La pastilla de la ansiedad y la pastilla para la pastilla de la ansiedad. O “Bienvenides a mi mente”

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 25/10/21

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP.

En un día común, caminando de casa al campus o al revés, mi mente puede recorrer al menos siete de los siguientes temas:

1) La clase

2) Los correos que contesté

3) Los correos que no contesté

4) La basura,

5) La comida de la gata

6) La velocidad exacta a la que corre el viento desde las montañas Franklin hasta la autopista

7) Las tesis que estoy dirigiendo

8) Los libros que estoy, o no, escribiendo

9) Mi hermana, mi mamá, mi hijo (no necesariamente en ese orden)

10) La pastilla de la mañana.

Es más, estoy casi segura de que he caminado pensando una y otra vez en el punto 10. Preguntándome, “¿Me regreso y me la tomo?”. O recordándome: “Cuando regrese, me la tomo”. Trato de tener una rutina perfecta para que la dichosa pastilla no se me olvide, pero uno o dos de cada siete días, lo hago. La olvido.

¿Qué hago? Después de que suena el despertador, dos veces al menos, la mañana se mueve así: 

a) Abro los ojos, la gata está usándome de almohada y, como puedo, me levanto o ahí mismo hago mi meditación de la mañana. Ya he compartido la lista que uso, pero no está de más compartirla de nuevo

b) Después de eso, me paro, abro el cajón de mi tocador, saco una pastilla y me la tomo con el vasito de agua de la noche anterior, o de plano casi empinándome en el grifo del baño.

c) Luego viene el ritual de té, café, baño, desayuno y arreglarse para el home office o para el office office

El resto del día, si estoy fuera de casa, me la paso preguntándome si me tomé la pastilla y si cerré bien la puerta. Si me puse desodorante. Si le dejé agua a la gata. Aparte de las cosas que ya mencioné. 

El ritual nocturno es parecido pero al revés, me baño, me pongo la pijama, pongo el despertador, destiendo la cama, abro el mismo cajón, tomo una de las mismas pastillas y otras dos. También una gomita púrpura para verdaderamente dormir después de, claro, mi meditación de la noche.

Cuatro pastillas, son cuatro pastillas las que tomo a diario para poder surfear el universo del día a día. A veces de broma digo: “Para estar bien medito, medico y me dedico”. Pero no es broma, hago todo eso. Y si descubriera que puedo hacer más, haría más. Porque habemos personas que necesitamos mecanismos específicos para simplemente ser y estar. Pienso en Furiously Happy de Jenny Lawson que mi amiga Ala me regaló hace dos siglos y que, para variar, no leí hasta hace un siglo, aquí un cachito, la traducción es mía:

Este año mi doctor me prescribió un antipsicótico.

“¿Para mantener la psicosis lejos?” Le pregunté bromeando.

Ella no estaba bromeando.

Me prometió que esto no significaba que yo fuera psicótica pero que me aseguraba que en pequeñas dosis esta droga –hecha para esquizofrénicos—podría disminuir la extensión de mis episodios depresivos si la usaba como una especie de botana para complementar mis antidepresivos.

Así que, por supuesto, me tomé esa medicina. Las medicinas son mágicas. Tomas una pastilla y te sientes feliz. Tomas otra y te sientes menos hambrienta. Tomas otra más y tienes aliento a menta. (Bueno, esa última pastilla es un Tic Tac, pero entiendes ya lo que quiero decir).

Cuando todo se derrumbó, dentro de mí, dentro de mí, en algún punto de 2018 mi amiga Diana me arrastró con su psiquiatra a Juárez. Y cuando digo me arrastró no estoy usando ningún eufemismo. Un poco porque me negaba, otro poco porque sabía exactamente que implicaría esa primera cita. Terapia, medicamentos, terapia. Medicamentos. Y es que ya había tenido experiencia con la psiquiatría: “Hola episodio de 2007-2008, hace mucho que no pensaba en ti”; había pasado por un proceso de terapia y medicamentos, me sabía el drill, pues. Y de todos modos todo sería nuevo, como si nunca hubiera pasado, tendría que volver a relatar rebanadas de mi pasado, de mi presente y del futuro que yo tenía acomodado en mis temores como si ya estuviera aquí. 

De cero, sentí que iba a empezar de cero como si no supiera yo que mi cerebro tiene una especie de diabetes que, en esos meses, se acentuó por razones en las que no ahondaré ahora.

Lo que me hizo darme cuenta que necesitaba ayuda y un arrastre transfronterizo psiquiátrico, es que en un momento de crisis y llanto escuché una voz diciendo algo durísimo. Pero no era una voz, era mi voz vaticinando un destino que no quiero y no necesito. Oír la voz diciendo algo horrible me hizo decirme algo dulce: “Cuídate”. Increíble cómo una se vuelve su enemiga y su cuidadora al mismo tiempo. Increíble cómo puedes reconocer que te duele el estómago o la cabeza, una muela, pero no reconocer cuando es tu mente lo que no anda bien. Increíble que sea tan, tan difícil ya no solo admitirle al mundo, sino a una misma que se está:

Mentalmente enferma.

Es una frase que alguna vez me asustó, pero que ahora llevo puesta como una vieja chamarra, cómoda pero fea. Me mantiene tibia cuando la gente me mira como si hubiera perdido la cabeza. Y no, no la he perdido. Estoy mentalmente enferma. Hay una diferencia. Por lo menos para mí la hay. Soy muy consciente del hecho de que no estoy bien. Yo sé que esconderse bajo las mesas o en baños no es normal. Sé que he construido una vida que me permite esconderme cuando lo necesito porque no podría sobrevivir de otra manera. 

A diferencia de Jenny Lawson, yo nunca me he escondido bajo una mesa, tampoco me he encerrado en un baño. Pero me he escondido bajo mis cobijas y anclado en mi cama, sin deseos de nada y sé que eso no es normal. Admito que jamás me he quedado en cama por días, porque la workaholic en mí —hablemos de eso otro día— no me lo permite, pero sí me ha pasado abrir los ojos y no sentir ni un solo deseo de tocar el piso. También he sentido el deseo de volver a casa y solo fundirme en mi almohada para siempre.

El problema no es solo sentirse mal, sino no tener una clara idea de cuán mal se está y cuánto durará el episodio esta vez. Seguro más de una persona leyendo esto entiende lo que estoy hablando. Diagnosticades o no, seguro muches de ustedes han sentido esto. A mí a veces, incluso cuando estoy perfectamente bien, me azota el temor de que si estoy tan bien es que seguro ya se acerca el momento de sentirse mal. 

Soy mi propia enemiga si no me cuido.

He salido del clóset cada vez que escribo un blog aquí, así que qué más da hacerlo una vez más para decir que tengo una enfermedad mental. Sufro del famoso y poco comprendido Síndrome de Ansiedad Generalizada y, en mi caso, si eso no está bajo control tengo un precioso efecto secundario: Depresión. Si mi depresión me rebasa, siento deseos de lastimarme. Me siento una triunfadora cuando no lo hago, pero aunque no lleve a la práctica ese deseo, que exista lo veo como un fracaso.  Y eso que quiero dejar de pensar el mundo en términos de éxito y fracaso, pero fui adoctrinada en ello, qué difícil sacudirse el binarismo.

Mi doctora me lo explicó de esta manera, “El deseo de lastimarte es, sobre todo, un deseo de sentir otra cosa que no sea la que estás sintiendo”. “El problema”, quise decirle, “es que yo soy una canción de Feist , lo siento todo”. No le canté la canción porque todavía tengo poquita vergüenza, pero hasta la fecha mi fantasía es treparme a su escritorio y cantarle:

I feel it all, I feel it all

I feel it all, I feel it all

The wings are wide, the wings are wide

Wild card inside, wild card inside

Ooh, I’ll be the one who’ll break my heart

I’ll be the one to hold the gun

Lo siento todo, lo siento todo. Hablo de sentir como sentir-sentir, pero también como lamentar. Lo lamento, soy un ser sintiente. La doctora me dijo que muy probablemente de ahí venga mi inclinación hacia la escritura, a mi manera de sentir el mundo que me rodea y a mi deseo de hacerlo sentir a otres. Who knows? Pero sé que de sentir, lo siento todo y mi tarea en estos últimos años ha sido aprender a no ghostearme y prestar atención a lo que siento. También a comunicarlo, a dejarme ayudar. Nada fácil.

Ir con esa psiquiatra en Juárez me ayudó en principio; el problema –y esto lo supe después—es que me hizo un tratamiento enfocado en la depresión, no en la ansiedad, así que cuando todo se volvió a derrumbar tres segundos antes de la pandemia, yo era una piltrafa que, de milagro, no se metió debajo de su mesa y se quedó ahí forever. 

Mi primer antidepresivo tenía como efecto secundario una fijación con el suicidio (que es lo opuesto a lo que quieres). Como era un efecto raro, cambié a otro que hizo la tarea. Muchos de mis amigos y familia pensaron que el fallo de ese primer medicamento era una clara señal de que las medicinas no eran la respuesta. Si lo fueran, yo ya estaría reparada.

Yo también pasé por medicamentos cuyo efecto era el contrario al buscado. Tengo una nueva doctora y hemos encontrado (bueno, solo ella) la fórmula perfecta. El Happy Meal como lo llamo yo: cuatro pastillas diarias. Aún así, no estoy reparada, por eso medico, medito, me dedico, pero sobre todo: asumo que es algo que tendré que hacer siempre. Tal vez los medicamentos se reduzcan o cambien en algún momento, con suerte y pueden desaparecer de a pocos pero yo simplemente no puedo bajar la guardia porque ya sé lo que ocurre cuando lo hago. Y de elegir, elijo estar bien.

Si puedo escribir de esto ahora es porque me siento formidable, si puedo escribir de esto es porque aunque aún hay días malos o episodios, sé que se pasan, que sé pedir ayuda, que tengo ayuda (un saludo aquí a todxs mis amigues que desde sus trincheras me han cuidado, ustedes saben quiénes son). Lo más importante es que tengo más estrategias y, sobre todo, más deseos de estar bien. 

Mi ego, ese monstruo narcisista, a veces se asoma y me reprocha tener que tomar una pastilla para la ansiedad, una pastilla para la pastilla de la ansiedad y un antidepresivo; sí: bienvenides a mi mente. No importa, nada importa, porque mi ego también me reprocha que tome una pastilla gigantesca de aceite de pescado y otra de colágeno. Mi ego también critica las cucharadas de azúcar que le pongo a mi café. Y mi café. Si mi yo es sintiente, mi ego es criticón. Whatever.

Sí, tomo una pastilla para la ansiedad y una pastilla para la pastilla de la ansiedad. Lo digo de broma, lo digo como Jenny Lawson dice que está mentalmente enferma cada vez que puede porque es desde ahí donde una se siente más fuerte, diciéndolo con su voz. Yo me siento más en control admitiendo que no siempre lo estoy y que a veces, hasta dudo de lo que hago, como explica Lawson:

Cuando comienzo a dudar de si vale la pena pasar por toda la complicación de medicamento y terapia me acuerdo de esas personas que dejaron que la niebla ganara y entonces me empujo a mí misma para sentirme saludable. Me recuerdo que no estoy peleando contra mí misma, que estoy peleando contra un desbalance químico, algo tangible.
Yo tampoco estoy peleando conmigo misma, peleo por mí misma. No se trata de ganar, se trata de ser y estar. Ser, sentir y estar. Ser. Sentir. Estar. EP

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