Dibujar desde el error: mi historia de la ilustración en México

Abril Castillo Cabrera cuenta su historia como ilustradora y, al mismo tiempo, revisita la ilustración mexicana que “se escribe, se fotografía, se prepara en algún guiso, se camina, se erige, se cae; se dibuja”.

Texto de 08/02/21

Abril Castillo Cabrera cuenta su historia como ilustradora y, al mismo tiempo, revisita la ilustración mexicana que “se escribe, se fotografía, se prepara en algún guiso, se camina, se erige, se cae; se dibuja”.

Me volví ilustradora en noviembre de 2007, cuando fui por primera vez a la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ). En ese entonces todavía la hacían en el Centro Nacional de las Artes. Ahí pusimos un stand quienes comenzamos con un grupo de ilustradores que se llamó El Ilustradero. También ese año, en esa fecha y en esa feria, me convertí en gestora cultural y conocí por primera vez ese concepto. Se trataba de organizar acciones colectivas, procurar espacios para varios, imaginar en conjunto. Montar, desmontar, reír y pasear por esos jardines. Soñar con un día tener un libro publicado. Eso fue para mí volverme ilustradora y por eso creo que un buen punto de partida es esa fecha.

Ya llevaba yo pintando un tiempo, mucho tiempo, casi diría que toda mi vida. Si uno se vuelve profesional de algo en el momento en que la actividad hecha de manera privada o solitaria, se vuelve pública, diría que mi relación con la pintura empezó de manera profesional a los seis años en las clases de pintura de Ingrid Fugellie que, bendita sea la gracia, era mi vecina de arriba en Copilco 300. Fui con ella por cinco años cada lunes por la tarde a pintar plantas y frutas, ciudades y niñas, flores y ventanas. Muchísimos árboles. Hacía cada año una exposición con la obra de todos sus alumnos en la Casa de Francia, en San Ángel. Cuando Ingrid se mudó del edificio, yo dejé de tomar clases y poco a poco, también dejé de pintar. Pero una década más tarde, quise volver a pintar y lo más natural me pareció buscarla. Así que regresé con ella en 2002, mientras estudiaba la carrera de Letras y fantaseaba con cambiarme a Artes.

Mientras yo aprendía a editar libros de texto como becaria en Ediciones SM, me quise volver ilustradora cuando me encontré leyendo los álbumes ilustrados que esa editorial publicaba. Recuerdo sobre todo uno que a la fecha sigue siendo mi favorito: Yo espero, escrito por Davide Cali e ilustrado por Serge Bloch quien, con un solo hilo rojo y un trazo de línea muy simple, nos lleva a recorrer la vida de un niño, nuestra vida también. La vida de todos. El texto también es muy simple y esa simpleza de lo inmediato me hace volver todo el tiempo a él.

Yo espero…

…crecer

…las vacaciones

…un pastel

…el fin de la guerra.

“Una década más tarde, quise volver a pintar y lo más natural me pareció buscarla. Así que regresé con ella en 2002, mientras estudiaba la carrera de Letras y fantaseaba con cambiarme a Artes.”

Conocí la ilustración gracias a mi amiga Marisol, en el segundo trabajo que tuve, editando libros en el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. Marisol era la encargada del diseño de los libros que, con ayuda de sus autores, me tocaba editar. Nos juntábamos largas horas a platicar sobre ilustración durante las jornadas de trabajo; era nuestro oasis. Para entonces ya había comenzado a armar mi biblioteca de libros ilustrados, y Marisol y yo compartíamos esa afición. Cada día cada una llevaba un libro y en nuestros recesos nos leíamos esas historias, mirábamos juntas esos dibujos. Un día me dijo que por qué no estudiaba el diplomado en ilustración en la UNAM, en la Casa Universitaria del Libro (Casul). No sabía de qué me hablaba. No sabía que uno podía volverse ilustrador. Veía los dibujos pero no me había preguntado quién los hacía.

“Pues los hacen ilustradores, tú podrías volverte una”, me dijo.

Y me enseñó un flyer.

Tenía que preparar un portafolio y no tenía idea de qué era eso. Ella me ayudó. Juntamos mis pinturas de peces, llevaba un par de años obsesionada pintando peces cada viernes en la clase de Ingrid. Y pusimos todas esas pinturas en un pdf que mandamos a imprimir en una imprenta digital, en un papel muy bonito. Metí mis papeles y fui a una entrevista con Guillermo De Gante y Enrique Torralba. Nunca nadie me había entrevistado antes.

¿Por qué vienes de Letras?

La pintura no es ilustración.

¿Por qué te interesa esto?

Escribe, mientras deliberamos, una carta de motivos.

Escribí que quería aprender a contar historias con imágenes. Escribí que así podría juntar lo aprendido en Letras con lo aprendido en el taller de pintura. El mes siguiente viajé a Nueva York a visitar a mi prima Valeria. La fecha de los resultados sería durante ese viaje. Era junio de 2007. Como pude logré llamar desde un teléfono público a Casul. Elizabeth, la encargada, me dio la noticia: ¡estaba aceptada! Ahora sentía que mi vida tendría algún sentido. Había encontrado mi pasión. Este diplomado era la puerta de entrada.

En la primera clase, De Gante nos hizo llevar tres plumas: una roja, un azul, y una negra. La roja era para dibujar de primera intención. La azul para corregir la línea. La negra para trazar el dibujo final. Así se llegaba a un boceto: primera intención, corrección, trazar la final. La final no era una ilustración acabada, era sólo su esqueleto. La ilustración final vendría después. Definiendo la técnica, ejecutándola. Nunca supe, nunca he entendido bien, cómo hacer una ilustración final. Me gusta tener ideas, dibujar de la imaginación y también de la observación, pero no sabía no sabía cómo concretar una obra final. ¿Qué distingue un dibujo de un boceto?, ¿cuál es la diferencia entre una pintura y una ilustración? En pintura me podía llevar meses terminar un cuadro. O años. ¿Cómo se suponía que un ilustrador viviera de esto?

Cuándo pienso en la idea de boceto, pienso en dos ilustradores: Javier Sáez Castán y Carlos Vélez.

En sus talleres de álbum o de personaje, Javier me decía que no le contara lo que quería hacer. Se me acercaba y yo le narraba lo que planeaba dibujar. Él me decía que lo dibujara directo. “El contacto del lápiz con el papel, el planteamiento de la composición, te dará más ideas de lo que quieres, el dibujo es el que debe comunicar, decir cosas, reflejar esto que me cuentas, pero no al revés.”

De Carlos Vélez me viene la noción de lo que es un boceto en ilustración y cómo no es lo mismo en pintura. Cuando haces libro de texto, un boceto es esa línea limpia antes de meter color, como esos libros para colorear. Tú mismo eres el creador del libro y luego el colorista (o la niña que colorea). Un editor de libro de texto no quiere que le cuentes lo que planeas hacer, quiere verlo, verlo antes del color por si quiere hacer cambios de la idea. Un boceto en pintura es ver la idea en crudo, asomarse sin permiso a los cajones de alguien. Los bocetos de Carlos eran piezas que bien podrían ya estar terminadas así, sin color. Dibujos maravillosos.

Yo nunca fui buena para ilustrar con velocidad ni sintiéndome observada. Supongo que las ilustraciones que me han salido bien tienen una dosis de paz en mi corazón y confianza de quien me las pide. Una corrección o duda o incomodidad me provoca dar un traspié del que no sé regresar. Luego están todas las ferias del libro y conseguir trabajo. Aprender a no tomarme personal cuando me dicen que no. A volverme a levantar y seguir dibujando. Una terapia para la frustración. Siento que llevo en el impasse unos cinco años.

Cada vez ilustro menos o quizá en el fondo ya no ilustro nada. Me siento incómoda dibujando para otros. Fui guardando mis bocetos y domando los trazos de primera intención, aunque sin mostrarlos mucho. Guardados en cajones y en libretas, en pedazos de papel llenos de manchas de comida, servilletas accidentales, dibujos fallidos. ¿Cómo era posible que de bajar esa idea y ese trazo fresco, esa composición adecuada, nunca lograra hacer la magia de convertirla en una ilustración final? La ventaja de las libretas es que ese lugar privado da completa libertad para dibujar. No es quizá que ya no ilustre, sino que le he empezado a llamar de otro modo a lo que hago. ¿Será eso?

En 2016 intenté entrar a la maestría en diseño con especialidad en ilustración. Llevaba ya dos años coordinando el diplomado en ilustración narrativa en la UNAM. Mi proyecto estaba estructurado como las clases que dábamos: construir historias con imágenes reflexionando desde el cuerpo, la casa, la ciudad, el mundo. Fui pasando las etapas: entrega de documentos, portafolio, anteproyecto, propedéutico, protocolo de investigación, cartas de recomendación. Llegué a la entrevista. Ahí estaba de nuevo mi maestro Guillermo De Gante. Silencioso en todas las entrevistas previas según me habían ido contando los que antes salían: “Hay uno que no dice nada, sólo está sentado y escribe, anota. Saluda y se despide.” Nos saludamos pero lo noté muy serio, como un médico que no te mira a los ojos cuando recibe tus análisis. Al principio sentí que la entrevista fluyó bien. Guillermo en efecto estuvo todo el tiempo callado. Cuando ya me iba o estaba a punto de irme, dijo que quería decirme algo. Irónicamente para un anteproyecto construido con el cuerpo como metáfora, me dijo que mi índice no tenía pies ni cabeza. Esta vez no iba a cruzar esa puerta que alguna vez él me había abierto. Un par de semanas después salieron los resultados y mi número no estaba en la lista. Y ahí afuera, me quedé dibujando.

Alejandra Moffat dice que experimentar es siempre dejar atrás un territorio conocido.

Seguí haciendo bocetos que nunca llegan a ser nada. Me volví dibujante. Dibujé diario. Dibujé en libretas. Escribí imágenes. Volví a aplicar a la maestría, esta vez en dibujo, y ahora sí me aceptaron. Supongo que Guillermo tenía razón y no. Tal vez mi lugar estaba en otra parte.

¿Qué tal que ilustrar no es sólo ese procedimiento? ¿Qué tal que ilustrar es encontrar yuxtaposiciones entre imágenes y textos, entre fotos y poemas, entre canciones y personas? Por eso a veces digo de broma, pero lo digo en serio, que doy clases de dibujo para escritores y de escritura para dibujantes y me imagino que ahí en medio existe la ilustración. Últimamente me gusta pensar que eso es la ilustración en México, en el mundo y en los libros para niños. Que tal vez ilustrar no es sólo ese procedimiento de dibujar y simbolizar un texto ajeno. De trazar líneas limpias y luego meterles color.

“Cada vez ilustro menos o quizá en el fondo ya no ilustro nada. Me siento incómoda dibujando para otros. Fui guardando mis bocetos y domando los trazos de primera intención, aunque sin mostrarlos mucho.”

En la intersección del camino en Y, hay una ruta posible que dejas, aunque la hayas podido habitar, me hace ver Idalia: el no-lugar entre ambos se habita simultáneamente en esos dos universos posibles; como cuando don Quijote habitaba el mundo medieval de los libros de caballería en su mente, pero en el mundo moderno solamente era un loco.

Me gusta pensar que la ilustración no está en ese trayecto que se hace de una impronta, un dibujo de primera intención, pasando por el boceto, llegando a los acabados finos de la técnica, finalmente impresos en un libro. La ilustración sólo es ese puente, ese puente entre dos lenguajes, y el ilustrador es su arquitecto.

Me he aficionado tal vez por eso a libros que quién sabe qué son. Facsímil de Alejandro Zambra, Conjunto vacío de Verónica Gerber, la Enciclopedia de las cosas vivas y muertas de Adriana Salazar, Moisés de Mariela Sancari, los libros de Valeria Mata. Me he aficionado cada vez más a la poesía, me imagino que es sólo una palabra más para llamarle a la ilustración. La ilustración se escribe, se fotografía, se prepara en algún guiso, se camina, se erige, se cae; se dibuja.

“Estos libros son y no son, justo ese lugar nos que permite cruzar a otro mundo, dejar de ser medieval para ser moderno, dejar el siglo XX para ser del siglo XXI”, remata Idalia, con esa visión suya de ver la Historia en todas partes.

Me volví dibujante en el camino y ahora pienso que soy sólo alguien que escribe o que traza relaciones entre cosas. Después de lo anterior supongo que soy más ilustradora que antes, aunque haya tenido que reinventar la palabra. Supongo que puedo reinventar las palabras para mí misma, hacerme un saco a la medida, con tal de no callar. Dibujo con palabras como en el fondo siempre lo hice.

¿Y si esos dibujos equivocados fueran algo también?

Mientras no sea necesario llegar a una ilustración final, sólo queda dibujar porque sí. Sin rojo para observar, sin azul para corregir. Sin colores para colorear. Con nada más que tinta negra directa, dibujar al infinito. EP

RECIBE NUESTRO NEWSLETTER

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Morelos 23,
Del Carmen,
Coyoacán,
04100,
Ciudad de México