¿Por qué los hombres no van a terapia? Los costos de la masculinidad hegemónica

En este texto, Gilda Ma. García Sotelo escribe sobre la renuencia entre los hombres a asistir a terapia psicológica, y sobre los problemas sociales y de salud mental que de ello se derivan.

Texto de 31/03/26

masculindad

En este texto, Gilda Ma. García Sotelo escribe sobre la renuencia entre los hombres a asistir a terapia psicológica, y sobre los problemas sociales y de salud mental que de ello se derivan.

Guarda este artículo en tu cuenta.

He escuchado, visto en redes, hablado con amigos y familiares, y confirmado en mi práctica profesional como terapeuta que muchos hombres no quieren ir a terapia. Ellos suelen acudir menos. En realidad, en la mayoría de los espacios de salud mental, es habitual encontrar mujeres que buscan sanar situaciones, en muchos casos violentas, que frecuentemente no cometieron ellas… sino ellos.

Tras preguntarme si esta tendencia ocurría únicamente en mi entorno o si es una práctica generalizada, me puse a la tarea de consultar diversas fuentes. Varios estudios científicos y encuestas de salud mental confirmaron mis sospechas: las mujeres acuden a terapia con mayor frecuencia que los hombres. Un reciente estudio de 2025, de la British Association for Counselling & Psicotherapy (BACP), concluyó que, de cada 10 mujeres, un poco más de 4 han recibido terapia en algún momento de su vida, es decir, el 41 %. En cambio, de cada 10 hombres, menos de 3 han buscado la ayuda de un terapeuta, es decir, el 29 por ciento.

En México, los porcentajes son aún mayores. Por ejemplo, en el Reporte 2022-2023 sobre salud mental realizado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México, se concluyó que las mujeres son quienes más solicitan el apoyo psicológico, con el 70 % de los casos.

Si el dolor lo experimentamos todas las personas, ¿por qué sólo algunas lo atienden y en la mayoría de los casos son mujeres quienes lo hacen? La respuesta obedece a muchas y diversas causas. Analicemos algunas.

En primer lugar tenemos las expectativas familiares y culturales que se han construido sobre una socialización masculina tradicional y hegemónica que el patriarcado ha transmitido de generación en generación. Desde pequeños, aun en estos tiempos, a muchos niños se les inculcan ideas como: “Los hombres no lloran”; “aguántate”; “sé fuerte”; “no seas débil”. Se les orilla a vivir como “los proveedores de las familias” desde muy corta edad. ¿Se imaginan lo que estos niños sufren al convertirse en adultos? El mensaje fue demoledor desde la infancia: “Tu fortaleza de macho, sustentada en el poder, control y autosuficiencia, choca con la posibilidad de encontrar un espacio para sanar y reconocer tu vulnerabilidad”. Su miedo no sólo es frente a los demás, sino, más desafiante aún, frente a sí mismos, lo cual suelen rechazar y negar inmediatamente.

La segunda causa está muy ligada a la primera y también se gesta bajo la sombra del patriarcado: me refiero a los estereotipos de género. En la cultura mexicana, “los hombres de verdad son muy machos”. Las expectativas familiares y culturales de las que se hablaba en el párrafo anterior fueron el caldo de cultivo para negarles, a muchos, la posibilidad de sentir y expresar sus emociones. Desde que nacieron es probable que les hayan dado juguetes que reforzaron estos estereotipos para “producir”, “pelear”, “ganar”, no para “cuidar”, ni “sentir”. Por lo general son juguetes y juegos que tampoco son cuestionados por sus madres, hijas también del patriarcado. Todas y todos introyectamos roles y estereotipos de género. Lo último que muchos hombres estarían dispuestos a hacer, al menos frente a otros, es admitir su vulnerabilidad, reconocer que no pueden hacerlo solos y exponerse emocionalmente. La terapia podría resultarles amenazante, incómoda, confusa o simplemente “no ser para ellos”.

Una tercera causa es la falta de educación y acceso a la salud mental. Para muchos hombres, reconocer los signos y síntomas relacionados con alguna cuestión de salud mental suele ser tardado, y no es sino hasta que avanza su gravedad que se ven orillados a pedir ayuda. También sucede que, en algunas áreas de México, sobre todo en áreas rurales, hay poca oferta de servicios de salud mental, lo cual dificulta aún más su acceso.

Entonces, ¿cómo hacen los hombres para sanar si no enfrentan el malestar, el dolor, el sufrimiento, el trauma? ¿Cómo escapan a la angustia, a la ansiedad, a la depresión? ¿Es verdad que no sienten, ni lloran, como les hicieron creer? El patriarcado les enseñó algunos atajos para «lidiar con sus problemas», que van desde la compulsión en el trabajo, la práctica de deportes extremos, el aislamiento, distintas conductas de riesgo, el consumo de drogas y alcohol, y otras adicciones. En muchos casos, así logran lidiar con lo que sienten. Según el reporte de salud mental ya mencionado, los hombres acuden a terapia por tres situaciones principales: 1) por conductas de riesgo suicida (33 %); 2) por la dificultad de expresar emociones (30.7 %); y 3) por la ansiedad (27.8 %). Por lo tanto, al parecer, sí están paulatinamente pidiendo ayuda. ¿Lo hacen a tiempo? Los datos sobre suicidios a nivel mundial —que indican que los hombres cometen entre 2 y 3 veces más suicidios que las mujeres— o las cifras en México—donde según la Organización Mundial de la Salud, en el 2023, el 81.1 % de los suicidios correspondieron a hombres— confirman que, desafortunadamente, muchas veces no llegan a pedir ayuda a tiempo. El sufrimiento sí los alcanza.

Diversos estudios declaran que la generación de los Baby Boomers (nacidos entre 1946 y 1964) es la menos proclive a ir a terapia. La Generación X (nacidos entre 1965 y 1980) tiene una relación más ambivalente frente a ella. Los Millennials (nacidos entre 1981 y 1996) comenzaron a normalizar el acudir a terapia, sobre todo, tras la pandemia; y la llamada Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) es la generación más abierta a acudir a terapia. Hoy en día, sobre todo los hombres jóvenes, comienzan a enfrentar sus propios procesos y a tener responsabilidad afectiva atendiendo su salud mental en espacios terapéuticos. El reto es naturalizar ir a terapia. Que ellos también hablen a tiempo de lo que sienten. Que puedan pedir apoyo tan pronto como lo requieran, sin postergar el acudir con una psicóloga o un psicoterapeuta hasta que un problema grave haya causado estragos severos, o cuando hayan tenido una ruptura compleja que les impida mantener su trabajo o su vida cotidiana.

Ojalá llegue el día en que los consultorios estén llenos de personas —hombres, mujeres y personas no binarias— en igual medida. Seres humanos que busquen atender sus responsabilidades y que cuiden su salud mental como parte de su bienestar integral. Que los hombres vayan a terapia constituye un acto de libertad y ruptura de mandatos obsoletos y patriarcales de masculinidades machistas y violentas. Que ellos atiendan su salud mental logrará crear las condiciones para una sociedad mucho más igualitaria, pacífica, sana y hasta feliz. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

Relacionadas

DOPSA, S.A. DE C.V