Las lecciones de Hungría para México

El triunfo de Peter Magyar en Hungría ofrece claves para entender cómo se puede derrotar electoralmente a un régimen autocrático.

Texto de 21/04/26

El triunfo de Peter Magyar en Hungría ofrece claves para entender cómo se puede derrotar electoralmente a un régimen autocrático.

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El pasado 12 de abril, un aire de esperanza brotó desde Hungría para la democracia en el mundo y, sobre todo, para los demócratas que viven bajo el yugo de los autócratas: mientras existan elecciones y una sociedad dispuesta a luchar por recuperar la democracia como forma y sistema de vida, hay posibilidades de derrotar al populismo autocrático. El triunfo en las urnas sobre el autócrata Viktor Orbán, por parte de Péter Magyar, ofrece una serie de lecciones que aquellas sociedades bajo el dominio político de personajes como el húngaro deberían asimilar como una gran experiencia y, bajo las circunstancias específicas de cada país, incluso podrían convertirse en una hoja de ruta para recuperar la democracia.

Viktor Orbán llegó al poder por primera vez en 1998, y fue derrotado al término de su mandato en 2002. Entonces lanzó su consigna de guerra para sus leales: la próxima vez que obtuvieran el poder lo harían con toda la fuerza para cambiar la Constitución sin alianzas de ningún tipo. Se dio a la tarea de reconstruir su partido, Fidesz, y, en efecto, alcanzó su objetivo en 2010.

Orbán se dio a conocer como dirigente estudiantil al estudiar derecho en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest. Gracias a que el régimen comunista permitió ciertas “libertades” para explorar las ciencias sociales más allá del derecho, también pudieron salir de su país, particularmente a Polonia, donde entró en contacto con activistas del sindicato Solidaridad y con jóvenes políticos católicos. Incluso asistió a Polonia durante la tercera visita pastoral del papa Juan Pablo II. Su tesis de maestría versó sobre el sindicato polaco Solidaridad y posteriormente se doctoró en Jurisprudencia.

Su activismo político lo mantuvo en contacto con organizaciones como la Red Europea para el Diálogo Este-Oeste, donde se analizaban los significados y alcances de la Perestroika impulsada por Mijaíl Gorbachov, líder de la Unión Soviética, de la que Hungría era un satélite político. En 1989 fue becado por la Fundación Soros para estudiar durante un año en el Pembroke College de Oxford.

Orbán fue uno de los fundadores, en 1988, del partido Alianza de Jóvenes Demócratas (Fidesz) y, en 1989, uno de los oradores en el homenaje a los líderes caídos en la revolución húngara de 1956, donde se pronunció por la salida de las tropas soviéticas de Hungría. Ya como joven líder reconocido, participó ese mismo año en la Mesa Redonda para la transición política entre el gobierno comunista y la oposición.

En las elecciones de 1990, encabezó la lista de candidatos de Fidesz, que alcanzó 22 diputados de un total de 386. En 1994, su partido abandonó las posiciones de la democracia liberal y se fue acercando hacia la derecha. En 1998 lograron ganar el gobierno en alianza y, al año siguiente, Hungría se incorporó a la OTAN.

En 2002, tras unas elecciones aguerridas, perdió frente al Partido Socialista Húngaro, que logró formar una coalición para gobernar. De 2002 a 2010, Orbán fue la cabeza más visible de la oposición. El nacionalismo, los valores del catolicismo tradicional, el antisovietismo —por la memoria de los caídos en la revolución de 1956— y un discurso antimigración constituyeron las principales posturas de Fidesz y de Orbán.

En 2010, después de ocho duros años en la oposición, Fidesz logró regresar al poder. El contexto de la crisis económica y financiera de 2008 fortaleció su discurso opositor. Así, obtuvo el triunfo con una mayoría de dos tercios, lo que le permitió reformar la Constitución y endurecer leyes desde una visión ultraconservadora, consolidando su permanencia en el poder.

Las reformas enfatizaron la tradición católica de Hungría, suprimieron la igualdad salarial entre mujeres y hombres, limitaron el derecho de huelga, reafirmaron el concepto tradicional de familia y rechazaron el Estado de bienestar. Paralelamente, se impulsó una acelerada “lucha cultural”: se aprobaron nuevas reglas electorales, se redujo el número de legisladores y se rediseñaron los distritos electorales. En rechazo al multiculturalismo, el gobierno se negó a recibir inmigrantes conforme a los acuerdos de la Unión Europea e incluso expresó abiertamente su rechazo a la población musulmana.

Asimismo, se ejerció un control creciente sobre el Poder Judicial mediante la remoción de jueces independientes; se atacó y persiguió a medios de comunicación independientes, al tiempo que se capturaron los medios públicos y se influyó en los privados. Se financiaron think tanks afines para impulsar su agenda ideológica y, mediante redes de cercanía política y familiar, se concentró el control del gasto público, detonando prácticas de corrupción. En el ámbito internacional, Hungría actuó como un actor disruptivo dentro de la Unión Europea, alineándose en múltiples ocasiones con los intereses de la Rusia de Putin y, en menor medida, de China. El proyecto de Orbán se definió como una “democracia iliberal”, convirtiéndose en un referente del conservadurismo global y de un modelo autocrático de poder.

Así, a lo largo de un periodo de 16 años, Orbán logró desmantelar de manera sistemática el entramado constitucional y legal de la democracia húngara. Esto le permitió asegurar sus victorias electorales posteriores a 2010 y mantenerse en el poder en las elecciones de 2014 y 2018 con mayorías calificadas en el Parlamento, aun obteniendo menos del 50 % de los votos, mediante mecanismos de distorsión electoral. De esta manera, eliminó el sistema de checks & balances, capturó al Estado húngaro y lo transformó en un Estado mafioso.

Sin embargo, el hartazgo frente a la corrupción, el deterioro de las condiciones económicas, la precarización de los servicios públicos y el creciente autoritarismo del gobierno de Orbán, así como el rechazo a su cercanía con Rusia y sus tensiones con la Unión Europea, generaron un cambio de ánimo social. A ello se sumó la ruptura de su círculo cercano, que dio origen al liderazgo de Péter Magyar, quien fundó el partido Respeto y Libertad (TISZA) en 2024.

Frente a este escenario, y de manera inesperada, Orbán fue derrotado de forma contundente gracias, sobre todo, a una alta participación electoral cercana al 80 %. Magyar obtuvo una amplia mayoría legislativa, suficiente para comenzar a revertir las reformas “iliberales” de Orbán. Este hecho, histórico para Hungría y significativo para el mundo, devuelve a muchos ciudadanos la confianza en la democracia como forma de gobierno y demuestra que, incluso frente a liderazgos autocráticos consolidados, una sociedad movilizada puede generar un cambio pacífico. La lección es clara: ningún país está condenado permanentemente a la autocracia, como tampoco las democracias son irreversibles. Los sistemas políticos son, por definición, cambiantes.

El triunfo de Magyar se explica por el desgaste del régimen autocrático y corrupto de Orbán; por su juventud y carisma, que contrastaban abiertamente con el liderazgo del mandatario, y, de manera destacada, por un trabajo político de tierra que lo llevó a recorrer todo el país en los meses previos a las elecciones. A ello se sumó la difícil situación económica que enfrentan los húngaros, así como el deterioro de los servicios públicos.

Magyar no formaba parte de la oposición tradicional y, ante su crecimiento electoral, ésta optó por hacerse a un lado: si no lo apoyaba abiertamente, al menos no lo obstaculizaría ni le restaría votos mediante la postulación de otros candidatos. Tampoco presentó una propuesta radicalmente distinta a la de Orbán. Evitó caer en la trampa de la polarización propia de los populismos autocráticos y no lo confrontó de manera directa; en cambio, subrayó la distancia entre el discurso oficial y la realidad cotidiana.

Así, mantuvo posturas como la restricción migratoria y la defensa de los valores católicos tradicionales de Hungría, pero introdujo matices relevantes: planteó la independencia de los medios de comunicación, criticó con fuerza la corrupción y propuso un reencuentro con Europa para recuperar fondos —18 mil millones de euros— bloqueados como sanción al gobierno de Orbán por la erosión del Estado de derecho. Asimismo, recuperó un nacionalismo húngaro orientado a marcar distancia con Rusia.

Queda por verse si el proceso de transición hacia una democracia liberal se desarrollará con la celeridad que sugieren los resultados electorales y si el partido Fidesz no obstaculizará las reformas mediante mecanismos extralegales.

A los triunfadores les resultó eficaz su trabajo con los jóvenes y su concentración en los centros urbanos, fuera de la influencia de las clientelas rurales de Fidesz, así como una narrativa directa sobre las necesidades de la población: salarios, empleo y el futuro de las familias. Recordaron que el país se había estancado y que la economía no favorecía a los ciudadanos de a pie.

El triunfo de Magyar puede entenderse también como una corrección de la ruta que Hungría había vislumbrado tras la caída del socialismo real y que Orbán desvió hacia sus propios intereses. No fue un choque frontal, sino el resultado de una narrativa que contrastó el discurso autocrático con la realidad. Una vez más, queda claro que la recuperación de la democracia dependió, en buena medida, de la fuerza social que respaldó a Magyar.

México, desde finales de 2018, vive un régimen autocrático con el obradorato que guarda similitudes con lo que Orbán construyó en Hungría. Incluso podría afirmarse que los morenistas replicaron ese modelo, con el agravante de la colusión con los cárteles del crimen organizado, cuyo resultado final es la captura del Estado y la configuración de un Estado mafioso, con rasgos claramente equiparables.

Por ello, esta experiencia de cómo derrocar en las urnas un régimen autocrático y corrupto, leída desde las condiciones mexicanas, resulta valiosa tanto para el análisis como para la acción política de cara a las elecciones intermedias y al horizonte de 2030. El hecho histórico ofrece múltiples lecciones, y su desarrollo debe seguirse puntualmente como acicate para los demócratas mexicanos. EP

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