
Un día, quién sabe por qué, me atreví a preguntarle a un amigo si podía agarrar su oreja. Con cierta extrañeza, aceptó. Aquella acción tan simple me puso en contacto con una antigua sensación de seguridad que se cifraba en la confianza y la ternura.
Un día, quién sabe por qué, me atreví a preguntarle a un amigo si podía agarrar su oreja. Con cierta extrañeza, aceptó. Aquella acción tan simple me puso en contacto con una antigua sensación de seguridad que se cifraba en la confianza y la ternura.
Texto de Jimena Maralda 17/07/20

Un día, quién sabe por qué, me atreví a preguntarle a un amigo si podía agarrar su oreja. Con cierta extrañeza, aceptó. Aquella acción tan simple me puso en contacto con una antigua sensación de seguridad que se cifraba en la confianza y la ternura.
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