Aquellos fideítos chinos

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 06/10/21

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP.

El genio gastronómico de mi papá era el de un alquimista: con que solo tuviera 10 muslos crudos, tres ajos, ocho limones y unas pizcas de sal, él era capaz de lavar el pollo, picar, exprimir y en 20 minutos sacar del horno lo que llamaba “uno muslitos al limón” que con sus emanaciones humeantes te cerraba los ojos de placer como tu gato cuando al atardecer le acaricias el cuello. 

Si a mi papá le entregabas un plátano maduro, un flan de caja, tres huevos y leche creaba lo que llamaba “flan de plátano”, manjar que por años nos endulzó la vida hasta el borde del coma diabético, y que por decenas la taquería Taco Inn de Avenida Revolución le compró para que al final de su taquiza los comensales se sacaran el sabor del trompo de pastor que les impediría ser besados a la medianoche de sábado por sus parejas enamoradas al volver a casa. 

Y si en el refri había un pedazo de pulpo, cebolla, tomate y en la alacena unas alcaparras, creaba lo que presentaba a la mesa como “pulpo a la veracruzana”: masticabas su consistencia elástica-crocante con voluptuosidad y calma afrodisiacas, deseoso, desesperado por sentir ese pedazo de mar abierto que, mezclado con frutos de la tierra, como un oleaje daba vueltas en tu boca. Comías sintiéndote un navegante.

Desde luego que sus creaciones, simples aunque perturbadoras, las disfrutaron sus amig@s y sus sucesivas novias seducidas por su habla juguetona-intelectual, su nariz imponente de Cyrano de Bergerac y sus ojos aceitunados, pero sobre todo por su magia en la cocina que no cesaba de darles sorpresas. Sin embargo, la alegría que daban esos platillos se concentraba en dos personas: papá y yo, un profesor universitario divorciado y un adolescente waterpolista al que antes del furioso entrenamiento en la alberca de la UNAM lo sometía el hambre dictatorial de un joven ogro: me hubiera comido una vaca entera si eso me hubieran puesto sobre la mesa.

Pero todo tiene un límite: a veces mi padre no tenía paciencia o ganas de acomodarse el mandil y poner manos, mente e ingredientes a trabajar. No sé, quizá no andaba de humor porque sus alumnos de la Universidad Pedagógica no leían lo que les pedía, o porque su amor –recuerdo una sobrecargo encantadora- lo tenía mal o porque el Atlante había perdido en la Liguilla. Por lo que fuera. Y entonces me transmitía su desanimo gastronómico con las siguientes palabras: “flaco, hoy solo voy a preparar unos fideítos chinos”. 

Y entonces lo veía dirigirse a la despensa, sacar un sobre de Instant Ramen –la Maruchan  de esos tiempos- y respetar las instrucciones del paquete plástico, cuyo último paso era echar la base de la sopa (el polvito colorido contenido en un sobre) sobre la pasta. Qué triste hubiera sido recibir aquello y comerlo, ¿no? Como si vas a un concierto de José José, esperas verlo cantar La Nave del Olvido, El Triste y todos sus grandes éxitos, pero solo canta Las Mañanitas y abandona el escenario. A lo que me refiero –por si mi metáfora es muy mala-  es que papá engalanaba esos fideos procedentes de Pekín con su saber e intuición. Al polvo radiactivo -es decir al guanilato disódico, al dióxido de silicio, al benzoato de sodio y a todos los otros 623 químicos con que el ramen adquiría sabor- los potenciaba. A la pasta de seis pesos el sobre en Aurrerá le agregaba crema, y a esa espesa pasta con crema le rayaba quesos manchego, parmesano, y creo que esparcía algo de sus especias secretas, vaya a saber si clavo o nuez moscada.

Total, que cuando recibías los fideítos de papá hasta los días tristes tenían su pequeña alegría, no sé si tan nutritiva pero llenadora. 

Con un poco de imaginación podías pensar que esa pasta de gran consistencia estabas por saborearla no en la esquina de Viaducto Tlalpan y Melchor Ocampo, a metros de los Flecha Roja que bajaban ruidosos, contaminantes y como meteoritos desde Cuernavaca, sino en una terraza italiana de Sorrento, frente al Mediterráneo turquesa.

Como mi papá decidió volver hace 17 años al país donde nació para dejar la academia y volverse agricultor, yo ya jamás disfruto esas delicias amorosas que me alimentaron años y años. 

Pero para honrar el linaje apliqué las técnicas paternas con mi hija, llenando de lácteos densos las Maruchan que consume nuestro pueblo. Un día me dije, “vamos, debes esforzarte”, y aventé crema, quesos y hasta verduras a una sopa sabor “Chicken Flavor”. Pensé que la pequeña me agradecería con un abrazo el denso platillo, pero después de verlo como si estuviera ante un sapo crudo y llevarse el bocado a la boca, lo que recibí fue un: “Pa’, sabes que me encantan las Maruchan, pero lo que inventaste está asqueroso”.

Herido en mi orgullo, lastimado en mi entusiasmo, no tuve más opción que suministrarle por muchos años Maruchan en estado puro (agua, polvo, pasta), y admito con pesar que eso no me ha hecho un buen padre.

Menos mal que esta semana la Procuraduría Federal del Consumidor retiró del mercado 129 mil 937 unidades de sopas instantáneas de nueve marcas diferentes por información falsa –no contienen carne ni verdura, como anuncian-, porque son ultra calóricas, porque usan botes de polietileno que al calentarse en el micro lo transfieren al alimento, y aún más infamias a la salud. 

Por la brillante memoria gastronómica de mi padre y por la dignidad que le confería a sus “fideítos chinos”, no más guanilato disódico. EP

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