
El trabajo de Reintegra demuestra que la justicia puede ser efectiva sin recurrir al castigo. Con prevención, acompañamiento y reinserción social, esta organización transforma vidas y teje comunidades más justas.
El trabajo de Reintegra demuestra que la justicia puede ser efectiva sin recurrir al castigo. Con prevención, acompañamiento y reinserción social, esta organización transforma vidas y teje comunidades más justas.
Texto de Este País 07/08/25

El trabajo de Reintegra demuestra que la justicia puede ser efectiva sin recurrir al castigo. Con prevención, acompañamiento y reinserción social, esta organización transforma vidas y teje comunidades más justas.
Algo pasa cuando una comunidad vive sumida en la violencia. Encogemos la mirada porque resulta abrumador; tratamos de medirla, de cuantificarla, para saber cuántos, cuándo, cuáles son sus efectos. Contamos los casos de violencia, los delitos, las afrentas. Son demasiados: el número crece y crece. Contabilizar, sin duda, es importante para conocer con certeza lo que ocurre a nivel general. Pero fruncir la vista sólo ante la estadística nos ciega: la cifra esconde nombres, historias, dolores, pequeños triunfos y derrotas. La violencia también cuenta la historia de una comunidad.
Cada persona que entra en contacto con el sistema de justicia penal tiene algo que decirnos. En primer lugar, una denuncia legítima a la sociedad: ¿qué falló para que no se garantizaran las condiciones mínimas para el bienestar y la paz? ¿Quién produce esas condiciones? Lo más sencillo suele ser recurrir a una pregunta tramposa: ¿el ser humano es bueno o malo por naturaleza? Como si la bondad o la maldad fueran abstracciones que nos gobernaran por la mera obediencia a lo que “debe ser”. Cuando en realidad los seres humanos llegamos al mundo por circunstancias ajenas, y tenemos que adaptarnos, como podemos, al panorama que nos recibe.
Si el paisaje es hostil, difícilmente las respuestas serán amables. Un delito puede entenderse como una respuesta dolorosa y compleja: dolorosa porque reitera el daño, y compleja porque nos obliga a replantear las lógicas con las que abordamos conceptos como la responsabilidad o la libertad. Ante el esfuerzo que implica este replanteamiento, solemos optar por sistemas de castigo.
Hay, en esa noción del castigo, una esperanza de retribución: quizá, si aquel “sufre lo que hizo”, algo se restituya en el gran orden de las cosas. Pero la realidad es otra. Según la ENPOL 2021, entre las personas privadas de la libertad, el 16 % en delitos del fuero común y el 11 % en el fuero federal eran reincidentes. Aún más preocupante es que, a nivel nacional, no contamos con mediciones pertinentes para comprender a fondo este fenómeno. Nos enfrentamos así a una situación delicada: personas olvidadas, recluidas bajo lógicas punitivas que les niegan cualquier posibilidad real de construir una vida lejos del delito.
Un enfoque centrado en la prevención y la reinserción social ha demostrado reducir la reincidencia, al fortalecer el tejido comunitario y generar condiciones para que las personas puedan reinsertarse con éxito en sus comunidades. En ese camino, la labor de Reintegra ha sido fundamental, impactando la vida de miles de jóvenes y sus familias en México.
Hace 43 años, Pedro Robert Teissier fue detenido injustamente y acusado de un delito que no cometió. Durante las 48 horas que pasó en prisión, se enfrentó a una realidad cruda: la mayoría de las personas privadas de la libertad estaban ahí por no contar con los recursos económicos suficientes para llevar su proceso en libertad, por carecer de una defensa justa o por las condiciones de vulnerabilidad que marcaron sus vidas. Este episodio despertó en él una convicción que cambiaría el rumbo de su vida: que nadie esté en la cárcel por ser pobre.
Paralelamente, un grupo de abogados —entre ellos Javier Pérez Rocha, Jaime Cortés Rocha y Agustín Santamarina— compartía el mismo sueño de transformar el sistema de justicia en México. En 1983 fundaron Servicios Jurídicos a la Comunidad, A.C., y en 1987 nació la Fundación Mexicana de Reintegración Social, Reintegra A.C.
Desde entonces, Reintegra ha dedicado más de cuatro décadas a cambiar vidas y promover un sistema de justicia más equitativo.
Los modelos de prevención del delito han evolucionado: de la simple disuasión punitiva han pasado a enfoques integrales que abordan los factores de riesgo desde una perspectiva social y educativa. Existen tres niveles clave en este tipo de intervención. La prevención primaria busca evitar que las condiciones sociales propicien conductas delictivas; esto se logra mediante programas educativos, así como actividades extracurriculares deportivas y artísticas que ofrezcan alternativas y nuevas aspiraciones.
En ese marco, Reintegra puso en marcha un programa de prevención comunitaria dirigido a las personas que habitan e interactúan en la colonia Guerrero y sus alrededores. El programa se compone de dos actividades: la primera es una serie de talleres artísticos y culturales, que incluyen módulos de reflexión sobre temas relevantes para la comunidad; la segunda comprende encuentros comunitarios a través de actividades como un torneo de fútbol, la celebración del Día de Muertos, una posada navideña y una jornada de papalotes. La idea central es fortalecer los vínculos comunitarios e “impermeabilizarlos” frente a la humedad de la violencia.
La prevención secundaria se enfoca en jóvenes en situación de riesgo, brindándoles apoyo psicológico, mentoría y capacitación en habilidades sociales y laborales. En este sentido, organizaciones como Reintegra han sido fundamentales al ofrecer acompañamiento cercano y oportunidades concretas a quienes enfrentan contextos adversos.
La prevención terciaria atiende a las personas que ya cometieron un delito, con el objetivo de evitar la reincidencia. En este nivel, los procesos de reinserción social permiten que las y los jóvenes comprendan el impacto de sus decisiones y, en la medida de lo posible, reparen el daño. Parte de la acepción de responsabilidad que promueve Reintegra implica reconocer que, si bien todos fallamos, hay errores que lastiman a otros de modo irreversible y que, frente a ello, es necesario elaborar un camino que responda a la pregunta: ¿cómo llegué aquí?, y que fortalezca la autonomía para decidir en función del bienestar. A diferencia del enfoque punitivo, que prioriza el castigo, el proceso de reinserción social coloca en el centro a la víctima, al adolescente y a la comunidad, fomentando la responsabilidad y el cambio real. Algunos ejes de la reinserción social son la atención psicosocial a adolescentes y familiares, la atención a las adicciones, la continuidad académica, la formación para el trabajo y las actividades comunitarias.
El programa interdisciplinario e integral de Reintegra busca desarrollar habilidades socioemocionales y adaptativas en las y los adolescentes, fomentando el ejercicio de sus derechos. Parte del reconocimiento de que los derechos de la niñez y las juventudes son sistemáticamente vulnerados, lo cual condiciona sus decisiones y trayectorias de vida. Desde esta perspectiva, la intervención se traduce en resultados concretos:
96 % de éxito en la no reincidencia.
80 % de cobertura de adolescentes con medidas no privativas de la libertad en la Ciudad de México.
89 % de adolescentes estudian o reciben formación técnica.
98 % han desarrollado habilidades para regular emociones y comportamientos en situaciones sociales.
50 % de adolescentes con dependencia a sustancias logran cesar su consumo.
100 % de adolescentes con consumo experimental abandonan por completo su consumo.
Inspirados por la convicción de Don Pedro —“Que nadie esté en la cárcel por falta de recursos”—, en 1989 Reintegra puso en marcha el Programa de Fianzas, en colaboración con la afianzadora Guadiana. Desde entonces, han otorgado más de 112,000 fianzas a personas con derecho a enfrentar su proceso en libertad, pero que carecen de los recursos económicos para hacerlo. Evitar la prisión innecesaria contribuye directamente a prevenir el delito y reconstruir el tejido social.
Gracias a su enfoque integral, que pone al adolescente en el centro de las intervenciones, Reintegra logra también tocar a su comunidad cercana. Privilegian un trato cercano y humano, fundamental para que los jóvenes y sus familias se sientan escuchados, valorados y apoyados. En esa línea, se parte del entendimiento de que nadie vive aislado: es necesario trabajar con las redes de apoyo disponibles, y ahí radica, en parte, el éxito de su programa. La empatía, la cercanía y el acompañamiento son pilares fundamentales de esta organización.
En suma, el trabajo de Reintegra demuestra que existen alternativas al sistema penal tradicional. Con estrategias de prevención, reinserción social y apoyo continuo, es posible cambiar vidas. No se trata de ingenuidad, sino de estrategia: invertir en prevención y reinserción es lo más efectivo. Cada joven que logra reescribir su historia confirma que este camino no solo es posible, sino urgente frente a la violencia que sacude al país. EP