
¿Y si el arte no estuviera en el autor, sino en el tiempo? Una lectura de Nouvelle Vague de Richard Linklater contra la semana del arte y el mito del genio individual.
¿Y si el arte no estuviera en el autor, sino en el tiempo? Una lectura de Nouvelle Vague de Richard Linklater contra la semana del arte y el mito del genio individual.
Texto de Diego Tamayo Gutiérrez 06/02/26

¿Y si el arte no estuviera en el autor, sino en el tiempo? Una lectura de Nouvelle Vague de Richard Linklater contra la semana del arte y el mito del genio individual.
Desde hace varias semanas se exhibe en distintas salas de la ciudad Nouvelle Vague, de Richard Linklater. Al mismo tiempo, en esta misma ciudad sucede, desde el lunes pasado, la semana del arte. A continuación, conjuramos algunas potencias de esta película como antídoto frente a las tóxicas nociones de arte, autor y genio que sostienen esta infame semana y que mueven tanto dinero y a tantas personas.
A primera vista, la película es una biopic sobre Jean-Luc Godard durante el rodaje de À Bout de Souffle: el momento en que deja de ser solamente un crítico, para convertirse en un director de cine, en un ‘Autor’. Antes de encarnar la nueva ola francesa, Godard— como también Truffaut, Rohmer, Schiffman y Chabrol—, fue crítico de cine. Gran parte de su trabajo escrito consistió en volver a mirar el cine clásico de Estados Unidos: ver las películas ya no como el producto de una industria, sino como la obra de un autor.
Godard, junto con André Bazin —fundador de la revista Cahiers du cinéma y mentor de varios directores de la Nouvelle Vague— desarrollaron la llamada política de los autores. Para ellos, por muy colectiva que sea una producción cinematográfica, el director es el autor absoluto de la obra. Esta revista exaltó la figura del Autor como pocos movimientos artísticos lo habían hecho antes y como nadie lo había hecho en el ámbito del cine. Fueron ellos quienes rescataron a figuras como John Ford, Alfred Hitchcock, Nicholas Ray y Billy Wilder del lugar que ocupaban como simples trabajadores de Hollywood.
Después de años de escribir sobre autores, de crear autores, Godard decide finalmente ser un autor. Como bien dice el personaje de la película —y como dijo el Godard histórico—, la mejor forma de hacer crítica cinematográfica es hacer una película.
La película termina con la siguiente leyenda “En tres años, 162 cineastas franceses realizarían su primera película”. La pregunta que surge es inevitable: ¿la Nouvelle Vague se produjo como consecuencia del encuentro de todos estos genios, de estos autores? ¿O ellos pudieron desempeñarse como genios y hacer esas películas precisamente porque estaban ahí, en ese momento? La perspectiva desde la que Linklater mira y retrata la Nouvelle Vague plantea preguntas que podemos reformular en torno a la semana del arte.
Cualquiera que haya vivido la experiencia de escuchar una clase de Estética en un aula universitaria conoce las ociosas discusiones que se generan en torno a la pregunta: “¿Qué es el arte?”, “¿Quién hace el arte?”, “¿Dónde se produce el arte: en la mente del artista, en el taller, en la galería o en la transacción bancaria del coleccionista?”. O bien: “Si un perro enlodado se recuesta sobre una superficie blanca y sus manchas forman una imagen que me produce un placer estético, ¿eso es arte?, ¿Es acaso ese perro un artista?”, “Si yo pienso en una hermosa idea y la contemplo, ¿puedo decir que es arte aunque no la escriba ni la desarrolle?”, “¿Cuál es el límite entre la política y el arte?”, “¿Cuál entre la propia vida y el arte?” Estos y otros falsos problemas se producen una y otra vez en torno a una idea del arte que coloca al genio individual en el centro.
Después de tantas muertes del autor, vanguardias y gestos irónicos que han evidenciado la insuficiencia del arte, seguimos pensando que este es un fin en sí mismo y que ser artista es una forma de vida. La palabra ‘arte’ resulta inservible para hablar de experiencias estéticas; incluso es nociva para la mal llamada ‘producción artística’. Aquello que esta palabra denomina sólo puede considerarse en términos históricos o de mercado. La pregunta “¿Es esto arte?” significa, en realidad, “¿Puedo vender esto en el mercado del arte?”.
En el texto El arte, la literatura y las estéticas colectivas de la tierra,1 alguien a finales del siglo XXII se propone explicar qué eran el arte y la literatura a principios del siglo XXI, durante la llamada Noche Capitalista. Desde el año 2172, desde donde se escribe este texto, decir que el arte es capitalista resulta un pleonasmo. Hoy, en pleno capitalismo tardío, no lo es del todo. Lo que este ejercicio especulativo nos enseña es que las manifestaciones estéticas han existido siempre y seguirán existiendo. Pero solo durante los siglos del capitalismo recibieron el nombre de arte. El arte nació con el surgimiento de la burguesía en el siglo XVIII y morirá con el fin del capitalismo, cuando sea que este ocurra. Una de las características que distingue al arte de las manifestaciones estéticas del futuro es la noción de autoría. El arte de hoy no puede explicarse si no en torno al genio y talento individual. Pensar el fin del capitalismo implica, entonces, pensar el fin del arte y el fin —no la muerte— del Autor.
Sin embargo, aun si afirmamos que el arte no existe como tal, siguen existiendo textos, canciones, pinturas y películas que nos conmueven, que nos gustan o que nos generan placer estético. ¿Cómo dar cuenta de estos fenómenos sin recurrir a la figura del autor? ¿Dónde encontrar, entonces, ese motor creativo? Volvamos, pues, a la Nouvelle Vague, a la película y al movimiento estético.
La elocuencia de Linklater radica en que invierte los términos de la política de los autores. En la película, Godard aparece muy apurado por hacer una película. Una de sus motivaciones es que todos sus compañeros de crítica —en particular Truffaut y Chabrol— ya están filmando las suyas. El tiempo avanza y él siente que se queda atrás. Mientras los personajes defienden la política de los autores, la película sugiere otra forma de explicar las cosas. No es el genio individual de Godard lo que produce À Bout de Souffle, sino el momento, el tiempo.
Si pudiéramos hablar de una constante en la obra particularmente ecléctica de Linklater, sería su interés por retratar el tiempo. Esto es evidente, en particular, en la trilogía Before Sunrise, Before Sunset, Before Midnight, y en Boyhood. El amor y la infancia, como el arte y la autoría, no residen en las personas, sino en los momentos. En el documental Double Play (( Double Play: James Benning y Richard Linklater (2014), dirigida por Gabe Klinger. )) se retrata la relación entre Richard Linklater y James Benning, una amistad que gira en torno a su pasión por el béisbol; también revela otra gran afinidad entre estos cineastas: la búsqueda de imágenes-tiempo. Los individuos son secundarios, residuos del tiempo. Por eso la película se llama Nouvelle Vague y no Jean-Luc Godard. Lo que Linklater retrata no es a un Autor, sino un momento de efervescencia histórica y geográficamente delimitado. La genialidad que solemos atribuir a la nueva ola francesa no estaba en Godard, ni en Truffaut, ni en Chabrol, ni en Rhomer; estaba en el aire, estaba en el tiempo. EP