Sonríe más: el lenguaje que descoloca a las mujeres del poder

Irene Tello Arista analiza uno de los sistemas donde todavía persiste una lamentable desigualdad para las mujeres: el lenguaje.

Texto de 24/05/21

Irene Tello Arista analiza uno de los sistemas donde todavía persiste una lamentable desigualdad para las mujeres: el lenguaje.

El lenguaje, los discursos y las narrativas siguen siendo espacios donde las desigualdades, las violencias, las discriminaciones y una gran cantidad de prejuicios se revelan y perpetúan. Esto ocurre con las narrativas que demeritan y critican a las mujeres en posiciones de poder. Aunque se ha avanzado mucho en los últimos años por abrir oportunidades a un mayor número de mujeres para estar en puestos de toma de decisiones, aún falta mucho por avanzar en este tema. El análisis de las caracterizaciones discursivas con las que se pone en entredicho la posibilidad de que ocupemos estos espacios, me parece un elemento indispensable para ir rompiendo el prejuicio que descoloca a las mujeres del poder y que les impone ciertas formas de ejercerlo. 

Los ejemplos de este fenómeno son múltiples y contradictorios, como muchos de los estándares que se nos imponen. Un gran ejemplo de esto puede observarse en el poema “Sé una dama, decían” de Camille Rainville:

“Sé una dama, decían. No hables tan alto. No hables tanto. No ocupes espacio. No te sientes así. No te pares así. No seas intimidante. ¿Por qué pareces tan miserable? No seas una perra. No seas tan mandona.  No seas asertiva. No reacciones en exceso. No seas tan emocional. No llores. No grites. No digas groserías. Sé pasiva. Sé obediente.”

(“Be a lady they said. Don’t talk too loud. Don’t talk too much. Don’t take up space. Don’t sit like that. Don’t stand like that. Don’t be intimidating. Why are you so miserable? Don’t be a bitch. Don’t be so bossy. Don’t be assertive. Don’t overact. Don’t be so emotional. Don’t cry. Don’t yell. Don’t swear. Be passive. Be obedient.”)

Este fragmento del poema describe a la perfección las expectativas sociales inalcanzables y contradictorias con las que crecemos las mujeres. Algo similar ocurre con el estándar con el que se juzga a las mujeres en el poder y que se materializa en ciertos discursos: “eres muy emotiva”, “eres muy mandona”, etc. Después de analizar algunas de estas frases me doy cuenta que el problema con ellas es que ejemplifican lo enraizada que está la idea de que las mujeres no pertenecemos a estos lugares. 

Mary Beard en su magnífico ensayo Mujeres y poder analiza algunos mecanismos de la cultura occidental que silencian a las mujeres, que permiten que no las tomen en serio y que las separan de los centros de poder. Como dice Beard, los modelos mentales y culturales de una persona poderosa continúan siendo predominantemente masculinos. Dado que las mujeres tradicionalmente no hemos tenido acceso al poder, el primer referente que se les impone al llegar a estos espacios es que deben comportarse como un hombre. Esto puede verse, de acuerdo con Beard, en los mitos griegos en los que pocas mujeres tienen un rol de poder y las que lo tienen son vistas como intrusas y como usurpadoras de algo que no les corresponde. En lugar de ser representadas como ejemplos a seguir, son descritas abusando del poder y desencadenando el caos y la destrucción del estado. Esto puede verse en el personaje de Clitemnestra en la tragedia de Esquilo.  

Podría parecer que remitirse a los mitos griegos es ir demasiado lejos con un tema que ya ha cambiado radicalmente, desgraciadamente este no es el caso. Tan sólo basta analizar el número de mujeres en puestos de dirección en el gobierno, universidades, empresas y otros ámbitos para ver lo mucho que ha perdurado la idea de que las mujeres no pertenecen a posiciones de poder. También es importante considerar las diferencias salariales que persisten entre hombres y mujeres, así como la falta de prestaciones para que las madres trabajadoras puedan seguir con su desarrollo profesional.

Analizar ejemplos concretos de este tipo de discursos muestra de qué forma la caracterización de las mujeres en puestos de poder replica los estándares contradictorios e inalcanzables que se tienen en general de las mujeres. A continuación, expondré algunos ejemplos en forma temática de cómo se menosprecia a las mujeres en puestos de toma de decisión. Todos los ejemplos que menciono me fueron narrados por otras mujeres, algunos me tocó escucharlos directamente o experimentarlos en carne propia.

Después de hacer la presentación protocolaria del panel, el titular de la institución que me había invitado a dar una ponencia se volteó hacía mí con una amplia sonrisa y presentó a su “amiguita que había ido a hablarles de un tema muy interesante”. Esto no es una recreación ficticia, es la narración de un evento que me pasó hace algunos años. A pesar de que al igual que el resto de los ponentes tengo un título académico y de que soy la directora de una organización, el director consideró que la mejor manera de presentarme era aludiendo a su pequeña amiga, aunque nunca antes nos habíamos visto. Este tipo de frases, que ponen en duda, menosprecian o ignoran la experiencia y capacidad de las mujeres para estar en puestos de dirección son muy comunes. Ejemplos de este tipo de frases sobran y son variados, desde aludir a nuestra edad, decir que nuestras aportaciones carecen de seriedad y de rigor técnico, cuestionar las contribuciones que hacemos o atribuirlas a un hombre para tomarlas en cuenta, al final estas narrativas revelan que no se concibe que una mujer posea la misma capacidad que la de un hombre. 

“Después de analizar algunas de estas frases me doy cuenta que el problema con ellas es que ejemplifican lo enraizada que está la idea de que las mujeres no pertenecemos a estos lugares.”

Otro referente usual para criticar a las mujeres en puestos de poder es hacer una crítica o comentario abierto sobre su apariencia física. Ya sea haciendo alusión a su forma de vestir, si es muy llamativa o poco arreglada, hasta señalando atributos físicos de lo que se espera de una mujer: “está subiendo de peso, seguro es por el estrés”, “se vería mejor si se pintara el pelo”, “se ve muy demacrada, el puesto le está quedando grande”, “es demasiado guapa seguro no es nada inteligente”, “es muy alta”, etc. Respecto a este punto quisiera aclarar que aunque este tipo de comentarios también se hacen sobre la apariencia de los hombres, no son tan usuales ni tan determinantes en la forma en que se juzga su desempeño profesional. Parafreaseando a Susan Sontag, no está mal la pretensión de belleza en ninguna persona, lo que está mal es la obligación que se impone a las mujeres de tener que serlo. En el caso de las narrativas que demeritan a una mujer por su apariencia física se regresa a la idea de que el único poder que tiene una mujer es el de su belleza, lo que acaba siendo una forma de opresión autoimpuesta y una subyugación a un estándar masculino de lo que se considera atractivo. 

“Debes sonreír más.” Escuchar esta frase me produce una contracción casi pavloviana del ceño que me hace ver no sólo seria sino verdaderamente molesta. Este consejo me lo han dado varias veces a lo largo de mi vida profesional. Podría entender que esta fuera una crítica válida si me dedicara a la comedia o a servicios de atención al cliente. Sin embargo, sigo sin entender cómo puede uno hablar de temas de impunidad con una sonrisa en la boca. Lo que siempre me ha inquietado de esta frase es que siento que no me harían esta recomendación si fuera un hombre. Pero no es el único ejemplo de estos casos, de hecho lo más usual es que se haga una crítica a la forma en que una mujer se desempeña en puestos de toma de decisión aludiendo a su carácter emocional: si es muy sensible, entonces revela una posible debilidad; si es asertiva y exigente, se interpreta como una señal de histeria o amargura; si una mujer muestra enojo o intensidad en su labor, es una muestra de locura e incapacidad de lidiar con sus emociones.

Otras de las frases y prejuicios con los que se menosprecia a las mujeres en puestos de poder aluden a su vida privada, en particular a sus relaciones personales y a su vida sexual. En este caso, como en los anteriores, no hay un referente claro de qué se espera de nosotras, el objetivo es devalorarnos profesionalmente: “le urge tener más sexo”, “seguro está ahí porque se acostó con alguien”, “le va muy bien en el trabajo, pero no tiene pareja”, “seguro es lesbiana”, “acaba de ser mamá y no trabaja igual que antes”. Este tipo de comentarios me parecen muy perjudiciales porque en el fondo presentan una concepción de la mujer como mero objeto sexual. Como si toda nuestra vida, incluso la profesional, estuviera mediada por ello, y una vez más bajo un estándar tradicional y machista. 

Estos son algunos ejemplos y la lista no es exhaustiva, sé que hay muchos otros y que, por fortuna, no todas nuestras interacciones profesionales se ven marcadas por este tipo de comentarios, dichos tanto por hombres como por mujeres. Sin embargo, su uso persistente y continuo señala un problema estructural. De hecho, mientras escribía este texto me di cuenta que estas frases se aplican a toda mujer en el ámbito laboral. Además, como lo mencioné antes, este mismo tipo de recriminaciones y estándares contradictorios se replican en todos los ámbitos de nuestra vida. 

“Quizá lo que hace falta es que el lenguaje replique las distintas formas en que las mujeres ejercemos el poder actualmente y transformar la concepción que tenemos del mismo.”

¿Cambiar de lenguaje o de concepción de poder?

Más allá de lo que estos ejemplos revelan sobre los estereotipos de las mujeres en el poder, conviene reflexionar sobre qué se puede hacer ante los mismos. Una primera aproximación es visibilizarlos de manera crítica para ir desmontando los prejuicios que los sustentan. Otro cambio necesario será utilizar otras narrativas para analizar la labor de las mujeres en posiciones de dirección, lo cual tiene que ir acompañado de un incremento gradual de mujeres en dichas posiciones. Pero la mayor transformación debe hacerse no sólo en el lenguaje con el que caracterizamos a las mujeres en puestos de poder, sino en la concepción misma que tenemos del poder. Quizá lo que hace falta es que el lenguaje replique las distintas formas en que las mujeres ejercemos el poder actualmente y transformar la concepción que tenemos del mismo. Aquí vuelvo a retomar algunas reflexiones de Mary Beard sobre el tema y sobre la manera tradicional en que asociamos el concepto de poder con reconocimiento, prestigio público y con un carisma personal que asociamos al liderazgo. Esta concepción de poder es elitista en su origen, por lo que siempre se dejarán fuera del mismo un gran número de personas, tanto hombres como mujeres. No obstante, cuando concebimos el poder como la capacidad de efectuar un cambio en nuestras realidades concretas, esta acepción adquiere otras posibilidades de toma de decisión en las que las palabras liderazgo y dirección adquieren un rol secundario y las palabras colaboración y co-creación empiezan a tomar la batuta. En esta nueva concepción de poder el rol de las mujeres puede concebirse de otro modo.  

Para mí, un gran ejemplo de estas nuevas concepciones de poder puede verse actualmente en la labor de las mujeres al frente de muchas organizaciones y proyectos. Tan sólo en lo que yo conozco, que es el mundo de las organizaciones de la sociedad civil, me consta que algunas mujeres hacen un esfuerzo continuo por cambiar sus maneras de liderazgo y dejar de replicar esquemas predominantemente masculinos de acaparación de reconocimiento y estructuras jerárquicas tradicionales. Este tipo de liderazgos de mujeres los veo replicarse con mayor frecuencia. Modos de ejercer el poder en los que las mujeres aspiran a cambiar sus realidades concretas sin esperar un reconocimiento social y público por este trabajo. En los que desean que las voces de más personas sean tomadas en cuenta y construir algo en conjunto con esta diversidad de voces. Tal y como dice Beard, si las mujeres no son percibidas de forma completa en las estructuras de poder, quizá lo que tenemos que redefinir es al poder, no a las mujeres. EP

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