
Tras las declaraciones de varios mandatarios en el Foro Económico Mundial en Davos, Rodrigo López Tovar escribe sobre los desafíos que tiene que enfrentar la diplomacia mexicana ante un futuro incierto y un mundo en rápida transformación.
Tras las declaraciones de varios mandatarios en el Foro Económico Mundial en Davos, Rodrigo López Tovar escribe sobre los desafíos que tiene que enfrentar la diplomacia mexicana ante un futuro incierto y un mundo en rápida transformación.
Texto de Rodrigo López Tovar 03/02/26

Tras las declaraciones de varios mandatarios en el Foro Económico Mundial en Davos, Rodrigo López Tovar escribe sobre los desafíos que tiene que enfrentar la diplomacia mexicana ante un futuro incierto y un mundo en rápida transformación.
Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, o Talleyrand a secas, fue un diplomático con un talento poco común. Sirvió a Francia durante la Revolución y bajo Napoleón, pero se apartó del General cuando éste empezó a confundir la historia con su temperamento. En el momento en que la maquinaria imperial empezó a devorarse a sí misma, Talleyrand entendió que la lealtad ciega no era virtud sino ruina. Ese mismo instinto le permitió, cuando cayó Napoleón, devolver a Francia a la mesa europea en lugar de dejarla fuera del reparto.
Mark Carney habló en Davos con un aire parecido, el de un consejero que ya no confía en el juicio del mando porque el General, en su locura, amenaza con arrasar el orden que los sostuvo. En el Foro Económico Mundial, el primer ministro canadiense dio por terminada la lealtad a Washington y sostuvo que el orden internacional basado en reglas había sido, al menos en parte, una ficción agradable y que lo que viene no debe confundirse con una transición administrable, sino reconocerse como ruptura.
Para darle forma a esa idea recurrió a una parábola. Evocó a Václav Havel y al tendero que cada mañana cuelga en su vitrina un lema que nadie cree y, sin embargo, todos exhiben para evitar problemas. La prescripción de Carney fue simple: retirar el letrero. Dejar de hablar como si el orden siguiera funcionando como se anuncia, y aceptar que la integración global se ha convertido en un arma más que en una promesa.
El argumento tiene mérito. También tiene sombra. Carney reconoce que Canadá prosperó dentro de esa ficción, que se benefició de la predictibilidad y que, bajo el paraguas de la hegemonía estadounidense, pudo sostener una política exterior guiada por valores sin pagar siempre el costo. Esa confesión vuelve su franqueza creíble, pero también revela una hipocresía estructural del sistema internacional.
Conviene subrayarlo porque la denuncia del orden que —parece— está muriendo no es nueva. Lo nuevo es quién la pronuncia y desde dónde. El sur global lleva años diciendo que las reglas se aplican con doble rasero y que la arquitectura multilateral se erosiona cuando conviene a los países dominantes (el último ejemplo es Gaza). Carney no inventa el diagnóstico; lo reubica en una voz que el centro está dispuesto a escuchar. Ésa es la paradoja. Lo que antes se trataba como una queja de la periferia ahora aparece como revelación. Para ser amable con el mundo, decía Talleyrand, uno debe dejarse enseñar lo que ya sabe. 1
La denuncia de Carney, sin embargo, vino acompañada de algo más tangible. En su discurso presumió acuerdos y alianzas recientes, doce tratos comerciales y de seguridad en seis meses, además de asociaciones nuevas con China y Qatar. La prensa canadiense ha descrito ese ritmo como una gira casi permanente, con más de diez visitas al extranjero en menos de un año: escalas y negociaciones en Europa, Emiratos Árabes, Singapur, entre otros destinos. Es el uso deliberado del Estado y de la diplomacia para enfrentarse al nuevo mundo y construir margen político y material.
Carney respalda sus palabras con movimiento y por eso su discurso se puede leer con seriedad. Canadá, dijo, es de los primeros en “despertar”, pero invitó a otros a hacerlo, especialmente a las potencias medias, que pueden ayudar a Canadá a volver a “la mesa, en vez de estar en el menú” de lo que viene.
La presidenta Claudia Sheinbaum reconoció el mensaje de Carney, y tiene sentido. México vive al lado de Estados Unidos con una asimetría incluso mayor que la canadiense. El T-MEC, la integración productiva, la seguridad y la migración estrechan el margen. Esa realidad obliga a una estrategia menos dramática y más defensiva: ganar tiempo, evitar choques frontales, administrar daños. Es prudente, pero el peligro es que la prudencia se alargue demasiado como para parecerse a la resignación.
Si el mundo entra en una fase de coerción normalizada, donde la integración se usa como palanca y las reglas pierden capacidad protectora, México necesita balancear sus cartas, aunque no pueda girar de golpe. No es posible un viraje de noventa grados, pero sí construir opciones graduales para que la vulnerabilidad no se convierta en destino.
Esa construcción no puede ser sencilla ni lineal, con las características geográficas, políticas y comerciales de México. El derecho internacional sigue siendo nuestra mejor herramienta, no porque nos vaya a comprar victorias, sino porque ofrece lenguaje, legitimidad y coaliciones posibles. El pragmatismo, sin embargo, tiene que prevalecer como método.
Aquí hay una ventaja real. México, como país en desarrollo y potencia media, lleva décadas aprendiendo a negociar en un orden desigual, a moverse entre principios e intereses, a operar en foros y geografías diversas. Lo que para Canadá se presenta como ruptura, para México es, en parte, continuidad. Negociadores y diplomáticos mexicanos han sostenido desde los noventa un acervo de alianzas y herramientas a partir de esto, incluida una red de tratados comerciales que, al menos sobre el papel, reduce costos de entrada y abre puertas en múltiples regiones.
Aunque hay retos profundos, México tiene certezas domésticas desde las cuales también puede anclar su estrategia. Una democracia imperfecta, como todas, pero perfectible y viva. Una economía estable, capaz de atraer inversión extranjera a pesar de las tensiones. Una agenda de derechos y luchas sociales que marcan el rumbo actual, desde el feminismo hasta la desigualdad. Una tradición de defensa del derecho internacional y una proyección internacional positiva, ganada en gran medida por la sobriedad y astucia de la presidenta.
Pero nada de eso crea margen por sí solo, sobre todo cuando los demás también recalculan su estrategia. Para abrir o consolidar espacios hace falta un Estado fuerte para convertir el acceso formal en presencia real. Es decir, más diplomacia, capacidad de insistir, de persuadir y de traducir oportunidades en relaciones estables, y relaciones estables en oportunidades.
Hasta ahora, México no está usando la diplomacia como palanca en la misma medida que Canadá. En parte por la prudencia que hasta ahora ha dado resultado, pero también por la falta de una estrategia más amplia y por la lógica de la austeridad. La Secretaría de Relaciones Exteriores sigue sufriendo recortes que paralizan la maquinaria necesaria para asesorar e implementar acciones propositivas. La precarización del gremio diplomático y del personal de las representaciones está bien documentada, con trabajadores viviendo al límite en el extranjero mientras intentan atenuar la vulnerabilidad de los migrantes mexicanos.
La estrategia también tiene que tomar nota del giro a la derecha en gran parte del mundo. Sin renunciar al mandato de izquierda ganado en las urnas, hay que distinguir entre identidad y método. Mantener una orientación progresista en casa y, afuera, operar con una política exterior más fría, capaz de moverse en un vecindario hostil, cerrar heridas antes de que otros las usen y recortar fricciones que no aportan nada.
La inversión adicional necesaria para pensar una estrategia diplomática y proyección es pequeña frente al tamaño de la economía y frente a los costos de la dependencia. Un puñado de plazas bien financiadas, consulados con capacidad operativa, equipos jurídicos robustos y una estrategia sostenida de alianzas puede ahorrar crisis futuras, reducir vulnerabilidades, abrir mercados y, sobre todo, comprar margen político cuando la presión aprieta. En el lenguaje de Carney, es la forma concreta de retirar el letrero sin teatralidad.
Si México acepta que el viejo orden no volverá, entonces la discusión sobre estrategia de política exterior y sobre un servicio exterior capaz de ejecutarla deja de ser un asunto presupuestal y se vuelve una pieza de seguridad nacional. En un mundo donde el poder impone, tener dirección es la diferencia entre administrar el golpe y aprender a negociar el futuro. EP
*El autor se asistió de IA generativa como herramienta de edición y estilo. El contenido, enfoque y responsabilidad son del autor.