La enseñanza se construye

Los arquitectos Jimena de Gortari y Juan José Kochen proponen repensar arquitectura de las escuelas después de la pandemia.

Texto de y 03/05/21

Los arquitectos Jimena de Gortari y Juan José Kochen proponen repensar arquitectura de las escuelas después de la pandemia.

Imaginamos un posible regreso a las aulas de acuerdo con lo que hemos normalizado con el semáforo naranja en tonos rojizos. Acceso controlado, toma de temperatura, cubrebocas, ¿caretas?, sana distancia, ¿altavoces?, espacios colectivos restringidos, restaurantes y cafeterías con cupo limitado, ventilación natural en aulas, ¿pizarrones electrónicos?, sesiones breves, división de grupos, pausas prolongadas, afinidades electivas y proximidades cautelosas. Unos salones semivacíos por un regreso posiblemente híbrido. Normal para este 2021.

El ideal dista mucho de nuestra inminente realidad. La enseñanza se construye y para ello se requieren trabajo compartido y diálogo constante. El regreso a clases presencial será “controlado” y “monitoreado” pero la vida académica y de aprendizaje requerirá otras estrategias para solventar los desencuentros. Porque las clases también suceden entre cubículos, pasillos, corredores, cafés, bancas, patios y escaleras.

Rehabitar la preexistencia de escuelas y universidades va más allá de las medidas de protección sanitaria y adecuaciones —necesarias antes de la pandemia— para hacer sostenibles las actividades docentes. ¿Que espacios se modificarán, serán obsoletos y/o fundamentales post COVID-19? La vuelta al ágora resulta inminente, no sólo por la circulación cruzada sino por el debate en torno a esta grieta colectiva. Se trata de re-entender esos espacios a través de la premisa de Mathias Goeritz: “la regla de oro de nuestros tiempos es adaptarse; no hay que agarrarse a las patadas con la realidad”. Así desenterramos el origen de la forma en el tiempo sin anclarnos en la coyuntura pero tampoco suspendidos en castillos en el aire.

Si las vecindades dejaron de ser para volverse multifamiliares, las unidades vecinales cambiaron su horizontalidad por los rascacielos y el desplazamiento en cuatro ruedas encontró un gusano naranja por debajo de la tierra, los espacios para el aprendizaje encontraron sus muros prefabricados. Las escuelas urbanas y rurales pasaron y saltaron entre tiempos sexenales y se convirtieron en campus. ¿Cómo será la adaptación en esta segunda década del siglo de acuerdo al híbrido virtual? Las sesiones en línea llegaron más pronto que las vacunas. La modalidad a distancia de cursos, materias y talleres parece inminente ante la necesidad de reducir aforos, supervisar rebrotes y solventar trayectos. 

Retrocedamos un poco para entender cómo se han sido planeados los espacios educativos   en nuestro país. En 1944, surgió el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (Capfce, que fue posteriormente renombrado, en 2008, como el Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa o Inifed), un periodo en la historia de nuestro país protagonizado por arquitectos, fueron ellos quienes planearon el país y desarrollaron LOS (unos) modelos que siguen vigentes. Por su dirección y delegaciones se hicieron presentes a grandes arquitectos como Pedro Ramírez Vázquez y Francisco Artigas.

El impulso del secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, fue fundamental para esto y así se creó la Cartilla de la escuela y el Aula rural prefabricada con diseños de José Luis Cuevas, Juan O’Gorman, Luis Rivadeneira, Alonso Mariscal, Félix Sánchez, Enrique del Moral, Enrique Yáñez, José Villagrán, Pedro Ramírez Vázquez, y Francisco Artigas, entre otros.

Los modelos de escuela estaban constituidos por módulos que se enviaban junto con la cartilla a las comunidades, quienes las construían con muros y techos de materiales locales. El modelo Aula Rural Prefabricada fue retomado en América Latina y su autor, Pedro Ramírez Vázquez, recibió el Gran Premio de la XII Trienal de Milán.

Enrique De Anda recuerda: “Esto corresponde a un momento cultural muy importante de México, es el momento en que todavía se siguen construyendo las instituciones de la Revolución. No son acontecimientos aislados, flashazos, no son ocurrencias de ningún político; es todo un ambiente intelectual, artístico, político, que tiene que ver con hacer un país nuevo. Se crean instituciones: las secretarías de Educación Pública y Salud, el Banco de México, que correspondían con la idea internacional de la modernización”.

Con 150 mil escuelas construidas, el Capfce posrevolucionario impulsó réplicas tipológicas para la creación de vivienda colectiva, clínicas, centros médicos, museos e instituciones culturales apoyadas por el desarrollo estabilizador de los años sesenta. Modelos que, si bien se han modificado con adecuaciones, siguen prácticamente siendo los mismos y aun en muchos aspectos malas copias que olvidan la esencia de la enseñanza. Walter Gropius decía que su mayor talento estaba en la capacidad de ver la relación entre las cosas. Enseñar no es transferir conocimiento sino crear la posibilidad de producirlo. ¿En qué medida los espacios académicos han promovido eso?, ¿realmente a través de la configuración de estos espacios hemos podido transmitir esa humanización a la que se ha referido Fernando Savater como parte fundamental del aprendizaje?

A lo anterior se agrega actualmente que las revoluciones, crisis, contingencias y/o pandemias, nos orillan a virar en otro sentido o verificar nuestra dirección. Como en arquitectura, donde el taller de proyectos resurgirá o sucumbirá en el restirador.

Nuestra realidad ha sido trastocada por el virus. La enseñanza compartida tampoco debería ser ajena a ello. La continuidad de muchas carreras profesionales no sólo radicará en tomar prestados motivos e ideales sino valores humanos a reconquistarse de nuevas maneras. La responsabilidad como docentes requerirá calibrar modelos de autogestión, trabajo colaborativo, pensamiento crítico y, sin duda, reivindicar nuestra percepción del entorno y la alteridad para forjar tomas de posición y empatizar con otras audiencias. Como toda buena crónica, contar con curiosidad. Y asombro lo que damos por sentado.

La re-habitación del espacio escolar

Si bien las oficinas ya languidecen —metros cuadrados vacíos y rentas por doquier— las escuelas y universidades han sido otra historia de despojo y abandono durante el encierro. Resulta complejo imaginarnos estos espacios para “uso exclusivo”. ¿Cuál sería la definición de un Centro de Transferencia Multimodal (CETRAM) para la educación? Es decir, más allá de la referencia en movilidad, cómo pensar la reprogramación de una tipología que exige soluciones de amplio espectro. Según Monteys (2012):

“Más que rehabilitar se trataría, desde nuestro punto de vista, de aprovechar… Re-habitar representa, sobre todo, la voluntad de volver a utilizar, de dar un nuevo uso; implica la curiosidad de probar otros usos en un edificio. Pensar cómo podría usarse de otro modo. Representa una valoración de la novedad al margen de la forma. No se trata de un nuevo objeto, no es una novedad más; la novedad radica en la forma de usarlo. Se trata de reciclaje en estado puro, re-habitar un edificio colosal para convertirlo en una ciudad, hacer de sus crujías, de sus vanos o de sus torres, habitaciones; y de los corredores, la arena o los dormitorios, calles y plazas. Re-habitar también puede abordar algunos monumentos o simplemente edificios singulares. Habitar de nuevo, volver a habitar, volver a usar de la manera más simple, desinhibida y verdadera, con la seguridad de que los espacios que habitamos, más que someterse a reformas, deben reformar el modo de usarse, considerando el habitar como una actividad que contiene todos los usos de la arquitectura. Considerar habitar como un gesto amplio que contiene todos los usos de la arquitectura”.

Pensar en la vuelta a los espacios académicos como una oportunidad para esta re-habitación, en donde sin lugar a dudas habrá que tomar en cuenta los aspectos adaptativos de los cuales ya existen algunos ejemplos como los pabellones abiertos y efímeros, con una única premisa: eliminar barreras arquitectónicas para que las circulaciones se hagan en espacios abiertos y con menor riesgo para contraer el virus o aquellos de diseño modular que incorporen a lo existente elementos prefabricados con particiones flexibles. Sin embargo, nos resulta esencial pensar en el valor de estos recintos, que como ya se ha mencionado resguardan entre sus muros dos valores esenciales: la generación del conocimiento y la interacción social. Debería ser el espacio que albergue y los fomente, pensarlo como el lugar en donde la justicia social se conjuga con la justicia espacial: a cada uno corresponde un espacio igual y frente al conocimiento esto se transforma en algo equitativo.

Los espacios escolares como los lugares en los que discurre la vida social. Los salones, talleres o laboratorios son los espacios en donde se conjugan y confrontan ideas y pensamientos. Los cubículos para impulsar la creación de conocimiento y la posibilidad de producirlo. Los pasillos de las escuelas como los lugares para establecer relaciones y los patios y sus asambleas los momentos en los que se pueda conocer a la comunidad del barrio que alberga el edificio, sobre todo en las ciudades en donde hemos perdido ese contacto con el espacio vecino y sus residentes. Así, se permitiría tener una mejor noción de la ciudad y de cómo estos edificios que, como ya vimos fueron parte de un modelo que transformó el país y en donde, además, los arquitectos fueron fundamentales. 

Es indudable que el espacio escolar es en el imaginario el ambiente construido lo configuran las paredes y las ventanas, las puertas, los pasillos, los números que indican el grado o el número de aula, el mobiliario, los patios y jardines; asociado a ello tenemos también a diversos actores que parecen inamovibles; el personal que acompaña al espacio y que parece ser un mismo elemento, también debemos pensar en cómo regresaremos a ellos con tantas pérdidas.¿No debiera ser necesario, también, repensar los espacios en términos humanos? Es decir, resulta imposible pensar en la re-habitación de los espacios construidos sin las personas que les dan identidad. ¿Se transformarán también esas identidades en estos nuevos modelos híbridos? ¿Podremos pensar en re-habitar esos espacios o incluso, integrarlos al terreno de lo público? Es urgente abrir un espacio de reflexión sobre esa enorme cantidad de metros cuadrados que probablemente puedan ser los lugares que permitan la reestructuración de una normalidad más justa y equitativa. Es el momento de reformular el valor del significado del espacio escolar y transformarlo. EP

Referencias: 

De Anda Alanis, Enrique X. (1990). Arquitectura de la Revolución Mexicana. Las Corrientes y Estilos de la Década de los Veinte. Universidad Nacional Autónoma de México, México.

Monteys, Xavier [et al.] (coord.) (2012). Rehabitar en nueve episodios. Universidad Politécnica de Cataluña, España.

Savater, Fernando (1997). El valor de educar. Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, México.

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