Ver llover y no mojarse

El domingo me salió un derrame en el ojo. A punto de tocar la puerta del estudio de Santiago para ya comer, me miré en el espejo del pasillo y vi una mancha roja con amarillo en forma de río gordo. Nunca me había salido un derrame. Cuando Santiago abrió, para aminorar mi pánico, y […]

Texto de 07/09/21

El domingo me salió un derrame en el ojo. A punto de tocar la puerta del estudio de Santiago para ya comer, me miré en el espejo del pasillo y vi una mancha roja con amarillo en forma de río gordo. Nunca me había salido un derrame. Cuando Santiago abrió, para aminorar mi pánico, y […]

El domingo me salió un derrame en el ojo. A punto de tocar la puerta del estudio de Santiago para ya comer, me miré en el espejo del pasillo y vi una mancha roja con amarillo en forma de río gordo. Nunca me había salido un derrame. Cuando Santiago abrió, para aminorar mi pánico, y un poco riéndose de mí y mi hipocondría, me dijo: ¿Pues qué andabas viendo?

Desde hace algunos años, con cada vez más frecuencia tengo que hacerme análisis de sangre. Desde las veces que he sido donadora, pasando por mi a veces imparable hipocondría, hasta ahora que de por vida cada tres o seis meses necesito hacerme perfiles tiroideos. Visito con mucha frecuencia laboratorios médicos.

Desde siempre, luego de que me enseñan que la aguja es nueva y la desempaquetan, aviso que me impresiona mucho ver sangre y me volteo hacia el otro lado. A ciegas, siento el piquete y cuando me dicen que ya terminaron, siento la aguja salir, me piden que presione el brazo, me muestran que mis muestras tienen mi nombre. Agradezco y me voy.

Mi mamá cuenta que una vez de niña me llevaron a sacar sangre para hacerme pruebas de tiroides o anemia o algo. Cuando me levanté, me desmayé.

No recuerdo que me hayan sacado sangre. Sólo recuerdo caminar hacia la salida y empezar a ver manchas de luz y alcanzar a decir algo, y luego ver todo negro. Y luego abrir otra vez los ojos con el olor del alcohol y quedarme un ratito acostada. Y nunca, desde entonces, volver a ver sangre otra vez porque me impresiona.

Recuerdo un día, por esa misma época, haber ido con mi mamá al súper y también, camino a la salida, haber vuelto a ver esas manchas cada vez más crecientes hasta ser totalizadoras en mi campo de visión. Decirle a mi mamá que creo que me voy a desmayar y ella indicarme que me acueste en el piso. Donde sea que esto te pase, estés en la calle, sola o acompañada, siempre acuéstate en donde puedas para que la sangre te circule otra vez hasta la cabeza.

Las veces que he sido donadora ha sido imposible no ver mi sangre acunada y mecida por la maquinita que evita que se coagule. El noventa por cierto de las veces que he donado, ha sido en el Instituto de Cardiología, en su banco de sangre. Y todas esas veces, viendo esa aguja conectada a la manguera que une mi brazo con una bolsa de plástico, me pregunté desde esas primeras donaciones si lo que me daba impresión era la sangre en sí o verla salir de mi cuerpo. Si era la aguja o su contacto con mi piel. La idea de las venas y un cuerpo escondido a los ojos, que se siente pero es invisible.

Crecí con la noción de que me daba impresión la sangre. De que mirarla me hacía desmayar. Soportaba ver la sangre que me salía de la nariz si hacía mucho calor o si me la picaba muy fuerte. Me costó la relación de mi sangre menstrual al principio, pero pronto tuve que acostumbrarme a verla, de qué otra manera iba a seguir viviendo.

Nunca me he desmayado donando sangre. Me hacen quedarme una media hora semi acostada, con los pies en alto. Luego cinco o diez minutos sentada. Luego tomarme un boing, y comerme unas galletas y una manzana. Me ponen de pie y me hacen caminar como si me estuviera probando zapatos. ¿Se siente bien?, me preguntan. Y yo me aseguro de no ver esas manchas que alguna vez han poblado mi vista hasta volverse una luz totalizadora. Si no veo ninguna, digo que estoy bien y me voy. Incluso puedo manejar. 

Hace siete años, cuando operaron a mi mamá, también fui a donar plaquetas. Para donar plaquetas hay que ir con tiempo, porque el solo procedimiento dura alrededor de dos o tres horas. La sangre que te sacan, que pasa por una máquina extractora de plaquetas, y luego te la devuelven al cuerpo. Hay que ir con paciencia porque tampoco una puede moverse mucho, dependiendo de la posición del brazo en que hayan encajado la aguja. No puedes obviamente doblarlo porque la sangre no saldría. Es especialmente difícil evitar ver la sangre y me costaba entender por qué el líquido que pasaba por uno de los tubos era amarillento o casi transparente. Y es que las plaquetas no tienen color sangre. 

El procedimiento de las plaquetas se realiza en un cuartito más al fondo, en el banco de sangre de Cardiología. Recuerdo el cuartito como más oscuro. Creo que incluso pueden invitarte a dormir en lo que dura el procedimiento, pero yo no lo conseguí. Al llegar hay gente en distintas fases del procedimiento: quienes como una acaban de llegar, quienes están por terminar, quienes están a medio vuelo. Hay que hacer cita un par de semanas antes, no es como con la donación de sangre que puedes hacerla un día antes o a veces solo llegar. 

La vez que doné plaquetas, a mi lado había un chavo de coleta larga con los ojos cerrados y respirando profundo. No sabía distinguir si estaba en paz o preocupado. También había otro señor de camisa de cuadros que se veía bastante ansioso y una de las encargadas le decía que respirara, que faltaban ya solo diez minutos. Unos momentos después, el señor de camisa de cuadros se desmayó y se empezó a mini convulsionar. Llegaron corriendo, le desconectaron la aguja y con ella, la manguera y le dieron a respirar alcohol. Cuando despertó no sabía qué acababa de pasar, y con lástima la encargada le dijo que se había desmayado y al no haber completado el procedimiento, lamentablemente las placas no iban a servir, que tendría que volver otro día.

Al escuchar eso me di cuenta de que tenía que hacer un esfuerzo mayúsculo para no desmayarme. Concentrarme mucho en la nada para no sentir la incomodidad del tiempo y las agujas, de los nervios que me rodeaban en las personas de ojos abiertos o cerrados a mi alrededor, ni de la que habitaba en mí. Tener un reloj enfrente no hacía las cosas más fáciles, aunque quizá sí, para no tener que andar preguntando. La tele de la esquina estaba en el canal 2 y mejor habría sido ver alguna película, como si fuéramos en un camión camino a cualquier parte.

Me daba especial asco ver ese líquido amarillento, más que la sangre. Intentaba no ver el mío, pero veía el de mis compañeros alrededor. Más de dos horas así. Hasta que terminó. Me dieron mi boing, mi manzana, mis galletas. Esperé el tiempo necesario. Me dijeron que mis placas estaban buenas, las pesaron; me puse de pie, caminé alrededor del cuarto como si trajera zapatos nuevos, y cuando me dieron permiso, y al confirmar que veía el mundo sin manchas de luz, me fui.

A las dos semanas le avisaron a mi mamá que mis placas no habían servido por ciertos números fuera de rango. La intención es lo que cuenta, me dijo. Y yo asentí, frustrada. Alguien más ayudó a completar la dosis de placas que necesitaba para esa operación a corazón abierto.

Hay una película que me gusta mucho por su final. Spoiler alert. Se llama The Squid & The Whale, que en español es algo como el calamar y la ballena, y es la tercera película de Noah Bombach, con un punto de partida autobiográfico. Una historia ubicada en Brooklyn en los años ochenta sobre una familia de cuatro, y un divorcio: padre escritor, madre escritora, hijo de dieciséis, otro hijo de trece. La película empieza cuando los padres deciden divorciarse y Walt, el hijo mayor, interpretado por Jesse Eisenberg, empieza a resentir mucho a su madre, impulsado por el enojo del padre hacia ella. Bernard, el padre (Jeff Daniels), es un escritor venido a menos justo cuando Joan, la madre (Laura Linney) comienza a tener éxito en su carrera. 

El padre renta una casa cruzando el parque, los hijos tienen que repartirse las noches entre un lugar y otro. Frank, el hijo menor (Owen Kline), prefiere solo tener una casa y quedarse con su mamá. El mayor empieza a volverse el brazo derecho del padre. Cuando Walt empieza a salir con su primera novia de la vida, al verlo a todas luces enamorado, su padre le aconseja que no se apegue mucho, que viva mejor muchas aventuras, que él se arrepiente de solo haber amado a una mujer. Walt empieza a ser grosero con su novia, con su madre, consigo mismo. Para Bernard nada parece suficiente. Walt quiere ser como Bernard, o eso dice; pero en la realidad no le gusta leer a los clásicos ni libros en general. Quiere componer música, pero no se le ocurre ninguna canción. Así que practica incansablemente Hey you de Pink Floyd y la presenta en la escuela durante el festival de talentos como si fuera suya, y gana. Bernard cada vez le exige más tiempo a su hijo: que se quede más noches, que no salga con amigos, que lo invite al cine en su cita con su novia, que cenen juntos los tres. Cuando descubren en la escuela que la canción con la que ganó el primer premio en realidad no era suya, lo citan para hablar con un psicólogo que de inmediato nota lo enojado que está el hijo. 

Si sentí que pude haberla escrito yo mismo, es lo mismo a realmente haberlo hecho, le dice Walt retador al psicólogo. 

Ya vamos hacia el final de la película. El psicólogo le pregunta por qué está tan enojado. Walt se cierra más. Luego le propone pensar en algún momento feliz con su madre, alguno de cuando era chico. Walt le cuenta que de chico, antes de que su hermano naciera, su madre y él eran inseparables. Hacían todo juntos. ¿Cómo qué?, le pide especificar algún recuerdo concreto de aquella época. Como ir al Museo de Historia Natural. Mi parte favorita, dice Walt, era la sección marina. Había una sala con una ballena asesina devorando a un calamar gigante que nunca pude ver. Me daba mucho miedo. Así que mi madre lo veía por mí y me la describía, mientras yo cerraba los ojos ahí frente a la escena, imaginándola con sus palabras.

Al llegar a su casa Walt encuentra a sus padres peléandose por el gato. Se gritan, Frank, el hijo menor, no quiere ir con el padre; Walt, para calmar la situación, dice que él se va a pasar la noche con Bernard, que se calmen todos. El gato sale corriendo y cuando Bernard intenta traerlo hacia sí de abajo de un coche, empieza a sentir un infarto. Se cae de espaldas en plena calle. Llega la ambulancia y se lo llevan. 

Al final, al parecer, solo fue un ataque de pánico. 

Walt se va con él al hospital. Le dice a su padre que quiere irse a casa, irse del hospital. Bernard le dice que lo necesita cerca, le prohíbe irse, no te pongas difícil, le pide antes de, en un tono más relajado que le traiga otra almohada. Cuando Walt sale del cuarto, encuentra a una enfermera en el camino, y le dice: El hombre de ese cuarto necesita algo. Al tiempo que él se echa a correr. Vemos su rostro de frente todo el tiempo. Corre por los pasillos del hospital, sale a la calle, corre las banquetas, el parque, llega a un lugar. Solo vemos su cara, no lo que él ve. Se detiene frente a algo y los ojos le crecen. La toma cambia y nos muestra lo que está frente a él: una ballena devorando a un calamar gigante. La luz se va blanco.

Ayer fui a hacerme mis estudios de la tiroides para mi consulta trimestral. Llegando a las ocho de la mañana a los laboratorios de siempre, me senté como quien ha hecho el mismo ritual mil veces y conoce el paso a paso sin pensarlo, así que solo lo ejecuta. Esperar mi turno, pedir el estudio, pagar, esperar a que me llamen, pasar, quitarme la chamarra, descubrirme el brazo, ver que el material sea nuevo, voltear a la pared, ver mi nombre en el tubo, apretar el algodón, escuchar las instrucciones de no cargar nada pesado para evitar moretones, ponerme la chamarra e irme.Solo que esta vez, luego de que la encargada me mostró la aguja nueva, decidí mirar cómo entraba a mi brazo y ver por primera vez mi sangre brotar hasta llenar los dos tubos con mi nombre. EP

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