
David Nájera, expresidente de la Asociación del Servicio Exterior Mexicano, analiza el ascenso de Catherine Connolly y lo que su presidencia revela sobre el futuro de las democracias y el papel de los independientes.
David Nájera, expresidente de la Asociación del Servicio Exterior Mexicano, analiza el ascenso de Catherine Connolly y lo que su presidencia revela sobre el futuro de las democracias y el papel de los independientes.
Texto de David Nájera 08/12/25

David Nájera, expresidente de la Asociación del Servicio Exterior Mexicano, analiza el ascenso de Catherine Connolly y lo que su presidencia revela sobre el futuro de las democracias y el papel de los independientes.
Catherine Connolly, la presidenta de Irlanda elegida hace algunas semanas, es la tercera mujer en llegar a ese cargo. Si bien tiene un mayor peso de representación que de acción ejecutiva, es también el rostro formal de la República de Irlanda ante el mundo.
Connolly era una política laborista en sus orígenes pero que derivó en independiente, lo que le da la flexibilidad que requiere una perspectiva pragmática y actual de los retos que el mundo enfrenta. El medio ambiente, la migración, el creciente belicismo en Europa son temas que para ella marcan ya un límite al modelo de crecimiento en el que el mundo se ha empeñado.
Las banderas que ondea Connolly corresponden a la agenda internacional en desarrollo y, en ese sentido, el valor simbólico de la nueva presidenta irlandesa es sustantivo. En buena medida, su independencia del laborismo, originada por una disputa sobre candidaturas, a la larga le ha dado un marco de acción mucho más flexible y correspondiente al mundo en transformación.
Tal vez haya que ver en su llegada a la presidencia la confirmación del agotamiento de los partidos políticos tradicionales: en muchos países esos partidos no responden al electorado, que cada vez tiene más información, expectativas y preguntas sin respuestas.
En sistemas cerrados y de carácter autoritario, la información sigue siendo controlada y orientada con fines propagandísticos. En buena medida, esos gobiernos buscan apropiarse de tecnologías que permitan el control de la acción ciudadana: a la hora de votar, en la aceptación de las decisiones y la popularidad de las dirigencias, son algunos de los aspectos que las autoridades aman controlar. En buena medida, el sistema de partidos políticos sigue una línea similar en la que se acota la conducta política de la sociedad.
Por ello, llegar como independiente podría ser, al menos en los sistemas democráticos, una posibilidad creciente, debido a que la propia agenda política desborda los márgenes de la gestión pública de los gobiernos.
Connolly aborda temas que requieren del involucramiento social y ello le dará una fuerza ante el Poder Ejecutivo del Parlamento irlandés. Esto nos lleva a un cuestionamiento relevante en esos sistemas parlamentarios, en los que usualmente la figura del Jefe de Estado se ubica en cuestiones de forma y circunstancia; son el espíritu de la Nación que la salvaguarda, pero que no actúa cotidianamente en la marcha de los asuntos de gobierno, más bien está ahí para garantizar la continuidad institucional y enmendar temporalmente los errores gubernamentales para dar paso a una nueva formación ejecutiva. Ello podría ahora iniciar un nuevo recorrido, especialmente si los retos van, como se apuntó antes, más allá de los linderos oficiales; por ejemplo, los temas ambientales o el acceso y desarrollo social de nuevas tecnologías.
Entonces, si tenemos Jefes o Jefas de Estado que enarbolan una agenda social, y esta enfrenta limitaciones oficiales desde la perspectiva ejecutiva del gobierno, la acción política meramente de representación podría transformarse en una fuerza política que, sin actuar de manera ejecutiva, sí obligue al gobierno en turno a adoptar cambios y aceptar el sentir de la fuerza social que esa política representa.
Porque hoy en día, como se refirió antes, la capacidad formal de acción de la presidenta Connolly está acotada a las directrices legales de formar o disolver gobierno o designar nombramientos siempre a petición/instrucción del primer ministro resultante de su propia votación y ser el rostro visible de Irlanda en la escena internacional. La presión social se ejerce ya en múltiples formas y momentos por lo que la propia presidenta puede considerarse rebasada ante la demanda social o interpretarla y actuar en su nombre sin necesidad de sustentar en las urnas ese apoyo popular.
En tiempos en los que la iliberalidad domina buena parte del escenario político internacional, Connolly podría ser parte de una nueva generación de Jefes de Estado que a su papel protocolario pueden sumar poder político en todo aquello que rebasa la agenda oficial y con crecientes temas transnacionales puede ser lógico que así sea.
Por ejemplo, digamos que un gobierno se plantea acciones oficiales para enfrentar la brecha digital en sus sociedades. Es posible que el tema se haya puesto en la mesa de discusión antes de que el propio gobierno lo contemple y en aspectos diversos al pensamiento gubernamental. Este debería presionar al Ejecutivo a acciones más amplias e incluyentes, el beneficio social será compartido y extendido y ello bien puede verse constructivamente o, por el contrario, convertirse en enfrentamientos entre el Jefe de Estado y el Gobierno, la alternativa estará en una visión más sensible y amplia de la política, justo lo que a las agendas tradicionales de los partidos políticos les resulta complicado apreciar.
Por otra parte, el Primer Ministro irlandés, Micheál Martin, líder del partido Fine Gael o La Tribu de los Irlandeses, es un político conservador que ha desempeñado importantes funciones ejecutivas durante todo este siglo y en esta, su segunda gestión, orienta a Irlanda hacia una creciente resistencia hacia la migración, entre otros aspectos.
La convivencia de dos concepciones sociales encontradas supondrá oficio político y la capacidad de anteponer el interés nacional a la agenda partidista. Al mismo tiempo, los meses por venir tendrán en la agenda internacional a la mayor circunstancia, la guerra en Ucrania, que puede ser un tema de común acuerdo, la relación con Estados Unidos que supondrá actitudes distintas hacia el gobierno de Trump y la más diferenciada; el rearme europeo y el cambio de prioridades de la Unión Europea, ese seguramente será un campo de batalla entre dos concepciones distintas. EP