
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién rinde homenaje a Miguel de Unamuno y a su poesía, en ocasiones pasada por alto ante su aclamada producción en prosa.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién rinde homenaje a Miguel de Unamuno y a su poesía, en ocasiones pasada por alto ante su aclamada producción en prosa.
Texto de Jaime Septién 12/12/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién rinde homenaje a Miguel de Unamuno y a su poesía, en ocasiones pasada por alto ante su aclamada producción en prosa.
Cuentan que una vez don Alfonso Reyes fue de Madrid a ver a don Miguel de Unamuno y Jugo (1864 – 1936), cuando era rector, por primera vez, de la vieja y noble Universidad de Salamanca. El hijo de Reyes, entonces muy pequeño, preguntó a su padre qué iba a hacer. Don Alfonso respondió que iba a ver a Unamuno. “¿Y cómo son los amunos?”, preguntó el niño. A lo que el pícaro de Reyes contestó que solamente había en el mundo “Un amuno”.
Pícaro y todo, Alfonso Reyes dio en el clavo. Unamuno es uno, único, irrepetible. Novelista, políglota, periodista, maestro, rector, lector infatigable, traductor, crítico, ensayista, dramaturgo y, entre otras aficiones, poeta. No un gran poeta. Él mismo reconocía que su verso estaba compuesto “sin grasa, con carne prieta y raíces bajo tierra”. Destaca el sentido agónico con el que padece el cristianismo, su deseo de inmortalidad, sus juicios temerarios, a veces arrebatados, siempre polémicos. Tiene un personaje en una de sus novelas cortas que detestaba la estupidez humana. Unamuno era así.
La angustia religiosa, combinada con el grandísimo amor a la estepa castellana y con su dolor por una España que lo desterró y lo acogió entre insultos y vítores, así como la nostalgia de las humildes acciones cotidianas, forman parte del complejo paisaje interior de su poesía.
En Rosario de Sonetos Líricos (Madrid, 1911) encuentra esa fusión entre Dios y el hombre. Con alguna altanería humilde, si el oxímoron me es permitido, dice:
Señor, no me desprecies y conmigo
lucha; que sienta al quebrantar tu mano
la mía, que me trates como a hermano,
Padre, pues beligerancia consigo
de tu parte; esta lucha es la testigo
del origen divino de lo humano.
Luchando así comprendo que el arcano
de tu poder es de mi fe el abrigo…
Posteriormente, desterrado por razones políticas a Fuerteventura (Canarias) en 1924, con el corazón en un puño, en su Romancero del Destierro reza con estos versos desolados:
Si no has de volverme a España,
Dios de la única bondad,
Si no has de acostarme en ella
¡hágase tu voluntad!
Como en el cielo en la tierra
en la montaña y la mar.
Y no duda nunca en recomendar densidad por encima de todos esos “arciprestes de la ramplonería” que pueblan el orbe literario, la vida cotidiana, las aulas de la escuela y los pasillos del poder. Por eso:
Mira amigo, cuando libres
al mundo tu pensamiento,
cuida que sea ante todo
denso, denso.
Su muerte, aunque fue en su casa, al amor del brasero, un frío fin de año, el terrible año de 1936, mientras charlaba con un estudiante, no deja de ser emblemática: acababa de enfrentar a los generalotes nacionales en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Su actitud enhiesta fue y seguirá siendo el símbolo de la vitalidad de la cultura contra la bruta violencia de quienes la desprecian, pistola en ristre. EP