
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién recupera la historia y el misterio del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”, atribuido al agustino fray Miguel de Guevara.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién recupera la historia y el misterio del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”, atribuido al agustino fray Miguel de Guevara.
Texto de Jaime Septién 05/09/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién recupera la historia y el misterio del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”, atribuido al agustino fray Miguel de Guevara.
Existe consenso en que este es el soneto más bello de cuantos se escribieron en el siglo XVII, el Siglo de Oro español. Quizá sea también el más sublime de la historia de los sonetos religiosos dedicados al amor de Jesucristo hacia los hombres, sus hermanos. Generaciones enteras han aprendido y repetido su primera estrofa:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Si bien es cierto que hay acuerdo sobre la extraña belleza que ampara este poema, escrito en el modelo clásico del soneto español (14 versos endecasílabos, distribuidos ABBA/ABBA/ABA/BAB), no existe —o al menos no del todo— consenso respecto de su autoría.
En la Antología de poetas líricos castellanos aparece como un soneto anónimo. Entre los posibles autores se han mencionado a santa Teresa, san Ignacio, san Francisco Javier, fray Pedro de los Reyes (franciscano) o el agustino fray Miguel de Guevara, “pero ninguna de las atribuciones ofrece pruebas suficientes”.
Una investigación realizada por Alberto María Carreño dio a conocer, en 1916, que el auténtico autor del soneto era el agustino mexicano fray Miguel de Guevara (ca. 1585–después de 1646). Este fraile lo había publicado en el Arte doctrinal y modo general para aprender la lengua matlaltzinga (1648).
El manuscrito permaneció en el olvido hasta que, en 1862, la Sociedad de Geografía y Estadística lo publicó incompleto, sin incluir las poesías. Entre ellas se encontraban varias de autores explícitos —pensadas para que las aprendieran tanto los naturales como los frailes que los evangelizaban— y tres composiciones del propio fray Miguel de Guevara, entre ellas el soneto cuya segunda estrofa resulta todavía más conmovedora que la primera:
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
El descubrimiento de la autoría de fray Miguel —que bien pudo celebrarse con un ¡eureka!— se produjo cuando la propia Sociedad de Geografía y Estadística pidió a Carreño que publicara el manuscrito completo. Este contenía, además de la gramática matlaltzinga y de poesías del fraile agustino y de otros autores, una declaración sobre la doctrina cristiana, una suma de sacramentos en latín del mismo Guevara, una traducción a la lengua matlaltzinga del Diálogo del franciscano franco-mexicano fray Maturino Gilberti, un escrito sobre el Rosario de Guevara y la Explicación del Apocalipsis del clérigo hispano-mexicano Gregorio López.
Y aunque es célebre el extenso poema de Unamuno, este soneto bien podría “ilustrar” al Cristo de Velázquez:
Muéveme en fin tu amor en tal manera que aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera. No tienes que me dar porque te quiera, porque, aunque cuanto espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. EP