Atlante superó la muerte

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 22/12/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Una noche de hace una década, sentado en el piso de un camerino mientras perdía el tiempo minutos antes de salir al aire en el programa Nocturninos, leí en mi celular la noticia. El Atlante, que ese día fue visitado en un partido nocturno por Leones Negros, había jugado en su estadio de Cancún ante 52 asistentes. Sí, solo 52 personas habían comprado su boleto y eso —especulaba la nota— podía constituir la más pobre marca de asistencia en la historia del futbol mexicano.

Recuerdo que se lo comenté a Jean Duverger, cruzazulino y co-conductor de aquel programa de MVS, y soltó una risa bromeando algo. A mí no me podía brotar ni la ironía: el Atlante, el equipo de la Ciudad de México con el que crecí toda la vida, protagonizaba ese show patético con 52 seguidores en un estadio para 20 mil personas. Esa imagen, 22 futbolistas bajo los reflectores vistos por un puñado de valientes, era tristísima por una razón. Si eres un equipo profesional y sólo eso convocas, la sentencia es: “no interesas”. Es como si sabes que estás enamorada, enamorado, y de golpe recibes una prueba irrefutable del desamor, de que a ti no te quieren. Se podían enumerar varios factores para justificar semejante desolación: el partido se jugó de noche, no tenía gran trascendencia, era ante un rival de poca convocatoria. Quizá por todo eso no había ido nadie. 

Pero existía una razón más poderosa: el Atlante ya era un equipo de Cancún, una ciudad a la que la directiva nos mudó de un día para otro. En ese lugar carecíamos de arraigo y, por lo tanto, nadie nos tenía por qué querer. Y ser de Cancún cuando tu origen y tu identidad son las colonias populares de la Ciudad de México (Tepito, Tlatelolco, Guerrero) y su gente, era una paradoja: Cancún es el lujo, los excesos, la opulencia, e incluso el divino mar, cuando en nuestra ciudad lo más “marítimo” que tenemos es Xochimilco. Cancún era la insoportable antípoda de un atlantismo que ni siquiera podía renovar a su afición, porque no hay niño que le vaya a un equipo sin alma y de constantes tribunas lacrimosas. 

Aunque desde 2007, año de su destierro al sureste, intenté seguirlo por amor a los colores e incluso ese año fue campeón venciendo a Pumas, me costaba instalarme ante la TV y año tras año atestiguar esa tribuna deshabitada, acta de defunción a 1,700 km de un ente deportivo que, sin ser monumento, parque o edificio histórico, también era patrimonio cultural de mi convulsa pero adorada ciudad.

El futuro no daba demasiadas opciones. Una era que el Atlante terminara desapareciendo, y otra que surgiera un personaje con suficientes millones a la vez que voluntad para adquirirlo y revivirlo devolviéndole su esencia. Y esto último sonaba a milagro. 

“…no hay mal que dure 100 años; el mal duró 13 porque un empresario atlantista, Emilio Escalante, lo compró al Grupo Pegaso de terrible memoria y lo regresó a la capital mexicana”.

Y se dio: no hay mal que dure 100 años; el mal duró 13 porque un empresario atlantista, Emilio Escalante, lo compró al Grupo Pegaso de terrible memoria y lo regresó a la capital mexicana. Y para resucitarlo se propuso hacer todo lo necesario: recorrió el país para atraer jóvenes futbolistas desconocidos pero capaces y apasionados, pintó el Estadio Ciudad de los Deportes de azul y grana, aprobó el diseño de una camiseta clásica para que volviéramos a ser lo que fuimos, y contrató a Mario García, un técnico brillante surgido del club. Después, cuando la pandemia permitió público, puso los boletos baratos para que el atlantismo, aunque avejentado y herido, emprendiera su rehabilitación yendo al antiguo estadio donde se asientan nuestros mejores recuerdos. 

Aunque en plena pandemia de 2020 y a puerta cerrada perdimos una Final contra Tampico Madero, de a poquito nos empezamos a emocionar en la grada cada 15 días. Pude ver el entusiasmo en mis amigos potros, mi propia madre, y las 3 mil personas que cada partido del torneo Apertura 2021 ocupábamos un asiento por el único gusto de ver y alentar, pues el poder del dinero robó impunemente a la segunda categoría del futbol nacional el ascenso.

Y resulta que llegamos a una segunda Final contra el mismo equipo que nos había ganado un año antes, el tradicional Tampico Madero. El sábado pasado llevé al estadio a mi hija que había vivido mi atlantisimo como una incomprensible extravagancia. Un 18 de diciembre ocupamos lo alto de las tribunas de la colonia Noche Buena. 

“Los azulgranas estábamos desconcertados por la emoción de ver otra vez un estadio repleto con nuestros colores. Fuimos miles y miles. En ese lapso reclamamos, reímos, festejamos, echamos porras, mentamos madres”.

Los azulgranas estábamos desconcertados por la emoción de ver otra vez un estadio repleto con nuestros colores. Fuimos miles y miles. En ese lapso reclamamos, reímos, festejamos, echamos porras, mentamos madres. Y nos abrazamos entre desconocidos pintados de idénticos tonos. Mi pequeña hija, a quien mi equipo le era algo tan ajeno, veía absorta esa marea humana roja y azul. “Qué increíble”, decía.

A la alegría escandalosa de los tres goles que nos consagraron, la copa levantada en todo lo alto entre fuegos artificiales por nuestro nuevo ídolo Humberto “Gansito” Hernández, a la vuelta olímpica, le siguió la fiesta en las calles saltando y cantando. Éramos campeones y en casa, algo que nunca nos había ocurrido.

Moribundo hasta hace poco, el viejo Atlante de la Ciudad de México está vivo. Relincha y galopa. EP

Foto cortesía de Aníbal Santiago

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