
En esta columna, Fernando Clavijo hace una severa denuncia de la sobreexplotación ecológica del Golfo de México y de las pretensiones imperialistas de Estados Unidos, cuya voracidad económica pone en peligro la vida de infinidad de especies marinas.
En esta columna, Fernando Clavijo hace una severa denuncia de la sobreexplotación ecológica del Golfo de México y de las pretensiones imperialistas de Estados Unidos, cuya voracidad económica pone en peligro la vida de infinidad de especies marinas.
Texto de Fernando Clavijo M. 20/03/26

En esta columna, Fernando Clavijo hace una severa denuncia de la sobreexplotación ecológica del Golfo de México y de las pretensiones imperialistas de Estados Unidos, cuya voracidad económica pone en peligro la vida de infinidad de especies marinas.
Durante la Era Mesozoica, es decir entre hace unos 160 y 200 millones de años, el supercontinente llamado Pangea empezó a disgregarse. El proceso tectónico provocó el hundimiento y separación de placas que dieron lugar a una cuenca profunda en la costa de lo que hoy llamamos México. Los exploradores españoles que llegaron a la costa de Veracruz lo llamaron “Seno Mexicano”, y se atribuye al navegante español Sebastián de Ocampo circunnavegar y confirmar la existencia de una gran masa de agua, es decir “descubrir” el Golfo de Nueva España o Golfo de México. En algunos momentos la corona española también lo llamó “Mar del Norte”, “Golfo de Florida” y hasta “Golfo de Fernando Cortés”. Pero “Gulf of America”, sólo el mesozoico de Donald Trump.
Que millones de años hayan servido para que el ser humano se desarrolle, nombre las cosas y luego se dedique a despojar a otros de sus recursos, es una historia conocida. La civilización ha dejado rastros de evolución y de sofisticación cultural de diferentes grados. A mí me parece que ya en una vasija de barro se puede ver todo el refinamiento de una cultura: si es gorda y con una apertura irregular o si, por el contrario, es estilizada y tiene un cuello vertedero fino, o incluso asas. Muchos arqueólogos juzgan el desarrollo civilizatorio a partir del uso de materiales como los metales, lo cual se ve en armas y escudos. Pero aunque la guerra sea necesaria, incluso aparentemente inevitable en el destino de la humanidad, es menos importante que la comida. De hecho, creo que la comida expresa mucho más acertadamente el grado de civilización de un grupo humano, y en ello los asiáticos y los mesoamericanos no tenemos par. Sí, con el tiempo los europeos de occidente han aprendido y adaptado grandes preparaciones, pero, ¿cómo defender la gastronomía tradicional inglesa? ¿O, peor aún, la norteamericana? Me imagino a los marcianos explorando una Tierra devastada y preguntándose qué diablos era MacDonald’s. ¿Qué podemos esperar de un país, una potencia incluso, que se ha dado a conocer en el mundo por una propuesta gastronómica como MacDonald’s, que ni alimenta ni tiene relación alguna con la agricultura, ni mucho menos con la congregación familiar que significa una cena? ¿O de la Coca-Cola? ¿O del glifosato conocido como «Roundup», el herbicida más destructivo de la historia de aquella aberración llamada agroindustria?
Incluso si el Pacífico provee ceca del 75 % de los pescados y mariscos, del Golfo provienen especies específicas que forman el menú de todo restaurante tradicional: camarón, mojarra, huachinango, robalo, pulpo, sardina, atún, jaiba, ostión, todos convertidos en tacos, sopas y cocteles que en México se preparan para chuparse los dedos. Se estima que el consumo nacional suma unos 12 kg anuales por persona.
Pues, bueno, un hijo insigne de los Estados Unidos ha decidido apropiarse del Golfo de México, haciendo lo que ya es costumbre en este nuevo oscurantismo populista: cambiarle el nombre. Muy fácil. Pero es que, en realidad, el golfo ya era suyo. Lo han hecho suyo con los siglos de explotación pesquera, con la contaminación de sus cruceros y con su uso como basurero. Pero hay un negocio, tal vez el negocio más norteamericano que haya después de la propia guerra, que prácticamente ha aniquilado nuestro pobre mar: el petróleo.
Este negocio —esta mentalidad— ha hecho añicos la salubridad, sostenibilidad y de plano habitabilidad de un mar que en muchas partes se ha convertido en territorio inerte. Vayamos por partes, empezando por el norte: Galveston. La contaminación proveniente de la desembocadura del río Mississippi, principalmente nitrógeno y fósforo resultantes de recibir escurrimiento agrícola y aguas residuales urbanas, afecta toda el área de la costa de Tejas y Luisiana, dando lugar a algas que al morir consumen tal cantidad de oxígeno que la vida marina que no logra escapar muere. Un área de aproximadamente 17 mil kilómetros cuadrados queda con el suelo marino completamente desierto.
Un poco más al sur, en la Sonda de Campeche, el complejo petrolero Cantarell contamina mediante derrames —el más reciente, la explosión de la plataforma Noh-Acal-Alfa que dejó una mancha de 400 km cuadrados—, quema de gas y crudo, así como descargas de lodos de perforación y dragado. El hecho de que su producción venga en declive, pasando de más de 2 millones de barriles diarios a menos de 200 mil en la actualidad, da lugar a la inyección de nitrógeno y otros gases para intentar extraer hasta la última gota, lo cual causa tanto daño como la propia extracción, pues las fugas de estos gases favorecen la proliferación de algas que dejan sin oxígeno a especies pequeñas e invertebrados (que mueren asfixiados). Más aún, estos gases acidifican el agua del mar como sucede con una alberca mal cuidada, es decir, disminuyen el pH, hecho que mata a organismos como moluscos y almejas.
En Paraíso, Tabasco —¿dónde más?— la refinería Olmeca de Dos Bocas ha requerido la remoción ilegal de más de 220 hectáreas de manglar y selva, además de que emite cerca de 2.16 millones de toneladas de CO2 al año. Los manglares son esenciales para la biodiversidad porque actúan como guarderías o cuneros naturales para peces, crustáceos y moluscos bebés, además de que filtran sedimentos y capturan CO2.
Pero el petróleo de estos centros de “producción” no sólo se queda ahí o se va entubado tierra adentro. Se transporta en buques que van a pasear alegremente por el mar, excepto cuando tienen accidentes. El Deepwater Horizon, por ejemplo, derramó 4.9 millones de barriles en 2010, terminando de golpe con el 51 % de la población de delfines y un porcentaje incierto de tortugas. Entre 2011 y 2018, cada vez que se tomó un pez aleatoriamente, se le encontró residuos de hidrocarburo. Esto es una incidencia del 100 %, y se estima que la recuperación —si no tocamos el suelo marino— tardará unos 100 años. El número de incidentes reportados entre el 2000 y 2024 es de 13,000. Sí, trece mil.
No hay que ser un genio para saber que el petróleo es nocivo para la salud. Los daños vienen porque sus componentes son venenosos; además, toda especie que está recubierta por esta sustancia viscosa se ve incapacitada para moverse, volar, respirar o regular su temperatura corporal con normalidad. El hecho de que flote hace que las aves marinas no puedan acceder a su sustento, y la acumulación en playas asfixia a caracoles, almejas y erizos. Para aquellos que prefieran comer pescados y mariscos que sucedáneos como el surimi, las investigaciones nombran a las siguientes especies como las más afectadas: camarón (en fases larvarias), ostras y ostiones (de costa), cangrejos (asfixio en el fondo), pulpo, langosta, caracoles y almejas. Entre los pescados están el atún (por toxicidad), corvina, robalo, merluza, lenguado, pargo y lubina. Estos animales mueren, pero además son afectados sus hábitats y criaderos; incluso se han registrado alteraciones genéticas. Además, la cadena alimentaria se perturba de tal manera que es imposible saber qué otras especies son dañadas como efecto secundario.
Así que si los gringos (y pido perdón por usar un vocablo despectivo, pues ésta es la primera vez que publico tal palabra),1 además de intentar envenenarnos con su asquerosa comida chatarra, exportar su industria extractivista, como la pesca no sustentable y, más dañino aún, imponer su mentalidad híper productiva y voracidad consumidora que encarece todos los productos, ahora quieren cambiarle de nombre al cementerio marino que antes fue el Golfo de México, adelante. Eso es, como dicen los ingleses, “adding insult to injury”, lo que se puede esperar de un país cuya voracidad y beligerancia resultante ha afectado de tal manera la salud mental de sus habitantes que no debe sorprendernos su enorme dependencia a los estupefacientes.
Vivimos tiempos, si no trágicos ni especiales, sí vergonzosos. Hemos logrado deshacer en décadas lo que la naturaleza, con sus tiempos y modos, creó en siglos o milenios. Destruimos un ecosistema, luego lo sobreexplotamos para consumo interno, y lo que sobra vemos a quién se lo exportamos. Con tanta tecnología que nos comparte el vecino incómodo del norte y principal socio comercial —si es que se le puede llamar “socio” a quien te explota—, tal vez algún día logremos, si no crear otro mar lleno de criaturas, tal vez mejorar nuestro sistema digestivo para poder comer papel moneda o, incluso mejor, criptomonedas. EP