Boca de lobo: La guerra contra los invencibles

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 23/10/19

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Tiempo de lectura: 2 minutos

Nos quedamos atónitos: “Se tomó la decisión de liberar a Ovidio Guzmán para tratar de evitar más violencia en la zona y preservar la vida del personal”, informaba La Jornada Online. Imposible, sonaba a fake news

Pero pronto confirmamos lo insólito: el gabinete de Seguridad Federal había liberado al hijo del Chapo, el más grande narco en la historia de México. La onerosa labor de inteligencia para atrapar al presunto delincuente, sumado al dinero público y el esfuerzo implicados en movilizar al Ejército y la Guardia Nacional, se diluyeron en segundos, cuando alguien, ante un Culiacán entre llamas, bloqueos, ráfagas perforando la atmósfera y 55 reos fugados del penal de Aguaruto, ordenó: liberen a Ovidio.

El gobierno no se hizo antes las preguntas más elementales: ¿qué podría suceder si capturamos al hijo del gran capo planetario? ¿Podremos frenar esas consecuencias?

Como el Borras, como si Ovidio fuese poco más que un carterista, se le aventaron. Oh, sorpresa, Ovidio era nada menos que Ovidio.

Primer desastre, que el presidente ni supiera del operativo (ayer lo admitió). Segundo, no calcular los efectos de la detención. Tercero, detenerlo. Cuarto, soltarlo por no anticipar los efectos. 

Tras el caos, una astuta comunicación. Primero, la liberación fue, nos dijeron, para proteger a militares en riesgo. Generosos, los querían vivos. Y entonces el presidente amplificó la esencia humanitaria del gobierno. Había cuidado a militares y también ciudadanos. “Hubiesen perdido la vida muchos mexicanos, iba a haber una masacre (…) estaba de por medio la vida de la gente”. 

El control de daños, irreprochable: ineptitud previsora + rendición = igual bondad. ¿Y qué alma vil se opone a la bondad? Los macabros conservadores que ven con ojos críticos la 4T.

Nuestro presidente es un hechicero de las palabras, un prestidigitador, un alquimista que vuelve oro para su causa lo que amenaza ser una bomba nuclear. Y su verbo es dogma. Las redes atacaron con #AMLOEstamosContigo, avalancha sobre el más cauto disidente. Si osabas soltar un tímido “Lo de Culiacán fue algo desaseado”, agárrate: ¡inhumano, facho!

Andrés Manuel lanzó una trampa más. Al decir que Ovidio fue soltado porque “iba a haber una masacre” asumió que con él liberado ya masacres no habrá, como si el Cartel de Sinaloa no fuera una organización criminal. Ergo: si con la delincuencia organizada libre evitas masacres, ¿para qué creaste la Guardia Nacional que los persigue? “Masacres: eso ya se terminó”, mintió el mandatario. 

¿Ya se terminó? En solo cuatro días, su administración se involucró en todo esto. Lunes: 14 policías michoacanos asesinados, emboscados en Aguililla en una acción contra el Cartel Jalisco Nueva Generación. Martes: en Iguala, 14 civiles asesinados en un choque contra el Ejército (al que se le murió otro). Jueves: cuatro civiles asesinados en Culiacán. En este año ya rozamos los 25 mil homicidios: para Nochevieja habremos roto records históricos. 

En el país del “Masacres: eso ya se terminó”, 2019 será el año de las masacres.

Quizá la enseñanza de Aguililla, Iguala y Culiacán es que a esta altura los cárteles de las drogas ya son invencibles. Ahora, además de autorizar de facto su negocio (como ocurrió en Sinaloa), la paz ruega la primera piedra de la esperanza final.

¿Seguimos perdiendo fortunas y vidas para perseguir, capturar, ver crecer la vorágine de la muerte e incluso, como es la nueva modalidad, liberar? ¿O mejor no perseguimos (por lo tanto no perdemos fortunas ni sufrimos masacres), no capturamos, no cometemos el ridículo de liberar y legalizamos? ¿Qué preferimos? EP

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