Cuando las mujeres hacen ciencia, el futuro se ensancha

Persisten las brechas de género en la ciencia mexicana. Este texto reflexiona sobre la urgencia de transformar las condiciones de formación, evaluación y participación de las mujeres en el quehacer científico.

Texto de & 11/02/26

Persisten las brechas de género en la ciencia mexicana. Este texto reflexiona sobre la urgencia de transformar las condiciones de formación, evaluación y participación de las mujeres en el quehacer científico.

Aunque los registros prehispánicos no consignan nombres individuales, estudios etnográficos y antropológicos documentan la participación de mujeres en actividades médicas y científicas empíricas. Entre los nahuas, las ticitl y tepahtiani eran especialistas en el cuidado del cuerpo a través del uso de la herbolaria, la observación clínica y prácticas rituales. En el mundo maya, las sacerdotisas conocidas como ajkʼij (guardianas del calendario) se encargaban de la astronomía aplicada, es decir, la observación sistemática de los ciclos lunares y solares para atender partos y llevar a cabo rituales de sanación; de una epidemiología ritualizada, para reconocer patrones de enfermedades estacionales; y de una meteorología práctica, observando lluvias, sequías y cambios ambientales para anticipar efectos en la salud y planear las actividades agrícolas.

Lamentablemente, no existen registros históricos confiables que identifiquen con nombre propio a estas mujeres científicas. De hecho, las fuentes coloniales accesibles, como el Códice Florentino y las crónicas de Sahagún, describen con gran detalle sus prácticas y especializaciones, pero no las presentan como figuras individuales, sino como un cuerpo colectivo. Este sesgo colonial llevó a la invisibilización del conocimiento femenino al considerarlo doméstico o ritual, marginando así su reconocimiento histórico.

Reconocer esta presencia temprana de las mujeres en la ciencia es, además de un ejercicio de memoria histórica, un punto de partida para entender el presente. Este 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, sirve como corolario para reflexionar que las mujeres han formado, forman y formarán parte del quehacer científico mundial, y que acercar a las nuevas generaciones al interés por la ciencia es ineludible y necesario para seguir avanzando en la generación de conocimiento.

El año 2025 despidió de este mundo a dos científicas icónicas: Jane Goodall y Julieta Fierro. Jane Goodall, etóloga y férrea activista por la conservación y el bienestar animal, transformó para siempre nuestra comprensión sobre el comportamiento animal al demostrar que el uso de herramientas no es exclusivo del ser humano: los chimpancés también las emplean. Con este hallazgo rompió uno de los mitos más arraigados de la ciencia moderna y abrió nuevas preguntas sobre lo que significa ser humano.

Por su parte, Julieta Fierro fue astrónoma, profesora, divulgadora incansable y una de las voces más firmes en favor de la creación de espacios para las mujeres dentro de la ciencia en México. Su extraordinaria capacidad para acercar el conocimiento científico a públicos diversos la convirtió en una figura entrañable y profundamente influyente.

Jane Goodall solía decir: “No puedes pasar un solo día sin dejar huella en el mundo que te rodea. Lo que haces marca la diferencia, y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres marcar”.

Julieta Fierro, por su parte, afirmaba que la ciencia es una manera de entender la naturaleza y, al mismo tiempo, de reconocer que no poseemos la verdad absoluta. Acercarse a la ciencia —decía— nos hace libres y felices.

Qué fortuna poder hablar hoy de modelos femeninos a seguir en la ciencia. Qué dicha encontrar inspiración en mujeres como ellas para realizar nuestro trabajo. Sin embargo, aún persisten brechas de género que debemos cerrar.

De acuerdo con la Academia Mexicana de Ciencias, solo el 16.72 % de sus integrantes en el área de Ciencias Exactas son mujeres, un rubro que incluye disciplinas tradicionalmente estereotipadas como masculinas: física, astronomía y matemáticas. En Ciencias Naturales, como medicina y biología, el porcentaje asciende al 34.14 %, y únicamente en Humanidades se alcanza una proporción cercana al 50 %. Estas cifras evidencian un sesgo persistente en las carreras científicas que las mujeres eligen para desarrollarse académicamente.

Surge entonces una pregunta obvia: ¿por qué no tenemos más mujeres estudiando carreras en Ciencias Exactas? La respuesta es compleja y multifactorial. Entre los elementos que influyen se encuentran prácticas docentes que hacen sentir inferiores a las jóvenes que optan por estas disciplinas, así como la inseguridad que muchas experimentan en espacios ocupados históricamente casi exclusivamente por hombres.

Es indispensable que quienes toman decisiones en la formación científica garanticen espacios seguros. Asimismo, resulta urgente impulsar programas de divulgación científica que alcancen distintos niveles educativos —primaria, secundaria y media superior— y que lleguen a todas las regiones del país: no solo a los espacios privilegiados, sino también a los más vulnerables.

En el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) de México, en 2018 las mujeres representaban el 37 % de las personas adscritas; para 2024, esa cifra aumentó al 40 %. No obstante, este dato global oculta una desigualdad persistente: mientras que en los niveles de Candidatura y Nivel I la representación es similar entre hombres y mujeres, en los niveles II, III y Emérito la paridad se diluye de manera progresiva.

¿Por qué ocurre esto? Uno de los factores que contribuye al enlentecimiento de la carrera científica de las mujeres es la corresponsabilidad en el trabajo de cuidados, ya sea de infancias, personas con discapacidad o personas adultas mayores. Según un diagnóstico realizado por la Coordinación para la Igualdad de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México, los hombres declaran dedicar en promedio 34.8 horas semanales a estas tareas, mientras que las mujeres reportan 57.6 horas. Esta diferencia de 22.8 horas semanales equivale, en un año, a 1,185.6 horas adicionales de trabajo de cuidados realizadas por las mujeres en comparación con los hombres.

Por ello, continuar evaluando con perspectiva de género —una herramienta que ha permitido visibilizar desigualdades estructurales y prácticas discriminatorias para avanzar hacia una igualdad sustantiva— sigue siendo indispensable en un mundo históricamente masculinizado. En este contexto, es frecuente escuchar la frase: “ese puesto se lo dieron a ella por ser mujer”. Sin embargo, durante siglos, innumerables cargos fueron asignados a hombres únicamente por el hecho de serlo. Muchos de ellos fueron brillantes y altamente competentes, sin duda; otros no contaban con las capacidades necesarias y, aun así, ocuparon esos espacios.

La paridad de género no pretende sustituir las competencias de una persona ni ser un criterio permanente, sino funcionar como una medida correctiva y transitoria. Es un paso necesario hasta que, como sociedad, seamos capaces de evaluar a las personas no por su género, sino por su capacidad, trayectoria y talento, reconociendo que las mujeres representamos el 51 % de la población mexicana y tenemos derecho a acceder a las mismas oportunidades.

No se trata solo de competir por los mismos puestos, sino de garantizar que, desde la educación más temprana, niñas y niños reciban el mismo respeto, el mismo conocimiento y las mismas expectativas, para que puedan llegar y competir en igualdad de condiciones, con base en sus capacidades y no en su género.

Hoy México tiene a una científica en la presidencia, el cargo de mayor poder político en el país. Hemos avanzado, sin duda. Pero aún falta seguir abriendo camino para las nuevas generaciones. EP

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