
Irmgard Emmelhainz reflexiona sobre los retos de los feminismos ante el avance de liderazgos autoritarios, la cultura digital y la persistencia de la violencia de género.
Irmgard Emmelhainz reflexiona sobre los retos de los feminismos ante el avance de liderazgos autoritarios, la cultura digital y la persistencia de la violencia de género.
Texto de Irmgard Emmelhainz 05/03/26

Irmgard Emmelhainz reflexiona sobre los retos de los feminismos ante el avance de liderazgos autoritarios, la cultura digital y la persistencia de la violencia de género.
Dedicado con agradecimiento y admiración a mis amigas, interlocutoras y aliadas, ustedes saben perfecto quiénes son <3
Ya es marzo, ya vamos a marchar, ya nos asomamos a las cuentas que van quedando pendientes de las luchas feministas que quisimos liquidar los años pasados. Llegó la presidenta, y ya tenemos una jefa de gobierno en la Ciudad de México con una política explícitamente feminista enfocada en que el gobierno se haga cargo del trabajo de cuidados.
En este contexto, las revelaciones de los archivos del caso de Jeffrey Epstein, la victoria de Gisèle Pelicot en el juicio contra sus violadores, la instauración de la broligarquía ligada a Silicon Valley, las declaraciones de Donald Trump de que sólo hay dos géneros: “masculino y femenino”, son el trasfondo de la violencia de género que no nos da tregua en el país y que nos revela nuevos retos viejos y urgencias. Por el imperio neofascista que se va erigiendo a partir de la naturalización de la supremacía masculina entrecruzada con la emergencia climática que, a su vez, naturaliza la destrucción del planeta.
En su conjunto, los archivos de Epstein son testimonio de la existencia de una estructura de poder emplazada por una red de pedófilos y depredadores sexuales multimillonarios que escalaron las cumbres del poder en las últimas tres décadas. Creyéndose agentes de cambio, el círculo de hombres poderosos y el puñado de mujeres que rodearon a Epstein representan a una casta privilegiada que no tiene empatía ni sabe discernir el abuso contra los otros, que normalizó la violencia de género (y otras atrocidades) como una forma extraña de tribalismo. Las historias alrededor de Epstein constituyen un retrato de cómo funciona el orden social planetario y de las maneras en las que este orden está puesto al servicio de la superélite que nos gobierna y que incluye demócratas, republicanos, profesores en universidades de élite, hombres de negocios, académicos, diplomáticos, doctores, celebrities, unicornios de Silicon Valley, personajes influyentes en el mundo de la cultura. El caso Epstein hace legible cómo la superélite no sólo condona, sino que facilita la depredación sexual: es parte de su cultura y modo de operar. Es decir, los archivos Epstein revelan que hay una casta de multimillonarios esparcidos por el mundo que están en comunicación y conectados a una red criminal y con los gobiernos autoritarios. También que existe como un patio de juegos invisible donde se les condona la violencia de género. Epstein, en otras palabras, personifica la impunidad de la clase de multimillonarios pedófilos que gobiernan al mundo.
Esta cultura depredadora no es exclusiva de la élite y atraviesa clases sociales y fronteras nacionales. Esto lo revela el caso de Gisèle Pelicot, la mujer que durante casi una década fue sedada por su esposo: “sumisión química”, es el término legal, para ser violada por extraños. A través de una página web libertina, Dominique Pelicot invitó a casi una centena de hombres a su casa a violar a su esposa mientras ella estaba inconsciente. Horas de video de las violaciones fueron descubiertas por la policía en la computadora de Dominique. Al ser interrogados y confrontados con los videos, 30 de los 50 perpetradores enjuiciados se declararon inocentes, argumentando que en el momento de los actos no tenían conciencia de estar violando a Gisèle. Muchos alegaron que contaban con el permiso de su esposo para tener sexo con ella; uno incluso declaró que “un hombre puede hacerle lo que quiera a una mujer”. El juicio contra los violadores, durante el que Gisèle declinó su derecho a que fuera anónimo y que tuvo lugar a puertas abiertas, pone sobre la mesa el debate sobre el consenso, la sumisión y la normalización de la violación en nuestras sociedades todavía heteropatriarcales. Los juicios revelan también una serie de cuestiones sobre las relaciones entre hombres y mujeres, el bien y el mal, la violencia, el incesto y el poder. Y que estos señores que la violaron no son el mal encarnado como Epstein y sus cuates, sino personas ordinarias. “Que la vergüenza cambie de bando”: fue el lema setentero que abanderó a Gisèle durante su ordalía, convirtiéndola en un ícono feminista.
En estos tiempos autoritarios en los que mandan los depredadores sobre el planeta y los espacios domésticos y laborales, que la depredación se democratiza y nos damos cuenta que es lo “normal”, y colapsa el orden basado en leyes y reglas, en Estados Unidos, Venezuela, Irán, India, Alemania, hay represión social. México parece ser la excepción. Gobernado por una presidenta sensata, razonable, que no pierde la compostura, nos sentimos como en un oasis de diversidad y libertad de expresión, en una panacea en la que se gobierna en nombre de las causas perdidas y donde ganó la democracia. Mientras que en otras partes del mundo los gobiernos implementan políticas en contra de la sociedad, incluyendo el desmantelamiento del estado de bienestar, aquí tenemos un estado enfocado en recuperar su papel de proveer a los marginados y a las mujeres. En temas de legislación, fruto de luchas de décadas, las feministas hemos tenido logros importantísimos como la tipificación del delito del feminicidio, el derecho a las mujeres a una vida libre de violencia, el castigo a la violencia digital y difusión de contenido sexual sin consentimiento, la Ley Malena —que tipifica los ataques con ácido como tentativa de feminicidio—, la Ley Ingrid —que sanciona la difusión de imágenes de feminicidio por parte de servidores públicos—, la Ley Sabina —que combate a los deudores alimentarios—, la despenalización del aborto, de igualdad laboral y de derechos. También se consolidan la militarización y un aparato de vigilancia y de captura de datos sensibles de los ciudadanos por el gobierno (como la llave y CURP con datos biométricos).
Podríamos decir que los feminismos se masifican, y por eso, además de ser objeto y discurso de gobierno, también se consolidan como tema de campañas de automarketing afianzadas en el mujerismo vehiculando el valor neoliberal del empoderamiento. Sin sororidad real, proliferan foros, pódcasts y eventos donde mujeres se congregan para adorar a las celebrities que diseminan valores superficiales derivativos de las luchas feministas vendiendo(se) marcas. Este atroz oportunismo esencialista de las relaciones públicas ha llegado hasta colonizar las rejas de Chapultepec donde se exhibe durante marzo la ‘esencia’ femenina. El concierto de Shakira en el Zócalo es sintomático también. Su voz ya representa al feminismo neoliberal en el sentido de que el mensaje que disemina su tour “Las mujeres ya no lloran” es que el valor de las mujeres y su habilidad para trascender su estatus de víctima; la herida femenina reside en su capacidad de levantarse a “facturar”. La mujer ya no llora, sino que se “empodera” produciendo riqueza económica, brillando en el mercado con éxito laboral. Esta misión es completamente individualista, obedece a las lógicas de subjetivación neoliberales, más que a las feministas y por eso está completamente sometida al sistema heteropatriarcal socioeconómico. ¡Menos mal que una de las secretarías de nuestro gobierno se encarga de rayar los muros con consignas feministas salidas directo de las marchas!
Mientras tanto, 12 mujeres siguen siendo asesinadas al día, nuestra presidenta fue agredida en el espacio público a pocas cuadras del Palacio Nacional, además de que está siendo objeto sistemático de violencia política de género. Por un lado, de parte de Donald Trump, quien la acusa de permitir que el crimen organizado gobierne al país, socavando directamente la soberanía territorial. Según The Intercept, el operativo de captura de El Mencho fue orquestado por la Joint Interagency Task Force, que opera desde el Fort Huachuca, a 15 millas norte de la frontera de México con Estados Unidos guiando al ejército mexicano. El espasmo de violencia que siguió a la captura del capo llegó en medio de una campaña de presión a Sheinbaum por parte de la administración de Trump, que durante todo este año ha culpado explícitamente a su gobierno por permitir que los narcotraficantes inunden el mercado estadounidense con fentanilo y otras drogas. Insinuando que el gobierno está capturado por redes de narcotráfico, Trump ha amenazado repetidamente con acción militar unilateral para parar el influjo de drogas. En el país, aunque los grupos paramilitares estén armados por Estados Unidos, la guerra contra el crimen organizado es dictada por la presión de Washington.
Por otro lado, el término presirvienta, usado por la oposición para insultar a la presidenta Sheinbaum, representa, como ya bien lo indicaron Viri Ríos y Dahlia de la Cerda, un dispositivo de violencia política de género interseccionada con el clasismo. Cargado de sexismo, el insulto socava la capacidad de mandar de la presidenta, negando su agencia como la comandanta suprema del país. El término, atravesado por un desprecio clasista asociado al trabajo doméstico y a la sumisión femenina, le resta autoridad y legitimidad; además, indica que no gobierna, sino que obedece haciéndoles el trabajo sucio a los señores.
Y es que podríamos argumentar que nuestro gobierno progresista es fruto de las luchas feministas en general y del tsunami que surgió hace una década, que colocó a los feminismos como el movimiento social más importante en el país. Pero también que el ascenso de Trump, la ubicuidad del abuso sexual y la impunidad, son la contracara de los feminismos materializada como una crisis global de la masculinidad y la nueva imposición de formas retrógradas de lo que significa “ser hombre” o “ser un hombre fuerte”. Y sí, una de las consecuencias negativas del tsunami feminista fue la creación de la manósfera, un lugar de búsqueda frenética de la masculinidad habitada por ínceles o “célibes involuntarios” que empezaron a crear foros a partir de la premisa de que la corrección política y las feminazis son la causa de la desgracia de los hombres (porque las mujeres no quieren tener sexo con ellos). Como explica el colectivo Proyecto UNA en Leia, Rihanna & Trump,1 los ínceles decidieron vengarse de las mujeres rechazando al feminismo y generando una esfera sensible de contracultura no para cuestionar al poder, sino para propagar resentimiento contra mujeres, excluidxs y marginadxs. Guiados por gurús machistas, los miembros de estos foros se han permitido y animado mutuamente a portarse como psicópatas sin empatía, perpetuando la construcción capitalista-heteropatriarcal de la masculinidad validando, por ejemplo, la violación como antídoto contra la frustración sexual. Su mártir y ejemplo a seguir es Elliot Rodger, quien en su manifiesto de 2014 nos declaró la guerra a las mujeres, iniciando una era de culto a la violencia, de juegos casi suicidas celebrando la autodestrucción y de la obligación de ser duro con uno mismo y los demás.
Esta moral retrógrada y violenta que se propaga en redes directamente ligada al auge de los feminismos y afincada en la idea de que el hombre, “lo masculino” está bajo asedio, contribuyó a afianzar la normalización del heteropatriarcado y capitalismo como las estructuras que sostienen las lógicas a través de las cuales nos relacionamos entre nosotrxs y como la base de la construcción de las identidades. Bien sabemos que las plataformas están diseñadas no sólo para capturar nuestra atención, sino también para premiar con visibilidad extra a los contenidos que obtengan más reacciones. Además de ser el semillero para la proliferación de fake news y de teorías de la conspiración, lo que se premia con visibilidad en redes son los mensajes basados en discursos de odio hacia lxs diferentes. Desde esta perspectiva, los foros de nuevos misóginos fueron el semillero del resurgimiento del fascismo y de la validación de la depredación y transacción, de la desrealización de las mujeres como fundamento de las relaciones interpersonales.
Las nuevas derechas se han aprovechado de este odio racial y misoginia camuflados en memes y publicaciones irónicas para plantear a las feministas y migrantes como sus enemigos. En este contexto, feministas, minorías, pueblos originarios, defensorxs del territorio y palestinos, están siendo borrados por completo del panorama como entes políticos o con el potencial de agencia política y autonomía. Trump se ha aprovechado de la indignación causada por la censura de la cancelación y corrección política como estrategia discursiva en su campaña. Es así que podemos entender sus declaraciones erráticas, caóticas, misóginas, bravuconas, arrogantes, racistas y machistas, junto con las de otros líderes como Netanyahu y Milei, como la materialización en la realidad y geopolítica (ver la invasión a Venezuela, las amenazas de ocupar Groenlandia o de invadir México), de ideologías que llevan circulando en estos foros machistas durante los últimos 10 años. Vemos atisbos de afirmaciones maniacas de hipermasculinidad darle forma a la política y a la cultura en México sustentadas por una nostalgia por la época en la que los hombres no tenían que pensar dos veces en su condición de hombres o de dominadores. ¿Después de Sheinbaum vendrá un Trump a gobernarnos?
Otra consecuencia del tsunami feminista que vino con una ola de cancelaciones a violentadores, aunada a la creciente autonomía económica de las mujeres y a que sobresalgan en los ámbitos laborales, académicos y políticos, es un malestar y crisis de masculinidad generalizados. Pankaj Mishra la diagnostica en 2018, estableciendo un lazo entre la crisis global de la masculinidad y los nuevos nacionalismos que han transformado radicalmente los modos de sociabilidad. Esta crisis generó afirmaciones maniacas de la hipermasculinidad, planteando a la masculinidad como el sueño del poder. Esto ha dado lugar a la versión 2.0 del emprendedor individualista, que además de hacerse exitoso echándose para adelante compitiendo en una carrera darwinista o cacería de poder por el ascenso social, condona la depredación del planeta y tiene a la transacción como la base de sus relaciones interpersonales. Tenemos delante de nosotras la universalización de la tierra baldía donde se celebra la construcción de cuerpos duros e inviolables buscando reconstruir la virilidad perdida. Estas masculinidades consideran a las mujeres “liberadas” como la competencia, o como objetos degradables y sometibles a través de los cuales pueden demostrar su maestría y dominio.
La misoginia florece en el sensible compartido expandiendo el sueño del pasado primordial donde los hombres están arriba y las mujeres conocen su lugar de sometimiento. A través del machismo y despliegues de violencia, se reafirma en la actual coyuntura un orden social planetario basado en la naturalización de la sumisión femenina, haciendo evidente que quien gobierna es la supremacía masculina y su sistema de creencias que normalizan el abuso, la violación y el incesto como parte del orden social global, la impunidad social y legal de la que gozan los perpetradores que mantienen el statu quo. Por más que salgamos a marchar, leamos consignas feministas en los muros de la ciudad y nos sintamos empoderadas oyendo a Shakira, los juicios y condenas a los violadores de Gisèle tampoco son suficientes: si Dominique, su esposo, logró que una centena de hombres viviendo a un radio de 70 kilómetros de su casa vinieran a violar a su esposa, ¿cuántos hombres estarían dispuestos a violar a una mujer inconsciente, si se les presenta la oportunidad?
Y es que los guiones escritos sobre el sexo y la sexualidad no sólo están atravesados por la desigualdad de género, sino que inscriben a la práctica de la violación y de la cultura de la irresponsabilidad de los hombres ante la gestión del consentimiento como constitutivas de esa desigualdad. Es decir, la violencia de género —incluyendo el incesto— encarnan el deseo de dominación y el ejercicio de poder sobre el cual se erigen nuestras sociedades. Dorothée Dussy incluso plantea el incesto como la matriz de todas las violencias y la cuna de la dominación, normalizada o invisibilizada —silenciada— en el imaginario colectivo. Aunque esté teóricamente prohibido en todas las sociedades del mundo, como demuestra en su famoso libro el antropólogo Claude Lévi-Strauss, el incesto es el ritual de entrada a la sociedad, a la familia, como estructurante del orden social, como herramienta de formación preparando a los sujetos para la dominación de género y de clase.2
Silenciada a partir de una relación desigual, la incestuada o el incestuado se convierten en objetos manipulables y de entretenimiento. En este contexto, habría que mencionar las poderosas narrativas sobre incesto y abuso publicadas el año pasado: Un jardín al fondo de la noche de Ximena Santaolalla, Tigre triste de Neige Sinno y el Archivo oscuro de Lorena Wolffer, que denuncian y al mismo tiempo plantean la pregunta de cómo dar cuenta de la memoria inscrita en las cuerpas y psiques de esta forma constitutiva de violencia que condiciona a las mujeres a la sumisión, naturalizando la dominación masculina y ciertas formas de subjetivación-objetificación de las cuerpas violentadas.
Dominique consideraba que Gisèle era insumisa; se lo inscribió en el cuerpo: cuentan que se veía en uno de los videos de las agresiones y por eso su esposo la tenía que someter con químicos. Porque la sumisión es el comportamiento adecuado de las mujeres en el cual se realiza su “naturaleza” femenina (aunque sea con químicos o desde las infancias a través del abuso) diferenciándola radicalmente del hombre, justificando la jerarquía social entre hombres y mujeres. Aunque si las mujeres eligen la sumisión por ellas mismas, los hombres ya no las tienen que dominar. Como aquellas que eligen visibilizar su sumisión subyugando a sus cuerpos con cirugías dedicadas a formatearlos según el look posporno hípersexualizados de los cuerpos de las Kardashian: con cirugías para aumentar las partes del cuerpo en las que se enfoca la pornografía: nalgas, senos, orificios (boca, vagina, ano). Transformándose, algunas mujeres llegan a habitarse como objetos, consolidando la objetificación absoluta y su estatus de otredad cuya función es la de ser un objeto de amor y de deseo en cuerpo y alma.
Esta forma de auto-objetificación es sin duda portadora de las marcas de las violencias en los cuerpos de presas que es también constitutiva de nuestra relación con el mundo. Y es que las violencias de género modelan las maneras en las que las cuerpas habitan, afectan y se despliegan por el mundo. Porque después de una agresión, como bien lo describen Neige Sinno, Ximena Santaolalla y Lorena Wolffer, no hay vuelta atrás, al antes. No existe una feminidad o una subjetividad que se pueda desviolentar y restaurar. ¿Cómo defendernos de nuestra propia desrealización? Elsa Dorlin nos habla del dirty care o el cuidado negativo que ejercen las dominadas: proyectándose constantemente en las intenciones del otro, anticipando su voluntad y deseos, las sobrevivientes de violencias de género se funden con las representaciones que les proyectan los grupos dominantes, condicionándonos y haciendo que nos condicionemos a ser una y otra vez violentadas.3 Nuestros cuerpos —acatando la interseccionalidad y las experiencias diferenciadas de las violencias dependiendo del lugar que une ocupe en el espectro social— se convierten en depositarios de gramáticas múltiples de violencias que se expanden de generación en generación y que atraviesan el campo social y digital.
Los testimonios de las sobrevivientes de violencia de género son clave para socavar las narrativas de los perpetradores: para no estar solas, para que no vuelva a ocurrir. Históricamente, hablar en público de violación era tabú y la primera vez que un grupo de mujeres hizo público en México el hecho de su violación con nombre y apellido, casi fueron linchadas. Me refiero a cuando a finales de los ochenta cuatro mujeres fueron violadas en un cuarto de hotel en Morelos. Denunciaron a sus agresores en el Ministerio Público y en un texto que difundieron. Entre ellas estaba Isabel Vericat, quien recuerda que en esa época no se hablaba de “violencia de género” y por eso, en los noventas se dedicó a nombrar las violencias y denunciar los feminicidios. Tomando en cuenta que desde esa época vivimos un cambio cualitativo y la normalización de una guerra contra el cuerpo de las mujeres, a partir de ese caso, se establece una cultura de la denuncia de la agresión de lo que antes se vivía con vergüenza, miedo y en clandestinidad. “Que la vergüenza cambie de bando” —el eslogan que abanderó a Gisèle— alude también al silenciamiento histórico del abuso.
El tratamiento que se hace a las narrativas de violación afecta directamente a los imaginarios sociales que construimos sobre el abuso sexual. Las novelas, los cuentos, los cómics, las series y los videojuegos que consumimos determinan nuestro universo imaginativo. Tradicionalmente, crearon un modelo de víctima que asumimos como normal, así como un modelo de agresor —el desconocido que aprovechando condiciones propicias ataca y al que le debemos temer—. Las narrativas marcan también lo que entendemos por abuso y en qué circunstancias no lo es. En la literatura, el arte y el cine, las narrativas que se generan a través de la experimentación con las archivas de las violencias para entenderlas nos sirven de brújulas para entenderlas, denunciarlas y ultimadamente para que deje de suceder.
Sin duda, la sumisión química y la sumisión en general de las mujeres y los cuerpos feminizados trascienden clase, países y género. La sumisión es el medio racional a través del cual los hombres obtienen lo que creen que les corresponde por derecho. Esto está establecido en la manósfera y se refleja a diario en las declaraciones erráticas de los líderes misóginos de ultraderecha. Y en el hecho de que el gobierno para funcionar y legitimarse, necesitó haber cooptado la resistencia. La cancelación y linchamiento digital —herramientas a las cuales recurrimos porque ni el sistema judicial ni la sociedad nos respondían— instauraron al punitivismo sin posibilidad de sanación ni justicia transformativa. Y esto ha contribuido a erradicar la alteridad y, por ende, a la posibilidad de todo conflicto político, y tal vez de sumar más aliados a nuestras causas. A 10 años del tsunami, el imaginario feminista está congelado y observando el panorama mundial, existe la posibilidad a mediano plazo que el autoritarismo erigido sobre la defensa de las causas perdidas se transforme en autoritarismo de derechas. EP