Este es el primer texto de una serie escrita por Joseph Wager, dedicado a Huecos de Chantal Flores, un libro que reflexiona sobre cómo narrar la desaparición, la memoria y la resistencia.
Este es el primer texto de una serie escrita por Joseph Wager, dedicado a Huecos de Chantal Flores, un libro que reflexiona sobre cómo narrar la desaparición, la memoria y la resistencia.
Texto de Joseph Wager 26/08/25
Este es el primer texto de una serie escrita por Joseph Wager, dedicado a Huecos de Chantal Flores, un libro que reflexiona sobre cómo narrar la desaparición, la memoria y la resistencia.
Quien camine por las calles de Puebla o Chihuahua verá letreros que dan indicios de las “señas particulares” de los desaparecidos; quien escuche a Julieta Venegas o Vivir Quintana oirá un grito social; quien deambule por Ciudad de México o Guadalajara se topará con la Glorieta de las y los desaparecidos. En pocas palabras, la desaparición forzada ha rasgado el tejido social. Ha roto familias, ha hundido a México en una crisis forense, ha generado una incertidumbre tremendamente dolorosa.
Este crimen no solo rasga el tejido social, sino que proviene de un tejido social rasgado. Esta frase, que nos da el reconocido antropólogo Claudio Lomnitz, subraya el dolor social, económico, estructural de la desaparición. ¿Cómo abordar un crimen cuyos tentáculos están en todo? Por ello, la desaparición es caracterizada por una “dificultad de narrar”. Según Lomnitz, el crimen de la desaparición es difícil litigar ante la opinión pública; es el fruto de la incomprensión social de tal manera que no incita al rechazo público suficiente ante semejante horror.
Para pensar esta dificultad, traigo a colación el trabajo de Chantal Flores y su poderoso libro Huecos. Retazos de la vida ante la desaparición forzada (Dharma Books, 2024). Este vincula los efectos del tejido social rasgado a un estudio empírico sobre los modos de narrar la desaparición en clave comparativa. Huecos nos proporciona viñetas, retazos o lo que el desaparecidólogo Gabriel Gatti —siguiendo las pautas de la escritora Valeria Luiselli— llamaría “pedacería organizada”, a través de las voces de seis mujeres: Dragana, Lucy, Margarita, Mirna, Valdete y Zekija (además de otras personas cuyas vidas fueron afectadas por la desaparición de un ser querido). Las voces intercaladas se unen en un “relato coral”. Este relato se esfuerza por ir más allá de las estadísticas, un gesto en función de poner “el nombre por encima del calibre de las balas”, como ha dicho el blog del proyecto colectivo Menos días aquí (y que cita la escritora Sara Uribe).
Flores cultivó el libro a lo largo de una década. Como la periodista regiomontana afirma, Huecos “empieza cuando dejé de esconderme en el periodismo y la ciencia”. El uso de la primera persona (“dejé”) no es azaroso. Parte del relato coral es la propia voz de la periodista, la cual hila historias de la desaparición en cinco contextos que a primera vista son muy diferentes: Bosnia, Colombia, Kosovo, México y Serbia. Retrata el proceso de devenir buscadora de sus interlocutoras mostrando la cotidianidad que distingue un modo particular de violencia que se expresa en la desaparición. Desde el basurero La Escombrera en Medellín hasta un oso de peluche tuerto en Torreón y una rebanada de pizza en Krusha, espacios, alimentos, conversaciones y objetos cargan memoria y redefinen el archivo de la desaparición.
La autora logra un estilo fluido cuyo fin es “mostrar y compartir lo que ellas [sus interlocutoras] me habían permitido ver”. Con ello, hace del libro una especie de crónica, un espacio de comunicación que hace surgir múltiples voces y perspectivas que tejen una conciencia transnacional de la resistencia. De acuerdo con la académica Gabriela Polit Dueñas, elaborar una crónica asume los desafíos de “representar” la violencia y el trauma a través de la convergencia de la forma literaria y el periodismo.
Un ejemplo de este tipo de escritura es este. Estando en Kosovo un 26 de marzo, Flores acompaña a un grupo que se dirige al cementerio para honrar “la memoria de los que están y no están, y de los que no saben dónde están”. Escribe: “los pasos arrastrados sobre el ladrillo gris, la tierra yerma y el cemento han sido la única música sombría, algo lúgubre que acompañó la avanzada”. Al llegar al lugar indicado, comenta que “el cementerio ahora es un concierto de voces sobrevivientes que arrastra la guerra, y todas sus masacres, en cada resuello”. Así, el relato coral es forma y contenido.
Sin embargo, este estilo no la exime de posibles críticas por “estetizar” el dolor de sus interlocutoras. Se acumulan los posibles puntos de crítica: al poner a dialogar momentos históricos y experiencias de dolor tan diversos, se corre el riesgo de aplanar las vivencias de la ausencia y los contextos que las producen. Es más, la coyuntura de voces propone, de manera implícita, una semejanza entre el contexto mexicano actual y los otros contextos de conflictos internos armados, de guerras y de “limpieza étnica”, que son parte de la historia de Bosnia, Colombia, Kosovo y Serbia (contextos que de por sí conllevan una relación tensa, como el libro presenta).
En estas (posibles) críticas, argumento, radica la potencia de este libro. Después de leerlo y reflexionar sobre cómo podría influir en los discursos sobre la desaparición, he llegado a la conclusión de que abrirse a estas posibles críticas es un acto valiosísimo que sirve como una provocación. Suena horroroso provocar en torno a la desaparición forzada, ¿verdad? Huecos, en su fidelidad a lo que “ellas me habían permitido ver”, es una provocación metanarrativa, una provocación dirigida precisamente a la idea misma de la “dificultad de narrar” la desaparición. La manera en la que Flores combina las voces de estas seis mujeres en contextos variados con su propia voz es fundamental para entender la importancia de esta provocación.
Huecos extiende la idea de que lo personal es político al ser un libro “conversacional” e íntimo. Invoca tanto el estilo literario como la cercanía emocional de Flores con las historias retratadas de Dragana, Lucy, Margarita, Mirna, Valdete y Zekija. Las mujeres que entrevista, afirma, la “escogieron” a ella. Al elegirla, también la involucran en sus vidas cotidianas signadas por la estela de la desaparición. La comida es prueba de ello. Motivo recurrente, la comida surge tanto en los títulos de las secciones (“Cocinando Flia: Cómo se recuerda después de la guerra” o “Medialunas: Cómo ser periodista”) como en las historias y las convivencias de Flores con sus interlocutoras (cerveza bien fría, carne asada, dulce de guayaba). La preparación y el consumo de alimentos forman parte imprescindible de este “collage de la supervivencia” y la construcción de los recuerdos. Evoca, además, Recetario para la memoria, un proyecto gastronómico, fotográfico y social hecho con buscadoras en Sinaloa y en Guanajuato. Así, Huecos va siendo parte de la transformación del archivo que delimita cómo se puede hablar de la desaparición.
Este collage también es provocativo de otras maneras. A pesar del dolor latente en cada una de sus 276 páginas, el libro ofrece momentos de humor y ligereza, como las bromas de Lucy y don Chuy, cuya hija fue desaparecida en 2008. Es decir, entre lágrimas, emerge también la risa. El humor no borra las “tristezas” (en plural, reafirma Flores) que se multiplican “entrevista tras entrevista”. Huecos, en lugar de insertar el humor como contrapeso de esas tristezas, más bien se adentra en ellas, en cómo sus investigaciones periodísticas permean su propia vida cotidiana.
No hay mejor ejemplo de ello que el de la silla vacía. En Huecos, la imagen de la silla vacía moviliza, al mismo tiempo, las bocas de sus interlocutoras y los recuerdos de sus seres queridos desaparecidos; la terapia a la que la autora misma acudió como parte de su proceso de realizar este trabajo periodístico; la realidad de sentarse en un restaurante a comer en un contexto como el de México que tiene más de 100 mil desaparecidos.
La silla vacía lleva a Flores a un vuelo doloroso de imaginación en un restaurante, la lleva a una provocación impactante. Nos relata cómo en su imaginación tenía una conversación con una mujer ausente, sentada en la silla vacía frente a ella en un restaurante. “En eso, el mesero te llama. Una voz que no es la de él, ni la de ella, te regresa aquí. Al mentado presente. Te hierve un poco la sangre. Claro que sí. Te hierve porque no puedes hacer que aparezca otra vez la persona que quieres —que necesitas—, te hierve porque el mesero sigue hablando y tú sólo quieres regresar a esa dimensión donde estabas hace unos segundos”. Al hablar con la silla vacía, Flores me interpela a mí, te interpela a ti, lector; ¿te afligen estas mismas dudas?, ¿qué implica examinar las ausencias en tu vida a través de la perspectiva del horror vivido por los familiares de las personas desaparecidas? Dicho de otra manera, esta escena desafía el tropo nocivo de “en algo andaba” o “por algo será” cuya función retórica es generar una brecha entre las personas (supuestamente) trastocadas por la desaparición y las que (supuestamente) no.
En síntesis, las mismas fuentes de posibles críticas son aspectos que hacen de este libro una propuesta particular. Además, resaltan la necesidad de pensar qué es lo que decimos cuando hablamos de la “dificultad de narrar” la desaparición. Huecos es un libro urgente y atrevido no solo porque hace de la historia de la desaparición de otras personas parte de la propia historia de la autora, sino también por la manera de retratar las vidas de las personas que buscan a sus desaparecidos en su “retazada” plenitud. EP