Revista con técnica de diamante

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 07/04/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Con sus ojos cansados tras las gafas de sabio, su arrugada e inexpresiva cara morena y las canas que le brotaban en la cabeza y se desparramaban en la barba, una mañana el periodista Miguel Ángel Granados Chapa entró a la sala de una redacción donde doce aspirantes a reporteros que apenas terminábamos la carrera lo esperábamos. 

Lo observamos y nos callamos de golpe, medio asustados: como parte del curso de iniciación al estilo del periódico Reforma —al que en 1996 pretendíamos entrar—, estaba por darnos una plática un hombre de una seriedad inclemente y una fama labrada en décadas, un poco gurú, otro poco científico, cuya columna, “Plaza Pública”, desde hacía veinte años ponía diariamente orden al caos nacional. Cada mañana, cuando la leías, casi imaginabas a Granados Chapa como un biólogo, colocando a México delicadamente bajo el microscopio con la misión de descubrir los secretos de su membrana, su nucléolo, su mitocondria, para después, entre pilas de libros, archivos y apuntes, sacar en claro sus descubrimientos, que en realidad no tenían que ver con la célula sino con políticos corruptos, vendettas políticas, maniobras oscuras del poder.

De esa plática paciente que nos dio recuerdo solo dos cosas: 1) “Si son periodistas lean siempre las secciones de sociales y las revistas del corazón: analicen las fotos de los personajes que ahí aparecen y esas serán sus pistas para entender los movimientos del poder”. Y 2) “Ser reporteros de periódico es muy ingrato. Lo que con mucho esfuerzo hagan hoy se publicará mañana, pero pasado mañana ya no servirá. No hay nada más viejo que la noticia de ayer. Luchen contra esa frustración”.

Yo no pude. Me frustraba trabajar con el alma para encontrar una buena historia, verla publicada un amanecer y que al día siguiente no quedara vestigio (en esa época apenas arrancaba el internet): tu historia ya estaba en el camión de la basura, se volvió cenizas dentro de un boiler o era tapete de un pintor de brocha gorda, como alguna vez me tocó presenciar. 

Después de tres años en Reforma, tres en Metro y uno en El Independiente, me cansé. Quería que mis relatos vivieran al menos un mes, disfrutaran tantito al aire puro, conocieran el mundo y alguien los tuviera en su buró unos días. No quería que murieran neonatos. Y entonces una amiga, Luz Romano, en 2003 me avisó que una editora de revistas necesitaba reporteros. Acudí puntual a una vieja residencia-editorial de la calle Amatlán, donde una periodista y escritora, Julieta García, sin mucho protocolo me planteó una rareza: debía buscar historias de coches antiguos que sobrevivieran o de viejos pilotos desconocidos o de autopartes extrañas cuyo pasado valiera la pena investigar, o de carreteras con episodios fantásticos. Yo, indiferente al mundo de los autos, dueño de un Chevy sucio y chocado, debía nutrir su insólita revista Autos de Colección. Semanas después, cuando recibió mis primeros artículos, en una oficina del tamaño de una caja de zapatos la vi corrigiendo las galeras con los textos de Georgina Hidalgo, Andrés Tapia (mis compañeros) y los míos con paciencia de relojero. Leía los artículos una vez y otra y otra. Forzando la vista marcaba erratas, repeticiones, fallas de sintaxis, párrafos que no cuadraban. Escudriñando letritas buscaba que la revista que creábamos para los lectores amantes de los coches clásicos fuera un diamante pulido, del que estudiaba su pureza analizando a contraluz su color, corte, claridad, solo que con su pluma metódica haciendo señalamientos en el papel.

A Julieta le aprendí su consagración amorosa por la revista, como si eso que fabricábamos no tuviera una vida de unas cuántas semanas, sino fuera eterna, y hubiera que dejarla bien equipada para tremendo viaje sin final. Y también me enseñó que lo que uno pensaría como un templo del aburrimiento, algo como una autoparte, una carretera o un coche viejo, tiene secretos, enigmas magnéticos que los reporteros estábamos en posibilidad de extraer.

Quince años después, en medio de los que entre ella y yo sobre todo hubo fiestas y cervezas, nos reencontramos en un café de Coyoacán y me contó que dirigía la revista Este País. Yo andaba dolido: luego de casi cuatro años el periódico Más por Más le había dicho adiós a mi columna “Boca de lobo”. “¿Si te entrego un texto semanal?”, le propuse. Aceptó. 

Comencé a leer la revista y me di cuenta que estaba concebida, diseñada, editada, con la misma vieja técnica del diamante. Y en lo que a mí me toca, desde entonces y durante casi dos años y medio he publicado todos los miércoles. En cerca de 140 entregas corregidas por mi editora Karen Villeda y realzadas con las imágenes que encuentra he escrito sobre lo inevitable, nuestro país trágico: los feminicidios, los abusos políticos, los absurdos de nuestra vida pública, las infamias de los corruptos. Pero también me han dejado escribir de lo sencillo y personal: un amigo, el Atlante, mi azotea en cuarentena, José José, mi gato, los ovnis, los cables callejeros de luz, mi resistencia a ser chavorruco, un velero en la Polinesia, una estación de radio, el Perro Aguayo y hasta de un paseo rodante de pandemia con mi hija sobre el Segundo Piso. 
Ahora que Este País cumple 30 años pienso en todo lo que le da al que simplemente le presta su mirada: diversidad, aventura, rigor, misterio, profundidad. Y, desde luego, libertad, de la que yo me beneficio (gracias) cada semana. EP

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