Este País: 35 años de medir a México

A 35 años de su fundación, Este País sigue apostando por los datos en un entorno saturado de opinión. Federico Reyes Heroles reflexiona sobre el origen de la revista y los retos actuales.

Texto de 06/04/26

A 35 años de su fundación, Este País sigue apostando por los datos en un entorno saturado de opinión. Federico Reyes Heroles reflexiona sobre el origen de la revista y los retos actuales.

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Hay proyectos editoriales que registran su tiempo y otros que intentan entenderlo. Hace 35 años, Este País eligió lo segundo: apostar por los datos en un entorno dominado por la opinión, medir lo que se decía imposible de medir y poner sobre la mesa preguntas incómodas sobre quiénes somos como sociedad. No era una apuesta evidente. Tampoco era popular.

En esta conversación, Federico Reyes Heroles vuelve al origen de la revista: a las decisiones fundacionales, a las tensiones con el poder, a la construcción de un espacio que no dependiera de una sola voz. Pero, sobre todo, vuelve a una convicción que atraviesa estas tres décadas y media: que sin evidencia no hay debate público posible, y que sin una ciudadanía dispuesta a mirarse con honestidad, la democracia se vuelve frágil.

A 35 años de distancia, el balance no es complaciente. Entre avances y retrocesos, entre datos que incomodan y narrativas que simplifican, la pregunta de fondo permanece abierta: ¿qué tanto queremos saber de nosotros mismos? En esa tensión —entre medir y creer— sigue jugando su papel Este País.


Andrés Padilla (AP): ¿Te sorprende que la revista haya llegado a 35 años?

Federico Reyes Heroles (FRH): Sí y no. Me sorprende porque el propósito fundamental de la revista —ponerle números a las cosas— hoy es de uso común, pero en aquel momento era excepcional. Y no me sorprende porque la estructura organizativa de Este País es única. Si me preguntas cómo la revista ha librado distintas crisis, te diría que ha sido gracias a un consejo fuerte, en el sentido estricto de la palabra: un espacio donde se intercambian ideas, se generan propuestas y no depende de una sola persona o de un grupo reducido.

Creo que el diseño original —y eso poca gente lo sabe— terminó siendo acertado. Yo había sido presidente del consejo de administración de La Jornada y, cuando me propusieron participar, los fundadores —Josué Sáenz, Víctor Urquidi— me invitaron a dirigir el proyecto porque yo era el único con experiencia editorial.

Eso le dio un carácter muy particular. Hemos tenido una decena de directores, una decena de presidentes del consejo y casi cien personas que han pasado por él. Ahora mismo estamos en una renovación del propio consejo. Esa fortaleza difícilmente la tienen publicaciones que dependen de una sola persona; esas son mucho más vulnerables.

El respaldo de los accionistas y del consejo explica, en buena medida, la supervivencia de la revista.

AP: Hablas mucho de la estructura de la revista y sé que te inspiraste en La Jornada. ¿Qué tenían en mente?

FRH: Participé en la escritura social de La Jornada con el maestro Barrera Graff, quien fue mi profesor de derecho mercantil. En ese momento era muy claro que muchas revistas estaban controladas por una persona o un grupo. Para bien o para mal, si no eras cercano a ese círculo o persona, no publicabas. Por ejemplo, Siempre! estaba muy asociada a José Pagés Llergo; Tiempo a Martín Luis Guzman. Eran proyectos sólidos, con muy buenas plumas, pero también con una lógica cerrada. Había autores valiosos que simplemente no tenían cabida.

Eso me parecía contrario a la idea de pluralidad. Entonces pensé que había que construir una institución editorial donde se pudieran publicar textos incluso conflictivos, sin que la responsabilidad recayera en una sola persona ni en una línea personal.

Yo mismo publicaba un comentario político semanal y, por lo tanto, era sujeto de críticas. Podía cuestionarse si mis textos coincidían o no con la línea editorial. Por fortuna, eso nunca se convirtió en un problema. De hecho, si revisas en los 35 años de la revista, yo prácticamente no he publicado, salvo una serie que me pidieron en el aniversario 25 sobre el origen del proyecto.

El director no debe ser parte de la plana editorial. Me parece poco profesional invitar autores y, al mismo tiempo, imponerse en la conversación. La fortaleza de la revista está precisamente en que no depende de una sola voz.

AP: ¿Cómo decidieron el nombre de la revista?

FRH: Nos reunimos en un restaurante en San Jerónimo, El Faisán, y ahí empezaron las propuestas. Éramos 60 o 70 —luego llegamos a ser más de 200 accionistas— y cada quien aportó una cantidad como si fuera una cooperativa.

La discusión se alargó. Algunos proponían nombres más enfocados en los datos, en los números. Y en ese momento Fernando Danel, que había sido colaborador mío en la universidad, dijo: “pónganle Este País”. Así surgió.

Al mismo tiempo, acotamos el subtítulo: “Tendencias y opiniones”. Primero las tendencias —los datos— y después la opinión. Veníamos de una especie de “opiniometritis”: mucha opinión sin sustento empírico.

AP: Una vez definida la estructura, ¿cómo arrancó el proyecto? El primer número aparece el 1 de abril de 1991, pero antes tuvo que haber un proceso largo de reflexión y planeación.

FRH: Por eso digo que el consejo se reúne desde hace 36 años. Hicimos un recorrido por el país para explicar qué era Este País y buscar posibles socios. Íbamos a universidades, librerías, espacios culturales. Recuerdo, por ejemplo, Zacatecas y Querétaro. Eso permitió romper la endogamia capitalina y construir una representación en la República. Hubo sorpresas agradables, como el vínculo con la Universidad de Colima, que tuvo el primer centro de estudios de opinión pública del país. Era una institución muy avanzada en ese sentido.

Sembramos la revista fuera de la Ciudad de México. No queríamos que fuera otro proyecto centralista, otro “cohete” lanzado desde aquí, sino que tuviera arraigo en distintos lugares.

Le metimos más tiempo que recursos, aunque también fueron necesarios los recursos. Hicimos una colecta inicial entre personas interesadas en el uso de datos. Josué Sáenz, por ejemplo, fue fundamental: había fundado lo que hoy es el INEGI. Víctor Urquidi también. Fuimos convocando a quienes sabíamos que trabajaban con datos, porque en ese momento no estaban en la plaza pública, sino dentro de las instituciones.

Hay que recordar que muchas universidades públicas estaban dominadas por el pensamiento marxista, que tenía cierta desconfianza hacia los datos. Era más una doctrina sobre cómo entender el mundo. En ciencias políticas, por otro lado, predominaba la influencia francesa: Tocqueville, Foucault, pero sin datos.

Nosotros quisimos reunir a quienes realmente trabajaban con información cuantitativa.

AP: ¿De quiénes fue la idea de hacer la revista?

FRH: Surge después de la muy debatida elección de 1988. Yo era presidente del consejo de administración de La Jornada y convencí a Carlos Payán de publicar una encuesta. El resultado mostraba que el candidato Cuauhtémoc Cárdenas venía fuerte, amenazando la narrativa que presentaba al candidato del PRI como ganador.

Se publica la encuesta y viene la reprimenda: nos retiraron publicidad de manera importante. El gobierno no quería datos independientes. El mismo Carlos Salinas de Gortari era un fanático de encuestas, pero solo para uso interno. Que se produjeran afuera rompía el control autoritario que se tenía de la información.

Hicimos una segunda encuesta, pero ya no teníamos dónde publicarla. Fuimos a El Universal; ahí sí la publicaron, pero cometieron un error: hicieron un pronóstico. No se deben hacer pronósticos, se rompe el pacto de neutralidad. Eso generó problemas.

En ese contexto nos reunimos y dijimos: tenemos todas las puertas cerradas, ¿dónde vamos a publicar? Así nació la revista Este País. Invitamos a miembros del grupo de Nexos y tratamos de explicar que esto no era ni contra Nexos ni contra Vuelta, sino un territorio distinto: el de los datos.

Josué Sáenz incluso organizó una cena en su casa con Octavio Paz, con unas 60 o 70 personas. Me pidió que explicara el proyecto, con micrófono dije: necesitamos datos de la sociedad, producidos por la sociedad, para entender lo que está ocurriendo. Eso ayudó a bajar la animadversión. Se entendió que no competíamos en el mismo terreno, sino que abríamos uno nuevo.

AP: ¿Había conocimiento de las encuestas en ese momento?

FRH: No, era prácticamente nulo. Ninguna publicación en el país las publicaba. Poco después, El Norte empezó a hacerlas bien, pero fuera de eso no había nada. El desconocimiento era tal que tuvimos que dar cursos para enseñar a leer encuestas. Conseguimos un auditorio en Montes Urales e invitamos a periodistas de distintos medios para explicarles cosas básicas: interpretar una gráfica, qué es el margen de error. Tuvimos que indroducir todo ese lenguaje. Fue un proceso de alfabetización.

También empezamos a impulsar la profesionalización. Gracias a Ronald Inglehart, y con gente como Miguel Basáñez, Alejandro Moreno y Pablo Parás, se fue consolidando una generación de encuestadores.

Porque al inicio quienes hacían encuestas no eran encuestadores, eran actuarios que le entendían a los números. Pero la demoscopía es otra cosa: implica una sociología del dato. No sólo es medir, es interpretar lo que te dice la información. Todo eso hoy parece evidente, pero en ese momento no existía.

Fue muy interesante la reacción de los partidos políticos. Empezaron a hacer encuestas, pero sólo las difundían cuando les convenía. Eso, paradójicamente, ayudó a desarrollar el mercado de encuestadores y, para nosotros, fue muy favorable. Poco a poco se fueron haciendo a lo largo y ancho del país, incluso a nivel municipal.

Fue un cambio cultural. Veníamos de una tradición intelectual más doctrinaria, centrada en ideas sobre “el ser mexicano”, sin evidencia empírica. Mientras en 1927 se fundaba Gallup en Estados Unidos, aquí estabamos leyendo a Emilio Uranga, a Samuel Ramos y a toda la filosofía ontológica del mexicano. Pero ese “ser mexicano” era muy comodín y daba por sentadas muchas cosas. Por ejemplo, se decía que los mexicanos son solidarios. Las encuestas mostraron algo más complejo: somos solidarios en situaciones extraordinarias, ante los huracanes, por ejemplo, pero no en la vida cotidiana. La confianza social es bajísima; la filantropía, también.

Ahí entramos en el terreno de la cultura de la legalidad. Queríamos que predominara el pacto social que surge de la legalidad, por eso nos involucramos con las encuestas sobre valores. Invitamos a autores como Robert Putnam, que estudió el capital social en Estados Unidos. Encontró que donde hay un pacto social fuerte, disminuyen la evasión fiscal, la litigiosidad, incluso problemas de salud. En cambio, donde ese sistema es débil, hay más violencia, más evasión, más conflictos.

En México empezamos a empujar ese tipo de estudios. En el IFE —hoy INE— se abrieron espacios para estas mediciones y fueron pioneros en estudios de cultura de la legalidad. Después siguieron otras instituciones. Más adelante, también los bancos entendieron la importancia de las encuestas. Hicimos ejercicios con Banamex. Y empezamos a explorar otros ámbitos.

Por ejemplo, quisimos hacer una encuesta sobre los maestros. En ese momento, Elba Esther Gordillo no quería. Le dije: o la hacemos nosotros o la hará la OCDE. Terminó aceptando. Ahí encontramos cosas muy reveladoras. Se suele pensar que el magisterio es un agente de cambio positivo, pero había rubros donde resultaba más conservador que la sociedad en general. Por ejemplo, en temas como la homofobia.

Todos esos datos se publicaban en la revista. Eso incomodaba a los gobernantes, porque los obligaba a enfrentar realidades que no siempre querían ver. Había incluso quien decía que las encuestas no funcionaban en México porque “los mexicanos mienten”. Ese tipo de reacción sigue apareciendo.

Pero para mí, esto era un proyecto cultural más que una revista. Algo similar a lo que fue Vuelta como proyecto liberal abierto. Nosotros también buscábamos leer a los mexicanos. Las encuestas electorales son las más ruidosas, pero no las más interesantes. Las más relevantes son las que exploran valores profundos.

AP: También contabas que, en algún momento, los declararon enemigos del régimen. ¿Cuáles fueron los momentos de mayor tensión y cómo ha cambiado, en estos 35 años, la relación de Este País con el poder?

FRH: Momentos de tensión hubo muchos, pero uno de los más marcados fue cuando Patrocinio González Garrido llegó a la Secretaría de Gobernación en el periodo presidencial de Carlos Salinas de Gortari [1988-1994].

Debo decir que Salinas me buscaba en lo personal, me invitaba a platicar, me hacía preguntas sobre distintos temas. Eran conversaciones breves, de 20 minutos; cuando entraba alguien del Estado Mayor se acababa la reunión. Pero, al mismo tiempo, desde Gobernación nos declararon enemigos personales del presidente y nos retiraron la publicidad durante un periodo. Seguramente publicamos datos que no les gustaron.

Al mismo tiempo, hubo actitudes favorables hacia los datos. Pedro Aspe Armella, por ejemplo, cuando fue designado en el ámbito del INEGI, entendió que Este País era un foro natural para difundir información. Después, con Carlos Jarque, hubo también un diálogo constante sobre lo que arrojaban los estudios.

Más adelante, cuando fundé Transparencia Mexicana, hicimos la primera Encuesta Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, donde se ordenaron las 32 entidades de mejor a peor. Eso generó preocupación, porque los resultados podían ser muy sensibles.

Hubo reacciones muy interesantes. Recuerdo el caso de Melquiades Morales, gobernador de Puebla. Puebla estaba en los últimos lugares y me invitó a hablar. Analizamos dónde estaban los focos de corrupción —por ejemplo, en los verificentros— y trabajaron sobre esos puntos específicos. Cuando terminó su gestión, el estado había mejorado significativamente.

Algo similar ocurrió con el Estado de México: la saturación de verificentros generaba corrupción. Al ampliar la oferta —permitiendo que agencias automotrices realizaran verificaciones— se redujo de manera importante. En Querétaro ocurrió algo similar: ajustes en tránsito y en ciertos trámites tuvieron efectos inmediatos.

Cuando llegó el PAN al poder, también hubo apertura. Con Francisco Barrio en la Contraloría, por ejemplo, promovimos una feria de buenas prácticas en Colima, que había salido en primer lugar. Ahí descubrimos algo notable: en colaboración con la universidad, desarrollaron máquinas para hacer trámites sin contacto con burócratas. Eso redujo la corrupción. El modelo se replicó en Chiapas. Incluso permitía hacer trámites como la entrega de placas. Pero después hubo resistencia: sindicatos que destruyeron las máquinas. Tuvieron que retirarlas.

Lo que muestran estos casos es que las encuestas pueden ser instrumentos de gobierno muy poderosos, siempre que haya disposición a utilizarlas.

AP: Las encuestas fueron parte del origen de Este País. Hoy, ¿siguen ayudando a entender lo que somos o, en esta sociedad sobrediagnosticada, están perdiendo ese poder transformador?

FRH: Yo diría que no. Lo que ha ocurrido es un uso avieso de las encuestas.

Te pongo un ejemplo: Andrés Manuel López Obrador utilizaba una encuesta de “líderes mundiales” para afirmar que estaba en segundo lugar. Esa encuesta dejó de usarse cuando los resultados ya no favorecían esa narrativa.

Las encuestas no están en crisis. Es una metodología sólida, con reglas claras. Hay manuales sobre cómo diseñar cuestionarios, incluso sobre el orden de las preguntas. Si al inicio preguntas “¿qué opinión tiene usted de Claudia Sheinbaum?”, el entrevistado aún tiene reservas. Primero hay que soltarlo: hablar de seguridad, de economía, de problemas generales. Solo entonces dice lo que realmente piensa. El orden modifica la respuesta.

Hoy vemos una paradoja: un gobierno reprobado en corrupción, economía y seguridad, pero con altos niveles de popularidad. Eso no cuadra.

Los números no mienten, pero hay quien los usa para mentir. Por eso la profesionalización es clave. Dos ejemplos cercanos a Este País: Alejandro Moreno, durante años encuestador de Reforma, o Edmundo Berumen, fundador de la AMAI, impulsaron espacios donde las casas encuestadoras discutían metodologías. ¿Por qué tú obtienes un resultado y yo otro? Diseñar una encuesta es un arte.

Si me preguntas si las encuestas están en crisis, diría que no. Es una metodología sólida. Lo que está en crisis es la ética en su uso. El problema es otro: cuando se usa el aparato del Estado para deformar resultados o construir narrativas, la encuesta deja de ser herramienta y se vuelve víctima del poder. Eso no es nuevo. Lo preocupante es que habíamos avanzado mucho y hoy estamos retrocediendo.

Por eso es fundamental que existan entidades independientes que realicen mediciones con rigor. Las casas encuestadoras tienen intereses económicos —es natural—, pero espacios como Este País no tienen ese incentivo económico directo: su función es difundir infomación confiable.

AP: Este País también se consolidó con autores importantes y una sección cultural muy relevante.

FRH: Sí. Publicaron autores como Germán Dehesa, Carlos Fuentes, Carlos Monsivaís, Roger Bartra. Incluso Vicente Rojo hizo algunas portadas. Hubo una gran diversidad de enfoques que no se veían en otras revistas.

La sección cultural surgió a partir de los propios lectores: muchos compraban la revista por esos contenidos. Decidimos formalizarla y fue un acierto. Tuvimos además la fortuna de contar con Malena Mijares, que venía del mundo cultural y fortaleció mucho esa área.

AP: La revista nació como un proyecto plural. ¿Qué voces crees que no se incorporaron a tiempo?

FRH: Creo que hubo una omisión generacional. La memoria es traicionera: recurres a los nombres conocidos y no siempre te detienes a buscar nuevas voces. Es algo que se puede corregir, pero no es sencillo.

Además, los tiempos de lectura han cambiado. Hoy existen múltiples formas de informarse que no pasan por la lectura profunda. Sin embargo, ese modelo está llegando a su límite: la concentración ha disminuido de manera notable y ya se observan efectos en mediciones como PISA. Por eso empiezan a restringirse dispositivos en escuelas y a promover nuevamente la lectura extensa.

Estamos en un momento de relativización informativa: cada quien se queda con la verdad que quiere. Pero la realidad termina por imponerse. Puedes sostener narrativas optimistas, pero si hay más informalidad, menores ingresos o menor movilidad social, eso se refleja.

También hay transformaciones globales evidentes. China avanzó de manera notable en energías limpias, mientras en México se ha cuestionado ese desarrollo. La realidad es contundente.

AP: Estamos viviendo una transformación tecnológica profunda con la llegada de la inteligencia artificial, una erosión democrática, una transformación económica con grandes retos para reducir la desigualdad y un agotamiento del derecho internacional. Ante este panorama, ¿cuáles son los retos actuales para una revista como Este País?

FRH: Reestablecer el andamiaje de libertades básicas. Hay un sistema operativo democrático que no puede ser tocado. Tenemos que regresar al ciudadano mexicano frente al espejo.

Lo que habíamos ganado en cultura de la legalidad está retrocediendo.Las encuestas más potentes son precisamente esas: las que te ponen frente al espejo. Por ejemplo, cuando preguntas qué país admiran más los mexicanos, la respuesta es Estados Unidos, pero no por su democracia, sino por su riqueza. O cuando analizas actitudes hacia la migración: la europea se percibe positivamente, mientras que la centroamericana enfrenta rechazo.

Ese tipo de hallazgos son incómodos, pero necesarios. Por mejores ciudadanos tendremos mejores democracias.

AP: Has insistido en la importancia de medir. ¿Qué revelan esas mediciones hoy sobre la sociedad mexicana?

FRH: Revelan cosas incómodas. Por ejemplo, que los mexicanos despreciamos por la vida. Lo ves en la tala clandestina, en el maltrato animal, en la violencia cotidiana. Perdemos cientos de miles de hectáreas de bosque al año, en un país con enorme vocación forestal. También lo ves en la vida cotidiana. No es cierto que tengamos una relación excepcional con la vida; muchas prácticas muestran lo contrario.

Hemos avanzado formalmente en temas de género, pero dentro de los hogares persiste un machismo muy fuerte. Eso también es medible.

No se trata de regresar a esencialismos, sino de construir un retrato actualizado de los mexicanos del siglo XXI. Y ese retrato es preocupante.

AP: Para cerrar: ¿crees que hoy Este País sigue siendo una revista necesaria?

FRH: Sí. Aunque hay muchas encuestas, el mercado domina su producción y no necesariamente aborda temas de fondo. Las universidades no tienen, en general, los recursos para hacer estudios sistemáticos de opinión pública. Este País ha podido hacerlo apoyándose en distintas instituciones.

¿Por qué es necesaria? Porque la cultura política y cívica está en retroceso. Y la mejor forma de advertirlo es medirlo, publicarlo y discutirlo. Si la cultura ciudadana estuviera en ascenso o si las universidades contaran con centros robustos de opinión pública en todo el país, quizá una revista como esta no sería necesaria. Pero no es el caso. Alguien tiene que impulsar esa vertiente de las ciencias sociales: generar retratos de la cultura política, tocar temas incómodos, pero fundamentales para mejorar políticas públicas. Ese tipo de estudios no los va a hacer el mercado. Los tiene que hacer una entidad independiente, dispuesta a incomodar. Y la revista es un buen espacio para ello. EP

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