Taberna: Dos desayunos y dos tenistas

Fernando Clavijo escribe sobre la posible contienda entre Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, aclamados tenistas, durante la final del US Open, el próximo 7 de septiembre.

Texto de 22/08/25

Tenis

Fernando Clavijo escribe sobre la posible contienda entre Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, aclamados tenistas, durante la final del US Open, el próximo 7 de septiembre.

Normalmente me levanto de la cama apenas me despierto, como resorte. Durante muchos años estuve orgulloso de ello, pero con el tiempo fui aprendiendo o, mejor dicho, reaprendiendo, a quedarme un rato en cama antes de salir de ella. Aunque sean 5 minutos, es una amabilidad con uno mismo que no tiene por qué restar un ápice de productividad o arrojo al día. Es solamente un toque de feminidad —sábanas calientes, oscuridad y suavidad— en la carrera masculina —la calle, la resolución de conflictos, la propia verticalidad— del día a día.

8 de junio

El domingo 8 de junio fue uno de esos días. Aunque me había trasnochado, puse el despertador para las 7 de la mañana y el control de la televisión en el bureau. Desperté con un ligero dolor de cabeza, pero encendí el aparato para ver la final de Roland Garros. En ella, un chico rubio, alto y delgado llamado Jannik Sinner se enfrentaba a un moreno fornido, con cara de animal, llamado Carlos Alcaraz.

En el primer set, el italiano de nombre y apariencia alemana, Sinner, ganó luego de romperle el saque al español Alcaraz. Frío y metódico, parecía no inmutarse por sus errores o aciertos, y hacía correr a su oponente de un lado al otro de la cancha. La superficie, arcilla, daba para arrancones de alta velocidad y deslizamientos de metros. Era como si una mantis religiosa se enfrentase a un toro de lidia.

Al terminar este primer set, bajé a la cocina por un cappuccino y sí, debo admitirlo, una aspirina. Volví a mi cama, con la taza en las manos, cuando el segundo set iba en su tercer juego. De nuevo Sinner venció a Alcaraz, pero con una gran diferencia: fue en muerte súbita. Es decir, el set estuvo tan parejo, y Alcaraz dio tal lucha, que tuvieron que disputárselo a 7 puntos. Alcaraz perdió el set, pero se ganó la simpatía del público gracias a su espíritu combativo. De ahí en adelante nadie se referiría a él por su apellido; ahora sería Carlitos.

En el tercer set, Carlitos se encontró a sí mismo, jugó con soltura y potencia, y ganó: Sinner, inamovible, parecía concederle esta válvula de escape para luego darle la estocada final en el siguiente set. Mi familia despertó y empezó a alistarse para salir. Yo bajé y me hice un licuado de hojas verdes con almendra, kéfir y amaranto. Luego volví a la cama armado de una botella de agua y un pan tostado.

Cuando empezaban los primeros juegos del cuarto set, me quedé solo en casa. Carlos Alcaraz tenía al público de su lado, le aplaudían cada punto, y a través de la máscara de ejecutivo de banco de Jannik Sinner se adivinaba un ligero desconcierto. Ganó Carlitos en muerte súbita y el partido estaba empatado. Llevaban 4 horas jugando, bajé por una cerveza.

El quinto set fue una fiesta. Los ánimos estaban caldeados, si no en el rostro del italiano, sí en el público francés —que es muy dado a largas rondas de aplausos y gritos espontáneos— y en los ademanes de Carlitos. Pasaban las 12 del día y yo ya me había vestido, y veía el partido sentado sobre la cama con un whisky y unos trozos de salami y queso como fin de un desayuno de 5 horas.

Ganó Carlitos, en muerte súbita, y el estadio explotó en aplausos y llantos mientras el español subía a las gradas a abrazar a su familia, y luego a los recogepelotas, y luego a sonreírle con su hocico de animal a todo el estadio que lo adoraba como a un Apolo moderno. Sinner estaba sentado, destrozado, sin entender lo que había ocurrido.

Su incomprensión era, en cierta medida, comprensible. Jannik Sinner es mejor tenista que Carlos Alcaraz. Le pega más fuerte, atinada y consistentemente a la bola. Sin embargo, el español había hecho magia. Con su simpatía natural había logrado poner al público de su lado, hecho que lo había hecho enorme. Luego, su espíritu intuitivo le había permitido seguir alegre, rápido en sus reacciones. Más aun, había improvisado gracias a su gran creatividad, sacando a Sinner de su ritmo de juego. Por último, su capacidad empática lo había facultado para sentir la propia debilidad de Sinner y, seguro de sí mismo, la había aprovechado. Carlos ganó con el corazón.

13 de julio

Desde que se vio venir una final repetida, pero en el césped de Wimbledon, Londres, en vez de la arcilla de París, no paraban los comentarios sobre una revancha. Emocionado, el sábado por la noche revisé que tuviera un canal donde fueran a pasar el partido y lo dejé puesto, junto con el despertador.

No hizo falta que sonara la alarma de las 6 a. m. Desperté temprano e incluso consideré ir a nadar antes del partido —cuya transmisión no comenzaba sino hasta las 8:30—, pero pensé que, aunque llegara a tiempo, ya habría perdido el gusto de permanecer en la cama a lo que yo considero “deshoras”. Así pues, me hice un té y aproveché la vigilia para terminar de leer una novela de D. H. Lawrence, El arco iris, un estudio de las personalidades de una familia que seguramente influyó en mi lectura de estos enfrentamientos de tenis.

Salieron los dos vestidos de blanco, con el mismo uniforme de Nike, salvo por el hecho de que la camiseta de Sinner tenía cuello y la de Alcaraz no. El día estaba soleado. La voz clara y lúcida del argentino José Luis Clerc, “Batata”, comentó ligeramente los primeros juegos —que él llama games—. En estos, ambos jugadores lucían cautos, aunque lograron cada uno romperse un saque. Carlos ganó el primer set.

Sabíamos que el partido apenas empezaba a desarrollarse. Ninguno de los dos jugadores estaba todavía a su 100 %, y yo esperaba ver crecer a Carlos, alargarse los puntos y aumentar la tensión. Bajé, pues, por mi desayuno: dos tostadas de pan, una con queso y salami, la otra con mantequilla y mermelada, y un cappuccino. Cuando volví, Carlos iba dos juegos abajo en el segundo set.

Sinner supo mantener la ventaja, y Carlos no lograba crecer. Aunque respondía bien a los ataques del italiano, no le salían sus intentos de drop-shot y cuando arriesgó pelotas ganadoras terminó cometiendo errores no forzados. Perdió el segundo set, y todos, incluidos los comentaristas, esperábamos que la batalla empezara en el tercer set.

No fue así. Sinner siguió jugando igual, metódico y cada vez más certero. Se le notaba un ligero cambio frente al partido anterior, un poco más de presencia y agresividad. Carlos, mientras tanto, todavía intentaba variaciones de su amplia bolsa de tiros y estilos, cambiando de velocidad y de lado, pero sin éxito. Perdió así el tercer y luego cuarto set.

Sinner supo aprender de la derrota anterior y de la presencia y energía de Alcaraz, para lograr convertirse en el centro de atención de esta partida. En esta ocasión, Sinner fue más completo. El español, por el contrario, no cambió nada en su manera de jugar. Siguió improvisando, lo que cuando las cosas van bien se llama creatividad, pero cuando van mal se convierte en inconstancia. Su carácter accesible fue, en esta ocasión y ante un público más frío, una vulnerabilidad. Es cierto que, aunque soleado, el clima de la partida en Inglaterra parecía más frío y silencioso (también porque el césped no da lugar a puntos tan largos), y hubo algo de lúgubre en el ambiente. Incluso mi desayuno fue menos colorido.

El tenis es probablemente el deporte que más destaca las personalidades de quienes se enfrentan. Su carácter mental, individual y frontal lo hacen un escenario donde el carácter —al igual que el entrenamiento, la estrategia y la técnica— se expresa con gran claridad. Cuando las personalidades son muy disímiles, como en el caso de Roger Federer y Rafael Nadal, la rivalidad se convierte arquetípica. El caso de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz es igualmente contrastante.

Las finales de Grand Slam se han convertido en un duelo de arquetipos más olímpico que las propias olimpíadas. Esto es porque los tenistas enarbolan los valores de la época con mayor énfasis que los atletas olímpicos. Además de la fuerza, velocidad o compromiso, los tenistas son estandartes del éxito —económico y social— que tanto admira nuestra sociedad, algo que no sucede con los atletas olímpicos. Cuando estos tenistas son, además de atletas, grandes y elegantes profesionales, se vuelven ejemplos para personas de todas las edades y clases sociales. Son como los héroes de la Antigüedad, a medio camino entre dioses y humanos, y sus dramas son nuestros dramas. Se aprende de constancia, adaptabilidad, entrega, resiliencia, astucia y de dignidad ante la derrota y magnanimidad en la victoria. Se aprende hasta de uno mismo.

7 de septiembre

Aunque hubo un ensayo de final, digamos una escaramuza, en Cincinnati este 19 de agosto en el que se enfrentaron Carlos Alcaraz y Jannik Sinner, ésta no puede incluirse en la “guerra mayor” más que anecdóticamente. La partida no se jugó realmente, sino que un Sinner agripado abandonó el primer set, concediendo así la victoria a un Alcaraz consternado por la salud de su rival. Se pudo ver, eso sí, el toque maravilloso de Sinner, pero también más errores no-forzados de lo normal en el calor aplastante de la ciudad norteamericana cuyo nombre recuerda al gran estadista romano. Alcaraz, como ya es costumbre, mostró su lado humano además del atlético. Esa puede ser la enseñanza de esta partida: que al final de cuentas aun los héroes son humanos.

Nada asegura que la final del US Open, a darse el domingo 7 de septiembre a las 11 de la mañana en Nueva York, enfrente de nuevo a estos dos titanes. Pero si se da, ahí estaremos, gozando de la magia del ser humano en su máxima expresión de excelencia y, por supuesto, desayunando. EP

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