
En este texto, Isidro H. Cisneros reflexiona sobre el odio y su relación con el lenguaje y el discurso en la sociedad moderna.
En este texto, Isidro H. Cisneros reflexiona sobre el odio y su relación con el lenguaje y el discurso en la sociedad moderna.
Texto de Isidro H. Cisneros 13/08/25

En este texto, Isidro H. Cisneros reflexiona sobre el odio y su relación con el lenguaje y el discurso en la sociedad moderna.
“El odio surge del dolor, de una afección causada por otro
que disminuye nuestra potencia de actuar”
Baruch Spinoza 1
El odio es una forma de reconocimiento negativo. No desconecta al sujeto del objeto odiado, sino que lo mantiene unido a él por medio del rechazo y la violencia. El odio es una pasión compleja y persistente que implica un fuerte repudio hacia una persona, grupo o idea, con el deseo —implícito o explícito— de hacer daño, provocar exclusión e incluso la destrucción del objeto odiado. El amor y el odio son las dos caras de una misma pasión que nos vincula íntimamente con un objeto o con un sujeto, ya sea para apropiarnos de él o para destruirlo por medio de discursos o acciones. El odio es una relación virtual con una persona o un grupo y, al mismo tiempo, con la imagen de esa persona o ese grupo al que se desea marginar o arrollar, ya sea por uno mismo, por otros o por circunstancias tales que deriven en la exclusión anhelada. 2
El odio puede ser entendido como una respuesta a la frustración, a la herida narcisista o a la amenaza percibida. Desde el psicoanálisis se considera que éste se encuentra vinculado a la constitución del sujeto frente al otro. El odio puede ser una forma de lidiar con lo intolerable del deseo o con lo que representa una falta. Desde la antropología se afirma que el odio se aprende, se hereda y se institucionaliza. No siempre es espontáneo, sino que puede ser promovido y legitimado por sistemas simbólicos como la religión, la nación, la etnicidad o el género. El odio colectivo puede alimentar guerras, genocidios o políticas de exclusión. Para la ética el odio es problemático porque anula la posibilidad de reconocimiento del otro como igual. Se opone a la compasión, la justicia y la dignidad humana, pero también puede aparecer como una respuesta legitima ante la injusticia, como cuando se odia al opresor o al sistema.
El odio es un vínculo afectivo negativo y duradero, orientado a la desvalorización y a la eliminación simbólica o real del otro. Se configura por medio de experiencias, relaciones de poder y estructuras culturales. Se relaciona con la ira, el resentimiento y el desprecio, pero no debe confundirse con estos sentimientos. 3 Por lo que se refiere a la ira, el odio no necesita una causa inmediata. Puede durar toda la vida y ser heredado. La ira puede estallar incluso contra alguien que se ama, pero no implica necesariamente rechazo estructural. Por su parte, el resentido se considera víctima, pero no siempre desea la destrucción del otro. El resentimiento es un reclamo de justicia o de reconocimiento. El que odia no busca justicia, sino que quiere anular la presencia del otro. El desprecio puede ser silencioso y condescendiente. La relación del odio con la ira, el resentimiento y el desprecio marca la diferencia entre las emociones básicas y las pasiones estructurales.
El odio es activo y estructurador porque busca hacer daño, generar confrontación o producir eliminación. Se requiere entender el odio como categoría antropológica y no sólo emocional. El punto no es explicar por qué odiamos, sino cómo el odio estructura relaciones, identidades, culturas y lenguajes. 4 El odio representa un sentimiento revelador de cómo nos relacionamos con los demás. Es también una pasión antropológica que se encuentra institucionalizada en la conducta humana. Es una forma de vínculo, no de desconexión. Nos ata al objeto odiado, incluso tras su desaparición. 5 Va más allá de la psicología individual para situarlo en un marco cultural, filosófico y ético, con amplio valor interpretativo para comprender aspectos fundamentales del comportamiento humano.
La relación entre odio y lenguaje es profunda porque el habla no sólo describe una realidad, sino que también la crea al movilizar emociones. El odio necesita expresarse y transmitirse para tener impacto social, y el lenguaje es su principal herramienta. 6 A través de metáforas y narrativas, se construyen imágenes del otro como un ser inferior, o peor aún como un enemigo. El lenguaje es un vehículo del odio que moldea emociones colectivas y contribuye a legitimar la discriminación. No sólo comunica un odio ya existente, sino que puede producirlo. Incluso se ha teorizado sobre los “actos incendiarios” en cuanto expresiones que, al enunciarse, hieren, degradan y colocan a ciertas personas fuera de la comunidad legitima. 7 Expresado en forma de eslogan, lema o consigna, el odio condensa emociones en fórmulas fáciles de repetir y de hacerlas virales; necesita del lenguaje para existir socialmente. La relación es recíproca: el odio carga de energía negativa a las palabras, y éstas dan forma y persistencia al odio. 8
El discurso de odio es una estrategia de poder que divide, polariza y moviliza a unos grupos contra otros. Se refiere a las expresiones que intimidan, oprimen o incitan a la violencia contra personas o grupos con base en su sexo, género, raza, religión, nacionalidad o cualquier otra característica grupal. No conoce fronteras de tiempo ni espacio. Desde el nazismo hasta el Ku Klux Klan, desde la guerra en Ucrania hasta el genocidio en Palestina, las expresiones de odio se utilizan para acosar, perseguir o justificar privaciones de los derechos humanos y, en el extremo, para racionalizar el asesinato. El discurso de odio que incita o fomenta el racismo, la discriminación, la xenofobia y la intolerancia ha demostrado su peligrosidad. 9 Los delitos de lesa humanidad frecuentemente van acompañados o precedidos de discursos de odio.
El discurso de odio se caracteriza por instigar a la violencia, por el contexto en el cual se realiza la expresión y por la causa probable o indirecta de ocasionar un daño. 10 Quienes defienden la libertad de expresión muestran su disposición de protegerla incluso cuando causa daño y ofende nuestros valores más profundos. 11 Por el contrario, quienes defienden la regulación y reglamentación de la libertad de expresión argumentan que el lenguaje de odio causa graves daños a individuos y grupos, atentando contra su dignidad como seres humanos y como ciudadanos. 12 Además, las plataformas digitales pueden convertirse en vehículos para la difusión de discursos de odio mediante algoritmos generativos. Cuando la inteligencia artificial se alimenta de datos sesgados o polarizados, puede replicar y amplificar al infinito los estereotipos, prejuicios y discursos discriminatorios. Al automatizar la generación de contenido, la inteligencia artificial generativa puede producir discursos de odio incluso sin intervención humana directa. 13
La libertad de expresión entraña deberes y responsabilidades especiales y por ello está sujeta a restricciones que son necesarias para respetar los derechos de las personas. El manto de libertad de expresión en nuestras sociedades no puede ser absoluto. Diversos instrumentos internacionales de derechos humanos prohíben toda apología del odio nacional, racial, religioso o de cualquier tipo. Existe la distinción entre discursos protegidos y no protegidos. Los protegidos son discursos que no entran en las calificaciones especiales, mientras que los discursos no protegidos son aquellos expresamente excluidos por los instrumentos internacionales y son los discursos de odio prohibidos por la ley. 14
El discurso de odio no siempre es explícito y puede estar disfrazado de humor, ironía o doble sentido. La pregunta es: ¿cómo proteger a las personas vulnerables sin censurar el debate público legítimo? La respuesta está en las buenas prácticas de la transparencia, en la participación de comunidades lingüísticas locales y en la educación digital para que los usuarios entiendan los límites del discurso aceptable. 15 El discurso de odio representa un ataque a la dignidad humana porque no sólo ofende o hiere sentimientos, sino que erosiona los derechos de las personas, especialmente de grupos históricamente marginados. Este tipo de discurso hace público el mensaje de que ciertos ciudadanos y personas no merecen respeto o protección igualitaria. 16
En una sociedad democrática todos deberían sentirse seguros de que su estatus como miembros iguales está asegurado. El discurso de odio corrompe el ambiente público de respeto, haciendo que algunas personas se sientan inseguras o rechazadas por la sociedad. 17 No olvidemos que las palabras son portadoras de la historia del racismo, de la violencia y de la discriminación. El discurso de odio proyecta la crueldad de cierto lenguaje, y ante una persona que denuncia existen muchas otras que no pueden hacerlo. Son personas que permanecen invisibles y sometidas a violencia verbal de la cual son víctimas. 18
La polarización política contemporánea es uno de los fenómenos más preocupantes y visibles en el escenario global actual. No se trata simplemente de un desacuerdo entre visiones políticas, sino de una fragmentación profunda del tejido social, donde los adversarios se transforman en enemigos, la negociación se vuelve traición y el espacio público se llena de afectos extremos como el odio, el desprecio, el miedo y el resentimiento. 19 Es la tendencia creciente de las sociedades a dividirse en bloques opuestos, ideológicamente irreconciliables, donde cada grupo está convencido de que el otro representa una amenaza para su existencia. La polarización se distingue porque crea identidades tribales: “nosotros, los buenos” contra “ellos, los corruptos y traidores”. La desigualdad social es también causa de polarización porque las brechas económicas y culturales intensifican el resentimiento. Además, la polarización se inserta en la actual crisis de representación política caracterizada por una desconfianza generalizada hacia partidos, medios de comunicación e instituciones. La política se convierte en un campo de batalla simbólico entre “los de abajo” y “los de arriba”, entre “los muchos” y “los pocos”. 20
La polarización y el odio se siembran desde el poder como una estrategia para dividir al universo político entre amigos y enemigos, entre quienes monopolizan el poder y los que anhelan conquistarlo. Los discursos de odio y la estigmatización representan una construcción lingüística que ofrece identidad política a los seguidores del poder. De esta forma, el discurso político se convierte en una nueva religión en la que el pueblo se adora a sí mismo, mientras el líder guía, formaliza y manipula ese culto. El odio y el resentimiento político representan el cemento de esa relación y, al mismo tiempo, dan vida a la imagen de las personas y grupos a los que se desea marginar.
El odio proyecta un deseo de hostilidad y desprecio que cuestiona la imagen para después cancelar la existencia material del sujeto. Es un sentimiento negativo de rencor que conduce a la demolición de la imagen social del adversario. 21
El trabajo del odio va desde el deseo de destrucción hasta la destrucción física concreta. Pretende desaparecer la existencia material y la imagen del sujeto, lo que, por usar una terminología antigua, sería su destrucción espiritual y la demolición de su imagen social. El odio es bidireccional: va del deseo a la acción, y viceversa. Se dirige a los otros, los distintos, los extraños, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación cultural, ideológica o política. En consecuencia, se produce una relación de desconfianza, miedo y rechazo contra los que no pertenecen al grupo. En él no viven sólo los que se parecen entre sí, sino los que son lo mismo, que es igual a decir “el mismo”.
Por medio del odio se busca preservar la imagen de uno mismo, porque cuando se odia se muestra ante los demás una suerte de impotencia frente al sujeto odiado. El odio se asemeja a la envidia, mediante la cual, por el hecho de experimentarla, el envidioso ostenta su impotencia ante el envidiado. No se odia a quien se considera inferior, porque, si estorba, se le margina solamente. Se odia a quien es capaz de oponerse críticamente al orden establecido, y por ello el odio refleja más bien debilidad. El odio refuerza jerarquías y estigmas, manteniendo el status quo de quienes ya tienen privilegios. Consecuentemente, el trabajo del odio es producir división, deshumanizar y habilitar formas de violencia social y política. EP