
En este texto, Isidro H. Cisneros reflexiona sobre la tolerancia y su destacado papel en la construcción de las comunidades y la convivencia humanas.
En este texto, Isidro H. Cisneros reflexiona sobre la tolerancia y su destacado papel en la construcción de las comunidades y la convivencia humanas.
Texto de Isidro H. Cisneros 28/11/25

En este texto, Isidro H. Cisneros reflexiona sobre la tolerancia y su destacado papel en la construcción de las comunidades y la convivencia humanas.
“¿Qué cosa es la tolerancia?
Es un patrimonio de la humanidad.
Estamos llenos de debilidades y errores:
la primera ley de la naturaleza exige que
nos perdonemos recíprocamente nuestras torpezas"
Voltaire 1
La tolerancia permite analizar las características de la moderna convivencia civil. No es indiferencia, ni relativismo. No significa que todas las ideas valgan lo mismo, sino que ninguna verdad justifica la violencia. Ser tolerante no es renunciar a las propias convicciones, sino reconocer el derecho de otros a sostener las suyas. La tolerancia es un punto de equilibrio entre la afirmación de la verdad y el respeto de la libertad. Actualmente, representa la base ética del pluralismo, una condición de la democracia y el límite moral frente a la violencia, el fanatismo y la imposición ideológica.
Tolerar es aceptar la libertad del otro sin renunciar a la propia verdad. Es reconocer que la diversidad humana es inevitable y que la imposición de un solo punto de vista destruye la convivencia. Remite a un ejercicio de apertura mental que es fundamental para entender las razones de los demás y constituye una virtud cívica de carácter democrático. Es un arreglo social que da vida a un régimen político-institucional. No es pureza moral, sino gestión política del conflicto.
Expresa los desafíos de la convivencia, la ciudadanía y la pluralidad en las sociedades de nuestro tiempo. Representa un espacio de reflexión que ilustra cómo deben tomarse las decisiones colectivas en una democracia al permitir que la “diferencia” se exprese sin el temor a la exclusión en virtud de tal disenso. 2 En este sentido, el principal desafío que enfrentan los regímenes políticos está representado por la tensión entre el reclamo de derechos universales de ciudadanía y la existencia de los derechos particulares que identifican la cultura de cada individuo.
Etimológicamente, el concepto “tolerancia” procede del sustantivo latino tolerantia que puede traducirse como “sufrimiento” o “acción de sobrellevar, soportar o resistir”; también existe otra interpretación derivada de tollere, que significa, sobre todo, “reconocimiento” de creencias o posiciones no compartidas. El término tolerancia fue heredado al lenguaje político por las controversias religiosas del pasado y fue adoptando paulatinamente el significado positivo de “respeto” e “inclusión”. 3 Es la aceptación del derecho intelectual y práctico de los otros para convivir con creencias diferentes.
El concepto de tolerancia tiene dimensiones morales, políticas y filosóficas cuyo significado ha cambiado profundamente a lo largo de la historia. Nace como aceptación de la libertad del otro para pensar, creer o actuar de modo diferente, aun cuando se considera que esa diferencia es errónea. Implica “soportar” la diferencia, sin recurrir a la coacción, no porque todo valga igual, sino porque la verdad o el bien no pueden imponerse por la fuerza.
Durante el Medioevo predominó la intolerancia religiosa. 4 El “error” se consideraba un peligro para la salvación. Las Guerras de Religión abarcan distintos conflictos confesionales entre los siglos XVI-XVII, como la Guerra de los Campesinos (1524-1526), la Guerra de Esmalcada (1546-1547) y la Paz de Augsburgo, que reconoce el luteranismo (1555). De mayores dimensiones fueron las Guerras de Religión en Francia (1562) que vieron enfrentados a los protestantes calvinistas contra los católicos hasta su culminación con el Edicto de Nantes (1598), el cual otorgó ciertas libertades religiosas. 5
La Guerra de los Treinta Años (1618-1648) se desarrolló entre protestantes y católicos, y concluyó con la Paz de Westfalia, que estableció la pluralidad confesional. Surgen los Conflictos en las Islas Británicas (1549-1559) como tensiones religiosas bajo Eduardo VI, así como las Guerras de los Tres Reinos (1639-1651), que confrontaron anglicanos, puritanos y escoceses presbiterianos. En los Países Bajos aconteció la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648), que fue una revuelta calvinista contra la monarquía católica de los Habsburgo. 6
La tolerancia nace dentro de la teología cristiana como un margen mínimo de coexistencia dentro del dogma. Plantea la necesidad de tolerar el error o el pecado mientras llega la verdad. Se presentaba como una idea jerárquica: “te tolero porque soy superior, indulgente, verdadero o poderoso”. 7
La fractura confesional obliga a inventar mecanismos para cohabitar con el disenso. Permite que la tolerancia se convierta en una práctica jurídico-política y no sólo moral. Ya no se trata de convivir religiosamente, sino de limitar el poder del Estado sobre la conciencia individual. Así, durante la Ilustración del siglo XVIII, la tolerancia se convertirá en un principio que se abre a los derechos del individuo y del ciudadano. Aparecerá un nuevo ciclo de la tolerancia donde el individuo es depositario de una razón instrumental dirigida a la consecución de las libertades y derechos que permiten la fraternidad entre los integrantes de la comunidad política.
En tal contexto destaca John Locke, quien concibe la libertad religiosa y la libertad civil como partes consustanciales del espíritu social. 8 Define los límites del poder en materia religiosa considerando que la tolerancia constituye “un punto de encuentro” entre las tareas y los intereses de la Iglesia y del Estado. Por su parte, Voltaire también se presenta como un defensor de la tolerancia religiosa y los derechos humanos. En su Traité sur la Tolérance (1762), caracteriza las costumbres y creencias de los principales pueblos del mundo; 9 afirmaba que la primera exigencia de la razón es liberar a los individuos del fanatismo. La idea de progreso social que heredamos de la Ilustración dominó el panorama político y cultural durante más de dos siglos, llegando hasta nosotros.
Existen diferentes dimensiones filosóficas de la tolerancia: la epistemológica, que reconoce la falibilidad humana dado que nadie posee la verdad absoluta y, por lo tanto, se debe aceptar que otros piensen distinto; la moral, donde la tolerancia se presenta como una virtud del carácter que exige respeto, contención y humildad ante el error ajeno; la política, en cuanto representa el principio de la convivencia civil al permitir la coexistencia entre distintas religiones, ideas y costumbres sin destruir la paz común; la jurídica, porque se traduce en derechos y garantías representadas por la libertad de expresión, conciencia y culto, lo cual institucionaliza la diferencia. 10
Para ubicar el “lugar teórico” de la tolerancia dentro del mapa filosófico contemporáneo, es necesario referirse a tres ejes interpretativos y a sus autores más representativos.
El primero, el rol del Estado frente a la diferencia. Para el filósofo estadounidense John Rawls, es necesario un Estado neutral que no defina el bien, pero que garantice las libertades básicas; 11 para el pensador canadiense Charles Taylor, se requiere de un Estado que reconozca las identidades y produzca una política del reconocimiento; 12 para el teórico alemán Jürgen Habermas, es importante un Estado que genere procedimientos deliberativos que definan normas; 13 para el filósofo norteamericano Michael Walzer, es fundamental un Estado comunitario donde la justicia dependa de una “esfera social concreta”; 14 para la filósofa italiana Elisabetta Galeotti, es imprescindible un Estado que asegure igualdad simbólica donde el reconocimiento sea una condición de la tolerancia. 15
El segundo, ¿qué cosa es la tolerancia? Al respecto, Rawls señala que tolerar significa permitir que la diversidad privada sea compatible con la justicia básica; para Taylor, la tolerancia implica reconocer la identidad y el valor cultural; para Habermas, tolerar significa permitir la igual participación en la deliberación pública; por su parte Walzer la define como un método para “acomodar” las pluralidades de acuerdo con la historia concreta de cada comunidad; finalmente, para Galeotti, tolerar significa hacer visible la diferencia que permita producir igualdad de estatus.
El tercero, ¿qué combate la tolerancia? Aquí Rawls identifica al enemigo en el perfeccionismo estatal; Taylor lo ubica en la degradación simbólica de las identidades; Habermas lo hace en referencia a la colonización del mundo de la vida; Walzer considera necesario combatir el imperialismo de una esfera social sobre otras; Galeotti, por último, identifica al enemigo en la “invisibilización estructural” y en la falsa neutralidad de la mayoría. Su interpretación es original cuando establece: “la tolerancia no es respecto a lo que haces en privado, sino a lo que puedes ser en público sin perder igualdad”. Ya no es pedir permiso, sino reconocimiento.
En breve síntesis, mientras que John Rawls considera fundamental la igualdad de las libertades básicas, Charles Taylor sostiene el principio de la igualdad de las identidades culturales; Jürgen Habermas apuesta por la igualdad de la participación deliberativa; Michael Walzer postula la igualdad contextual en una pluralidad de esferas; por su parte, Elisabetta Galeotti resalta la igualdad de la presencia pública simbólica. Desde la filosofía política, la historia de las ideas o la teoría de la democracia, la tolerancia sirve como un puente entre los problemas clásicos de fe, autoridad o conciencia y los desafíos modernos de pluralidad, multiculturalismo y libertad de expresión.
Actualmente, la tolerancia es condición de posibilidad de la democracia pluralista, especialmente tras los totalitarismos, genocidios, racismos y el establecimiento de sociedades masivas. Bajo estos criterios representa la administración de la diferencia bajo reglas comunes y no violentas. El objetivo no es la armonía moral, sino la coexistencia sin aniquilación. Queda claro que una sociedad tolerante no es la que no tiene conflictos, sino la que logra institucionalizarlos de una forma compatible con la libertad.
Karl Popper plantea el siguiente dilema: ¿debemos tolerar a los intolerantes? Esto lo hace al formular su tesis: “no podemos tolerar la intolerancia que destruye las condiciones de posibilidad de la misma tolerancia”. 16 Es la paradoja de la tolerancia que sostiene que una tolerancia ilimitada puede conducir a su desaparición. Afirma que, si extendemos la tolerancia incluso a los intolerantes y si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la arremetida de los intolerantes, los tolerantes serán destruidos y, con ellos, la tolerancia. Por lo tanto, sostiene que debemos reclamar, en nombre de la misma tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia.
La tolerancia se contrapone a la asimilación y para que sea políticamente sostenible requiere de una ciudadanía compartida que proyecte lo común y de una autonomía cultural que exprese la diferencia. 17 Esta tensión permanente no se resuelve de una vez y para siempre. Ella necesita producir sentido común cívico para que no sea pura fragmentación. Es necesario reafirmar que la tolerancia no es una virtud privada, es una arquitectura social.
Históricamente no ha existido una sociedad sin intolerancia, de manera que es posible afirmar que la historia de la humanidad es la historia de la inhumanidad. La pregunta correcta no es “sí o no” tolerar; por el contrario, la cuestión es bajo qué condiciones, hasta dónde y con qué reglas se puede tolerar. Esto se debe a que “no tolerar al intolerante” como regla absoluta produciría purgas y conflictos interminables. Cuando un grupo intolerante busca destruir las libertades que permiten la pluralidad, el Estado tiene el derecho (y el deber) de poner límites. Por lo tanto, tolerancia, sí; pero hasta el punto de que no permita que el intolerante intente destruir el espacio público y los derechos comunes. Este límite no es ideológico sino institucional.
Si la reafirmación de tu identidad implica negar igualdad civil a otros, tu demanda no cumple con el criterio normativo para ser reconocida. Un grupo puede manifestarse, hablar o existir —lo que se traduce en el ejercicio de la libertad negativa—, pero si el Estado no lo eleva a simbolismo público, niega la igualdad. Sólo merece reconocimiento público aquella identidad que reconoce la igualdad de las demás identidades. Así se resuelve la paradoja de Popper: “toleramos la existencia de los intolerantes, pero no reconocemos simbólicamente su intolerancia”.
La tolerancia tradicional-liberal resulta insuficiente para las sociedades contemporáneas. Hoy la tolerancia se juega en el espacio público simbólico y no sólo en el ámbito de la libertad negativa. Actualmente, ser tolerado ya no significa no ser perseguido. Por el contrario, se traduce en no ser invisibilizado y no ser silenciado. La tolerancia auténtica requiere reconocimiento institucional, jurídico y cultural. Resulta necesario defender un pluralismo que ofrezca igual dignidad pública de las diferencias y que se aleje de los extremos de la asimilación estatal y del relativismo absoluto en el que todo vale. Es necesario un punto de encuentro entre la coexistencia pública de las diferencias y la negociación democrática de las reglas comunes.
La tolerancia sólo es posible como una política del reconocimiento pluralista de la diferencia, que no obligue al sujeto a privatizar su identidad y que no lo trate como “tolerado” en el sentido condescendiente, sino que lo incorpore como coautor de la vida común. Representa un desplazamiento del “te dejo vivir a tu manera”, postulado por el liberalismo clásico, a “tu identidad es legítima y tiene un lugar legítimo en el espacio público”, que es la concepción del pluralismo contemporáneo.
Representa una posición intermedia que combina igualdad moral, igualdad de ciudadanía y visibilidad pública. La lucha por la tolerancia no es sólo por leyes, sino por lenguajes, nombres, modos de representación, lugares, celebraciones y trato institucional. La tolerancia actualmente es la política del reconocimiento simbólico que debe luchar contra la invisibilización. No se reconoce cualquier diferencia. Se reconocen las diferencias relevantes para la dignidad humana y la participación pública de grupos que han sido históricamente subordinados. EP