiendo porque el menú de su escuela anuncia platillos tan sosos como “hamburguesa de ave” y aberraciones como “tortilla de patatas sin cebolla”. Seguramente querrá un coco del parque La Bombilla. Sopa de pasta y frijoles. Esquites y tortas y, sobre todo, tacos de todo tipo. Desayunos de carnitas en El Venadito, cenas de pastor en Tacos Frontera 4, preparaciones de papas fritas con salsa Valentina, Maggi, Tajín, limón y sal. Un mole y un tamal. Yo he estado contado los días para consentirlo de la manera en que mejor sé hacerlo, en la cocina, planeando lo que a primera vista podría pensarse que es un menú pero que, al igual que en los ejemplos anteriores, es todo menos lo que parece. Indagando en mí mismo creo que, en el fondo, es un soborno, una plegaria para que nunca se vaya completamente o, si lo hace, que lleve algo en la panza, el olfato o de preferencia en el pecho, que siempre lo haga volver. EP