Los patrulleros 777

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 05/02/20

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

No comprendo por qué a los adultos les costaba tanto hablar con los niños, como si fuésemos insólitos turistas de Tanzania, Irak o Surinam y no hubiera de qué tema agarrarse. Como existía un halo de misterio en la indescifrable criatura y una distancia emocional de aquí a Plutón, los mayores pretendían hacer plática preguntando lo mismo: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”

Lo que sí entiendo (creo) es que casi siempre respondiéramos “bombero” (eran superhéroes terrenales que veíamos sobre espectaculares camiones) o “astronauta” (único modo viable de estar cerca de la dimensión Star Wars; además, el espacio era mucho más enigmático que este mundo). Pero nunca entendí que a esas dos opciones sumáramos otra: policía.

¿Por qué queríamos eso? Nuestros policías más familiares eran el Patrullero 777, encarnado por un muy cascado Cantinflas al borde del retiro. Aunque podía dar un poco de risa, más bien inspiraba tristeza cuando Canal 9 nos lo suministraba un sábado sí y otro también para contentura de la oprimida familia mexicana que atestiguaba el ocaso del ídolo. Y luego, el otro gran policía: Durazo, mucho más dramático y ése sí de verdad: corrupto y ostentoso (se alzó un Partenón en Tlalpan que la sociedad miraba con resignado odio exclamando “oooohhhh”), institucionalizó la tortura corporativa en los pavorosos separos de Tlaxcoaque, o sea, no en los lejanos Azcapo o Contreras, sino en el subsuelo de las calles que caminábamos rumbo al Zócalo. El terror era descarado, casi evidente: mientras íbamos al Grito, debajo nuestro alguien gritaba en serio con alto voltaje en sus testículos. 

Y luego estaban los “polis” corrientes. Los llamábamos así, con un “oiga, poli”, un poco por pena ajena y otro tanto para crear un lacito amistoso porque ese mal pagado analfabeta funcional podía ser tu verdugo: si bien te iba podía solo exigirte mordida, y si te iba a mal agarrarte a macanazos o algo mucho peor (¿no te gusta?, ve a quejarte con el Negro Durazo).

¿Por qué demonios queríamos ser policías? Una posibilidad es que en realidad jamás lo quisiéramos, y al decir eso nos sacudiéramos la fastidiosa plática con el adulto: salíamos del paso. “Excelente, el chamaco quiere ser policía”.

Hace poco, en Eje 7 un policía accionó su silbato para que me frenara. Por el espejo lo vi venir. Más bien, lo que vi fueron, junto a su revólver, los botones de su sofocante camisola a punto de explotar como petardos detonados por su gran vientre flamable.

“Mordió el bolardo, güero”. “¿Qué es eso?”. “Esa cosa de plástico”, señaló la pieza amarilla que separa el carril confinado. “Yo no mordí eso”. “Sí, apenas pero lo mordió, y es multa”. “Yo no lo pisé”. Que sí, que no, que sí, que no. “Bueno, múlteme”. “¿De veras quiere que lo multe por eso?”. “Ni modo”. “Es infracción grave —dijo—,  no le conviene”. “¿Qué hago?”. “No me obligue a multarlo”. “Hágalo”. “Deme para la torta, aquí rápido”. “No”. “Ándele, no lo multo”. “No”. “Bueno, güero, a la próxima no muerda el bolardo”, dijo y se despidió de mano, sumiso y sereno.

Por el espejo lo vi regresar al punto inicial. Seguí sus movimientos al esperar la verde. A los 40 segundos cazaba a otra víctima y se asomaba por la ventanilla. Sabía que estaba diciendo: “Mordió el bolardo”. “Una policía de chiste”, pensé, y hoy leí algunos datos oficiales divulgados por Causa en Común: entre 2018 y 2019 fueron asesinados a manos del crimen organizado 953 policías mexicanos (482 municipales, 413 estatales y 58 federales). Es decir, la gran mayoría policías de a pie, penosos y tragicómicos como los que sacan unos pesos con mordedores de bolardos. Y no difieren mucho de su colega de hace 42 años, el Patrullero 777, sólo que estos van a la guerra. No es ningún chiste. EP

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