Debate público al borde de la extinción

La polarización afectiva y la desconfianza política erosionan la deliberación democrática. Frente a ello, la humildad puede ser una condición necesaria para rescatar el debate público.

Texto de 11/03/26

La polarización afectiva y la desconfianza política erosionan la deliberación democrática. Frente a ello, la humildad puede ser una condición necesaria para rescatar el debate público.

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En noviembre de 2025, la indignación encauzó los modos del debate público. El presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo, un político osado que combatió a los grupos narcotraficantes, fue asesinado por éstos. Lógicamente, la atrocidad motivó desprecio hacia los responsables y las reacciones sociales estallaron. Los análisis buscaron aclarar las responsabilidades del asesinato, identificar las causas de la violencia en México y estructurar propuestas de políticas públicas para desarticular las redes de violencia, entre otros asuntos. Sin embargo, su valor analítico fue pronto opacado por las declaraciones estridentes de diversos actores.

La ineptitud para combatir la inseguridad en México constata los perjuicios de prescindir de debates sustanciales. Por desgracia, esta condición parece ser la norma para cualquier otro problema público. Los navíos de México y del mundo son dirigidos por capitanes necios, autodeclarados como personas irreprochables, cuyas ideas apenas son probadas como adecuadas y, en el peor de los casos, resultan infundadas.

La imprescindibilidad de las discusiones es una valoración antiquísima en la historia de las ideas políticas. John Stuart Mill en su ensayo Sobre la libertad sostuvo que el valor de los debates públicos radica en que los defensores de una idea pueden entender si sus razones son adecuadas. En una discusión genuina, las personas defienden sus opiniones frente a sus opositores, examinan los aspectos más importantes de sus principios, escuchan imparcialmente las razones de todas las partes y son honestas sobre el valor de las ideas de los oponentes. Esta exposición de argumentos favorece el cultivo del entendimiento y, así, las personas rectifican sus equivocaciones.

Estas bondades no surgen espontáneamente. Parece que las instituciones democráticas son proclives a trampas que dificultan la toma de decisiones; por ejemplo, la encrucijada descrita por la paradoja de Condorcet. Más aún, comprender las ideas contrarias y aceptar las debilidades de la lógica propia son actividades exigentes, casi una proeza. Cuando las personas admiten ciegamente sus juicios sesgados y escuchan sólo parcialmente a su contraparte, el debate auténtico es imposible.

Esta cerrazón puede ser provocada por la polarización afectiva, un fenómeno político en el cual los defensores de una idea estigmatizan como malas personas a quienes tienen opiniones contrarias. En un ambiente político tan exaltado resulta relevante recordar las bondades de esta institución democrática: la discusión pública.

La polarización afectiva es un concepto de la ciencia política que enfatiza el papel de las actitudes y emociones de las personas —no necesariamente de agentes políticos o partidistas— en la arena pública. Iyengar y otros definieron la polarización afectiva como un fenómeno de animosidad entre los partidarios de diferentes opciones políticas. Demostraron que las personas transforman sus identidades políticas en identidades sociales: dividen el mundo entre quienes forman parte de su partido y quienes son ajenos a él, y el grupo propio se convierte en un elemento constitutivo de la identidad personal. Así, las personas juzgan los argumentos mediante la reactividad emocional: sentimientos negativos frente a los opositores y entusiasmo desmedido por los miembros de su grupo. El resultado es una ciudadanía relacionada mediante la aversión.

El desagrado entre ciudadanos por razones políticas genera desconfianza en las interacciones de la vida pública y privada. Hetherington y Rudolph mostraron que la polarización afectiva hace más difícil la tarea de gobernar. La hostilidad también produce efectos en las esferas privadas, pues las interacciones cotidianas quedan condicionadas por la política. Las relaciones amistosas, familiares, vecinales y laborales se fracturan por preferencias políticas.

Cualquiera puede sucumbir a la polarización afectiva. Si nadie es inmune a este virus, es fundamental una revisión constante de las actitudes propias y descartar cualquier diagnóstico de aversión a la diferencia. Los síntomas son notorios: lenguaje despectivo, invectivas, sarcasmos, cancelaciones y anatemas. Los lugares de propagación son concurridos, ahí donde surgen mensajes frívolos que infieren apresuradamente la corrupción de los opositores y proveen, con la misma velocidad, una solución simplista a problemas complejos.

Lógicamente, la despolarización es un objetivo de interés común. Las propuestas varían en su complejidad, desde arreglos electorales —como la eliminación de las elecciones primarias— hasta variables psicológicas, como la empatía. Una alternativa particularmente atractiva, insuficiente pero necesaria, es la humildad. El politólogo Aurelian Craiutu, defensor sistemático de la moderación, permite reflexionar sobre la relevancia de la humildad para el debate público, en la medida en que los consensos están estrechamente relacionados con la supervivencia de las instituciones democráticas. El autor propone la conciliación a los jóvenes en sus interacciones cotidianas; es decir, ser flexibles y, simultáneamente firmes en sus modos de discusión: estar de acuerdo en lo fundamental y mantener desacuerdos sobre lo importante.

Lo anterior nos lleva a pensar que las instituciones democráticas —específicamente el debate público— sobreviven no sólo con arreglos institucionales fuertes, sino también con la socialización de temperamentos apropiados. Antes de pensar en la reestructuración del sistema político para afrontar la polarización afectiva, el primer recurso es actitudinal. Tal vez la esperanza para la supervivencia de las discusiones democráticas reside primordialmente en una filosofía que dirige las acciones hacia la humildad.

La humildad es el hábito de repensar nuestras ideas y compromisos. Para Craiutu, bajo la humildad subyace una filosofía completa: integra un conjunto de principios que rigen nuestro comportamiento público y privado en torno a una vida de balances juiciosos. Dentro de este sistema de pensamiento, el eclecticismo —una virtud conciliadora con la incertidumbre de la naturaleza humana y no humana— es medular. El eclecticismo cimienta la humildad, pues supone que no hay una manera absoluta de interpretar ni de rectificar el mundo y, por tanto, descubrir la verdad es un ejercicio integrador.

Entonces, la humildad supone reconocer los límites humanos en el mundo: las personas no lo saben ni pueden hacerlo todo. Si las personas actúan con humildad, es decir, distinguen los diversos valores que gobiernan la vida social y evitan imponer una visión única e irrebatible, las discusiones serán plurales. Mill también lo identificó cuando definió la verdad como la conservación de un equilibrio entre sistemas de razones contradictorias.

Parece ser que la humildad es un ejercicio exigente para la vida pública. Reconocer los límites propios conlleva una labor mental para rechazar la soberbia inasible. La vida pública necesita participantes sin miedo a reconocerse como sujetos sin respuestas definitivas. La humildad invita a dudar y corregir las opiniones. Las deliberaciones democráticas necesitan del cultivo de este modo de vida paciente, en el cual la ciudadanía ejercita la ética de un diálogo verdadero: tiempo y energía para seleccionar evidencia y contrastar los datos empíricos con la información previa. Discutir toma tiempo.

Para afrontar la polarización actual conviene evocar algunos cimientos para un flujo valioso de ideas. Sencillamente, hablar sin arrogancia genera un ambiente propicio para las negociaciones difíciles. Un primer buen paso sería abandonar las plataformas digitales repletas de mensajes superfluos y ejercitar las discusiones cara a cara. El contacto humano cultiva el compañerismo, incluso la amistad, mediante la regeneración de redes de confianza.

Quizá la disposición a cambiar de ideas sea el mejor remedio para, por fin, bajar la temperatura y lograr que las discusiones sean fructíferas. Ponderar y corregir los pensamientos, sin importar cuán firmemente hayan sido pronunciados anteriormente. Los ciudadanos deben sentir confianza para exponer sus argumentos y cambiar de opinión si los hechos los contradicen. Ser probados como equivocados no debe ser rehuido: es la ocasión para corregir la falibilidad.

No ignoro que cualquier sugerencia de moderación, especialmente en asuntos tan lacerantes como la inseguridad que sufre México, puede ser calificada como un descaro. Ciertamente, en muchas ocasiones una resolución situada en la mediana puede ser inapropiada. Sin embargo, la humildad —e incluso la moderación— no encarnan necesariamente estas perspectivas centristas. Más bien, podrían ser la mejor táctica para rescatar el intercambio de ideas. EP

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