
El grupo México en el Mundo presenta una serie de textos sobre el entorno internacional contemporáneo y los ajustes estratégicos que México debe emprender para fortalecer su posición exterior.
El grupo México en el Mundo presenta una serie de textos sobre el entorno internacional contemporáneo y los ajustes estratégicos que México debe emprender para fortalecer su posición exterior.
Texto de José Luis León-Manríquez 12/11/25

El grupo México en el Mundo presenta una serie de textos sobre el entorno internacional contemporáneo y los ajustes estratégicos que México debe emprender para fortalecer su posición exterior.
La economía mundial vive un proceso de transición hacia una desglobalización similar a la del periodo de entreguerras en el siglo XX. El neoproteccionismo comercial de Estados Unidos, agudizado en el segundo mandato de Donald Trump, muestra diversas políticas adversas a la globalización: la restricción a las corrientes migratorias de personas calificadas y no calificadas; la imposición de altos aranceles a diversos países; el intento de reindustrializar la economía estadounidense, y la gradual creación de una especie de “fortaleza Norteamérica”, cuyo objetivo principal sería crear un bloque comercial cerrado y excluyente. Naturalmente, este nuevo orden regional afectará de manera negativa las relaciones económicas entre Corea del Sur y México, pues dichos vínculos han obedecido, hasta ahora, a una lógica triangular en la que la presencia surcoreana en tierras mexicanas busca, ante todo, aprovechar la cercanía del país al jugoso mercado estadounidense.
Aparece en el horizonte una crisis del regionalismo abierto, concepto creado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en la década de 1990. El regionalismo abierto promovía acuerdos de integración económica entre países de una misma área geográfica, pero sin cerrarse al comercio con países o entidades extrarregionales. Esta suerte de “poligamia comercial” permitía que diversos países latinoamericanos se integraran entre ellos (o con Norteamérica, como en el caso de México), pero también que establecieran otras alianzas comerciales y de inversión. En el discurso de ese momento, el regionalismo abierto no entraba en conflicto con la globalización y el multilateralismo impulsado por la Organización Mundial del Comercio (OMC). Así, los tratados bilaterales y de libre comercio se consideraban como un avance en el camino de la globalización. Al amparo de esta posición, las décadas siguientes atestiguaron una explosión de cientos de acuerdos comerciales en todo el mundo. La mayoría de ellos pugnaba por una integración económica profunda, pero no excluyente.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entró en vigor en enero de 1994, con la participación de Canadá, Estados Unidos y México. Sin duda, ese instrumento representó un ejemplo claro de regionalismo abierto. Washington estableció tratados de libre comercio (TLCs) con Australia, Centroamérica y República Dominicana, Corea del Sur, Israel, Marruecos, Perú y Colombia, entre otros. De manera similar, México se dio a la tarea de negociar y poner en práctica TLCs con diversos países y regiones. A la fecha, México cuenta con catorce TLCs que abarcan 52 países, y ha creado una de las redes comerciales más amplias del mundo, con socios comerciales, como la Unión Europea, Japón, Centroamérica y la Alianza del Pacífico. Ni el TLCAN ni su sucesor, el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), que entró en vigor en julio de 2020, han impedido que sus integrantes sostengan relaciones comerciales con terceras partes, ni han impuesto aranceles externos comunes, como lo haría un acuerdo cerrado. En efecto, el TLCAN estableció normas sobre contenido regional, propiedad intelectual, inversiones, resolución de disputas, condiciones laborales y asuntos ecológicos, buscando atraer inversión extranjera directa y mantener un entorno abierto a la economía internacional.
Ese fue el entorno liberal que las empresas surcoreanas aprovecharon para posicionarse, desde la década de 1990, como importantes jugadoras en el mercado norteamericano. El TLCAN les fue útil para sumarse a la cadena de producción industrial, cuyo destino final era el mercado estadounidense. Corea del Sur, en particular, y el Noreste de Asia, en general (Japón, Taiwán, China), se convirtieron en socios no formales del TLCAN/T-MEC, aprovechando la alta propensión a importar de las empresas ensambladoras asentadas en México. Más de quinientas firmas provenientes de Corea del Sur han invertido en territorio mexicano. Empresas como Hyundai, KIA, Samsung y LG establecieron operaciones importantes en el país. Quizá la inversión más emblemática fue el establecimiento de la planta ensambladora de automóviles KIA en Pesquería, Nuevo León, cuyo monto habría sumado unos 3,000 millones de dólares.
Esas inversiones generaron un importante comercio intrafirma. Las empresas asiáticas importaban insumos para ensamblar productos en territorio nacional y exportarlos a Estados Unidos con la etiqueta “Made in Mexico”. No es de extrañar que las importaciones mexicanas desde Corea del Sur sean equipos eléctricos y electrónicos, maquinaria, vehículos, plásticos, hierro y acero. En 2024, el comercio bilateral llegó a 21,100 millones de dólares, la segunda cifra más alta de la historia, aunque con una notable asimetría para nuestro país. En el mismo año, la inversión coreana acumulada en México alcanzó aproximadamente 9,250 millones de dólares. Los dos países se convirtieron en socios comerciales estratégicos, a partir de una alianza implícita para aprovechar el mercado de Norteamérica.
En el aparente caos de Trump 2.0, una realidad emerge clara: en la región norteamericana, Estados Unidos está dispuesto a imponer a México y Canadá, sus socios regionales, una fuerte apuesta por el regionalismo cerrado. Hacia allí apunta el Paquete Económico 2026 de México. La propuesta incluye aranceles de hasta 50% a productos provenientes de países con los que México no tiene TLCs; destacan entre ellos China, la India y, desde luego, Corea del Sur. En el supuesto de que dicho Paquete se ponga en práctica, afectará a más de 1,400 fracciones arancelarias en sectores como el automotriz, las autopartes, los electrodomésticos, el acero y los plásticos, entre otros.
De acuerdo con el Secretario de Economía, Marcelo Ebrard, los altos aranceles buscan proteger a las industrias estratégicas de México, más allá de las ganancias recaudatorias que se lograrán con estos impuestos. Sin embargo, en el gran mapa de las relaciones económicas internacionales, parecería que tales medidas constituyen una concesión anticipada de México ante la renegociación del T-MEC que se realizará en 2026. En vista de que más de 80% de las exportaciones mexicanas se dirigen a Estados Unidos, los márgenes de maniobra para que México —aun en alianza con Canadá— pueda defender con éxito la permanencia de un regionalismo abierto en Norteamérica, parecen sumamente limitados.
Todo apunta, entonces, hacia el inminente establecimiento de un regionalismo cerrado-proteccionista en la región norteamericana. Esta tendencia regresiva es parte de la desglobalización mundial en marcha y buscará consolidar el comercio intrabloque, al tiempo que inhibirá el acceso a bienes o servicios del resto del mundo a Norteamérica. En los medios financieros y comerciales mexicanos comienza a hablarse sobre la posibilidad de establecer una unión aduanera con Estados Unidos y Canadá, cuyo fin sería establecer un arancel común para aquellos países que no forman parte del T-MEC. En ese escenario, la relación económica entre México y Corea del Sur se vería severamente afectada, pues una parte considerable de las cadenas productivas en las maquiladoras depende de insumos importados desde ese y otros países asiáticos en sectores como el automotriz y la electrónica. Las exportaciones surcoreanas a México podrían caer entre 10% y 15% si no se aplican medidas de mitigación.
No es extraño que Corea del Sur haya respondido con preocupación al esquema arancelario unilateral de México. El 26 de septiembre de 2025, en las márgenes de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, Seúl solicitó una exención del plan arancelario, al argumentar que sus inversiones estratégicas podrían resultar muy afectadas. El Ministro de Asuntos Exteriores sudcoreano, Cho Hyun, solicitó a su homólogo mexicano Juan Ramón de la Fuente, que cualquier ajuste se realice de conformidad con la cláusula de nación más favorecida, en línea con las normas de la OMC. Si el T-MEC transita hacia una unión aduanera en 2026, esto significará un sismo en las relaciones entre México y Corea del Sur, podría ahuyentar las inversiones de ese país y trastocar las cadenas productivas ya establecidas suelo mexicano. Parafraseando al general Álvaro Obregón, no hay relación comercial que aguante un cañonazo de 50% en los aranceles. EP