
Marco Arellano Toledo escribe sobre los vertiginosos escenarios a los que parece dirigirse la sociedad actual, y sobre la posible fractura del mundo ante el avance de los totalitarismos y la erosión democrática.
Marco Arellano Toledo escribe sobre los vertiginosos escenarios a los que parece dirigirse la sociedad actual, y sobre la posible fractura del mundo ante el avance de los totalitarismos y la erosión democrática.
Texto de Marco Arellano Toledo 02/03/26

Marco Arellano Toledo escribe sobre los vertiginosos escenarios a los que parece dirigirse la sociedad actual, y sobre la posible fractura del mundo ante el avance de los totalitarismos y la erosión democrática.
Stefan Zweig, desde el exilio, trazó un mapa del colapso de su mundo, aquel que le tocó vivir y del que ya nunca regresó. Hoy, desde la aparente comodidad de nuestra vida digital, asistimos a la lenta pero implacable desintegración del nuestro.
Suele decirse que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero quizá la verdad es más inquietante: puede ser la única criatura que, mientras tropieza, sigue convencida de estar en terreno firme. En El mundo de ayer, Stefan Zweig dejó para la posteridad la cartografía íntima de una civilización que se desplomó. Describe la Viena de su juventud como una era dorada de seguridad y estabilidad, un tiempo en el que “todo parecía asentado sobre fundamentos de duración y estabilidad” y en el que los ciudadanos miraban el futuro con “una confianza sin límites”. Su texto es un exquisito relato de un viaje desde esa certeza hacia el abismo, donde finalmente la humanidad padeció el estallido de dos guerras mundiales, la ascensión de los totalitarismos y el envenenamiento de la cultura europea por el nacionalismo, ”la peor de todas las pestes”, como nos diría Zweig. Hoy, desde el segundo cuarto de un convulso siglo XXI, su testimonio resuena como un espejo de nuestro presente. Imperdible leerlo de nuevo, pues, como él, ahora habitamos una ilusión de permanencia de los valores de nuestro siglo XX. Pero, como él, corremos el riesgo de ser testigos pasivos de la ruptura definitiva de nuestro mundo.
Zweig escribió que “es la época la que pone las imágenes, yo tan solo me limito a ponerle las palabras”. Nuestra época, en pleno siglo XXI, proyecta imágenes de una fractura en cámara rápida. La primera de ellas es la disolución del orden liberal que se erigió tras 1945. Estamos viviendo la implosión y sabotaje metódico de un sistema basado en la razón y el derecho internacional. Ya no se trata del choque frontal de ideologías del siglo XX; más bien es una red de regímenes que operan como consorcios de poder, compartiendo tecnología de vigilancia, desinformación y capital para erosionar desde dentro las instituciones democráticas que ellos mismos dicen cuidar, gobernar y conservar. Observamos cómo el lenguaje de los derechos humanos es vaciado en foros internacionales, reemplazado por un culto cínico a la soberanía que sólo busca impunidad, poder y territorio. El derecho internacional que tanto nos tardamos en construir después del horror de 1945 ahora se revela como una pieza de utilería ante la fuerza de los hechos consumados.
La metástasis es también económica y social, pues hemos transitado, casi sin notarlo, del capitalismo industrial a lo que algunos analistas denominan tecnofeudalismo. Las grandes plataformas digitales, como nuevos feudos en la nube, están reemplazando los mercados abiertos. En ellas, ya no somos ciudadanos o trabajadores asalariados, sino siervos de la nube. Nuestro trabajo no remunerado —nuestros datos, nuestra atención, nuestro contenido— es la materia prima que alimenta un capital algorítmico controlado por sistemas tecnológicos que se rebelan contra nosotros cada vez que queremos cuestionar el devenir de las cosas. Esta mutación económica está atentando contra nuestro tiempo de concentración, nuestra privacidad y nuestra autonomía, las cuales terminan siendo rentas que pagamos por el acceso al reino digital.
Esta transformación estructural sirve de caldo de cultivo para una nueva y sigilosa autocratización, en donde la mayoría de los países ha votado por opciones radicales, populismos de derecha o izquierda que tienden a brindar soluciones rápidas a problemas complejos, donde emergen las fobias y muere el respeto a la diversidad. A diferencia de los golpes de Estado del siglo XX, el asedio a la democracia hoy es legalista, incremental y opaco. Los nuevos líderes populistas no derogan constituciones, las vacían. No disuelven parlamentos, los domestican. Nuestro siglo XXI es el de la erosión de los contrapesos, de la demonización de la prensa y de una polarización social extrema que, paso a paso, suplanta la deliberación por el grito del más fuerte.
Y como cereza del pastel, en el horizonte lo que se asoma es una nueva ola tecnológica sin precedentes que podría redefinir la condición humana. La inteligencia artificial y la biotecnología no son meras herramientas; son, quizá, las bases de la constitución de un nuevo poder. La IA concentra datos y toma decisiones en una opacidad total, prometiendo eficacia a cambio de algo que aún no tenemos tan claro. Nos arriesgamos a convertirnos en entidades conectadas a circuitos digitales, movidas por algoritmos cuyos designios no comprendemos con claridad. Esta tecnología puede protegernos de catástrofes, pero también puede erigir la jaula definitiva, una “megamáquina” que decida por nosotros y nos despoje de la última parcela de libre albedrío.
El resultado de este cúmulo de fracturas es un regreso a la ley de la jungla en el escenario global. El análisis geopolítico actual, después de Ucrania, Palestina y Venezuela, podría describirse como un mundo donde las grandes potencias militares actúan como lobos hambrientos buscando acumular poder y desconfiando unos de otros. Se disputan cinturones de influencia, regiones como Oriente Próximo, América continental, el Sudeste Asiático y Europa del Este, donde las tensiones se intensifican cada día más y el conflicto, ya sea militar, económico o tecnológico, se convierte en la única variable en común. En este tablero multipolar, las reglas se diluyen y muestran al derecho internacional como algo sin sentido, sin sustancia ni respeto. Las anexiones territoriales, las guerras híbridas y la coerción económica reemplazan a la diplomacia. El consenso de que la fuerza bruta no debe ser el árbitro de las disputas internacionales se desvanece.
Esta deriva es, en el fondo, síntoma de una pérdida mayor: estamos perdiendo el sentido de nuestra propia historia como civilización. Zweig, pese a todo, creía en un relato de progreso, en la cultura como motor de Europa. Nosotros, aturdidos por el presentismo digital y el hedonismo consumista, hemos perdido la brújula. Al encerrarnos en un eterno ahora, nos volvemos sordos a las lecciones del pasado y ciegos a las consecuencias del futuro. Permitimos, y a veces celebramos, el regreso o la aparición de autócratas, aquellos que pretenden moldear la realidad a su antojo, porque hemos abdicado de nuestra responsabilidad de construir un relato común, humano y esperanzador.
¿Qué hacer ante este diagnóstico? La respuesta, quizá, la encontramos también en el legado de Zweig. Su obra es, ante todo, una exhortación a la concordia, el entendimiento y la cultura como baluartes contra la barbarie. Frente al nacionalismo que envenenaba su época, él defendía lo universal en la humanidad. Esto implica no sólo resistir a los autoritarismos explícitos, sino combatir las condiciones que los hacen posibles: exigir la regulación y transparencia de los algoritmos que moldean nuestra percepción y reclamar que la propiedad de nuestros datos sea realmente nuestra; defender, con un compromiso renovado, las instituciones democráticas y el espacio cívico, no por inercia, sino por convicción profunda de su valor como eje civilizatorio; apoyar, como Zweig hizo en su tiempo, a quienes desde la cultura, el periodismo y la academia defienden y protegen lo común y universal en la humanidad. Esto debe ser nuestra apuesta.
Zweig terminó sus días en el exilio, abrumado por la catástrofe que veía envolver al mundo. Nuestra tragedia parece ser diferente, pero igual de profunda, pues podemos perecer por ignorancia voluntaria, por comodidad en el espejismo. Él nos dejó una advertencia en forma de memorias al decir que el mundo de ayer puede desvanecerse en un instante, y sus puentes, una vez destruidos, son infinitamente difíciles de reconstruir. EP