
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre la vida y obra de uno de los poetas y literatos más reconocidos del mundo entero: Rubén Darío.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre la vida y obra de uno de los poetas y literatos más reconocidos del mundo entero: Rubén Darío.
Texto de Jaime Septién 09/01/26

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre la vida y obra de uno de los poetas y literatos más reconocidos del mundo entero: Rubén Darío.
Nació en Metapa (Nicaragua), casi suburbio de León, el año de 1867. Sus padres, don Manuel García y doña Rosa Sarmiento, lo bautizaron en la iglesia Catedral de León. Le pusieron por nombre Félix Rubén. Eligió el segundo. Y de su tatarabuelo paterno copió su nombre para darse apellido. La historia y miles de lectores lo conocen como Rubén Darío.
Infancia en Nicaragua, adolescencia lectora, juventud y madurez viajera, enamoradiza, sensual y alcohólica. Va a Chile. El periódico La Nación de Buenos Aires lo envía a España en 1902, recién casado (tendrá varias mujeres). Comienza un viajar incesante: en París conoce a Verlaine (en el café d’Harcourt del Quartier latin); en Nueva York, los rascacielos; en Buenos Aires, la diplomacia (cónsul, pero de Colombia).
De nuevo España; París. Recorre Europa. Viene a México para el Centenario. Su amigo Justo Sierra le pide que no llegue a la capital: Nicaragua acaba de romper relaciones con Estados Unidos. Y en el Centenario, junto a don Porfirio, se encuentra el embajador de la nación vecina. La Habana; Barcelona. En decadencia de salud. Su ritmo es discontinuo, nómada. Pedro Salinas dirá que la vida de Rubén estuvo marcada por dos formas de embriaguez: “la sensual y la alcohólica”.

Sigue sus viajes: Palma de Mallorca, Nueva York… Enferma y, como la tierra llama, marcha a Nicaragua a morir en una Hacienda cerca de León. Eran las diez de la noche del 6 de febrero de 1916. Tenía 49 años. Por cinco días, miles de nicaragüenses desfilaron ante sus restos mortales. Había escrito Azul, fundado el modernismo; en Prosas profanas revoluciona la musicalidad, la métrica y el ritmo de la poesía en español. Juan Ramón Jiménez dice que el modernismo presenta en sus versos “una reina, fastuosa de tesoros”.
Veinte años antes de morir, Rubén escribió lo que podría ser un resumen de su vida. Apretado y sincero: “En verdad, vivo de poesía. Mi ilusión tiene una magnificencia salomónica. Amo la hermosura, el poder, la gracia, el dinero, el lujo, los besos y la música. No soy más que un hombre de arte. No sirvo para otra cosa. Creo en Dios, me atrae el misterio; me abisman el ensueño y la muerte; he leído muchos filósofos y no sé una palabra de filosofía. Tengo, sí, un epicureísmo a mi manera: gocen todo lo posible el alma y el cuerpo sobre la tierra, y hágase lo posible para seguir gozando en la otra vida”.
¿Cómo elegir un fragmento de este torrencial poeta? Cada quien tendrá el suyo. Elijo estas dos estrofas de “Canto de vida y esperanza”, un largo paseo por su propia existencia, dedicado a José Enrique Rodó:
Vida, luz y verdad, tal triple llama produce la interior llama infinita; El Arte puro como Cristo exclama: Ego sum lux et veritas et vita Y la vida es misterio; la luz ciega y la verdad inaccesible asombra; la adusta perfección jamás se entrega, Y el secreto Ideal duerme en la sombra.
Antonio Machado saludaba a Rubén diciendo que —al contrario de los conquistadores que iban a la América en busca del metal precioso— del otro lado del mar había traído a España “el oro de su verbo divino”. Nadie lo definió mejor. Nadie podría hacerlo mejor, sino aquel a quien Darío vio “montado en un raro Pegaso”, yendo “un día al imposible”. Como todos los poetas. EP