
¿Lamarck tenía razón? Algunas investigaciones sobre epigenética revelan que ciertos estímulos ambientales pueden transmitirse entre generaciones, reabriendo el diálogo entre las intuiciones de Lamarck y los fundamentos de Darwin.
¿Lamarck tenía razón? Algunas investigaciones sobre epigenética revelan que ciertos estímulos ambientales pueden transmitirse entre generaciones, reabriendo el diálogo entre las intuiciones de Lamarck y los fundamentos de Darwin.
Texto de Julián Valdés & Alfredo Rodríguez 24/11/25

¿Lamarck tenía razón? Algunas investigaciones sobre epigenética revelan que ciertos estímulos ambientales pueden transmitirse entre generaciones, reabriendo el diálogo entre las intuiciones de Lamarck y los fundamentos de Darwin.
La teoría de la evolución, propuesta por Charles Darwin en el siglo XIX, es una de las ideas más importantes y transformadoras de toda la ciencia, pues cambió por completo la manera en que entendemos nuestro origen y la historia de los seres vivos. Nos permite explicar cómo surgió la enorme diversidad de especies en el planeta y cómo han cambiado los organismos a lo largo del tiempo.
El motor principal de la evolución es la selección natural, un proceso silencioso y neutral que actúa como un filtro: los individuos que poseen características que les dan ventaja en un ambiente —como un pelaje más grueso en climas fríos— tienen más probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia. Así, esos rasgos útiles se vuelven más comunes en la población. La evolución no tiene un objetivo, final o propósito; son las condiciones ambientales las que, a lo largo de millones de años, determinan qué rasgos permanecen y cuáles no. Gracias a este mecanismo, la vida ha podido diversificarse, dando lugar a todo: desde bacterias microscópicas hasta bosques, ballenas y seres humanos.
La teoría de la evolución de Darwin fue, en su tiempo, profundamente disruptiva y, como toda idea revolucionaria, no estuvo exenta de controversias y críticas. Sin embargo, varias décadas antes, otro importante naturalista francés, Jean-Baptiste-Pierre-Antoine de Monet, caballero de Lamarck, había propuesto una idea distinta para explicar la evolución de las especies: el transformismo. Lamarck planteó que las especies se adaptan a las condiciones ambientales de forma dirigida, con intención. Su ejemplo clásico fue el de las jirafas: sus largos cuellos se habrían desarrollado como producto del constante estiramiento para alcanzar las hojas de los árboles, y ese esfuerzo se habría transmitido a su descendencia. Bajo este mismo principio, los hijos de un herrero tendrían brazos más fuertes debido al trabajo de su padre. Esta idea, conocida como “herencia de los caracteres adquiridos”, fue descartada cuando la genética moderna mostró que los cambios hereditarios ocurren por mutaciones al azar en el ADN, sin que el ambiente los “dirija” con un propósito.
El concepto de evolución darwinista es brillante y, a todas luces, contrario al determinismo lamarckiano; sin embargo, como suele suceder en ciencia, no es que haya ideas “malas”, sino que los conceptos cambian conforme la evidencia se va acumulando.
A mediados del siglo XX, el embriólogo inglés Conrad Waddington propuso una metáfora visual para entender cómo una única célula fecundada da lugar a un organismo completo, con una enorme diversidad de tejidos (corazón, cerebro, músculo, etcétera). Waddington imaginó esta célula inicial como una “canica-célula” que cae por un paisaje montañoso lleno de valles y crestas, donde cada bifurcación en el terreno representa un camino distinto y explica la diferenciación y especialización de la célula original en múltiples tipos celulares. Waddington añadió un componente más: el ambiente como la fuerza que empuja y dirige esa canica-célula, encendiendo o apagando genes.
Como una manera de imaginar las barreras y fuerzas que dirigen la diferenciación celular, Waddington llamó a este modelo “paisaje epigenético”. Y aunque su visión era más filosófica que molecular, sentó las bases de lo que hoy conocemos como epigenética: el estudio de las modificaciones químicas en el ADN o en las proteínas que lo acompañan, que afectan cómo se expresan los genes.
Para entenderlo mejor, podemos pensar en las secuencias de ADN como las notas musicales escritas en una partitura; la epigenética sería el volumen y la intensidad con la que se interpreta la obra. Algo realmente fascinante es que estas “marcas interpretativas epigenéticas” pueden heredarse de una célula a otra y, en algunos casos, incluso pasar de padres a hijos a través de los óvulos o espermatozoides.
Y a todo esto, ¿qué tiene que ver la epigenética con Darwin y Lamarck? Mucho más de lo que solíamos pensar. La evolución darwiniana es contraria al transformismo lamarckiano y, por años, se pensó que el ambiente no podía modificar lo que se transmite de padres a hijos, salvo por mutaciones al azar. Pero nuevas investigaciones están cambiando este panorama: por ejemplo, en un pequeño gusano llamado Caenorhabditis elegans, ciertos estímulos ambientales —como el contacto con bacterias dañinas— pueden inducir cambios en su comportamiento para evitar estos patógenos. Lo más sorprendente es que estos cambios pueden heredarse y afectar la conducta de generaciones futuras mediante mecanismos epigenéticos.
También se ha observado que la exposición de ratones a ciertos contaminantes ambientales puede predisponer a la obesidad a sus hijos mediante mecanismos epigenéticos. Lo interesante aquí es que no hay mutaciones; en otras palabras, no ocurren cambios en la partitura genética (ADN), pero el ambiente modifica la forma en que se interpreta la sinfonía epigenética. Si bien estos ejemplos son puntuales y no exentos de controversia, evocan a Lamarck en el sentido de que es el ambiente —una bacteria, un agente químico— el que dirige qué características físicas se transmiten a la descendencia.
Estos hallazgos no contradicen a Darwin, sino que nos muestran que la evolución es aún más fascinante de lo que creíamos: el ADN y las mutaciones siguen siendo la base de la evolución, pero el epigenoma puede influir qué genes se activan o se silencian y, en algunos casos, guardar estas adaptaciones por varias generaciones sin cambiar el genoma de los organismos. Esto tampoco significa que Lamarck tuviera razón en el sentido literal. Las jirafas no desarrollaron su largo cuello por el esfuerzo de estirarse, ni los hijos de un deportista serán más fuertes; tampoco la epigenética moderna propone que cualquier rasgo adquirido se herede. Pero sí sugiere que, en ocasiones, los organismos son capaces de pasar a su descendencia una “memoria” del ambiente en el que viven, lo que prepara a los hijos para enfrentar condiciones similares. Y esto, en términos evolutivos, es una ventaja.
Estos nuevos descubrimientos reabren la conversación sobre cuánto influye el ambiente en lo que transmitimos a nuestros hijos y nos muestran que los límites entre genética y experiencia son más difusos de lo que creíamos. En lugar de ver a Darwin y Lamarck como opuestos irreconciliables, podemos pensar en ellos como pensadores que encontraron piezas distintas de un mismo rompecabezas. La epigenética no contradice la evolución: la enriquece. Y, en este sentido, la historia de nuestros grandes paradigmas científicos es una historia de reconciliaciones en constante evolución. EP