El racismo mestizo, una historia de familia

Es innegable que en la sociedad mexicana el racismo y la discriminación permean culturalmente. En este ensayo, Federico Navarrete explora las relaciones familiares, de poder y género que perpetúan las violencias derivadas de la exclusión racial.

Texto de 01/09/21

Es innegable que en la sociedad mexicana el racismo y la discriminación permean culturalmente. En este ensayo, Federico Navarrete explora las relaciones familiares, de poder y género que perpetúan las violencias derivadas de la exclusión racial.

Alrededor de la mesa de incontables familias, en las reuniones sociales y familiares, en la escuela y en el trabajo, se hacen las definiciones, las bromas, los señalamientos: tal persona es morena o negra, el otro es güero, tal es chino, el otro el árabe. En una población como la mexicana, donde conviven personas de orígenes tan diversos, con formas corporales y colores de piel tan variados, nunca faltan las diferencias que remarcar, las distinciones que recordar, las jerarquías que afirmar. Porque en esta taxonomía de los rostros y los colores, de los cabellos y los rasgos, los más “blancos”, los más “europeos” son siempre los más cotizados y alabados, los más admirados, los más deseados. 

En las familias con largas historias de matrimonios entre personas de regiones y orígenes diferentes es frecuente que los parientes de cada generación, y a lo largo del tiempo, muestren una gran variación de fenotipos. Por ello, generación tras generación se hacen estas distinciones, se clasifica a las niñas y los niños de acuerdo con la misma inflexible jerarquía que coloca la blancura en la cima. En voz alta se especula por qué tal sobrina sacó el cabello malo (es decir, no lacio ni claro) y se insinúan oscuras historias o secretos de orígenes no deseables. Se critica abiertamente el color de la piel o las formas corporales de los parientes demasiado “morenos” o “indios”. En otros casos, con una injusticia descarada, se celebra que una haya salido rubia, se halagan los rasgos blancos y se recuerdan con orgullo los orígenes españoles o extranjeros, las “alcurnias”. Estos ejercicios combinan la discriminación en el presente, que coloca a unas y otros en una jerarquía implacable de blancura y belleza, orgullo y vergüenza, con la construcción reiterada de una memoria familiar blanqueada, que busca borrar las “manchas” en el pasado, vueltas al presente por la penosa evidencia de un cabello demasiado rizado, de una piel tercamente morena, de unos rasgos chinos. 

“En una población como la mexicana, donde conviven personas de orígenes tan diversos, con formas corporales y colores de piel tan variados, nunca faltan las diferencias que remarcar, las distinciones que recordar, las jerarquías que afirmar”.

Es así como año tras año, generación tras generación, se repiten, se recrean, se actualizan las violencias iniciales del mestizaje: la imposición a los cuerpos y las personas de un ideal de superioridad racial asociado a la blanquitud y la blancura, el sobajamiento, subordinación y disolución de los cuerpos e identidades racializadas como indígenas y afros, asiáticas, etc. Desde la clave doméstica, entre hermanos y familiares, hasta la social, en la escuela y en el trabajo, a través de toda la sociedad.

Sin embargo, eso no debería ser así. El mestizaje, como nos prometieron los sabios científicos que lo promovían, debía llevar a la homogeneización de la sociedad mexicana, a su unificación en una raza mestiza que reuniría las imponderables virtudes atribuidas a la raza blanca con los mucho más exiguos méritos de las otras razas. Sustentaba esta idea, la convicción de que la primera raza era más evolucionada que la segunda y que, por lo tanto, el mestizo debía dejar de ser indígena, transitar del pasado evolutivo de su raza al presente y futuro mucho más prometedores de la raza mestiza, copia de la blanca. Esta evolución tenía dos vertientes: una cultural y social era el tránsito hacia la blanquitud, es decir, asumir el ethos moderno liberal, cosmopolita; la otra, física y racializada, imponía la búsqueda de la blancura, cambiar el aspecto físico, las formas de vestir y de comportarse para hacerse más blanco, y blanquearse a lo largo de generaciones por medio de la mezcla con personas más blancas. De esta manera, el mestizaje era una promesa de igualdad para aquellos que accedían a sus reglas. Empero, generación tras generación, por azares de la genética y por nuestras propias obsesiones clasificatorias, nuestra necesidad de jerarquizar y discriminar, lo que enfrentamos es una permanente reedición de la diferencia. 

Por eso a cada generación, en cada familia, en cada escuela, en cada ámbito social, le toca volver a recordarnos las jerarquías constitutivas del mestizaje. Y así como en cada familia las discriminaciones de hoy son un eco de las discriminaciones del pasado, a nivel social la violencia constitutiva del mestizaje vuelve a caer sobre las cabezas crespas y rubias, las complexiones oscuras o claras de las nuevas generaciones. ¿Hubiéramos aceptado la idea del mestizaje si alguien nos hubiera dicho en 1890 que implicaría que generación tras generación, más de un siglo después, tendríamos que seguir clasificando, separando, jerarquizándonos? 

Ahora ya parece innegable que el mestizaje nunca va a producir una población homogénea de iguales. En realidad siempre ha funcionado como un mecanismo de racialización y jerarquización que repite una y otra vez sus principios racistas esenciales: la supremacía de la parte blanca, generalmente representada como masculina, la inferioridad de la parte indígena, asociada con la femineidad de manera negativa, desde una ideología patriarcal, la invisibilización de la parte afro. Explorar la vinculación de las jerarquías raciales del mestizaje con las jerarquías de género, permite comprender esta permanente repetición de las violencias.

En ejercicios de investigación de historias familiares realizados con estudiantes de la licenciatura en Historia de la UNAM, hemos encontrado que los actos de violencia que subordinan a los parientes no blancos o que borran un origen o una herencia indígena o afro son también con frecuencia actos de poder masculino. En la historia de mi familia, por ejemplo, los pasos clave de desindianización, en algunas ramas, o de migración de campo a la ciudad, en otras, fueron todas producto directo de actos de violencia masculina: abusos físicos, exceso de alcohol, juego. En muchos casos, la decisión de no transmitir la lengua indígena a los hijos es resultado del acto de poder del padre, quien llega a ocultar su propio pasado y origen a ojos de sus hijos. Resulta más fácil, igualmente, que se suprima la memoria de una antepasada mujer a la de un hombre, particularmente si es blanco.

“…parece innegable que el mestizaje nunca va a producir una población homogénea de iguales. En realidad siempre ha funcionado como un mecanismo de racialización y jerarquización que repite una y otra vez sus principios racistas esenciales: la supremacía de la parte blanca, generalmente representada como masculina, la inferioridad de la parte indígena, asociada con la femineidad de manera negativa, desde una ideología patriarcal, la invisibilización de la parte afro”.

En estos despliegues continuados y repetidos de poder masculino y racializado, queda claro que las categorías de fenotipos racializados (blanco, moreno, negro) funcionan como la jerarquía de géneros, no para disolver una diferencia que es constitutiva de la estructura familiar, sino para afirmar la diferencia una y otra vez, generación tras generación. Así como el poder patriarcal no busca disolver la diferencia entre los géneros, el poder racial mestizo del que es inseparable, parece no querer disolver las diferencias racializadas.

Estos hallazgos individuales, producto del trabajo de historia familiar, entran en consonancia inquietante con los recientes hallazgos de la Encuesta del Proyecto sobre Discriminación Étnico-Racial en México (PRODER) 2019 realizada por El Colegio de México. Según ella, entre las personas encuestadas que reportaron ser víctimas de racismo, el 19.3% mencionó que esta discriminación se dio en el ámbito familiar (por debajo únicamente del ámbito del trabajo que acumuló el 24.4% de los casos), 18.4% en la escuela y 14.4% en las relaciones sociales con amigos y vecinos. La altísima proporción de eventos racistas en estos espacios sociales e íntimos demuestra la profunda relación entre las dimensiones públicas y privadas del racismo en México. Nos recuerdan además que estos ámbitos son un espacio fundamental de reproducción del mismo racismo y de las relaciones patriarcales y que las dos están vinculadas.

Esta compleja vinculación en las familias y las prácticas de poder y racialización en la sociedad en general ya fue identificada y abordada por los autores que inventaron la “mexicanidad” en el siglo XX. No sería exagerado afirmar que buena parte de El laberinto de la soledad de Octavio Paz se preocupó por analizar algunas de estas formas del poder masculino y de la sumisión femenina en México. Lo hace con un afán analítico simbólico, inspirado lejanamente en el psicoanálisis, desde el cual señala sus vínculos con la historia del mestizaje, centrada en una visión de la conquista como violación de las mujeres indígenas por los conquistadores españoles, y la execración de la figura de Malintzin como traidora. Según su interpretación, el mexicano, en otras palabras, el mestizo, no alcanza a identificarse con su padre español violento, pero al mismo tiempo execra a su madre indígena violentada. A partir de eso construye, la imagen de la completa devaluación de las mujeres indígenas y mexicanas alrededor de la figura de “la Chingada”.

“La altísima proporción de eventos racistas en estos espacios sociales e íntimos demuestra la profunda relación entre las dimensiones públicas y privadas del racismo en México”.

Ese pasaje en que describe la “abyección” de esta mujer resulta atroz, tanto por su carácter de condena irreversible como por la profunda indiferencia con que es presentada por el autor, como atroz es la subordinación femenina dentro del sistema patriarcal mestizante. En los términos de la psicología nacional que construye, Paz la ve como una condena, el resultado inevitable de la historia de la raza y el género en México, como un estado de cosas que no puede más que seguir violentando a las mujeres.

Sin embargo, este fatalismo puede disiparse por dos medios. El primero es reconocer que su sustento histórico no es real, sino ficticio. Es decir, que la interpretación de la Conquista y de las relaciones entre españoles e indígenas bajo el mestizaje en que se basa no tienen en verdad fundamento histórico. Lo que Paz dice que pasó, no pasó y por lo tanto sus supuestas consecuencias tampoco lo son, y menos resultan imposibles de escapar.

Más bien hay que desplazar el origen de esta ideología patriarcal y racista a fines del siglo XIX, a la ideología moderna del mestizaje que construyó un nuevo orden nacionalista racializado sobre las relaciones sociales y de género ya existentes. Si retomamos las ideas de Paul B. Preciado sobre el carácter heteronormativo y patriarcal del Estado-moderno, podemos comprender cómo la moderna ideología del mestizaje acentuó el carácter machista de las relaciones racializadas, invistiendo a las figuras masculinas familiares con el poder simbólico de la dominación estatal racializada. Así como el jefe del Estado, el omnipotente presidente, podía imponer su voluntad sobre la nación, el padre podría hacerlo sobre sus familiares y ambos lo hacían a nombre de los ideales blanqueadores del mestizaje. No se trata pues de un atavismo, o de una condena de cinco siglos, sino en buena medida de otro resultado de nuestro autoritarismo moderno. EP

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