La clase media y la 4T: condenados a entenderse

¿Es posible criticar a un sector de la sociedad y al mismo tiempo buscar que dicho sector crezca? A poco de que se piense, algo así ocurre hoy en México con la clase media y el gobierno que encabeza Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

Texto de 22/12/21

¿Es posible criticar a un sector de la sociedad y al mismo tiempo buscar que dicho sector crezca? A poco de que se piense, algo así ocurre hoy en México con la clase media y el gobierno que encabeza Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

“Nuestro ideal es sacar de la pobreza a millones de mexicanos y convertirlos en ciudadanos de clase media”, escribe el presidente en su último libro, A la mitad del camino (Planeta, 2021). Casi al mismo tiempo que esta obra llegaba a las librerías, el propio AMLO arremetía desde sus conferencias matutinas contra la clase media, llamándole aspiracional” y “sin escrúpulos”. ¿Es posible congeniar ambos mensajes? Mi opinión es que sí, y la razón está en la complejidad de nuestros clasemedieros: un colectivo cuya definición y comportamiento está atravesada por sesgos, mitos y paradojas. Este texto busca ahondar en ese problema y, a través de ello, mostrar por qué la 4T y (al menos) un sector de nuestras clases medias están condenados a entenderse. 

La clase media en México. Entre el ser y el creerse

Durante buena parte del siglo XX, la visión que se tenía (desde los medios, desde la academia) acerca de la clase media en México fue siempre la de una clase pequeña y frágil. La clase media estaba, como escribió Fernando Escalante en Estampas de Liliput. Bosquejos para una sociología de México (FCE, 2004), entre la masa demográfica de los pobres y la masa monetaria de los ricos. La suya era una posición muy precaria. Sin embargo, hace cosa de una década cobró protagonismo la idea de que México era (o estaba a punto de convertirse) en un país mayoritariamente de clase media, como Noruega o Dinamarca. 

“Lo interesante (y paradójico) de nuestro caso es que, a pesar de que prácticamente cualquier medición de ingreso muestra que la sociedad mexicana está formada mayoritariamente por gente en situación de pobreza, el grueso de los mexicanos nos sentimos de clase media”.

Se trataba de una tesis discutible, imposible de sostener con cifras, pero que conectaba con el espíritu del tiempo. A partir del fin de la Guerra Fría, en buena parte del mundo se buscó en el individuo de clase media al nuevo sujeto histórico que encarnaba la ideología (neo)liberal y el capitalismo basado en el consumo. Lo interesante (y paradójico) de nuestro caso es que, a pesar de que prácticamente cualquier medición de ingreso muestra que la sociedad mexicana está formada mayoritariamente por gente en situación de pobreza, el grueso de los mexicanos nos sentimos de clase media. Al menos eso es lo que nos dicen las encuestas. Las personas que, de acuerdo con su ingreso y otros indicadores económicos podrían considerarse de clase media, representan 37% de los mexicanos (según un resultado del INEGI publicado hace poco. Ahora bien, el porcentaje de mexicanos que nos creemos clasemedieros ha oscilado entre 63% (UNAM) y 68% (Parametría). En ese espacio que puede llegar a extenderse hasta los 30 puntos porcentuales hay algo que explicar: la paradoja entre las clases medias como realidad y las clases medias como identidad.  

Sesgos de clase: arriba, abajo, al centro y…

Si la distancia entre ser y creerse es una de las marcas de nuestras clases medias, habría que preguntar: ¿cómo se conforma esta mayoría subjetiva de clasemedieros? Una pista nos la da lo que economistas como Luis Felipe López-Calva han bautizado como “población vulnerable”. 

La población vulnerable puede definirse como las personas que, gracias a la apertura comercial, a cambios en la estructura de las familias o al éxito relativo de programas sociales, “emergen” de la pobreza y se aproximan a la clase media en términos económicos, aunque aún las distancien diferencias culturales. El problema de esta población es que, si bien ya no es pobre, se encuentra aún en un estado de inseguridad económica que difícilmente le permite reafirmar su status (un requisito clasemediero por excelencia). Cualquier crisis, una enfermedad, la pérdida de un trabajo o una pandemia, puede volver a sumirlos en la pobreza. De ahí su vulnerabilidad. El drama de los vulnerables es que, como ya no son pobres, no tienen acceso a los apoyos gubernamentales para aliviar la pobreza, pero tampoco pueden aprovechar las políticas que se piensan para los clasemedieros (que, en un país con los niveles de desigualdad de México, están de hecho en una posición de privilegio). 

“El problema de esta población es que, si bien ya no es pobre, se encuentra aún en un estado de inseguridad económica que difícilmente le permite reafirmar su status (un requisito clasemediero por excelencia)”.

El crecimiento de los sectores vulnerables (López-Calva estima que representan 40% de la población) explica parte de la extensión de la identidad de clase media. Pero esa no es toda la historia. Entre nuestros clasemedieros subjetivos hay millones de personas en situación de pobreza o vulnerables, pero también hay una cantidad considerable de nuestras élites. 

Como ha mostrado magistralmente Alice Krozer en sus trabajos sobre la élite mexicana, los sesgos de clase a la hora de autoidentificarse no son exclusivos de quienes están en la base de la pirámide social o apenas arriba de la línea de pobreza, sino que también abundan en su cúspide. De acuerdo con la socióloga, al menos dos tercios de quienes conforman el 1% más rico de México se consideran a sí mismos de clase media. A pesar de ser extraordinariamente más educada que el resto de la población, nuestra élite sistemáticamente subestima su posición social. Y es que, dirán, riqueza sólo la de Carlos Slim. Pues comparado con la riqueza de quien llegó a ser considerado el hombre más rico del mundo, un ingreso de 100 mil pesos puede parecer mediano. El detalle es que no es así. Y si bien es cierto que la desigualdad se asemeja a un fractal que se replica dentro del 10%, 1% y 0.1%, que los mexicanos más ricos se consideren clase media es un ejercicio de autoengaño que tiene serias implicaciones: para empezar, en nuestro régimen fiscal.

El discreto encanto de la clase media o por qué (casi) todos quieren estar ahí

En un mundo supuestamente polarizado, resulta extraño que sea el centro, no los extremos, el lugar más abarrotado. ¿Qué tiene la clase media que todos quieren estar ahí? Detrás de los sesgos que nos hacen identificarnos mayoritariamente en este sector hay varios mecanismos en acción. 

Ezequiel Adamovsky explica que los sesgos de clase favorables a la identificación con la clase media se refuerzan por una serie de razones morales y políticas. La idea de la clase media está ligada a una idea de la moralidad fuertemente influida por la doctrina del “justo medio”. Por cientos de años, hemos visto los lugares intermedios como la sede de la virtud, el equilibrio y la moderación, en oposición a los “extremos”, que serían el lugar de los excesos (“la indigencia y la opulencia”). Es algo que podemos rastrear hasta Aristóteles y su ética, pero que también tiene referentes nacionales. Pensemos en Benito Juárez y sus ideas sobre la “honrosa medianía”. Esa carga moral todavía resuena cuando nos identificamos como clase media. Su peso actúa como una fuerza centrípeta que nos acerca, seamos ricos o pobres, a pensarnos en “el medio”. 

“Según el relato más extendido de la historia occidental, fue la clase media la protagonista del surgimiento y éxito de la democracia liberal, el capitalismo y la modernidad. En ese sentido, identificarse como miembro de este sector implica formar parte de esta marcha hacia el progreso”.

La clase media tiene también atractivo político. Según el relato más extendido de la historia occidental, fue la clase media la protagonista del surgimiento y éxito de la democracia liberal, el capitalismo y la modernidad. En ese sentido, identificarse como miembro de este sector implica formar parte de esta marcha hacia el progreso. Naturalmente, la realidad es más compleja que esta historia, que no está exenta de sesgos. Si algo ha definido a las clases medias es su pluralidad. En ellas ha habido lo mismo demócratas convencidos que simpatizantes de algunos autoritarismos. Ejemplo de esto último es el apoyo tácito o activo que algunos de los sectores medios brindaron al fascismo europeo o a las dictaduras militares de América del Sur. Sin embargo, el relato que equipara clase media con modernidad y progreso aún ejerce gran influencia.

Tenemos que hablar del “aspiracionismo”

Aguantar hasta aquí sin mencionar el “aspiracionismo” ha sido una pequeña proeza. Si hay una palabra que trascendió en las críticas que emitió el presidente hacia un sector de la clase media es precisamente la de “aspiracional”. Se trata de un término que ha estado muy unido a las discusiones sobre la clase media en México, acaso como su principal característica. ¿Pero qué significa esto? La lectura más amable de la palabra la asocia al deseo de progresar, de aspirar a tener más, sobre todo en términos materiales. Lo realmente interesante es que, en un contexto como el nuestro, el “aspiracionismo” tiene varias complicaciones. Todas ellas vinculadas a los sesgos de clase a la hora de identificarse.

La primera de estas complicaciones es que la aspiración de nuestros clasemedieros reales e imaginarios puede convertirse en lo que desde el marxismo se llamó “falsa conciencia”: la adopción de ciertas formas de ver el mundo que no se corresponden con la existencia material de quien las profesa. En otras palabras, la confusión entre los intereses de la clase a los que se pertenece con los de otra a la que se cree (o aspira) a pertenecer. Un ejemplo de la cultura popular puede ayudar a aclarar el punto: Doña Florinda en El chavo del ocho. El personaje interpretado por Florinda Meza, una inquilina de una vecindad, actúa como si fuera de la misma clase que el señor Barriga, su casero. Sin embargo, a poco de que se piense, sus intereses están más alineados con los de don Ramón, su vecino, por mucho que le llame “chusma”. La politóloga Viri Ríos lo ha dejado claro: este tipo de confusiones representan un dilema. Identificarse con la clase media siendo pobre o vulnerable (o con la élite, siendo clase media) impide que se construya una agenda política que de verdad favorezca a las mayorías y se traduzca en políticas públicas que reduzcan la desigualdad.

Otro mito, la meritocracia

La segunda complicación relacionada con el aspiracionismo tiene que ver con la meritocracia: la idea de que, con trabajo, una persona puede ascender en la escalera social, que el esfuerzo pesa más que la cuna. Como han explicado la propia Krozer y el economista Máximo Jaramillo, la narrativa de la meritocracia tiene fuertes efectos a la hora de identificarnos como pobres, ricos o de clase media. El problema es que en este país ese discurso es (también) poco más que un mito: de acuerdo con el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, en México la mitad de las personas que nacen en el estrato más bajo de la escalera social se quedan ahí toda su vida. Entre ellas, sólo una cuarta parte podrá al menos superar la pobreza.

Por un lado, la persistencia del mito meritocrático posibilita que una persona que vive en una situación precaria o vulnerable haga suyas narrativas individualistas, defienda las ideas de la élite o se considere de clase media, pues existe la creencia de que, con trabajo, algún día llegue efectivamente a serlo. Al novelista John Steinbeck se le atribuye decir que el socialismo nunca había echado raíces en Estados Unidos porque los pobres no se consideraban un proletariado oprimido sino millonarios en potencia pasando una mala racha. Algo parecido podría decirse de nuestro aspiracionismo.

Por el otro, el mito meritocrático permite que quien se encuentra en una posición privilegiada justifique su situación a posteriori como producto único de su esfuerzo y, por ende, algo que legítimamente merece (como si la herencia, los contactos, el tono de piel no existiesen). En ambos casos, el resultado es el mismo: la salud del mito meritocrático nos impide considerar a la desigualdad como algo que hay que combatir.

La clase media y la 4T: condenadas a entenderse

Parte del trasfondo de las críticas del presidente a la clase media está en los problemas asociados al “aspiracionismo”. Otro tanto en su interpretación de las elecciones de junio. Ya lo dijo Escalante: nuestra clase media es políticamente inconformista y tornadiza. Su lealtad nunca estará del todo asegurada, especialmente en un proyecto en el que no es protagonista sino sólo un secundario (aunque sea de esos que se “roban” las escenas). ¿Eso significa que el gobierno debe prescindir de ella o verla como un adversario? En absoluto. ¿Hay lugar para la clase media en la 4T? Tendría que haberlo, por el bien del propio lopezobradorismo.

Aunque decirlo suene anticlimático, las clases medias y la 4T están condenadas a entenderse por una sencilla razón: en la medida en la que el gobierno de AMLO pueda cumplir sus propósitos, sacará a más gente de la pobreza. En la medida en que el movimiento que encabeza alcance sus objetivos, dotará a la población vulnerable de más seguridad económica. Por ello, el éxito de la 4T forzosamente implica que las clases medias (las reales y las imaginarias) crezcan. La pregunta que deberíamos plantearnos es cómo se relacionará el gobierno con esos nuevos sectores. ¿Cómo responderá a sus demandas?, ¿qué políticas públicas les va a ofrecer? 

En este sentido, el desafío para el gobierno es, en primer lugar, lograr que las nuevas clases medias no reproduzcan patrones de comportamiento que se consideran contrarios al bien común. En palabras del propio López Obrador, crear una clase media “no egoísta ni individualista”. En segundo lugar, convencer a estos sectores que sus intereses están alineados con los de las mayorías, no contrapuestos. En resumen, tomarse en serio el lema “por el bien de todos, primero los pobres”. Y respaldar ese discurso con acciones.

Para una parte del lopezobradorismo, si bien la clase media jugó un papel importante en la elección de 2018, hoy es como un peso muerto. Mi opinión es que, por el contrario, el futuro de la 4T pasa por volver a construir una alianza interclasista en la que necesariamente se interpele al menos a parte de los sectores medios de la sociedad. La experiencia reciente, no sólo de la campaña 2018 sino de los gobiernos del PRD en la Ciudad de México, muestran que cuando tiene frente a sí una agenda propicia (como la posibilidad de reparar el elevador social o luchar contra la corrupción) la clase media puede respaldar proyectos en los que no ocupa el papel central. Es verdad: en las clases medias probablemente siempre habrá quienes “aspiren a ser como los de arriba”. Pero igual de cierto es que nunca dejará de haber “traidores de clase” que se posicionen del lado de los más pobres. De esa “gente lúcida y humana” de la clase media, como la llamó López Obrador en el Zócalo, también depende la continuidad de lo que llamamos 4T. EP

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