
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre el poeta Antonio Machado y sobre la tristeza de la que fue preso ante la pérdida de su esposa, Leonor Izquierdo.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre el poeta Antonio Machado y sobre la tristeza de la que fue preso ante la pérdida de su esposa, Leonor Izquierdo.
Texto de Jaime Septién 30/01/26

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre el poeta Antonio Machado y sobre la tristeza de la que fue preso ante la pérdida de su esposa, Leonor Izquierdo.
A los tres años de haber llegado a Soria para enseñar en el Instituto de Lengua Francesa, Antonio Machado (1875-1939) se casa en julio de 1909 con Leonor Izquierdo, una chiquilla de apenas 16 años, hija de sus caseros.
La felicidad del poeta sevillano (por nacimiento, castellano por adopción) se trunca apenas un año más tarde. El 14 de julio de 1910 en París, a donde había ido por una beca para ampliar sus estudios, Leonor sufre un ataque de hemoptisis. Se le declara una tuberculosis grave.
Vuelven a Soria con dinero prestado por Rubén Darío. Leve mejoría, pero el final se acerca... Leonor muere el 1 de agosto de 1912 en los brazos del poeta. La última de sus alegrías fue haber recibido el primer ejemplar de Campos de Castilla, en una edición austera de la editorial Renacimiento.
Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos
algo muy tenue rompió…
El caluroso recibimiento que tuvo entre la crítica y los lectores Campos de Castilla no palió el dolor que le produjo la muerte de su adorada Leonor, a la que don Antonio calificaba como una “criatura angelical”. Incluso lo llevó a pensar en el suicidio. Así se lo dice en una carta a Juan Ramón Jiménez: “Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil no tenía derecho a aniquilarla”.
También se lo dijo a Unamuno: “La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado”. Desgarrado, pero no roto. Tanto así que en uno de sus paseos por la orilla del Duero nota que a un olmo viejo, por las lluvias de abril, le habían salido unas hojas verdes. Golpeado por la muerte, seco y desnortado, ve la gracia de la esperanza en la rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida
otro milagro de la primavera.
Pasará mucho tiempo —si es que pudo pasar— en el que Leonor, Soria, el Duero, los campos yermos de Castilla, se alejen de su memoria. Habrá otro amor, Guiomar, pero será un amor clandestino. Los versos fundamentales de ese dolor inmenso son una queja y un lamento dirigido a Dios:
Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.
Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939 en una modesta habitación del hotel Bougnol-Quintana en el pueblecito francés de Colliure, agobiado por la pena de haber dejado su patria. Tres días después, en el mismo hotel, murió doña Ana, su madre. EP