Desaparición, una provocación metanarrativa

Con este texto, Joseph Wager introduce una serie dedicada a reflexionar sobre la desaparición, a partir de obras y contextos diversos que permiten pensar cómo se narra, se resiste y se documenta este crimen en México y en el mundo.

Texto de 25/08/25

Con este texto, Joseph Wager introduce una serie dedicada a reflexionar sobre la desaparición, a partir de obras y contextos diversos que permiten pensar cómo se narra, se resiste y se documenta este crimen en México y en el mundo.

Introducción a cuatro trabajos recientes o cómo hablar de la desaparición

La desaparición forzada es el delito más atroz que hay, como ha declarado Gladys Victoria Vargas, una madre buscadora. La desaparición afecta a las personas desaparecidas e infunde terror en sus más allegados, sus familiares biológicos y su familia política. Es una agresión a la sociedad grosso modo y pone en tela de juicio la idea del Estado de derecho.

En México, las cifras son escalofriantes: más de 123 mil personas desaparecidas (hasta el 23 de agosto de 2025), de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). Se podría escribir una historia del presente mexicano que es, al mismo tiempo, un recuento de cómo se llegó a esta cifra. Hubo la (mal) llamada Guerra Sucia. Luego llegó el sexenio de Felipe Calderón. La Iniciativa Mérida, acordada entre Estados Unidos y México, entró en vigor, proporcionando capacitación y fondos para reforzar la (mal) llamada Guerra contra el Narcotráfico. En ese marco, figuraron nombres como el del “Pozolero”, se realizaron masacres en San Fernando, las noticias del caso Ayotzinapa estremecieron al mundo.

El 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En homenaje a esta fecha, este texto abre una serie de artículos que propone poner en diálogo la experiencia de la desaparición en México con la de otros contextos. Los objetos que serán la base de mi trabajo son, primero, Huecos. Retazos de la vida ante la desaparición forzada de Chantal Flores, una periodista mexicana que viaja entre cinco contextos marcados por la desaparición. Segundo, Nightmare Remains: The Politics of Mourning & Epistemologies of Disappearance (Residuos de la pesadilla. Las políticas del duelo y las epistemologías de la desaparición), un libro de filosofía política que se adentra en contextos como el de Turquía, Argentina, Chile y Colombia. Tercero, Vidas descontadas, un proyecto colectivo que oscila entre América Latina y Europa para plantear una manera muy distinta de entender la desaparición. Por último, A-bordando la memoria, un proyecto multimedia de Sandra Ubaté, una artista colombiana que tuvo que exiliarse.

La desaparición ya es un fenómeno documentado y resistido a nivel global. Sus orígenes como crimen tipificado en la ley nacen del activismo y la jurisprudencia latinoamericanos. De lugares como Centroamérica y el Cono Sur, la categoría de la desaparición viajó a las Naciones Unidas (ONU). La convención correspondiente (2006 —ratificada en 2010—) establece que la desaparición forzada se refiere a “el arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida, sustrayéndola a la protección de la ley”.

En 2017, el Estado mexicano siguió el ejemplo de activistas, colectivos de buscadoras (participan buscadores, claro está) y productores culturales, con una misma ley que engloba la “desaparición forzada” y la desaparición cometida por “particulares”. Esta ley responde a la experiencia mexicana de la desaparición y a los límites del Estado para abordar las desapariciones contemporáneas al incluir a actores no estatales en el ámbito de la desaparición. En ese orden de ideas, la ley matiza el marco internacional de Estado contra enemigo político que sustenta el paradigma de la desaparición forzada tipificado por Naciones Unidas. El nombre de la legislación mexicana por sí solo evidencia la política de negociar la realidad de las desapariciones en el país: Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas. Ya no se requiere la participación de agentes estatales para demostrar que una persona forma parte de la categoría “desaparecido”. 

Como da cuenta esta ley, las desapariciones en México implican una coyuntura de preguntas distintas a las de las desapariciones dictatoriales latinoamericanas o incluso las de la “Guerra Sucia” de México (que se entienden más fácilmente a través de la lente de las políticas de la Guerra Fría). Las cifras 43, 72 y 112 mil captan la relación compleja entre la desaparición y la participación del Estado (que no es igual al caso argentino, por ejemplo) y el gran número de desapariciones cometidas por actores no estatales, como los grupos de crimen organizado. La mayoría de los desaparecidos mexicanos son hombres de zonas rurales o semiperiféricas, especialmente aquellos de entre 15 y 40 años sin educación superior, y hay un vínculo entre la migración y la desaparición. 

De ahí que valga la pena recordar lo que afirmó el escritor argentino Martín Kohan respecto a la cifra de los 30 mil desaparecidos: más allá de una correspondencia a 30 mil casos verificables, el número “indica una verdad: la verdad de la condición de desaparecido”. Pensando desde México, ¿cómo se expresaría la verdad de la condición de desaparecido? Vienen a la mente las imágenes de Rancho Izaguirre, que recientemente se difundieron de manera masiva. Tras los horribles hallazgos en Teuchitlán, el foco se volvió a centrar en la cuestión de la participación estatal y la legislación mexicana del 2017, con su visión amplia de la desaparición cometida por particulares, como una cortina de humo. 

Me explico. La presidenta Claudia Sheinbaum, en la Conferencia matutina del 8 de abril de 2025, afirmó que en el país no existe la “desaparición forzada desde el Estado”, sino que hay un “fenómeno de desaparición vinculado con la delincuencia organizada”. Aseguró que están haciendo todo lo posible para “combatir, atender, desde las víctimas, hasta prevenir y combatir este delito de la delincuencia organizada”. Sheinbaum adoptó una postura que es un corolario de la lógica cimentada en la legislación de 2017, una lógica que activistas y abogados criticaron antes de que se convirtiera en ley. Es el ejemplo clásico de un doble filo: al avanzar en la lucha contra las desapariciones cometidas con la inclusión de actores no estatales, el Estado encontró la narrativa que le sirvió para hablar de la desaparición, su manera de evadir el hecho obvio de participación de agentes estatales en muchos casos de desaparición.

Hay otro aspecto nocivo de la Ley de 2017 que no podemos pasar por alto: sienta las bases para, de jure y de facto, delegar la búsqueda a los colectivos de buscadoras (mujeres, en su mayoría, y no remuneradas). El gobierno coopta la indignación de las familias a la vez que moviliza la labor de la comunidad buscadora. Para adentrarse en esta lógica de doble filo y entender cómo estos mismos avances se tornan herramientas para reproducir el status quo, esta serie de textos procurará provocar

Así, en contra de las narrativas que rodean a la tecnología represiva, esta serie se adentra en libros que hacen eco del significado etimológico de provocar (del latín pro-vocare, “llamar a la voz”) y reflexionan sobre cómo hablar de la desaparición es una cuestión epistemológica del llamado Sur Global. Los proyectos estudiados documentan la desaparición, pero también son cartografías de la ausencia que trascienden las fronteras geográficas y conceptuales. Al detenernos en una discusión “meta” sobre cómo hablamos de la desaparición (forzada), estos cuatro proyectos entran en una relación directa con la voz de quienes buscan a las personas desaparecidas.

Acudo a libros hechos de viñetas que introducen voces intercaladas, que hallan un lenguaje expresivo en las vidas cotidianas en la estela de la desaparición. Estos proyectos, en conjunto, relatan historias cuya forma y cuyo contenido resisten una resolución narrativa. Nos obligan a examinar los hilos y las “historias que se usan para contar historias”, interpelando las estructuras que orientan cómo hablamos de la desaparición; así, esta serie anhela estudiar las representaciones de la desaparición en varios campos y contextos para complementar el compromiso de ellas y ellos que, con su inquebrantable lucha, son guardianes de la verdad y la condición de la verdad del desaparecido.

Los trabajos de Flores, Islekel y el equipo ViDes, además de la obra de Ubaté, siguen el viaje de la narración del desaparecido por el mundo. Nos retan a repensar el archivo que usamos para hablar de ese delito más atroz. Y acaso su mayor provocación como conjunto radica en el hecho de que ya tenemos las herramientas para hablar de la desaparición. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V