Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Breve historia del karma

Como parte de su estancia en la Fundación para las Letras Mexicanas, Eric Tomassini escribe un ensayo sobre el karma.

Texto de 27/07/22

Como parte de su estancia en la Fundación para las Letras Mexicanas, Eric Tomassini escribe un ensayo sobre el karma.

Tiempo de lectura: 8 minutos

El karma, decía un viejo maestro tibetano, se parece mucho a un juego de ajedrez. No importa en qué parte del tablero nos encontremos, nuestra posición actual depende siempre de la anterior, y la siguiente dependerá inexorablemente de la actual. Lo que es evidente para nosotros, la existencia misma del tablero sobre el cual se juega su destino, es imperceptible para la ficha. Ya lo decía Borges: el jugador que mueve la pieza ignora la mano de Dios que lo mueve a él. Para demostrarlo, bastará contar una breve historia de enredos kármicos, y dejar que usted, amable lector, lo compruebe. 

Con un poco de imaginación y buena voluntad podemos sospechar que, en los albores de una mañana de septiembre, la duquesa de Cornualles, Camilla Parker-Bowles, se despertó habitada por la angustia casi inefable de pertenecer a un entramado cósmico muy por encima de sus capacidades de entendimiento. Más tarde, envuelta en presentimientos a la hora del té, vería junto a su amante, el Príncipe de Gales, las imágenes terribles, insidiosas, de dos aviones estrellándose uno tras otro contra las torres neoyorkinas. Mientras el mundo cambiaba de era en cuestión de días, es de suponerse que debió haberse enterado de la extraña noticia, en algún reportaje especial de la BBC, de que una actriz y modelo de nombre Berry Berenson había perecido de manera fatídica al incendiarse el vuelo 11 de American Airlines.

“Berry Berenson no le interesaba nada de esto. Modelo, actriz y fotógrafa, Berry encarnaba a la mujer de los setenta, sensual y liberada, que antes de morir a los 53 años le había dedicado algunos cuantos a la fotografía de modas, impulsada por la sensacional editora Diana Vreeland…”

Berinthia (“Berry” para los amigos) no era tan famosa como su hermana Marisa, quien por si algunos no la recuerdan, protagonizó a la esposa de Gustav von Aschenbach en la versión de Luchino Visconti de Muerte en Venecia. Tampoco alcanzó la fama mundial de su esposo, Anthony Perkins, cuyo escabroso personaje de Norman Bates en la Psicosis de Alfred Hitchcock no había conocido un destino tan trágico como él mismo, muerto de sida casi una década antes que Berry, tras haber permanecido en el clóset al estilo de Rock Hudson y otros actores de la época dorada de Hollywood, obligados a ocultarse debajo de su propia fama. A Berry Berenson no le interesaba nada de esto. Modelo, actriz y fotógrafa, Berry encarnaba a la mujer de los setenta, sensual y liberada, que antes de morir a los 53 años le había dedicado algunos cuantos a la fotografía de modas, impulsada por la sensacional editora Diana Vreeland: y es precisamente el gusto por la moda lo que Berry había heredado de su abuela materna, la diseñadora Elsa Schiaparelli.

La única rival de Coco Chanel que la historia se tragó porque no supo contener su visión y su genio fue Elsa: si Chanel era la modista de lo atemporal, de la petite robe noire que sigue siendo el vestido de gala por antonomasia, Elsa Schiaparelli, apodada “Schiap” por los parisinos que no querían ni tenían tiempo de pronunciar su apellido típico de la nobleza romana, diseñaba vestidos de langosta y sombreros con forma de tacón para Zsa Zsa Gabor, con joyería como surgida de un sueño de Max Ernst. Elsa, la maga de los surrealistas, trabajó en su boutique de la Place Vendôme con Dalí y su esposa Gala, con Cocteau y con Giacometti, y hasta con Elsa Triolet, la musa y compañera de Aragon. De esos encuentros repletos de magia surgían sombreros, broches, zapatos, pulseras, aretes y trajes sastre para la mujer de los años treinta; y lo que la acabó no fue la guerra, porque aunque no hizo lo que Gertrude Stein y Alice B. Toklas, que se pasaron la invasión cocinando para el régimen de Vichy, ella huyó discretamente a Nueva York, donde nacería su nieta Berry. Lo que mató la carrera Schiap, lo que acabó con ella, fue un show organizado el 12 de febrero de 1947 por la casa Dior en el número 30 de la Avenida Montaigne para presentar su colección Primavera-Verano, con seis maniquís que constituirían lo que Carmel Snow, la editora de Harper’s Bazaar, llamaría el “New Look” de la moda del siglo XX. 

Pero si Carmel Snow era la editora-en-jefe de la segunda revista más importante de modas del mundo después de Vogue, su contraparte en París era nada más y nada menos que la sagaz y excéntrica Daisy Fellowes, amiga íntima de Schiap, además de su mecenas y primera clienta. Daisy Fellowes, cuyo verdadero nombre era Marguerite Séverine Philippine Decazes de Glücksberg, tenía un hotel particulier en París, en el cual murió a la edad de 72 años después de publicar varias novelas y de haber intentado, fallidamente, seducir al primo de su segundo esposo, un tal Winston Churchill. A Daisy, cuyo primer marido, el príncipe de Broglie, se suicidó tras haber quedado expuesta su homosexualidad, le había sido heredada la vasta fortuna de las máquinas de coser Singer, y con ese dinero mantenía a sus amigas, Suzanne Belperron y Elsa Schiaparelli. Se cuenta, entre otras anécdotas que dan testimonio de su genial naiveté, que en una ocasión en un parque vio a una niña muy bonita jugando y le preguntó a la niñera de quién era esa niña tan bonita, a lo que la niñera le respondió “es su hija, Madame”. 

“Y es posible pensar que no fue sólo dinero lo que le heredó sino también un patrón kármico que consistía en ser la esposa de un hombre al que todo vinculaba menos el sexo, y además, que se tratara de un príncipe”.

Daisy había recibido toda su fortuna millonaria de su tía, la aún más famosa Winnaretta Singer, quien, tras el suicidio de su hermana, se hizo cargo de ella pues no tenía hijos. Y es posible pensar que no fue sólo dinero lo que le heredó sino también un patrón kármico que consistía en ser la esposa de un hombre al que todo vinculaba menos el sexo, y además, que se tratara de un príncipe. Aunque si le Prince de Broglie hacía remontar sus ancestros hasta la Guerra de los Treinta Años, bajo el reinado de Luis XIII, el suyo no tenía comparación con el árbol genealógico del segundo esposo de Winnaretta Singer, el príncipe Edmond de Polignac, entre cuyos antepasados ilustres estaba nada más y nada menos que una de las damas de compañía de María Antonieta. Arribados a este punto qusiera hacer un apartado para recordar algo que Michel Foucault llegó a explicar en varias entrevistas: lo que más envidia secretamente la heteronorma de la vida homosexual es la posibilidad de una amistad erótica entre dos hombres o dos mujeres. Más que el coito, lo que se percibe como una transgresión es un amor cuyo futuro no es la procreación, y con ella la continuidad de la familia y el capital, sino la amistad en estado puro. Esta era sin duda la relación que tenía la principal heredera de los Singer, hija de la burguesía del Gilded Age norteamericano si alguna vez la hubo, con el duc de Polignac, que por lo demás, aristócrata venido a menos e influencer antes de tiempo, ha sido retratado como un patrón de las artes y un decadentista, todo al mismo título que su esposa.  

Aunque el salón de los Polignac-Singer era un lugar primordialmente masculino, como se acostumbraba en el siglo de las redingotes y los chapeau haut-de-forme, Winnaretta recibía en sus aposentos a muchas mujeres de la alta sociedad europea de las cuales sacaba periódicamente amantes, lo mismo que su esposo quien contaba entre sus liaisons a Robert de Montesquiou, eterno dandy de cuyos múltiples avatares nombraremos a los dos más famosos, Jean des Esseintes en la novela de Joris-Karl Huysmans À rebours, y el Baron de Charlus en À la recherche du temps perdu. Por su parte, Winnaretta tuvo como amantes a Olga de Meyer, cuyo padrino era el mismísimo rey Eduardo VII; a la pintora Romaine Brooks; a la pianista Renata Borgatti; y a la más importante de todas, la escritora Violet Trefusis. Deberíamos decir que éste no era su nombre de soltera, pues había nacido Violet Keppel: el apellido Trefusis provenía de su marido Denys. El gran amor de Violet no fue, como podría pensarse, Winnaretta Singer, quien estaba demasiado dedicada a sus salones literarios y al mecenazgo de, entre otros, Debussy y Ravel (porque Winnaretta era una melómana enardecida), sino la inmensa Vita Sackville-West, de quien Virginia Woolf estuvo perdidamente enamorada. En ese trío Violet era la princesa rusa de la que se prende eternamente Orlando en la novela homónima; y si Orlando es a la vez hombre y mujer es porque es Vita y Virginia, a veces una y a veces otra; y si como decía Platón en el Banquete, el amor es la ilusión por la cual uno se encuentra a sí mismo en el devenir el otro, al encontrar su propio reflejo en el agua, la luna convertida en agua se da cuenta de que es luna.

La vida profunda, intensa y tormentosa de Vita, Virginia y Violet no acabó precisamente bien para ninguna de las tres, en especial para Virginia quien terminó sus días en el fondo del Río Ouse; no obstante, juicios morales aparte, produjo un sinfín de obras en el periodo llamado de entreguerras, que no hubiera sido posible sin la presencia de Violet en la vida de Vita y Virginia y sus respectivos esposos. Se sabe mucho del amor incomparable de Virginia por Leonard Woolf (“I don’t think two people could have been happier than we have been”) y de la relación extraña pero memorable de Vita con su esposo, el diplomático Harold Nicholson, quien se dice fue por mucho tiempo amante del crítico literario Raymond Mortimer, amigo de todos los miembros del grupo Bloomsbury, y quien también se dice detestaba a Violet pero adoraba a Virginia. El único personaje oscuro en esta historia es, por mucho, Denys Trefusis, una respuesta a la obsesión de la madre de Violet por encontrarle a su hija un marido decente.

Alice Keppel era la matriarca de una familia británica como ya no las hacen, es decir, afrancesada y, en boga con la época, portavoz del glamour a escala internacional. La madre de Violet representaba tan bien el espíritu juguetón y disoluto, tan maravillosamente rodeado de ennui de la Belle Époque que, además de ser una magnífica anfitriona, practicó por muchos años una forma sofisticada de adulterio. Siguiendo el camino trazado por próceres como Jeanne Poisson (la Marquesa de Pompadour) y otras cortesanas reales, a la señora Keppel le fascinaba el aura de la alta nobleza, a tal grado que llegó a convertirse en la amante de Eduardo VII, a quien ya hemos mencionado. Con esta relación, que su marido aprobaba y que no era un secreto para nadie, Alice pensaba colocar a su descendencia en lo más alto de la sociedad edwardiana, pero no contaba con los deseos inconfesables de su hija Violet, que nunca supo del todo domar. 

“Llegados hasta aquí en la historia del karma, vale la pena precisar que en las distintas tradiciones budistas, el karma nunca se percibe como predestinación”.

Llegados hasta aquí en la historia del karma, vale la pena precisar que en las distintas tradiciones budistas, el karma nunca se percibe como predestinación. A diferencia de los teólogos medievales, que batallaban por encontrar el sitio de la libertad en los designios de la providencia divina, a los sabios tibetanos les resulta muy claro que karma no es destino: y sin embargo, explican, la confusión básica sobre la cual reposa todo el entramado kármico, la imposibilidad de ver claramente la existencia del tablero que nos rodea como piezas en una partida de ajedrez, es tan persistente que parece destino. 

Se cuenta que, diez años antes de morir de una cirrosis causada por un consumo frenético de champaña en la Bella Época, a Alice Keppel le llegó la noticia de que el rey Eduardo VIII, el nieto de su viejo amante, había abdicado al trono para casarse con una divorcée americana llamada Wallis Simpson, colocando a Inglaterra al borde de una crisis constitucional. A oídas de esta sórdida novedad, la señora Keppel murmuró discretamente que en sus tiempos las cosas se hacían mejor y con más altura. Lo que sigue es intrincado pero pido clemenencia: Eduardo VIII era hijo de Jorge V, nieto de la reina Victoria, y al abdicar al trono, subió al frente su hermano Jorge VI; la hija primogénita de éste último es la actual reina de Inglaterra, Isabel II, cuyo hijo Carlos podría ser algún día el siguiente monarca. La nieta de Alice Keppel por parte de su segunda hija, una mujer de nombre Rosalind Cubitt, dio a luz en julio de 1947 —el año en que Dior sacaba el nuevo look que acabaría con la carrera de Schiap— a Camilla Shand, después llamada Camilla Parker-Bowles, quien se volvería treinta años después la amante del príncipe de Gales, entonces casado con Diana Spencer (también conocida como Lady Di) repitiendo así una vez más el destino de su bisabuela.

El karma es una danza incesante donde vida y muerte, orden y caos, luz y oscuridad juegan, se seducen mutuamente, pero nadie gana – nadie juega a ganar; y nosotros, tan atónitos como Borges ante lo inconmensurable, cantamos una oda a un dios desconocido. Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza? EP

DOPSA, S.A. DE C.V