
Andrés Araujo Izquierdo ensaya sobre el concierto de AC/DC en México, la fuerza del rock en vivo y la experiencia colectiva de entregarse al volumen, la nostalgia y el exceso.
Andrés Araujo Izquierdo ensaya sobre el concierto de AC/DC en México, la fuerza del rock en vivo y la experiencia colectiva de entregarse al volumen, la nostalgia y el exceso.
Texto de Andrés Araujo Izquierdo 23/04/26

Andrés Araujo Izquierdo ensaya sobre el concierto de AC/DC en México, la fuerza del rock en vivo y la experiencia colectiva de entregarse al volumen, la nostalgia y el exceso.
Quizá siento a AC/DC como una banda especialmente cercana por esa rola en los créditos de una película por la cual estaría dispuesto a morir en cualquier colina: Corazón de caballero (2001). Es confusa su impronta en mí, visto a la distancia: no me interesa especialmente la cultura medieval. Es tribunerísima, además: abre con todo un graderío coreando “We Will Rock You”, de Queen, una banda que hoy en día procuro esquivar, mientras en la arena se baten a duelo dos caballeros. Brian Helgeland, director de la película y responsable de otras obras como Revancha, con Mel Gibson, probablemente pensó que lo último que el espectador pensaría escuchar en una película ambientada en el siglo XIV sería a Freddie Mercury, War, David Bowie o Eric Clapton. A principios de los dosmiles el mundo era capaz de cualquier cosa. Al final de la película, cuando el héroe ha conseguido vencer al villano y conquistar a la chica, retumba “You Shook Me All Night Long”, de AC/DC. Yo no sabía, por supuesto, que la canción constituía una desbordadamente sexual declaración de intenciones en una obra que a priori parecía bastante, bastante recatada.
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No vi a AC/DC cuando vinieron en 2009. Estaba —y qué difícil confesarlo lejos de un diván— clavado con Bon Jovi y con Muse. ¿Por qué esta vez sí quise ir? No fue por Power Up, su álbum publicado en 2020. Uno debe ponderar la posibilidad de ver en directo a bandas que podrían fundirse en cualquier momento, pienso. Aún guardo ciertas esperanzas de que Jimmy Page y Robert Plant resuelvan lo que haya que resolver y que, sobre todo, el segundo conciba la idea de que una banda de covers de Led Zeppelin es mejor que no tener absolutamente nada. Aún imagino a David Gilmour, en alguna casa de campo en el interior de Inglaterra, whiskito —o tecito— en mano, convenciéndose de que sí, que está bien, que órale, que no sobra una visita a México. Aún confío en que los Rolling Stones le den otra vuelta al mundo. Uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser. ¿Es esto el síndrome desbocado de no querer perderse algo? ¿El famoso FOMO? No lo sé, pero decidí que no quería perderme a los australianos que no son australianos.
Me leí de pe a pa la autobiografía de Brian Johnson buscando inmiscuirme en la discografía de AC/DC. Johnson no es un elegido dentro del olimpo del rock: no es el caso del virtuoso artista tocado por una varita mágica que pronto descubre estar destinado a ser llevado a hombros por las masas. Johnson es un obrero de Newcastle, ciudad industrial, fría y horrible al norte de Londres, que lideró una banda glam sin demasiado éxito y recibió años después la oportunidad de su vida: suplir a Bon Scott, mítico frontman y escritor de rolas como “Highway To Hell” o “It’s A Long Way To The Top If You Want To Rock And Roll”, como voz de AC/DC. Es, digamos, un hombre que se sacó la lotería, lo cual tiene un puntito más de interés y de mitología que el mero hecho de nacer con un don. Johnson fue engullido y vomitado por las calles adoquinadas del interior de Inglaterra: si no viajara por el mundo llenando estadios, probablemente estaría bebiéndose cinco cervezas diarias en un pub de mala muerte. Dime si eso no es maravilloso.
Escribe sobre lo que conoces. Le escuché esta recomendación a Manuel Jabois, extraordinario escritor español, en una librería independiente de Madrid para abordar su obra Malaherba. Se la leí también a Brian Johnson cuando, arrancándose la greña por no poder encontrar un tema sobre el cual escribir, terminó concatenando los versos she was a fast machine / she kept her motor clean. Johnson se dedicaba a cambiar techos y parabrisas; entendió que su forma de abordar la lírica musical podía ser a partir de ello, de lo que conocía. Gestó un mito a partir de eso.
En AC/DC, sin embargo, tampoco es como que la letra importe mucho.
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AC/DC llenó tres veces el Estadio GNP, antes Foro Sol. Son más de cien mil personas. La fiebre se desbordó: uno ve cualquier video relativo a los tres conciertos y se encuentra con una inmensa marea de fanáticos que porta los consabidos cuernitos rojos. Siempre he admirado cómo el rock se sabe formal e informal a partes iguales; se toma en serio —muy en serio, a veces—, pero al mismo tiempo, no sé si consciente o inconscientemente, se ríe de sí mismo. Es imposible pensar en una banda actual que tome como ejemplo la lírica de AC/DC: ni siquiera me refiero al mencionado símil entre mujeres y automóviles, sino a la temática redundante y cuasi masturbatoria del establecer al rock como lo máximo, una especie de clímax. Es una banda de otra época, por supuesto, pero el fanático aún infla el pecho cuando recita las rolas. ¿Qué separa a las vituperadas nuevas generaciones que se disfrazan de sus personajes favoritos televisivos del hombre que acude al concierto ataviado con cuernitos, saca la lengua y se toma selfies haciendo señas rocanroleras? Lo pregunto yo, que soy uno de ellos.
Es difícil, por supuesto, establecer hoy en día qué es el rock. Álex Lora, quizá uno de los más longevos exponentes del movimiento en México, ataca en prácticamente cada presentación a los géneros nuevos ante la algarabía colectiva. El gran artífice de El Tri ubica al rock en una suerte de pedestal: es un acto que vale la pena. El rollo, sin embargo, es que el rock empezó siendo precisamente lo que él ataca: un género ninguneado y minusvalorado por el mero hecho de que retaba lo establecido. Hoy, claro, es la norma: se invirtió el caso. Lora, al ningunear al resto de géneros, se convierte en lo que alguna vez buscó destruir.
AC/DC, pienso, no va necesariamente por ahí. Estriba en ello su encanto, me parece. Es una banda avasalladora a la cual no le interesa dirigirse al público entre rolas y menos aún podría esgrimir una reflexión en torno a qué vale la pena escuchar y qué no. Están más allá; quizá porque no están preocupados por defender su bandera tanto como están dispuestos a vivir a través de ella. La mejor crítica del Power Up, álbum no necesariamente innovador que publicaron en 2020, la hizo el mismo Brian Johnson: “Es un clásico álbum de AC/DC: sin baladas y con doce canciones en las que no puedes guardarte la voz en ninguna”. Es curioso precisamente porque Johnson ya no tiene voz; se esfuerza, se desgañita, se quiebra, pero ya no hay voz. ¿Por qué no importa eso? Porque lo importante es lanzarse. AC/DC busca subirle el volumen y que suene lo que tenga que sonar. No son capas de audio, sino una ola homogénea: un muro de sonido. Cuando el concierto termina, los oídos del espectador están tapados: poco importa si Johnson llegó o no a la nota o si Angus Young improvisó durante algún solo; lo que importa es que la ola de la banda te revolcó por completo.
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Unos minutos antes del concierto, camino al baño, vi a dos tipos de cincuenta o sesenta años, uniformados de pies a cabeza en ropa relativa a AC/DC, prácticamente inconscientes. Sentados en el piso, cuerpo encorvado, mirada perdida y manos en la cabeza. Perdieron la batalla, pensé, y eso que esto no ha empezado. Tras el concierto del sábado se hizo viral también un video donde un hombre de cuarentaitantos apenas conseguía sostenerse de un carrito de cervezas: se tambaleaba con la mirada clavada en el piso. Algo había de desborde, creo. No quiero romantizar los problemas de alcoholismo en ciertos fanáticos, pero AC/DC ofrece, pensaría, cierto exceso. Algunos se lo toman bastante en serio. Quizá el rock, al final, sea eso: la oportunidad de dejarse ir durante dos o tres horas. La chance de renunciar un ratito a la cotidianidad y entregarse a la ola.
Me recuerdo hace varios años en Ciudad Universitaria, enfundado en mi camiseta del Cruz Azul, esperando un partido entre los Pumas y los míos. Ya había soportado cualquier cantidad de mentadas de madre —y eso que para el silbatazo inicial faltaba cerca de una hora— cuando un hombre empezó a gritar cualquier cantidad de groserías habidas y por haber desde la bandeja de arriba. El destinatario no era yo, sino el árbitro que apenas hacía ejercicios de calentamiento. Cada insulto cuidadosamente elegido iba acompañado por el sufijo “por si acaso”. El hombre, por supuesto, se estaba previniendo en caso de errores arbitrales que afectasen a los Pumas durante el juego. A la quincuagésima mentada de madre le pregunté al cubetero si sabía quién era. Siempre viene, me contestó; es psicólogo de niños. EP