Historia con hallazgos

Los escritores Alberto Chimal y Raquel Castro comparten su vida virtual, con la cual no solamente han creado, potenciado y difundido proyectos literarios sino que han sido un refugio del desconcierto pandémico.

Texto de y 10/11/21

Los escritores Alberto Chimal y Raquel Castro comparten su vida virtual, con la cual no solamente han creado, potenciado y difundido proyectos literarios sino que han sido un refugio del desconcierto pandémico.

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En marzo de 2020, apenas declarada oficialmente la pandemia en México, hablar mal de la promoción cultural se puso de moda durante algunas semanas. Los medios publicaban notas y artículos acerca de la “excesivaoferta de libros, música, películas y demás, particularmente en línea, y cierta cantidad de gente hasta les hizo segunda. ¿Por qué había tanto? ¿Por qué insistían en llamar la atención esos desocupados? ¿No tenían nada mejor y más productivo que hacer?

Tal vez ahora suene a episodio de la historia del fascismo: algo como aquel lema horrible de “Muera la inteligencia, viva la muerte” que un generalito español echó contra los intelectuales de su país en 1936. Pero no era eso exactamente. Todo empezó porque, en los primeros días de la cuarentena debida a la propagación del coronavirus, entre tanta confusión e incertidumbre, hubo muchas personas que se pusieron a hacer actividades artísticas en línea y a difundir, también, toda clase de productos culturales para ver y descargar gratuitamente. Esto pasó en todo el mundo. La idea era que la población tuviera más opciones para entretenerse y soportar el confinamiento.

Han pasado muchas cosas desde entonces, y la humanidad entera ha hecho varios descubrimientos muy desagradables acerca de sí misma que no hubiera podido prever (incluyendo a las personas encargadas de las llamadas industrias culturales). Pero a mí (Alberto) me sigue sorprendiendo que hubiera, incluso, colegas (es decir, escritores) quejándose del “ruido” y de la atención excesiva al pueblo llano por parte de los artistas.

A mí (Raquel) me parece que estaban tan alterados y confundidos como todos los demás en aquellos momentos. No vamos a enlazar sus publicaciones aquí para no hacerlos quedar peor.

“En todo caso, sigue pareciendo extraño que la “sobreoferta” cultural le pareciera “criticable” a esas personas que jamás dijeron ni pío acerca de ninguna otra sobreoferta en internet. La de memes, por ejemplo, o la de comentarios misóginos, o las de “análisis” acerca de futbol o de series de moda, o la de supersticiones antivacunas…”

En todo caso, sigue pareciendo extraño que la “sobreoferta” cultural le pareciera “criticable” a esas personas que jamás dijeron ni pío acerca de ninguna otra sobreoferta en internet. La de memes, por ejemplo, o la de comentarios misóginos, o las de “análisis” acerca de futbol o de series de moda, o la de supersticiones antivacunas… Todas ocupan espacio, exigen atención y –esto se puede medir, de manera objetiva– contaminan el ambiente, por el consumo de energía que se necesita para tenerlas almacenadas en los servidores de las redes sociales. A lo mejor sí hubo un poco de actitud anti-intelectual (a favor de qué, quién sabe) en aquella reacción.

Lo que todavía no se ha discutido mucho —acerca de lo ocurrido en ese tiempo— es que la “sobreoferta” sí tuvo éxito. Sí hubo quienes pudieron pasarla mejor durante la cuarentena escuchando conciertos, viendo obras de teatro, acudiendo a lecturas virtuales en voz alta. Más aún, sí hubo quienes descubrieron algo nuevo, inesperado: quienes enriquecieron sus vidas (no hay otra manera de decirlo) con lo que otros ofrecían y que no hubieran descubierto jamás de no ser por la pandemia y por la existencia de internet.

Quienes firmamos este artículo —Raquel y Alberto— somos parte interesada en esta discusión porque fuimos de quienes se dedicaron a esas iniciativas. De hecho, lo hacíamos desde antes, como miles o quizá millones de personas en todo el planeta. Pero eso no cambia nada. Las evidencias siguen disponibles: la mayor parte de la memoria de la especie humana está ahora en línea, y esa memoria incluye mucho de nuestra creación artística: escondida a veces, menospreciada, pero disponible.

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Las artes en línea (podemos decirlo otra vez) han estado entre nosotros desde hace tiempo. En realidad, se empezó a experimentar con las posibilidades creativas de la informática desde antes de que la red mundial (el sistema de comunicación digital en el que todavía hoy se basan las redes sociales, y que con frecuencia se confunde con ellas) se popularizara.

Para ilustrar mejor hasta dónde han llegado en el último par de años, dentro y fuera de los espacios de interacción mantenidos por las grandes corporaciones que conocemos, permítannos contarles cómo nos fue a nosotros en esos primeros meses del encierro pandémico en nuestra calidad de simples personas.

Para nosotros, la cuarentena empezó un poco antes que para la mayoría de nuestros conocidos: una gripa nos hizo quedarnos en casa un par de semanas antes de que se diera oficialmente la recomendación de no salir. Pero esos primeros días de estornudos y tos fueron, en espíritu, muy distintos a los subsecuentes, pues carecían de la angustia, la impotencia y la sensación de absoluta vulnerabilidad que siguió al darnos cuenta de que los casos de COVID-19 aumentaban constantemente. Yo (Raquel), acostumbrada a pasar la mayor parte del día en una oficina, resolviendo menos pendientes de los que se acumulaban, me encontré de pronto con un cese prácticamente absoluto de las tareas que exigían mi atención. 

Por mi parte, yo (Alberto) vi cancelarse uno tras otro los compromisos que tenía para dar clases o presentar libros en diversos lugares, cercanos y lejanos. Así, ambos nos encontramos con más tiempo que nunca, con la salvedad de que no podíamos utilizarlo para los trámites burocráticos que habíamos ido aplazando por meses (algunos por años), ya que las oficinas correspondientes estaban cerradas; para las vacaciones con las que fantaseábamos desde hacía mucho, por obvias razones; ni para tomar clases de temas que Siempre Nos Habían Interesado Pero Que Simplemente Nunca Encontraban Espacio En La Agenda (porque no teníamos cabeza para eso). Así que —después de un par de días de inmovilidad y desconcierto casi totales; de que intentamos escribir y tampoco pudimos— nos volcamos a buscar opciones de cultura y entretenimiento por internet.

Entre las primeras alternativas que encontramos estuvo este libro para colorear, primero de varios que puso a disposición de los internautas la Public Domain Review. Poco después, nos dimos el gusto de visitar virtualmente el Museo del Louvre y, gracias a Google Arts and Culture, el Museo Pergamon, en Berlín; el Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Seúl y hasta nuestro Museo Nacional de Antropología e Historia en Chapultepec.

También buscamos música. No éramos (ni somos, la verdad) aficionados ni conocedores de la ópera, pero vimos transmisiones gratuitas de la Opera Metropolitan de Nueva York y de la Royal Opera House de Londres (en ambos casos, los videos sólo estuvieron disponibles durante periodos específicos); de igual forma vimos y escuchamos a músicos de diversos géneros, nacionalidades y niveles de reconocimiento que compartieron su trabajo, previamente grabado o en vivo. Y conforme fuimos adaptándonos a la situación y nuestros niveles de concentración aumentaron, pudimos asomarnos también a conferencias sobre arqueología, cocina regional, teatro, arquitectura y hasta salud mental.

¿Qué obtuvimos de todo esto? Además de la novedad y el entretenimiento momentáneo que nos hacían falta (y que no tenían nada de malo, por cierto, incluso si no nos motivaban a reflexiones elevadas ni nada parecido), muchísimo. Personas, ideas, objetos, emociones que no hubiéramos encontrado de otro modo, llegaron a nosotros. La complejidad de la vida humana, o una parte de esa complejidad, llegó a nosotros. 

Esta complejidad no era la de nuestras vidas y nuestro encierro, que ya nos sabíamos, sino otra. Justamente su falta era lo que nos impulsaba. Era más apremiante que la mera sed digital, el deseo de evitar por cualquier medio la falta de estímulos inmediatos. Ese tipo particular de aburrimiento nos pone a navegar por las redes a la menor provocación –incluso cuando estamos haciendo alguna otra cosa– y en general se satisface con los objetos digitales más superficiales: los más fácilmente reproducibles y mejor aclimatados a las costumbres de cada momento y cada tribu de las redes. Además, es uno que tiene su lado oscuro: la sospecha de que la adicción a las redes podría ser o llevarnos a un comportamiento condicionado

En cambio, el gabinete de curiosidades que nos estábamos construyendo, aun si no siempre nos retaba, nos ofrecía algo más, algo diferente. Novedad en vez de repetición. Belleza al menos ligeramente fuera de los estándares ya establecidos. La proverbial apertura de puertas.

No hubiéramos buscado nada de eso en circunstancias normales. No habríamos percibido su necesidad: no nos hubiera dado tiempo. No hubiéramos pensado en su valor.

A propósito, no debería ser una afirmación esnob el decir que todo esto es valioso. Las artes están hechas para los seres humanos. ¿Por qué no podríamos servirnos de ellas, en vez de menospreciarlas o considerarlas un mero símbolo de estatus?

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Aunque muchas de las obras (o documentos, o productos, o contenidos, el nombre no importa demasiado) no están asentadas directamente en una red social, es importante señalar que en general es posible llegar a ellas a través de las redes sociales. Incluso creadores, académicos o activistas que denuncian el capitalismo de vigilancia y la explotación comercial de la atención que fomentan redes como Facebook pueden llegar a tener alguna cuenta en ellas, con la esperanza de captar a posibles personas interesadas y sacarlas de sitios vigilados. Por ejemplo, Mark Dery puede hablar de sus ensayos en Instagram y Cory Doctorow hacer referencia desde Twitter a su sitio desprovisto de herramientas de rastreo y su cuenta de Mastodon (la red social de código abierto análoga a Twitter). Aunque el verdadero fin de las redes es monetizar nuestra atención y nuestros datos personales, incluso en el momento presente pueden llegar a realizar aquello para lo que se supone que existen: establecer conexiones, y sobre todo conexiones inesperadas, derivadas de una o muchas búsquedas personales, proactivas, y no de la acción de un algoritmo de recomendaciones. Quién sabe si esta virtud, no buscada, de las tecnologías que nos usan todos los días será suficiente para redimirlas, pero lo cierto es que aún existe.

El otro día —ya en este 2021— salimos de casa con nuestros cubrebocas y nuestro gel desinfectante y fuimos a celebrar un aniversario. Nos encontramos una tienda de discos en el sitio al que llegamos y, en ella, una grabación de ópera en sustrato físico. Decidimos comprarla como parte de la celebración. (¿Ya dijimos que ambos nacimos en el siglo XX?) Era una puesta en escena de Agripina, una ópera cómica de Georg Friedrich Händel, con libreto de Vincenzo Grimani. Seguimos teniendo una ignorancia enciclopédica, grande y profunda, de la ópera, pero ya en casa nos divertimos mucho con los chistes y los enredos de una obra hecha con mucho virtuosismo y (a la vez) sin la menor intención de tomarse en serio. 

“Nunca nos habríamos atrevido a rebuscar así en el mundo físico de no haber contado con el antecedente de nuestras búsquedas virtuales.”

Nunca nos habríamos atrevido a rebuscar así en el mundo físico de no haber contado con el antecedente de nuestras búsquedas virtuales. No subimos de clase social, no presumimos nuestro hallazgo en redes, no hicimos nada más que encontrarnos con varias mujeres y hombres que cantaban y jugaban, ante nuestra vista, de ese modo intrincado y hermoso. Los acompañamos en un ratito de felicidad.

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Aquí y aquí hemos escrito acerca de nuestras propias experiencias creando y compartiendo para otros en redes sociales. Y cerramos este artículo con una lista: la del tramo principal de #LeerParaCuidarnos, la serie de lecturas en línea que empezamos con el encierro de 2020. La comunidad que se ha formado a su alrededor —compuesta por personas que buscaban algo en ese tiempo, igual que nosotros— es otra parte de lo mejor que nos ha dado la vida digital. EP

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